Aquí las cosas que hago, porque sí
blog º semidios.net
twitter º semidios
twitter º blipolar
blip.fm º ian aranda
tumblr º Today Tonight 1979
música º isopixel.net
Hoy cuando estaba con un amigo comprando masa de maíz para hacer unas empanadas experimentales me llegó un recuerdo que tenía mucho que no recordaba, las tortillas sancochadas que hacía la señora que alguna vez le ayudó en la cocina a mi abuela, yo era un niño apenas en primero o segundo de primaria.
Recuerdo que llegaba a casa al mediodía, mi abuela y la señora cuyo nombre no recuerdo (no estuvo trabajando mucho tiempo tampoco, si acaso unos meses) estaban ya en la cocina encargándose de la comida del día; mi abuela era la chef ejecutiva de la casa y cocinaba cosas deliciosísimas, dede bistec ranchero de lujo, carnes asadas, lengua, morcilla y toda clase de cosas que de pensarlas ahora (con sólo cereal en la panza como cena) me acuifican (palabrita inventada) la boca, la señora era quien le ayudaba a preparar otras cosas como salsas, postres y limpiar, pero tenía una cosas con lo que se convertía en la protagonista: las tortillas de maiz.
No recuerdo en tantos años una sola vez que a mi abuela le hayan quedado buenas las tortillas, de maíz no sabía hacer y las de harina que deberían ser de cajón en una mujer que creció entre tortillas de harina (por lo de la tradición del pueblo en que todas las mujeres aprendieron a hacerlas) le salían también malísimas. Ni modo, esa era una realidad aunque sí las preparaba y nosotros nos las comíamos porque las tortillas de harina como las cervezas, jamás se desperdician.
Regreso a la señora pinche, o ayudante de cocina, pues.
Decía que esta mujer que ayudaba a mi abuela en la cocina tenía una gigantesca gracia y esa era sus tortillas de maíz de ensueño; recuerdo el aroma de la masa en el comal de hierro y ver el vapor traspasar el trapo con el que las iba cubriendo, iluminado por los rayos del sol que entraba por las ventanotas.
Tenía un truco, las dejaba a 3/4 de cocción como si fueran steaks, les llamaba “sancochadas” y eran tan tiernas, con mantequilla eran una real suculencia, yo todo el tiempo comía tantas que provocaba dos cosas: me empachaba o me regañaban por no dejar que se hiciera la pila de tortillas; era muy fácil acabar con más de mdio kilo de ellas, eran simplemente extraordinarias.
A esta fantástica señora que hacía tortillas sancochadas no le recuerdo mas que (además de su preparación estrella) su rostro ya borroso en mi mente, de mejillas algo hundidas, su rostro era de ya unos 60 años, era muy delgada, la única foto que yace en mi mente es con su vestido azul de hechura muy simple y un delantal de cuadros blanco, azul marino y azul cielo.
También recuerdo bien su sonrisa cada vez que veía mi cara de contento.
El día de ayer recibí una llamada al mediodía, era mi madre y yo estaba en la oficina, no es la primera vez que me llama en horas de trabajo pero desde que ví quién llamaba sentí algo, o lo presentí.
Pocos semanas después de que me vine a la gran ciudad mi madre me platicó que mi tía Malena se había puesto mal, mi tía era la última viva de cinco hermanos, los otros cuatro fueron Chabela (mi abuela), Nel, Toto y Lalo, de apellido Castro Jerez.
De mi abuela ya escribiré un post completo, no sólo porque lo merezca sino que pensándolo un poco doy cuenta que podría escribir una cantidad bruta de posts de ella solamente.
A mis tres tíos-abuelos les conocí poco, yo era un niño todavía muy pequeño cuando el tío Toto ya estaba en cama muy enfermo, nunca supe de qué, pero sólo lo vi encamado hasta que murió, recuerdo las visitas a su casa, con mi abuela, ibamos caminando, todos los hermanos vivían cerca entre sí, las bondades de haber crecido en una ciudad tan pequeña.
Nel (se llamaba Leonel), mi tío con el sobrenombre más negativo del mundo, es uno de los que más recuerdo, él tenía un problema mental, pero no siempre fue así, algo le sucedió ya de mayor que le arruinó el habla, no recuerdo si tenía más impedimentos además de ese, pero no hacía nada, quizá algo más le ocurrió que le impedía conseguir trabajo; la fortuna es que eran épocas muy buenas y mis abuelos tenían dinero más que suficiente para mantenerlo; falleció un día que ya no recuerdo, no recuerdo su funeral, pero tengo una fotografía mental de su rostro sonriéndome, me quería mucho, fue un sábado por la mañana, tio Nel se tomaba de una rama del árbo que había en la entrada de los coches, yo esperaba a mi papá, no recuerdo que le dije, sonrió, siempre sonreíamos.
Mi relación con el tio Lalo no la recuerdo, las imágenes que tengo de él son llegando a la tienda de mi abuelo (una tienda de abarrotes muy fructífera en los años de oro de mi tierra y hasta qué falleció) a comprar queso de rancho, chorizo y leche; también tengo su imagen de espaldas caminando a casa que estaba en la misma cuadra, era gordo y con cuerpo en forma de pera y pelón, creo que de los tres fue el que corrió con la mala suerte de los peores genes.
Mi abuela fue un cacho de mi madre.
Mi tia Malena y mi abuela, siendo las dos mujeres entre tanto hombre eran inseparables, la tia Malena era ocurrente, muy viva, energética y hasta el día que tuvo un gramo de energía trató de verse bien, pintarse, cuidar su pelo y usar lápiz labial. Era algo presumida pero nada de consideración, era la consejera de mi abuela Chabela, de todo, moda, ornitología y botánica, a las dos les apasionaban dos cosas en la vida: los pájaros y las plantas; tenían sus jardines y muchas jaulas con toda clase de pájaros que cantaban.
El recuerdo del canto de los pájaros por las mañanas antes de ir a la escuela y las tardes en que jugaba sólo en el patio me acaban de poner la piel chinita.
Ahora los hermanos Castro están juntos, se fueron despacito, pasaron más de 25 años para su nueva reunión.
Cuánta gente nos espera en ese-algún-otro-lado.
Esta semana viene desarrollándose con satisfactorios resultados independientemente de las actividades cotidianas como el trabajo que vienen empobreciendo mi estado de ánimo y espiritual, algo siempre compensa, o algo siempre viene a ayudarme a pensar que nunca nada está perdido sino hasta que, en efecto no lo encuentras.
Uno de los resultados satisfactorios se deriva de hecho doloroso, y de celestiales visiones:
Venía de trabajar de Polanco, cuando cruzo la calle saliendo de una estación de metrobús, espero a la señal de PASE para los peatones, y paso.
Quedaba la tercera línea vacía, decido pasarla sin ver pues no sentí instinto preventivo que me hiciera voltear la mirada, debí hacerlo (después supe que no), un SEAT gris venía a toda velocidad en mi dirección, el golpe era inevitable, se escuchó el rechinido de las llantas, poco a poco entré en modo cámara lenta, pensé yo que así es cuando estas cerca de morir, ya no pude realizar una de las miles maniobras ninja que había entrenado para esquivar golpes, colisiones, y objetos contundentes, recuerdo que pensé también “pinches ninjas valen pura chingada” al tiempo que comenzaba a figurar correctamente el rostro de mi ejecutor, de un brillo en el parabrisas fue apareciendo un rostro hermoso, con la boca torcida y la lengua mordida de miedo, tal vez terror, quizá total pavor de convertirse en la cara de un asesino.
El coche se acercó contundentemente a mí, lo único que pude ejecutar y huelga decir, me quedaba en la lista de maniobras ninja aplicables fue saltar y esperar darme en la madre solamente con el cofre y el parabrisas y evitar andar en muletas en resto de mi vida con las rodillas como àrbol para columpio.
El rechinido termino en un grito sofocado por lágrimas por parte de la nena hermosa que conducía y por un “chinga tu madre”, cuatro “a la verga” y “puta madre”, exhalados aleatoriamente supongo, al no recordar bien el instante.
Como rey de carnaval, la morra se estacionó cargandome aún en el cofre, yo estaba ileso pero terriblemente aturdido y golpeado de un brazo con el que golpeé primero al caer en el coche, la chica salió corriendo llorando, supongo que no tenía planes de atropellas a nadie ese día (tal vez en el resto del año) porque estaba verdaderamente privada de tranquilidad y sobrada de llanto, me abrazo pidiendome perdón y preguntándome si estaba bien, me abrazaba y acariciaba la cara en la que tenía una cortada mínima pero que había decidido echar toda la sangre posible para dar buena nota roja.
Me tocaba el rostro y se quitó su blusa (que noté después era carísima) para limpiarme la herida, olía a algo como fresa, un olor muy fino que me despertó, cuado volteé la mirada a ver quien era, nuestros rostros quedaron tan cerca que mi nariz tocó la suya, no se alejó, me miró directo a los ojos, yo miré un par de ojos azules, muy tristes, o asustados para ese efecto, inmediátamente sonrió, como pudo ser la primera vez que sonrió en su vida, y así tan cerca como estábamos sus lágrimas cayeron en mis labios mientras me decía – ESTÁS BIEN!!! -
No se cuál fue el impulso primario, hay veces que uno hace cosas que no puede evitar, como estornudar, que después no sabe cómo explicar, me abrazó más fuerte pero con delicadeza como tratando de no lastimarme más, y me besó en la boca.
Su olor a fresa, sus manos suaves, una sobre mi pecho y la otra encargándose de acariciar mi espalda, su cuerpo delgado de hermosa figura, su cabello rubio como el flash que ví antes del madrazo, su rostro blanco y sus ojos cerrados en el beso casi me hicieron creer que estaba muerto.
Los mirones, que para ese momento ya contaban más de 60 seguramente, presenciaron algo que supongo no era común, el ideal romántico, el desenlace más amistoso jamás visto en un atropellamiento, tal vez la única y mejor celebración que pudo terminar en malas noticias, en funeral.
Todos gritaban y aplaudían, escuché cosas como “ESO GÜERO YA TE LA LIGASTE”, “VIVA EL ATROPELLADO” y “MIRA LA GÜERA SI SABE PEDIR PERDÓN!”, creí escuchar muchos “ruiditos” de celulares tomando fotos; yo cerré mis ojos para sentir la disculpa de la cafre.
No supe cuánto tiempo pasó, nuestros labios se despegaron, con las narices aún en roce, me dice que no sabe por qué me besó, pero que no debo creer que fue sólo por pedir perdón o por gusto de que siguiera vivo, me dijo que desde que pisó el freno, desde que mi figura se fue haciendo grande hacia el parabrisas, y aun cuando me vió volar sobre ella, quizo besarme; ya sin pensar y aturdido ahora por su ternura, su rostro tan dulce y sus ojos tan sinceramente azules, respondí – Yo quise patearte el trasero, luego te vi mientras volaba sobre tí, y tal vez también te quise besar, y ahora si quieres, hasta repetimos todo de nuevo -
Nos abrazamos de nuevo, la gente ya satisfecha se fue alejando a ocuparse de sus propios asuntos. No platicamos por un gran rato, sentíamos la retirada de la emoción fuerte, estaba quedando el alivio, y algo más que subía de nivel, de tono, de saturación.
Me pidió perdón no se cuántas veces, yo le dije que sólo el brazo me dolía pero era golpe, no fractura. Pasamos tres horas estacionados allí, abrazados en el asiento trasero, yo, con estatus de víctima, recibí instrucciones de dejarme acariciar, de dejar cuidarme, besarme; yo las cumplí, ver su rostro tan tierno y precioso era motivo suficiente para no moverme, no cerrar los ojos.
Llegó el momento en que se tenía que ir, recibió mas de trece llamadas de su papá preguntando dónde andaba, venía de clases de francés, lo sé porque fueron llamadas por radio y usó el speaker para que entre los dos nos rieramos del gruñón de su padre, gruñón como todo buen alemán.
Me trajo a mi departamento, se despidió de mi con un abrazo de media hora y un beso de media hora veinte segundos que parecia no querer concluir hasta el amancer, me dijo que quería besarme más, todos los días, que si yo quiero, siempre me besaría, me dió su numero de celular, de nextel, de casa y su correo electrónico, le iba a dar mis datos y dijo que no, que prefería saber si mañana cuando me despertara, seguiría con ganas de verla.
No supe que decir, y me besó de nuevo; ya no hubo más palabras, sólo la despedida:
- Gracias por no matarme -
- No, a ti gracias por seguir vivo -
Caminar de noche bajo la lluvia a veces es como llorar, o anticiparse a las lágrimas;
poner pie, por error, en un charco invisible sobre la oscurecida acera y sentir la helada humedad en la punta de los dedos del desafortunado pie, es como un traguito amargo de sailva, justo ese que precede a la injusta – pero liberante – lágrima;
y los recuerdos.
Los aprisionantes recuerdos.
Semidiós te puede dar boletos a la misma terminación del planeta tierra, porque te adora, en un golpe de suerte, como abrir una caja de Cracker Jack’s en el partido de Baseball en 1960 y a la primera encontrar el juguete preferido o una tarjeta que te regalaba Boletos a:
Tengo ya dos semanas en D.F. y todo ha salido muy bien, pero traigo pedos con el aguacate, bueno, en realidad los pedos que traigo son por tragar tanto taquito tamaño canapé de chorizo y suadero; lo que quería decir es que me cuesta trabajo creer que encontrar una taquería – de puesto o de restaurante – que te ofrezca guacamole, ya ni decir un pinche guacamole decente, neta, ya ni lo pido decente, un “intento de guacamole” sería sujficiente para sacarme un tajo de sonrisa que me duraría un día completo, pero no, lo más cercano a ello, por el contrario, es una chingada salsa verde de tomatillo chile verde, cilantro y cebolla con unos caciquísimos trozos de aguacate naufragados en ella, huelga decir que ni sabe a aguacate ni nada, bien pueden ahorrárselo para hacerle una mascarilla a una mosca o algo – no creo que alcance para más -
No eres tu, no soy yo, es la ausencia de aguacate.
Acá hay mucho verde pero no hay guacamole en las calles, mucha vegetación, pasto y prados siempre verdes, todo el año, en mi tierra no hay nada verde porque nunca llueve, las sequías se ponen cabronas, sólo ves verde en pinturas y ropa de algún sujeto.
Allá lo único natural y verde es mota y mucho pinche guacamole.
Mi participación #EnPocasPalabras sobre la Blogósfera, gracias a la invitación de @EPPProyecto40
Tumblr on We Heart It. http://weheartit.com/entry/23227581
there’s a little dress on modcloth that is just a lot of cat faces. some people may call it the ugliest, tackiest piece of clothing this side of the moon. i really, really want it.