tetrazepam

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October 18, 04:07 PM

Sus padres siempre quisieron tener una hija y llamarla Amaia. Él tenía un mejor plan, pero ellos no lo sabían. Tras la sopresa decidieron llamarlo Amai. Eso ocurrió hace treinta y seis años, cuando yo aún no había nacido. La historia me la contó su madre la única vez que nos vimos. Intuyo que le dio un ataque de nervios o algo así, porque no dejaba de hablar, contándome un montón de detalles inútiles e incómodos sobre él. Incluso ahora, creo que nada de lo que me dijo fue una revelación o un descubrimiento, a excepción del origen del nombre, tan acertado, tan profético.

 


October 05, 05:25 PM

“Nunca me ha gustado el sol, a excepción de cuando se oculta detrás de tu hombro derecho” pensaba mientras devolvía el bañador al cajón. No hay necesidad de llevar en la maleta aquellas cosas que sabemos que no vamos a utilizar, aunque haya la oportunidad de hacerlo.

Con los años he aprendido que hacer maletas es casi un arte y tiene mucho de ciencia; para empezar debemos tener la mayor información objetiva posible sobre nuestros propios hábitos. Como el amor. Shoot me, but it’s true. Cuando era pequeña y me iba de viaje la maleta la hacía mi madre. No sé a qué edad hice mi primera maleta, pero estoy convencida de que desde entonces adquirí el muy poco fructífero hábito de escoger la ropa con melancolía, seleccionando todas esas prendas a las que les tienes cariño pero que no te pones ni cuando estás de mudanza. La blusa escotada que nunca usas pero que llevas por si conoces a un chico y quedas con él antes de volver a casa, o las sandalias de tacón por si hay un bar chulo a la orilla de la playa. Empacar todo por si acaso algo. Al final acabas muerta de caminar y conocer todo el día, y si te vas de fiesta te quedas con lo puesto, y si conoces a un chico guapo no te pones la blusa porque resalta los dos kilos de más que has subido durante el viaje. Y aún así te diviertes y regresas a casa y te das cuenta de que has sobrevivido con lo básico, lo indispensable.

Al cabo de unos viajes aprendes a empacar ligero, a viajar con poco y a sacar el máximo provecho del viaje al no perder tiempo escogiendo los zapatos más adecuados para subir a pie la torre Eiffel o lamentándote porque la chaqueta para lluvia no combina con el bolso. En algún momento aprendes que lo que importa del viaje es lo que traes contigo a la vuelta y no lo que llevabas puesto.

Así funcionan muchas relaciones; cuando comienzas la aventura en territorio desconocido navegando por manías inexploradas, sobrevolando aficiones exóticas, recorriendo cuerpos vírgenes, es tanta la emoción por el descubrimiento que lo que quieres es llevar todo lo que tienes, todo lo que quepa. No solo deseas abrirte paso en la selva de nóveles coincidencias y aprenderlo todo sobre el recién pisado destino, sino que además quieres dejar tu huella y leer en voz alta tu curriculum vitae en la primera oportunidad posible.

Tendríamos que aprender a amar ligero, sin llevar nada encima que no sea absolutamente necesario y concentrarnos en disfrutar el recorrido, en captar los detalles del paisaje inédito. No hace falta llevar el muestrario de relaciones fallidas, ni la relación de contratiempos y sus posibles soluciones. Solo hace falta llevar aquello que te haga sentir suficientemente cómodo como para escalar laderas y soportar las inclemencias del tiempo. A final de cuentas la primera visita a un lugar nunca se repite, aunque a veces no le tomemos cariño a un lugar hasta la segunda o tercera visita.

Pero nunca, nunca hay que olvidar que, en ambos casos, siempre está bien llevar un par de bragas de emergencia.


October 03, 06:02 PM

Caminaba entre la gente como quien ha tenido una falsa epifanía, llena de certidumbre, orgullosa de haber sido elegida para ver. Aunque esto último hubiese sido verdad, aparentemente no había sido elegida para ser vista, por lo que al segundo o tercer intento de cruzar miradas me di por vencida y emprendí mi camino con la actitud despechada de la niña que no logró llamar la atención.

Poco a poco fui olvidando, convencida de que lo que mejor que me podía pasar me estaba pasando en todo momento, en cada decisión que arrebataba.

De alguna forma buscaba autoconvencerme de que era dueña de mi vida, de mi destino, porque en realidad estaba convencida de que no controlaba nada y que me iba deslizando poco a poco por una pendiente, intentando quedarme pegada a la superficie con el sudor de las manos; intentando frenar la caída con la fricción de mi piel contra la inercia; aferrándome con toda mi fuerza a todo aquello y todo aquel que se acercara a la órbita de mis emociones.

Muy necia debí ser para no entender entonces que la necesidad es una fuerza contraria a la gravedad.

En ese estado de negación absoluta contemplé la rueda girar y girar, hasta que caí en la cuenta que había visto pasar la misma luna muchas veces. La náusea tras el mareo. Las ganas de huir, la letanía de no volver a hacerlo. Y allí, en medio de la recolección de ruinas, apareció él de nuevo. Igual de fresco. Igual de oblivious. Pero en esa ocasión levanté la vista y lo miré a los ojos que, para mi fortuna, me respondieron con reconocimiento.


September 22, 04:32 PM

De pronto estás ahí, entre la suavidad de las sábanas, sin saber exactamente donde estabas hace apenas unos segundos. Abres los ojos y te das cuenta de que solo han pasado unas cuantas horas, aunque a veces sientas que ha pasado toda una vida. Despiertas.

Es como cuando te vas de viaje: los preparativos te consumen en una nube de ensoñación y mientras ocupas tu lugar en el avión apenas eres capaz de recordar unos pocos detalles. Con más o menos desesperación llegas a tu destino, bajas del avión, recuperas tu equipaje y sales del aeropuerto. Miras a tu alrededor y sabes que estás allí, en tu destino. Despiertas.

Algo parecido me sucedió el día que lo vi por primera vez, entre la multitud, mientras me preocupaba por sobrevivir socialmente tras haber probado por primera vez la soledad. Recuerdo la primera ocasión en que bebí café, tendría unos ocho años; e intenté disfrazar el amargo con cuatro o cinco cucharadas de azúcar. Varios años después aprendí a disfrutar el sabor, a deleitarme con la intensidad, a evitar manchar la experiencia con azúcar o leche. Supongo que es lo mismo que ocurre con la soledad, pero esa historia forma parte de otro viaje.

Cientos de desconocidos fluían a mi alrededor mientras yo intentaba sacar la cabeza del agua y encontrar un rostro conocido para asirme de él y no ahogarme en la turbulencia del anonimato. En algún momento apareció él, tan casual, tan sin anunciarse, tan sin la intención de dar lecciones de anatomía. Me preguntó si sabía cómo llega a un bar. El bar. En un pueblo de cincuenta mil habitantes. Pero yo todavía no sabía sumar, así que le di todas las indicaciones que me parecieron inteligibles en el momento. No sé si le sonreí, ni si quiera recuerdo si lo miré a los ojos, solo sé que lo vi marcharse con la melancolía con la que te despides de un sueño. Desperté.


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Prólogo

Cuando desperté, no sentía la angustia típica de las pesadillas ni el miedo irracional de quien es arrebatado del sueño por un susto. Lo que me despertó esa noche fue un profundo dolor en el pecho, una fuerte sensación de tristeza, de ruptura irreparable, de cuando has perdido a alguien para siempre.

“Lo maté”, pensé inmediatamente. Es tan insoportable vivirlo en sueños, que lo maté. Lo maté como un ama de casa mata al lechero. -No sé cómo ha llegado esta analogía hasta aquí-. Lo maté con su propio síndrome de Peter Pan. Lo maté como hubiera hecho Wendy cualquier día, presa de frustración y nostalgia, por haberle robado su juventud.

Quizá allí esté toda la explicación. Tal vez este sueño sea solo el réquiem por los días lozanos, por los sueños rosas, por las tardes en las que el viento hacía volar mi cabello mientras lo miraba perderse al final de la calle, llevándose con él la mitad de mí.

Afuera llueve una tormenta. Adentro el dolor no se disipa. Volveré a dormir, sin él. Lo maté.


Abro la puerta y me asalta un olor a sal por demás conocido. Desde el quicio puedo ver el mar y su silueta a contraluz, mientras mis ojos se acostumbran a la nueva claridad.

El azul del mar es irreconocible, no sé de quién son estas aguas que surcamos, no sé qué hora es. Sé que hay más gente a mi alrededor, pero no la puedo ver ni escuchar; es como tener el mundo solo para nosotros. Algo en mí tiene la certeza de que este crucero va hacia Grecia o viene de Thailandia. No, en realidad no lo sé, nunca he estado en Thailandia.

En mis entrañas cocino la idea de que él está conmigo para cuidarme, para hacerse cargo de mí. Quiero que haya venido hasta aquí para enseñarme el camino más fácil que desemboque en su vida, para mostrarme qué hay en su mundo. O algo así.

Hay momentos en los que no sé si estoy viviendo o recordando. Vienen a mí todas nuestras conversaciones, como en un chorro. Entran, chocan con mi consciencia, se expanden, se arremolinan, se entrelazan y se vuelven una sola enorme idea. Hay un recuerdo que sobresale, aquella ocasión en la que me reveló que moriría joven. No puedo recordar si me lo contó más de una vez, o si la certeza de conocer el discurso venía de la resonancia del concepto en mi propia mente. En todo caso, siempre estuvo convencido de que así sería y hoy que lo recuerdo no puedo evitar sentir tristeza.

Mientras me muevo por el barco reconozco los camarotes, son iguales a los del ferry en el que, en una ocasión, fui a Mallorca. Quizá el ambiente que fabrican los cientos de pasajeros fantasmas de este barco haya sido creado originalmente para alguna película que vi en el cine.

En algún momento me encuentro con las chicas. Las chicas. Cuatro o cinco de ellas, no lo recuerdo. Eran mis compañeras en la universidad y aunque nunca fuimos amigas del todo, compartimos muchos momentos juntas. Hace casi diez años que no las veía y no tengo idea de qué ha sido de su vida, ni de por qué están aquí. Lo bueno de la memoria es que no envejece a nadie y eso me hace estar segura de que son ellas y de que no estoy soñando.

Para mi sorpresa, ellas lo conocen. Puede que lo recuerden por habérselo topado alguna vez en un pasillo de la escuela, quizá también a alguna de ellas les haya robado el aliento como a mí.

Sin explicación consciente, hago como que tampoco a él lo he visto en diez años; que no sé de él, que no lo amo y que no extraño sus labios cada segundo. Este extraño secreto al que hemos accedido sin pactarlo me acorrala y en las charlas nocturnas entre chicas tengo que fingir que no sé si está solo, si está casado, si alguien lo espera en algún lugar.

También nos inventamos que era mi guía en el viaje. Más que una mentira, fue una licencia lingüística, pero me costó tener que compartir su tiempo con ellas, convertirlo en nuestro guía de turistas durante un viaje que terminaría en el amanecer de otra consciencia.

En ocasiones nos quedamos solos. Me siento feliz cuando recuerdo que era mío en secreto.

Hacia el final del viaje y de los días sin calendario, el crucero haría una parada antes de llegar al desconocido destino y él se quedaría allí para volver a casa. Yo debía seguir con ellas hasta algún buen puerto, al que un día llamaré hogar aunque aún no sepa dónde me encuentro.

Nos despedimos con un beso a oscuras, desnudos dentro de nuestra complicidad.

Tras despedirse de las chicas y verlo desaparecer en alguna esquina, decido esconderme para llorar sin que me vean, hasta que lleguemos a tierra para descubrir que su equipaje sigue en el barco. Ver cada una de sus maletas aparecer junto a la intriga impresa en los rostros de la gente que se pregunta dónde estará; mientras las chicas -que ya lo adoran- van a buscarle por los pasillos, entre la gente que a su vez busca la salida.

Yo sé dónde está. Y no sé porque. Yo sé que fue el último adiós y el último beso, como en la canción. Lo sé y lo compruebo al encontrar su libreta negra y sus gafas oscuras sobre ella. Sé que están allí para mí. Sé que están allí para que sepa que él también escribía sobre mí, para que -al final- me quede la certeza de que sí era yo, y que las gafas las dejó para que pudiera, en su memoria, esconder mis lágrimas.

Tanta felicidad perfectamente ordenada y contenida en envases de todos los colores y credos. La mar está en calma mientras, dentro, la zozobra se acumula. Afuera suenan las canciones de siempre, la lista donde voy metiendo todo aquello que te diría si tuviera todo el tiempo del mundo y si no me hubiera quedado sin valor, si no hubiera derrochado la valentía buscando tu mirada todas esas mañanas en que tu abrazo fue el consuelo perfecto.

Dicen -no dice nadie- que cuando creces caes en la cuenta de que el instinto ante la desilusión no es buscar refugio y hundirnos en nuestra miseria. Hagamos el experimento de salir y ver el mundo y tomar el sol y respirar algo que no sea humo de incienso intentando disfrazar el de tabaco. Salgamos aunque los pasos vayan siempre en busca de lugares donde pueda percibirte. Conozcamos sitios nuevos aunque la sonrisa apunte siempre a las concidencias con los capítulos cerrados. Encontremos nuevas mentes aunque el deseo se empeñe en buscar tu tacto en esos otros besos, en esas otras manos.

Sus gafas de sol me protegen del viento, la sal y la simpatía de la muchedumbre que murmura a mi alrededor.

El viento logra colarse entre mis cabellos y no puedo evitar recordar los paseos en moto cuando toda la protección que necesitaba era él.

Casi puedo oler su espalda como aquella vez, a pesar del viento.

El agua toca mi rostro y me devuelve a la realidad. Desde mi posición en el barco se puede ver nuestro destino. La duda me araña el vientre, ¿qué coño voy a hacer?, ¿cómo voy a decirle a nadie que yo sí sé dónde está?

Un beso de despedida siempre sabe al último, sabe a ganas de tener más. Quizá solo sea así para mí y mi insatisfacción perpetua.

Sin cuerpo no hay crimen. El que no haya cuerpo no significa que no haya crimen. No hay motivo. No hay sospechosos. Pero yo tengo sus gafas. Y su libro. El libro negro. ¿Hablará de mí allí dentro? ¿Relatará nuestra historia con detalle, o solo yo haría eso? Quizá solo sea una agenda telefónica para que pueda informar a alguien más sobre su paradero. ¿Es toda esta responsabilidad la única forma que encontró para decir ‘te quiero’?

Él quería morir joven.

No, él quería vivir joven. Por eso nunca se quedó, por que siempre he sido yo la pared donde ha ido anotando los años.

Ahora que no está me pregunto para qué sirven los años. No dejo de pensar que todos los míos se fueron con él, que se llevó mi juventud. Que por eso lo maté.

La historia del pez que se enamoró del cactus.

Todo ese amor que no te dejo ver porque le tienes miedo, porque crees que me tendrías que corresponder. Hasta yo he entendido que no es así.

Las letras grandes y las pequeñas intentando contar su historia. Unas hablan, temerosas, de toda la primavera que llevan dentro, del amor a pequeñas dosis, de las notas -de vino y de perfume- que tejen la melodía dela cotidianidad. Las otras gritan más allá de otda comprensión. 

La palabra compite con la lágrima. Quiere ser más certera, más exacta. Quiere ser. Quiere significar. Quiere vivir en el sollozo, en el gesto que oculte las ganas de ser río, de ser mar, de ser cualquiera caminando por la calle; excepto yo.

De pronto, el silencio, desconocido, como si nunca nada. Sí, el silencio y yo, a la vez, cualquier día de hace cualquier año.

I finally got to cry instead of just talking about it. I hope that’s the first step towards sanity.

todas mis nostalgias están hechas de ti, eres el único tiempo que conozco.

tuyo es el abrazo que me evoca el frío y el aroma fresco de las mañanas. eres la sensación de hogar de mis sábanas y el espacio vacío con respecto al cual suelo orientar mis muebles. eres la teoría por la que sigo las convenciones y la ilusión por la que rompo mis reglas. eres mi euforia y mi resaca, mi refugio y paranoia.

eres,

y no estás

Cada segundo de su vida es una postal tomada desde un ángulo diferente. Ella no es, ella no está, ella solo se mueve. La secuencia de sus planos la hace parecer tridimensional, como si tuviera forma, como si tuviera fondo, como si hubiera un adentro. 

Ella fluye, se desplaza sin fricción. Cada cuerpo que la toca interrumpe su caudal, como piedras en el río que abren boquetes en la corriente. Su existencia es tan oscura que cada pausa ilumina el todo como una llamarada y después se cierra, fundiéndose con el resto de la trayectoria.

Ella no tiene dos instantes iguales, dos texturas que hagan juego. Ella no es, ella no está, ella solo se mueve.

Él también me enseñó a tomar el café negro. Me enseñó a disfrutar la espera, a cultivar las lágrimas, a ver el lado cursi del mar. Me enseñó a calcular el máximo daño que es posible hacerle a un corazón y que existen formas de curar las heridas. Me enseñó, entre otras cosas, que las cicatrices son escaleras, que la memoria es falible pero los coches rojos descapotables son para siempre. Me enseñó la relación entre tiempo y distancia, y cómo echar siglos de teorías abajo. Y me enseñó que no es posible ver la razón sin perder la cordura.

siempre está bien llevar un par de bragas de emergencia

“Nunca me ha gustado el sol, a excepción de cuando se oculta detrás de tu hombro derecho” pensaba mientras devolvía el bañador al cajón. No hay necesidad de llevar en la maleta aquellas cosas que sabemos que no vamos a utilizar, aunque haya la oportunidad de hacerlo. 

Con los años he aprendido que hacer maletas es casi un arte y tiene mucho de ciencia; para empezar debemos tener la mayor información objetiva posible sobre nuestros propios hábitos. Como el amor. Shoot me, but it’s true. Cuando era pequeña y me iba de viaje la maleta la hacía mi madre. No sé a qué edad hice mi primera maleta, pero estoy convencida de que desde entonces adquirí el muy poco fructífero hábito de escoger la ropa con melancolía, seleccionando todas esas prendas a las que les tienes cariño pero que no te pones ni cuando estás de mudanza. La blusa escotada que nunca usas pero que llevas por si conoces a un chico y quedas con él antes de volver a casa, o las sandalias de tacón por si hay un bar chulo a la orilla de la playa. Empacar todo por si acaso algo. Al final acabas muerta de caminar y conocer todo el día, y si te vas de fiesta te quedas con lo puesto, y si conoces a un chico guapo no te pones la blusa porque resalta los dos kilos de más que has subido durante el viaje. Y aún así te diviertes y regresas a casa y te das cuenta de que has sobrevivido con lo básico, lo indispensable.

Al cabo de unos viajes aprendes a empacar ligero, a viajar con poco y a sacar el máximo provecho del viaje al no perder tiempo escogiendo los zapatos más adecuados para subir a pie la torre Eiffel o lamentándote porque la chaqueta para lluvia no combina con el bolso. En algún momento aprendes que lo que importa del viaje es lo que traes contigo a la vuelta y no lo que llevabas puesto. 

Así funcionan muchas relaciones; cuando comienzas la aventura en territorio desconocido navegando por manías inexploradas, sobrevolando aficiones exóticas, recorriendo cuerpos vírgenes, es tanta la emoción por el descubrimiento que lo que quieres es llevar todo lo que tienes, todo lo que quepa. No solo deseas abrirte paso en la selva de nóveles coincidencias y aprenderlo todo sobre el recién pisado destino, sino que además quieres dejar tu huella y leer en voz alta tu curriculum vitae en la primera oportunidad posible. 

Tendríamos que aprender a amar ligero, sin llevar nada encima que no sea absolutamente necesario y concentrarnos en disfrutar el recorrido, en captar los detalles del paisaje inédito. No hace falta llevar el muestrario de relaciones fallidas, ni la relación de contratiempos y sus posibles soluciones. Solo hace falta llevar aquello que te haga sentir suficientemente cómodo como para escalar laderas y soportar las inclemencias del tiempo. A final de cuentas la primera visita a un lugar nunca se repite, aunque a veces no le tomemos cariño a un lugar hasta la segunda o tercera visita.

Pero nunca, nunca hay que olvidar que, en ambos casos, siempre está bien llevar un par de bragas de emergencia.

flotar no siempre significa ir hacia arriba

Caminaba entre la gente como quien ha tenido una falsa epifanía, llena de certidumbre, orgullosa de haber sido elegida para ver. Aunque esto último hubiese sido verdad, aparentemente no había sido elegida para ser vista, por lo que al segundo o tercer intento de cruzar miradas me di por vencida y emprendí mi camino con la actitud despechada de la niña que no logró llamar la atención.

Poco a poco fui olvidando, convencida de que lo que mejor que me podía pasar me estaba pasando en todo momento, en cada decisión que arrebataba. 

De alguna forma buscaba autoconvencerme de que era dueña de mi vida, de mi destino, porque en realidad estaba convencida de que no controlaba nada y que me iba deslizando poco a poco por una pendiente, intentando quedarme pegada a la superficie con el sudor de las manos; intentando frenar la caída con la fricción de mi piel contra la inercia; aferrándome con toda mi fuerza a todo aquello y todo aquel que se acercara a la órbita de mis emociones.

Muy necia debí ser para no entender entonces que la necesidad es una fuerza contraria a la gravedad.

En ese estado de negación absoluta contemplé la rueda girar y girar, hasta que caí en la cuenta que había visto pasar la misma luna muchas veces. La náusea tras el mareo. Las ganas de huir, la letanía de no volver a hacerlo. Y allí, en medio de la recolección de ruinas, apareció él de nuevo. Igual de fresco. Igual de oblivious. Pero en esa ocasión levanté la vista y lo miré a los ojos que, para mi fortuna, me respondieron con reconocimiento.

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