Selva H
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Le plus grand chef-d'oeuvre de la littérature n'est jamais qu'un dictionnaire en désordre.
Jean Cocteau, Le Potomak.
Un crucigrama, dice Óscar Tagle en la presentación a su libro El cruxigrama (Edición de autor, Guadalajara, 2009), es un enigma desde su concepción. Un enigma rústico de lápiz con sacapunta y borrador: cruce de palabras en el que el luego cae súbitamente el enjambre. La procreación de letras, horizontales y verticales. Primero llegan las que se adaptan mejor al juego, las felices invocadas, las otras, finales y rejegas, rodean, dan vuelta, tardan, pero ceden finalmente y se acomodan. Las palabras sonoras ceden al resto. El tarareo del azar en el que una palabra llega a la otra.
El papel que elegí es poco permeable al agua. Al momento de adherir el pegamento de arroz se arruga sin remedio. Decidí usarlo de cualquier modo. El color y la sensación al tacto del papel es irresistible, como lo fueron mis ganas de arrugarlo una vez finalizado el trabajo de pegado. Lo arrugué hasta formar una gran bola de papel. Ojalá lo hubiera grabado. Disfruté de la sensación al tacto, de los sonidos y la emoción que me produjo arrugar algo en lo que trabajé arduamente por un tiempo.
Este proyecto se trata de un palíndroma de Pablo Helguera impreso con tipos móviles sobre papel vegetal de colores. El color de la tinta y del papel también es palindrómico. La historia, si es posible leerla y comprenderla, trata el tema de un asesinato. Aquí puede leerse completo y extendido; la extensión es posterior a mi impreso.
La impresión fue complicada. Queríamos que midiera exactamente doce metros. Al final imprimimos tres ejemplares encuadernados en forma de leporelo y tres encuadernados en rollo, montables en un muro de 13.75 m o doce metros con 175 cm, para mi gusto. La idea es transitar el palíndroma mientras se lee de ida y de vuelta. Santiago Cardoso, mi dedicado alumno, se encargó de imprimir cada palabra y después montarla en los muros del taller, para medir y precisar la tipografía.
Cada vez que lo muestro a alguien letrado, empiezan los comentarios sobre la palabra "palíndroma". Mi madre era aficionada a ellos y de ella obtuve el gusto por las palabras capicúa.
Palíndromo, palindromo, palindroma, y palíndroma para mí. Como mi madre les dice.
Este es el catálogo de nuestras letras. Se trata de todos los tipos que tenemos impresos en los papeles sobrantes del proyecto Doce Palabras | UNO. Las composiciones tipográficas son de mis alumnas, Tania González y Gabriela Gordillo, la impresión también. La encuadernación es del Sr. Mateo, de Encuadernaciones Cervantes, en la colonia Cuauhtémoc de la ciudad de México.
El papel es Ingres, de nuevo, y la encuadernación en keratol verde con letras estampadas en dorado. Me gustó mucho el resultado. Tengo ganas de hacer una edición con el Sr. Mateo y sus encuadernaciones tradicionales.
DOCE PALABRAS † UNO
Las doce palabras que contiene este libro no forman ningún texto: no cuentan historias, no riman, no componen incluso, oración alguna.
Fueron elegidas para disfrutar de su sonoridad. Leanse con cuidado, una por una, de preferencia en voz alta. Su brevedad y su permanencia en estas páginas permite hacerlo una y otra vez.
†††
La edición consta de doce ejemplares más seis pruebas de autor.
Las palabras son elección de Aurelio Asiain. La impresión estuvo a cargo de Tania González, Gabriela Gordillo y Santiago Cardoso; la encuadernación de Mónica Espinosa.
Y tantos fuimos para tan breve proyecto.
No importa qué es lo que dicen, las letras impresas con tipos móviles en estas hojas son pretextos para rendir homenaje no a su significado sino a sus formas.
Hace algunos años vino Artemio Rodríguez a nuestro taller de diseño, entonces en la colonia Narvarte, en la ciudad de México. Venía de la Lagunilla y traía con él una prensa que, aunque pequeña, cargaba con dificultad. Era muy pesada. Se trata de un rol de pruebas, que solía usarse para eso: hacer pruebas de impresión antes de trasladar los clichés y tipos móviles a la prensa grande que haría la impresión final. Artemio me pidió que la guardara por tiempo indefinido y regresó a su ciudad de residencia, Los Ángeles.
Y ahí quedó la prensa, aburrida y olvidada. Un día llegó a La Galera el señor Lugo con una caja llena de tipos móviles de bakelita. Me dijo: probemos la prensa. Comencé haciendo ejercicios con mis alumnos de la materia que imparto en Centro: Sistemas de impresión en serie. Nos divertimos como enanos por varios años. Artemio regresó un día y como siempre, sin previo aviso, reclamó su propiedad. No se la devolví. "Por el bien y la expansión de las artes gráficas tradicionales en extinción hacia las nuevas generaciones", argumenté. De la rejega generosidad de mi querido amigo, han salido todos estos ensayos con letras. Unos son míos, otros de mis alumnos, todos son con el objeto de estudiar a la letra y la palabra en su densidad semántica y su característica formal y estética.
Y para ser felices, porque hacer letras eso da: felicidad.
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Agravias y endulzas. Taller de tipos móviles en Acapulco. (en Ediciones Acapulco)
Que mi perro Bob y yo saldremos en Vice, en la entrevista que le hace Inechi a @elpachiclon.
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El último libro del 2009 fue el dedicado a Alfonso Reyes para la exposición homónima en el Museo Nacional de Arte. Su estructura y composición está inspirada en las ediciones de Revista de Occidente donde Reyes publicó varios de sus ensayos sobre arte.
El libro está protegido, como las ediciones de su tiempo, por un papel mantequilla. Este ejemplar, que fue de los primeros en llegar, muestra un papel de gramaje mayor al que se venderá en librerías. El editor Ramón Reverté lo cambió porque éste no dejaba ver la portada.
Los cantos están tintados en rojo, con una técnica que ya casi no se utiliza. Los dos detalles, el papel mantequilla y los cantos tintados, son delicadezas de la manufactura de los libros en el pasado que se han perdido con los años.
Aunque tiene bellas reproducciones de las obras de arte que integran la exposición, el diseño está pensado para un libro de lectura.
Esta página muestra una tinta de la artista de origen español Elvira Gascón, que ilustró con maestría la traducción alfonsina de La Iliada de Homero: traslado de Alfonso Reyes, publicado por el Fondo de Cultura Económica en 1950.
Quien disfruta de nuestros diseños sabe buscar hasta el final. Este colofón está basado en una caricatura de Toño Salazar. Lo bueno es que allí mismo se pueden leer los detalles de su impresión.
Aunque los empaques y envases no son nuestra especialidad, diseñamos los de la marca de productos orgánicos Campo Vivo desde su nacimiento. En diciembre recibimos media docena de sus deliciosos jugos, que además portan nuestro diseño.
Hace unas semanas hicimos un folleto impreso dos tintas. Aquí está la página central.
Las imágenes son de Manuel Manilla, uno de nuestro ilustradores favoritos. De él hicimos un libro hace un par de años. Haz click aquí para verlo. La portada la imprimimos en el taller tipográfico de Selva.
En la entrada de abajo puede verse el diseño de los interiores. Nos gustó mucho el resultado.
La Galera. Revista de Bibliofilia y arte
Núm. 1, abril de 1996
(Pica en la imagen para ver más números)
La Galera es una revista de bibliofilia mexicana con la que iniciamos nuestra labor profesional. Nació como una forma de autoempleo. Selva y yo renunciamos a nuestros trabajos, acabábamos de terminar nuestros estudios en la ENAP y Mercurio López nos sugirió hacer un boletín comercial para promocionar las librerías de viejo. La idea de un par de páginas de anuncios dobladas por la mitad se transformó en esta pequeña revista que sirvió como página en blanco para nuestras exploraciones en el terreno del diseño editorial.
(De galea).
1. f. Embarcación de vela y remo, la más larga de quilla y que calaba menos agua entre las de vela latina.
2. f. Cada uno de los crustáceos adultos del orden de los Estomatópodos.
3. f. Carro para transportar personas, grande, de cuatro ruedas, ordinariamente con cubierta o toldo de lienzo fuerte.
4. f. Fila de camas adicional en los hospitales.
6. f. Impr. Tabla guarnecida por tres de sus lados de unos listones con rebajo, en que entra otra tablita delgada que se llama volandera. Servía para poner las líneas de letras que iba componiendo el oficial cajista, formando con ellas la galerada.
7. f. Impr. galerada (‖ prueba de la composición).
8. f. Ingen. Fila de hornos de reverbero en que se colocan varias retortas que se calientan con el mismo fuego.
9. f. Mat. Separación que se hace al escribir los términos de una división, trazando una línea vertical entre el dividendo, que se pone a la izquierda, y el divisor, que va en el mismo renglón a la derecha, y luego otra raya horizontal debajo de este último, para escribir allí el cociente.
10. f. coloq. Arg., Chile, Par. y Ur. Sombrero de copa redondeada, o alta y cilíndrica, y alas abarquilladas.
11. f. C. Rica, Guat., Hond., Méx. y Nic. Cobertizo, tinglado.
12. f. Cuba. En una cárcel, sala ocupada por reclusos.
13. f. Cuba. Conjunto de reclusos agrupados en una galera.
14. f. p. us. Cárcel de mujeres.
15. f. pl. Pena de servir remando en las galeras reales, que se imponía a ciertos delincuentes. Echar a galeras Condenar a galeras
1. f. La de transporte terrestre especialmente rápida.
1. f. Mar. La más fuerte que la ordinaria.
1. loc. verb. Arg. y Ur. Sorprender a alguien con un hecho inesperado.
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| Uno de los libreros de la biblioteca de Juan Pascoe. |
La bibliofilia es un padecimiento progresivo y mortal, suele decir un tío mío, librero de ocasión, cuya pasión libresca, arraigada fuertemente en la primera infancia, lo ha llevado al extremo de vivir de, por, para, con y, literalmente, entre sus libros. Incapaz de dejar pasar una buena oferta, con la brújula dispuesta hacia el negocio, de colmillo largo y visión de lince, habituado a respirar el polvo de las librerías de viejo desde el momento en el que nació, utiliza su tiempo libre para visitar librerías, tianguis, mercados de pulgas, subastas, bibliotecas públicas y particulares en busca de aquellos ejemplares que hacen falta en sus múltiples colecciones personales. Sus viajes nunca dejan pasar la visita a la biblioteca, librería o sección del museo dedicada a los libros. Coleccionista de papel antiguo, papel de guardas, separadores de libros, ex libris, tarjetas de librerías, sellos de encuadernadores, colecciona también recortes de obras de arte, fotografías y dibujos siempre y cuando exista entre sus imágenes un libro retratado. Una de sus primeras bibliotecas fue, por supuesto, la de libros que hablan sobre libros.
La relación y el acomodo de un libro después de otro responde al espacio, pero también a las historias personales. Hay quien no puede separar dos libros que se compraron el mismo día: "Me recuerdan la tarde en la que conocí a M", o los de un mismo viaje: "Todos éstos los compre en Strand. Fue una ganga". A veces las editoriales ofrecen motivos de acomodo: en más de una biblioteca he visto reunidos los Breviarios del Fondo de Cultura Económica, los Crisoles de Aguilar e incluso todos los publicados por Siglo XXI en ese pequeño formato de un cuarto de oficio. ¿Cómo arreglar la biblioteca? A veces la solución responde a ideas prácticas: "Todos estos los ocupo para preparar mis clases". Hay quien se puede mandar hacer lujosos libreros de maderas exóticas, sofisticados diseños de reconocidos diseñadores o arquitectos. Casas enteras para los libros. El arquitecto Isaac Broid diseñó una casa-librero que en vez de sostenerse con los usuales procedimientos de ingeniería, se vale de los libros para conformar la base estructural. Ojalá se construyera. Para mí, los mejores libreros son de madera, ocupan la totalidad de un muro de piso a techo, son de entrepaños pequeños a lo largo (en los espacios largos los libros tienden a caerse hacia un lado, lastimando sus puntas), a lo ancho (los libreros profundos provocan acomodos en dos pisos) y a lo alto, para no desperdiciar espacio.
Este texto lo escribí para la publicación que se regalará durante el Foro de Ediciones Contemporáneas V Edición, que se llevará a cabo en el Museo Carrillo Gil del 7 al 9 de diciembre de 2012.
Hace tiempo que la ilustre poeta Mónica Nepote me invitó a participar dentro del consejo de redacción de la revista Tierra Adentro. En las reuniones de consejo platicamos, discutimos, nos divertimos. De esas lúcidas horas de charla con Elisa Corona, Luis Carlos Hurtado, Antonio Parra, Balam Rodrigo, Jezreel Salazar, Romeo Tello A., Natalia Toledo, y la triada formada por Mónica Nepote, Rodrigo Castillo y Mauricio Salvador salió el último número, que tiene entre sus tres ejes temáticos uno dedicado al exceso de diseño que vivimos. Mínimo y simple se llama el ensayo que escribí. Está bien ilustrado con las composiciones de John Maeda, autor de The Laws of Simplicity.
En nuestra sociedad de consumo, durante los últimos cuarenta años, hemos llegado a aceptar que una gran variedad de productos necesarios e innecesarios estarán a nuestra disposición todo el tiempo. Esto ha llevado a la sobreproducción y la competencia que, a su vez, ha llevado a la virtual extinción y agotamiento de todo tipo de recursos. Si pudiera enseñarse a la gente que al reducir su consumo diario, se beneficiaría su salud y el término de vida de sus hijos y nietos incrementaría, los planificadores podrían comenzar un nuevo sistema de producción mundial.Una vez que la gente hubiera aceptado la idea de comer sencillamente y de comprar pocos productos innecesarios o ninguno, los productores y líderes de la industria podrían introducir una nueva estrategia de producción. Se basaría en el uso de menos materiales, materiales que pudieran reciclarse, y en hacer que los productos duren más.Al mismo tiempo, los líderes industriales crearían equipos de diseñadores, sociólogos, expertos en distribución y otros para planificar las formas más económicas de producción, comercialización y distribución. El diseño sólo puede jugar un rol importante si es parte de un plan económico total que esté dirigido hacia el ahorro de energía de todas las maneras posibles.
Peter Brattinga, El diseño en un mundo finito. El planeamiento de la producción futura, 1976
Después de leer este postulado de los años setenta sobre la sociedad de consumo y el papel del diseño en este juego de promociona-vende (ustedes los mercadólogos tienen el poder, les digo a mis alumnos de Mercadotecnia), se me ocurrió la idea de escribir una novela de ciencia ficción, una sociedad utópica. Lo malo (y lo bueno) es que ese no es mi oficio, así que dejo el primer párrafo de este ensayo por si llega un escritor aficionado a la ciencia ficción y le gusta la idea:
Imagine, lector, un mundo en el que los objetos son eternos. Su funcionamiento perfecto está sumado, en este mundo ideal, a una estética perdurable, de observación incansable. En este imaginario, los niños nunca corren peligro de muerte al usar artefactos como jarras de vidrio o estufas de gas: juegan a sus anchas, nada los detiene. Las señoritas son hermosas porque dejan fluir su belleza natural, jamás son intimidadas por los valores publicitarios porque esta práctica es innecesaria. Los hombres y las mujeres se concentran en la producción, la creación, el aprendizaje o la enseñanza. Como en todas las sociedades utópicas, las artes ocupan un lugar importante. Aquí no hay desperdicio del agua o contaminación: la naturaleza es respetada y al mismo tiempo se encuentra al servicio de la humanidad en correspondencia por el cuidado que ésta hace de sí misma. La electricidad, los insumos, el uso de los combustibles, es medido y controlado, por lo tanto inagotable. El lastre del desperdicio y la escasez está eliminado de nuestro pensamiento: existen menos preocupaciones.
En este mundo ideal, la gente de cualquier clase social –no pretendemos eliminar las diferencias sociales- tiene acceso, de acuerdo a sus posibilidades económicas, a productos permanentes, funcionales. Los lujos barrocos del diseño exagerado, son sustituidos por una simplicidad sofisticada y preciosa. En este mundo minimal (es mínimo por que se rinde culto al no desperdicio) el cuerpo del ser humano tiene mayor importancia que el objeto. Este último queda sujeto a su cualidad servil. Por ejemplo, la ropa es diseñada para heredarse de madre a hija a través de cuatro o cinco generaciones; los automóviles también. Los muebles son reparados, jamás sustituidos. La gente consume la producción local y evita el transporte. Los héroes de nuestra sociedad, por supuesto, son los diseñadores y los productores, el conjunto de fabricantes. Aquellos visionarios, científicos de la forma, que desarrollan las cosas de uso cotidiano a través años de investigación y planeación, de pensamiento.
Cada objeto lleva en su proceso de elaboración cúmulos de años de pensamiento ordenado, de planeación tecnológica, material y estética. Los gobiernos, conscientes de la importancia en el diseño, gastan la mayor parte del erario en la investigación para la producción de estos objetos. La fuerza de las naciones no corresponde a la abundancia de sus productos, al contrario: radica en la economía de sus gastos materiales, en el ahorro.
Lector: compre la revista. O mejor: venga a la presentación donde platicaremos con Alberto Chimal y Joaquín Rodríguez de escritura y tecnología, producción de cine en México y, como siempre, de diseño.
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Seguramente, querido lector, estás ahora mismo pensando más de una buena razón que le asegura al libro de papel años, siglos, centurias de sobrevivencia. Pero nadie sabe nada. Las predicciones tienden a fallar, no tendría porqué ser diferente aunque se trate del libro. Queremos tanto al libro.
Cuarta Edición, el foro de editoriales contemporáneas que organiza por cuarta vez el Museo Carrillo Gil de la ciudad de México, es un espacio que se ha abierto para plantear preguntas. Además de la excelente oferta editorial que se podrá observar y, en algunos casos comprar (¡pero qué caros son los libros!), habrá una serie de mesas redondas, talleres y conferencias que arrojarán preguntas y preguntas y preguntas.
En el cuadernillo impreso está un breve texto mío del que reproduzco el primer párrafo. Se puede obtener gratuitamente en la Cuarta Edición, pero como lo virtual es lo de hoy, dejo aquí una publicación en issuu:
Cuando Thot, dios egipcio de la escritura, las lenguas, las bibliotecas y la sabiduría, otorgó la escritura a los hombres, los demás dioses se espantaron: ¡Se volverán estúpidos! ¿Cómo aprenderán las cosas si ahora pueden escribirlas y después consultarlas? Cuando Gutenberg aceptó que su invento no era cosa del demonio, sino una máquina de escritura artificial, los sabios se espantaron: ¿Y las artes de la memoria?, con libros múltiples desaparecerá este arte: los hombres sin memoria se volverán estúpidos. Ya nadie duda de que la lectura y la forma de los libros está en plena transformación, vivimos con gracia y fortuna esta época en la que los editores le ceden un pedazo de sus libros a Google books para aparecer en el mercado. Si no estás en Internet, no existes, me hace algunos años el director de una biblioteca con fondos antiguos, dedicado en vida y alma a preservar los tesoros bibliográficos en México. Estamos en el mercado equivocado, hay que aprender a diseñar páginas web, a hacer arquitectura de la información, e-books ¡los libros están muriendo!, le dije alguna vez de espanto a un diseñador editorial. No hay que preocuparse, me dijo. Los que van a sobrevivir son los libros como los que hacemos nosotros: los libros bonitos.
Las respuestas tienden a arrojar la fórmula del objeto. Si los libros ya no son el mejor de los contenedores de la información, lo que le queda es la forma: textos e imágenes (siempre imágenes) que se arraigan en la forma, inseparables de su objeto, de su diseño. Ya veremos. Qué curiosidad de futuro.
Y para libros bonitos, los del país invitado: Holanda.
http://cuarta-edicion.blogspot.com/2011/11/editoriales-internacionales.html
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El fin de semana me regalaron Erdera, de Gerardo Deniz. Al abrirlo al azar por primera vez, salió este poema. Lo leyeron para mí en voz alta, cuánta coincidencia.
EXLIBRIS CON ESTRAMBOTE
Gerardo Deniz
“Soy uno [un libro]
donde deberíamos ser varios,
más bien muchos afines.
“Debería ser de varios,
más bien de todos,
pero es que sólo a uno por acá
le intereso;
por eso me compró
con sus globulinas séricas
mientras pudo pagar ese poco.
“Debería estar en una biblioteca
aunque realmente ¿paqué?”
(Sólo preveo, razonable.
la dispersión,
la venta al peso,
librerías de viejo. ¿San Luis Potosí
a.d. 2049?
–Mira,
una gramática Armenia. Y el exlibris
–¿Firmada? –Sí, T. Alunle
o parecido, 1965.
–Alguien que vino con Maximiliano
–Dije novecientos.
–Ah, entonces
cualquier lacayo del imperialismo.)
Letra dibujada, letra impresa
La letra de imprenta, despojada de la imprecisión de la mano, comenzó a diseñarse a partir de Gutenberg. En el inicio se grabaron los mismos caracteres góticos de los códices manuscritos sobre un pequeño pedazo de madera para fundir varios moldes en metal de una misma letra. De este molde o fuente surge el bonche de letras necesarias para formar una página. El diseño de estas piezas sólidas se enfrentó con un impedimento físico: la posibilidad de traslapar una letra sobre la otra. En la letra escrita es posible variar la distancia entre las letras de cada palabra y cada párrafo, en la letra de imprenta no.
Recientemente mi biblioteca se redujo considerablemente. Nuestra biblioteca se convirtió en mi biblioteca; sin la parte nuestra, muchos de mis libros favoritos se cambiaron de casa. Lloré mucho por los libros perdidos, el apego. Pero cosas son cosas y no son más que cosas. No los necesitas, alguien me dijo a manera de consuelo. Si hay algo que no te hace falta, son libros, me dijo otro amigo.
He estado postergando el arreglo de la biblioteca y los libros que me quedaron. Decidí deshacerme de casi todo y quedarme sólo con lo esencial. Para qué quiero tanto papel, pensé. Entonces llegó este regalo.
Muchos saben que la caligrafía tomó un fuerte impulso luego de la invención de la imprenta. Este invento, que se proyectó como una máquina capaz de reproducir la escritura de manera artificial, provocó desconfianza. Si los documentos podían multiplicarse, nada más fiable que la letra manuscrita. Los escribanos, notarios del siglo XVI, además de saber de leyes, tenían que dominar el arte de la buena escritura: con su puño y letra dejaban constancia de la legalidad de cada documento. De esa época hay algunos ex libris, hermosas cartelas barrocas que rodean el nombre manuscrito de su propietario, tal como la firma que cada quien deja como constancia en documentos importantes: contratos, convenios, cartas, cheques.
El acto de la escritura manuscrita implica además un proceso psicológico: la mente se transmite hacia el papel a través de la pluma en forma de arcos, curvas, ascendentes, descendentes, tildes, puntos, ritmo, espaciado, perfil, con el peso de la pluma en cada trazo. Mis alumnos se quejan invariablemente de que los ensayos que escriben para mi curso de Historia del Diseño deban entregarse escritos a mano. Es para ejercitar los músculos que se atrofian con el estudio de estas carreras, arguyo. Además me gusta conocerlos primero por sus letras y después por sus nombres. Y es verdad. Conozco el caso de dos que se enamoraron por la belleza de sus firmas, o el de aquel al que le negaron un trabajo por lo intrincado de su rúbrica. La caligrafía domina las formas provocadas por la psique a favor de una escritura de bellos rasgos, pareja y suelta, aunque no siempre legible.
Todo esto lo escribo para agradecer la hermosa edición de 1840 que mi padre me regaló de cumpleaños: Album Calligrafico. Trattato storico teorico pratico del bello scrivere compilatto ed eseguito a penna da Giuseppe Bertolla. Calligrafo di Camara di S. A. R. Il Duca de Lucca. Este libro me recordará la escritura en los actos notariales, en memoria de los libros perdidos.
Hace muchos años publicaba junto con José Luis Lugo, La Galera, Revista de Bibliofilia y Arte. El número trece, dedicado al coleccionismo, ilustrado con animales y Saturnino Herrán, dedicamos la entrevista a Carlos Monsiváis. Nos citó en su famosa casa de la colonia Portales un sábado por la tarde. Fuimos Jotavé, la caricaturista, Jorge Navarijo, el periodista dedicado a las entrevistas, y nosotros, los editores. Pasamos con él un par de horas en un pequeño estudio lleno de papeles y gatos. Mis ojos se movían entre los libreros que guardaban en desorden varios de los libros ilustrados que yo quería tener: Miguel Covarrubias, Gabriel Fernández Ledesma, Carlos Mérida y Julio Ruelas, son los que recuerda la fotografía de mi memoria. Coincidimos muchas veces después de eso, en las ferias de libro, en proyectos profesionales, cuando necesité consultar su archivo y colecciones. Siempre fue amable y generoso. El día de la entrevista, Carlos Monsiváis dijo que le daba mucho gusto conocerme. Hasta pensé ponerlo en mi currículum; y es que lo dijo de veras.
Ayer Jorge Navarijo me mandó la entrevista junto con una nota para que la publicara en este espacio, a manera de brevísimo homenaje.
Entrevista con Carlos Monsiváis
No me propuse ser coleccionista, me veo como un “acaparador”
JORGE E. NAVARIJO / Revista La Galera, Junio 1997
Es el más popular entre los cronistas de nuestro quehacer nacional (si es que hay otros). Referencia obligada en casi todos los temas debatibles; crítico implacable; intelectual apasionado por la cultura popular, Carlos Monsiváis (Ciudad de México, 1938) es también un bibliófilo voraz y un coleccionista amateur de todo lo que le permita mantener un diálogo con el pasado para explicarse a sí mismo y para explicarnos a todos.
Originario de Portales, la colonia donde ha vivido y reinado toda su vida, rechaza que se le tome en serio como “coleccionista” y argumenta que su desorden le impide serlo. Sin embargo, admite que esta actividad es una forma de sabiduría, aunque él se encuentre “exento de esta cualidad”. Asimismo, advierte que en nuestros días, los amantes del libro están en riesgo de convertirse en una especie en extinción y llama a preservar esta afición.
Antes de comenzar la entrevista, Monsiváis interroga a los miembros del equipo de La galera acerca de quiénes somos, qué estudiamos y a qué nos dedicamos. Superado este “trámite”, se inicia la conversación:
--¿Qué es primero, el cronista o el coleccionista?
--Bueno, propiamente no me veo como un coleccionista, me veo como un acaparador, que es una situación diferente.
Yo no me propuse ser coleccionista. No tengo el sistema, la catalogación o la pasión taxonómica de un coleccionista, pero sí una avidez enorme por adquirir lo que me importa: grabados, libros, dibujos, caricaturas, arte popular, fotografía, discos… En un principio fue simplemente el gusto de tener todo esto que ahora es muy caro, pero que no lo era antes.
Por lo que he visto, el coleccionista es algo mucho más riguroso que eso, y esa falta de rigor, mezclada con la avidez, en mi caso empezó desde los tiempos de la preparatoria. Antes leía mucho, pero no me había dado cuenta del sentido de extender esas constancias del conocimiento, que son los libros, y esa necesidad expresiva que es la biblioteca, hacia el coleccionismo. En mi casa no había una costumbre previa de coleccionistas y si un libro había era la Biblia.
--Entonces esto comenzó por los libros…
--Sí, me interesaban la poesía, la novela, la historia, pero no me preocupaba por las primeras ediciones. No partí del coleccionismo para llegar a las admiraciones, más bien partí de las admiraciones para llegar al coleccionismo. Era muy descreído de los valores simbólicos y era muy ajeno al fetichismo. Con la edad fui ganando en fetichismo y en manía canónica; ahora me preocupan las primeras ediciones y un libro autografiado por (Salvador) Díaz Mirón o por Guillermo Prieto se vuelve invaluable.
Esa “pasión poseedora” que, como dice Monsiváis, lo lleva a uno a gozar la relación con los muertos en un autógrafo, una foto, o en el culto-aprisionamiento de un libro escrito o ilustrado por alguien a quien uno admira se materializa en su estudio: en una pared se encuentra el dibujo que Ricardo Martínez realizó para la primera edición (1953) de Pedro Páramo, la novela de Juan Rulfo. “Para mí esto es invaluable no sólo por el excelente trabajo de Martínez. Está ahí la letra de Rulfo con el principio de la novela mexicana que más admiro”.
--Pareciera que en todo esto hay una obsesión por la permanencia…
--Para mí la relación con el pasado es algo muy importante y que ciertamente puede volverse obsesiva. De pronto tengo contacto con la época de los años veinte o los cincuenta de este siglo, entonces busco libros, fotos, porque tengo la necesidad de realizar un viaje intrahistórico o por una manía adquisitiva, ya no de objetos sino de sentidos del pasado.
Pero, insisto, yo no tengo orden y en ese sentido no puedo ser un buen coleccionista. Mi casa es un reflejo de mi desorden y una casa de coleccionista, en sentido estricto, tiene que tener secciones disciplinadas, no sólo dedicadas a la obtención y el despliegue de objetos, sino también en su defensa contra la incuria o el descuido, y ese no es mi caso.
***
Además de los libros, otras importantes manifestaciones del coleccionismo febril de Monsiváis han sido la fotografía, la pintura y desde luego, la caricatura y el arte popular, del que sobresalen sus colecciones de carteles, calendarios y luchadores. Desde que en los años setentas adquirió un lote de ilustraciones de Miguel Covarrubias, ha reunido obras de Julio Ruelas, Roberto Montenegro, Leopoldo Méndez, Francisco Toledo, Ernesto El Chango Cabral, Gabriel Vargas, Abel Quezada, Andrés Audiffred y Alberto Isaac, entre muchos otros.
Del siglo pasado tiene varios ejemplares de las revistas La Orquesta y El Ahuizote.
El autor de Escenas de pudor y liviandad cuenta que su interés por la caricatura se remonta a sus lecturas de Don Timorato (revista que apareció en 1944) y que tras “quedar a merced de la pasión por coleccionarla”, actualmente continúa con la obra de moneros como Rius, Naranjo, Helioflores, Magú, El Fisgón, Helguera, Rocha, Ahumada, Falcón, Jis y Trino. En 1995, parte de esta colección se presentó bajo el título Aire de familia en el Museo de Arte Moderno, de Chapultepec.
Sin embargo, Monsiváis insiste en definirse como un “coleccionista amateur” y asegura: “No es un trabajo exhaustivo, pero sí ha tomado tiempo, y si no tengo la colección que deseaba es la que he tenido al alcance de mis medios. Aún me faltan obras de José Clemente Orozco, de Rafael Araiza, de Ariel Fernal… El gusto por el coleccionismo en ese sentido es insaciable. Siempre hay alguna obra que se quisiera tener y siempre la pequeña o terrible contrariedad de no poseerla”.
Elogio de la nostalgia
Como todos los de su época, en sus tiempos de preparatoriano Monsiváis compraba libros en la calle de Donceles y en el mercado de La Lagunilla. “Visitar esos lugares con el escasísimo dinero que tenía, era para mí la representación del gozo. Mi consejero era don Artemio del Valle Arizpe, a quien frecuentaba todos los domingos y quien me regalaba sus libros repetidos o que no le interesaban. Me hacía muchas recomendaciones, que yo tomaba muy en cuenta. En esa época leí muchas cosas que yo no entendía en absoluto, pero que me parecían muy importantes porque él me lo decía.
“También, desde muy joven visitaba la librería Porrúa, que era magnífica y en la que era posible encontrar a las ‘grandes figuras’, como Salvador Novo, a las que no me atrevía a hablarles. Aquél era un mundo de una obsesión cultural y de una sedimentación literaria que ya no existe. Ahora hay otras cosas: uno navega por Internet y tiene acceso a lo que entonces te deparaba la fortuna de las conversaciones; pero en aquella época el hallazgo de una plática era arribar a autores, perspectivas, gustos, a una cultura.
“Esa vida literaria traía como complemento o consecuencia la formación de grandes bibliotecas, especialmente de la gente muy conservadora. Yo entonces era militante de la Juventud Comunista y no me parecía compatible el ideario de los conservadores, pero admiraba muchísimo su pasión cultural. Creo que la gran pérdida de la derecha mexicana actual es su falta de pasión cultural; la política se analfabetizó en cierto sentido y esos abogados conservadores que sostenían los puntos de vista más aberrantes sobre la vida social y la justicia de nuestro país, eran al mismo tiempo los grandes museógrafos y los cultivadores de un pasado extraordinario. Ahora vivimos un momento muy ligado al auge de la tecnología, de descuido y desprecio por el libro, y los bibliófilos son una especie en extinción.
La gran pérdida de la derecha mexicana actual es su falta de pasión cultural. La política se analfabetizó
“Hoy la relación con el pasado se da a través de tantas especializaciones, que ya es demasiado específica. El crecimiento de la industria académica ha fragmentado al infinito esa relación, pero todavía en los cincuentas era una relación panorámica y eso para mí fue una lección inapreciable e inolvidable: ver cómo discutían una edición, ver cómo don Artemio enviaba sus libros a encuadernar a Holanda; ver cómo Felipe Teixidor hacía una referencia con la que contestaba a una nota de la marquesa Calderón de la Barca, era entender la enorme vitalidad y el gusto por el detalle que hace de la relación con el pasado algo tan fundamental”.
--¿Qué pasó entonces con esos libreros y esos escritores?
--Yo creo que todo se acabó, desapareció borrado por la fiebre de la modernización. Pero aún quedan algunos libreros que son un remanente de esa tradición, la de aquellos que sabían de qué se les hablaba, que tenían idea de los gustos del cliente, que entablaban una relación dual con él y con sus gustos. Las librerías de hoy son supermercados, los libreros especializados casi no existen y como ya hay un desahucio sicológico del libro, se parte de la base de que el librero especializado es más un taxidermista, un curador, que un especialista.
--¿Diría usted que estamos ante un fin de la nostalgia por esa época?
--Desde luego no de mi parte, pero yo no veo que nadie se queje de la desaparición de los libreros, salvo aquellos que nos formamos en el culto por el diálogo con ellos.
--¿Y es posible rescatar esto?
--No lo sé, la tecnología y la demografía van en contra. Hay demasiada gente y una dependencia excesiva de la computadora, todo eso tiende a la supresión. Un librero que sí se relacione con sus clientes es una rareza y seguramente la suya es una actitud impráctica, porque demostraría que tiene muy pocos clientes y que su librería está en vías de desaparecer.
--¿Esa sentencia también apunta hacia la extinción de los libreros de tianguis, como los de La Lagunilla o Plaza del Ángel?
--La Lagunilla es muestra de una actitud heroica de cómo sobrevivir al embate de la fayuca. Creo que dentro de unos años quedará muy poco de la vieja Lagunilla y sus personajes memorables. Libreros y público persisten, pero no han crecido al ritmo demográfico. En cambio, presenciamos cómo los coleccionistas del rock están en auge: el rock es el nuevo almacén de antigüedades.
--En su opinión, ¿Cuál es el deber de nuestra generación, la de aquellos que tenemos entre 20 y 30 años, para contrarrestar esto?
-- En el sentido de evitarlo, no queda nada. Queda en el sentido de preservar gustos. Una minoría que los preserva y los cultiva, que explica la racionalidad de su actitud y defiende sus predilecciones, siempre será una minoría con grandes probabilidades de éxito, en la medida en que la pluralidad del gusto permitirá también esas excepciones. Ir contra la tendencia depredadora me parece absurdo y rendirse ante ésta me parece todavía peor. Lo que queda es aceptar que uno es minoría y que esa minoría tiene derecho cabal de existir y que además se está dirigiendo a un público en verdad conocedor, que apreciará ese esfuerzo y con el cual se podrá mantener un diálogo.
--Al hablar de usted, algunos lo han llamado “El sabio Monsiváis”… ¿Son el coleccionismo y la bibliofilia formas de encaminarse a la sabiduría?
--De eso estoy completamente seguro. Que yo no sea un sabio no quiere decir que no admita y no proclame la sabiduría de los grandes bibliófilos. Hablar con Teixidor era uno de los placeres intelectuales más precisos que recuerdo, o asistir –así fuera en calidad de piedra- a esas tertulias de los Porrúa, que eran espléndidos bibliófilos.
--¿Cuáles son los libros que a lo largo de tantos años de lector conserva como sus “joyas” de biblioteca?
--Casi nada. De todo lo que compré de niño, entre los 10 y los 16 años, que fue mucho, lo sustituí por ediciones decorosas. Los libros que queden serán excepcionales.
--¿Y de lo que ha comprado ahora?
--Todo lo que he estado comprando sobre grabado del siglo XIX, que publicó Ignacio Cumplido, me parece maravilloso.
--A pesar de lo que nos ha dicho, algunos se preguntarán qué fin específico tiene el reunir todo esto. ¿Hay placer hacia lo que significa el objeto y hacia lo que aporta?
-- Es muy difícil describir los deleites. Se tienen, se gozan, se aprovechan, pero si uno intenta describirlos, siente que agota el misterio. Una relación utilitaria no tengo con estos materiales, ninguna. Tampoco una relación oportunista, de aprovechamiento, para solidarizarme con el mundo intelectual.
Es una actitud de gozo, de respeto, de ironía protectora y de gusto por encontrarme con mentalidades tan ajenas, tan distintas y al mismo tiempo tan cercanas. Es por el gusto de saber que uno puede disponer de sus predilecciones y que van a estar ahí todo el tiempo.
--Por último, entre tantas colecciones, pudiera pensarse que todos los meses inicia una nueva….
--De ninguna manera, una colección sólo se le ocurre a alguien cuando ya no puede evitarlo. Es un compromiso y un compromiso se adquiere meditadamente, porque tampoco tiene sentido de pronto decir “ahora voy a coleccionar máscaras de Zedillo”.
--A propósito, ¿en 50 años habrá quien coleccione todas esas figuritas de Carlos Salinas?
--Sin duda alguna, ya hay quien tiene su museo.
Monsiváis coleccionista, casi un pleonasmo.Esta entrevista a Monsi tiene 13 años. La hicimos en un mes de mayo, en el estudio del cronista en la colonia Portales, cuatro jóvenes que entonces realizábamos la revista La Galera. Nosotros, entusiasmados por conocerlo, fuimos desarmados cuando nos dijo que a él le emocionaba más que estuviéramos ahí. Era un sábado lluvioso. Hablamos con él dos horas de sus libros y colecciones. Hoy, 13 años después, Monsiváis se ha ido. Lo vamos a recordar husmeando en los tianguis de viejo, mirando libros, grabados, objetos. Este es otro sábado lluvioso, lento, triste. Salud por el “acaparador” de obsesiones (19/VI/2010).
“Época de coleccionistas es la nuestra”. Eso pensaba Jorge West, un enamorado de la moda.
Todos coleccionaban algo: cuadros del Renacimiento, dibujos de Hans Memling, pintura temáticamente reaccionaria de David Alfaro Siqueiros, retratos de Rafael Caro Quintero hechos por Andy Warhol; cerillos, timbres, monedas. Revólveres usados por José León Toral para asesinar a Obregón (había uno que tenía 325); fotos abstractas con intención pornográfica; objetos porno despojados de cualquier connotación sexual; floreros persas del siglo XVI; falsificaciones genuinas de obras de arte de la dinastía Ming, búcaros búlgaros, libros de grabados de la Mongolia exterior, balsas guerreras de la Polinesia…
Todo lo humano y todo lo que aspirase a lo divino era presa de los coleccionistas. Y él, Jorge West, carecía de temas adquisitivos a su altura, y se pasaba los días y los meses buscando algo en verdad sensacional para sus colecciones.
Y en una ocasión, mientras leía el periódico, brotó el numen, la inspiración se apareció en persona: ¡Eureka!, ahí estaba... Él coleccionaría declaraciones y discursos en verdad originales de políticos oficiales.
Y se lanzó a la búsqueda.
¡Vana esperanza!... Las declaraciones más recientes con visos de originalidad tenían sesenta, setenta años de haber sido dichas tal vez por primera vez, aunque eso uno nunca lo sabe.
West fustigó hemerotecas, entrevistó políticos jubilados, investigó en sótanos y callejones… Nada. Las frases ya traían placa conmemorativa y algunas él las podía decir de memoria. Todo en los discursos era: “CAMBIO”, “RENOVACIÓN”, “COMPROMISO CON LOS MÁS NECESITADOS”, “AJUSTE DE CUENTAS CON EL PASADO POPULISTA”, “¡DECISIÓN!”, “¡ENERGÍA!”…
Al cabo de unos meses, localizó una declaración que en algo, y por no sabía qué, le pareció novedosa: “NO VENGO A PROMETER, SINO A QUE ME PROMETAN”… ¡Fantástico!, a lo mejor esto era algo original. Con esto empezaría su colección.
Un día más tarde renunció al propósito y nunca más se vio a sí mismo como coleccionista…
La frase en cuestión había sido dicha en su primera gira por Don Guadalupe Victoria, primer Presidente de México.
(Grabada por el autor en 1997 para la estación de radio 690 AM / Ondas del Lago)Existe cierta relación, intrínseca y fascinante, entre el papel y la madera: libros en libreros, las fibras de árbol con las que algunos papeles están hechos (papeles ácidos y amarillos del tiempo), el escritorio, la pluma, el papel. Y la xilografía, esa técnica del grabado, acaso la primera tecnología con la que el hombre empezó a realizar imágenes en serie.
En el librero de mi casa materna destinado a los libros especiales, uno me llamó la atención desde que tengo memoria: Incidentes melódicos del mundo irracional, de Juan de la Cabada, diseñado e ilustrado por Leopoldo Méndez. Pensaba yo que eran grabados en madera. No distinguí durante mucho tiempo, como suele suceder cuando no se tiene experiencia en la observación de la gráfica, el grabado en madera (xilografía) del grabado en linóleo o incluso del dibujo realizado a la manera de esgrafiado o scratch, donde una superficie negra es rayada con un punzón para producir líneas blancas en su interior. Esta confusión suele suceder por la similitud de las técnicas. Durante muchos años, mientras editábamos la revista Galera, dediqué parte de mi tiempo a la investigación de la ilustración y el diseño editorial mexicano de la primera mitad del siglo XX, tiempo en el que la xilografía resurgió como una propuesta estética para la ilustración de libros y la creación de diseños. El tema me resulta fascinante, por eso accedí de inmediato a la propuesta de escribir un ensayo que me hizo Iván W. Jiménez para la revista Ene-O.
Aquí puedes ver un extracto de la revista:
Aquí puedes leer el ensayo completo.
Y claro, si radicas en el defe y el tema te interesa, puedes asistir a la presentación de la revista. En ella no sólo se habla del pasado o de la xilografía, sino de diferentes artistas y creaciones donde se ocupan las técnicas de la estampa para la creación de mensajes visuales. Ah, y de esa cosa extraña a la que solemos nombrar identidad mexicana.
Que en realidad es último, penúltimo y antepenúltimo.
De repente, con mucho más frecuencia de la que me gustaría, llega un mail, un mensaje, un comentario, que me pregunta (y me pregunto) cuándo volveré a escribir en este lugar. La respuesta no la sé, lo que sí sé es que escribir aquí me llenó de comisiones para escribir y publicar en impresos (y qué gusto).
La semana pasada llegaron a mis manos tres publicaciones con cosas mías, casi al mismo tiempo.
La primera fue Ene O. Ensayo del diseño. Un artículo sobre la xilografía como estilo en el diseño mexicano. Un tema preferido. Iván W. Jiménez, su editor, me recuerda mucho a mí. Tal vez por andar en el absurdo quehacer de las revistas. Editar revistas en papel: cosa necesaria; tanto esfuerzo, sólo con juventud.
La segunda es Roven, Revue Critique sur le Dessin Contemporain. Su editora, Johana Carrier, me solicitó un ensayo breve sobre un grabado de José Guadalupe Posada. La revista me honra con permitirme participar. Es de contenidos excelentes; disfruté bastante su lectura. El original está publicado en francés, yo lo escribí en español.
La tercera, otra francesa, es Étapes. Design et Cultura Visuelle. El ensayo no es mío, sino la mayoría de los libros que lo ilustran. La investigación sobre la historia del diseño en México es de Leonardo Vázquez.
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No sé si vaya a ser mi última publicación. Tengo pendientes varias entregas desde el año pasado: sobre Julio Torri y editorial Cultura y poetas que también diseñan (ejemplos mexicanos, por supuesto). Los libros (hermosos) de Jaime Torres Bodet y los textos de Manuel Maples Arce. Algunos libros ilustrados de Dr. Atl es uno de los textos que preparé antes de dejar de escribir aquí; cien libros para la historia del diseño en México, mi idea más ambiciosa. La imprenta de Juan Pascoe y la biblioteca de Artemio Rodríguez los últimos textos que se me ocurrieron.
Cosas por escribir siempre hay. Si ésta es la última de mis publicaciones, tal vez mejor opte por la cuenta regresiva.
Pica en la imagen para leer el artículo completo.
Cuando leí el hermoso artículo de Mauricio Salvador me soprendió saberme la misma persona de la que él escribe. Me sorprende también que este espacio, que no es más que un ejercicio para compartir mis solitarios momentos de ocio, reciba tanta atención.
No dejes de comprar este número de Tierra Adentro dedicado a los lenguajes de la enfermedad. Me dio mucho gusto encontrar entre sus páginas a una antigua colaboradora de nuestra oficina de diseño, Mayte de la Torre, con una estupenda serie de fotografías: Inventario Vitiligo. Me honra, además, compartir páginas con celebraciones a dos escritores a los que he disfrutado y admirado en esos ratos ociosos: Juan Vicente Melo y Eduardo Lizalde.
No sobra decir que Mónica Nepote, la directora editorial de Tierra Adentro, hace un excelente trabajo para cada número con todo el teje y maneje de planear, solicitar, reunir y volcar en papel textos e imágenes de una forma nueva a la que se venía haciendo desde hace años. Como dicen los teóricos, para que un sistema sobreviva, debe modificarse. Ay, esa ardua y delicada labor de la edición de las revistas culturales...
Me sabe raro presumirte estas palabras que me despliegan de tan buena forma, pero como bien dice el dicho que acompaña algún ex libris: no sólo de pan vive el hombre.
Del libro de Mercurio López, La muerte en el impreso mexicano (Editorial RM, 2008), estos cuatro ex libris con el tradicional tema de vanitas. Recomiendan los que saben no utilizar el recurrente tema de la muerte en los ex libris, por trillado; tampoco los retratos del propietario, ni los de sus casas, para no pecar de vanidad.
1. Ex libris de Jesús Luján, 1905.
Dibujo a tinta de Julio Ruelas impreso en clisé.
2. Ex libris de Roberto Montenegro, ca. 1919.
Dibujo a tinta de Roberto Montenegro impreso en clisé.
3. Ex libris de Carlos Toro, ca. 1919.
Dibujo a tinta de Carlos Neve impreso en clisé.
4. Ex libris de Harold Leonard, ca. 1947.
Grabado sobre linóleo de Leopoldo Méndez.
Del fantástico libro, reproduzco el prólogo de Gregory Dechant:
Y para empezar a despojarla de su principal ventaja
contra nosotros, sigamos el camino opuesto al ordinario;
quitémosle la extrañeza, habituémonos, acostumbrémonos
a ella. No pensemos en nada con más frecuencia
que en la muerte...
Montaigne
En una de las notas al ensayo que sigue, Mercurio López Casillas se asoma al extenso desarrollo semántico del término calavera en el castellano de México. Tal vez convendrían aquí también unas observaciones sobre sus raíces. La palabra viene del latín calvaria, que significa “cráneo”, voz derivada a su vez de calvus, “calvo, mondo o despojado”. El empleo del término para designar un esqueleto entero se debe a “la confusión que pronto se produjo entre calvaria y el cultismo cadáver con su familia”, una “contaminación inevitable”, según el lexicógrafo Joan Corominas. No menos rico en asociaciones es el evidente parentesco de la palabra con calvario, que viene también del latín calvaria y era el término empleado para traducir gólgota (helenización de una voz aramea que designaba el cráneo) del griego del Evangelio de san Mateo. Fueron sin duda estas evocaciones de la muerte, el despojamiento y la vanidad de la existencia humana las que inspiraron la estremecedora definición de calavera en el gran Diccionario de autoridades de la Real Academia Española (1726):
“La cabeza del hombre, o de otro cualquiera animal, ya despojada por la muerte de todo el adorno exterior e interior de facciones, y sentidos, y que solamente le ha quedado la armazón de los huesos, en que se contempla una horrorosa figura de lo que fue”.
El tono grave de Autoridades podría hacer pensar que fuera algo sombrío un volumen dedicado a la calavera en el arte gráfico mexicano, pero la mirada más superficial a las páginas de este libro desmiente tajantemente esa noción. El autor se refiere al surgimiento, durante la segunda mitad del siglo xviii, de “las prime-ras manifestaciones de la muerte con carácter festivo”. Desde aquel entonces, innumerables artistas mexicanos, tanto célebres como anónimos, han seguido al pie de la letra los consejos de Montaigne citados antes. Que haya sido motivada por el estoicismo senequista de un humanista del Renacimiento o simplemente por esa supuesta indiferencia del mexicano ante la muerte, “que se nutre –en palabras de Octavio Paz– de su in-diferencia ante la vida”, la burlona familiaridad con La Huesuda que se manifiesta en los impresos e ilustraciones de este libro constituye una preparación idónea en el refinado arte de morir.
Uno de los mayores aciertos del trabajo de Mercurio López Casillas es haber situado las famosas calaveras de Posada en el contexto de la larga tradición a la cual pertenecen. Primero, el autor trata brevemente la iconografía prehispánica de la muerte y su capitulación ante modos de pensamiento españoles a raíz de la Conquista. Particularmente esclarecedora es su reflexión sobre el imaginario funerario del período virreinal, ese largo proceso de gestación que dio forma a tantos rasgos de la cultura popular y tradicional de México. En La portentosa vida de la Muerte el franciscano Joaquín Bolaños no produce sino una pálida imitación de las visiones satíricas de Quevedo, pero las extra-ordinarias ilustraciones que acompañan su obra son los primeros ejemplos de la distintiva calavera mexicana. Estas imágenes constituyen una muestra reveladora del desarrollo de la sociedad criolla de la Nueva España hacia una identidad específicamente mexicana, lo que haría de la independencia política un anticlímax en términos culturales. López Casillas sigue la historia a través del siglo xix, en las tradiciones del Día de Muertos y en las obras de los grandes carica-turistas mexicanos y de Manilla y Posada, los principales exponentes del género en el imaginario popular. Antes de rastrear brevemente las fortunas de la calavera en el siglo xx, el autor analiza la obra de Julio Ruelas. Aunque no pertenecen estrictamente al género de la calavera, las oscuras y perturbadoras visiones de Ruelas son el contrapunto y el complemento necesarios a los aires festivos de las demás imágenes presentadas en este libro. Las morbosas libertades que toma Ruelas con su novia “incestuosa” no son sino otra manera, al fin y al cabo, de seguir la pauta de Montaigne y de quitarle su “extrañeza” a la muerte.
Morituri te salutamus: ¡que comience el espectáculo!
Ayer este blog cumplió un año. El festejo llegó unos días antes con este aguafuerte de Emmanuel García, que hace hermosos ex libris. Aquí el ejemplar 48 de 48.
Continúa la charla entre amigas en Gente como uno, con Patricia Vega. La puedes escuchar picando aquí.
Y unas fotos de tipos móviles que salieron como a veces salen las cosas: raras.
Llegaron nuevos ex libris de Viena. Parece que serán los últimos: mi querido amigo Pedro, al que le gusta esta extraña afición mía por el papel, dejará de viajar a Viena y visitar al tendero de Stöberstube; en esta vieja tienda de chácharas Pedro compró viaje con viaje ex libris para mí. Todos pertenecieron a la colección del padre del actual propietario, quien fuera chacharero además de coleccionista de ex libris.
He de decir que esta serie de estampas es de lo mejor de mi colección. Esta última vez, Pedro eligió estos cuatro. Me los entregó junto con algunas fotos de la tienda para que yo la conociera y la publicara aquí.
1.
Una xilografía en camafeo de B. Hermp dedicada al Deutsche Forschungsanstalt für Psychiatrie. Un hombre con la mano en la frente se detiente ante un portal mientras alumbra una esfinge con una antorcha. Delante de él, una suerte de altar de piedras; a un lado un ángel encadenado. En la parte superior se lee la fecha: 1917. No creo que sea la de la creación del ex libris, sino de la fundación del Instituto Alemán para la Investigación Psiquiátrica.
2.
Una punta seca dedicada al Dr. Vicens Bosch quien tuvo más de un ex libris. El pequeñísimo monograna del artista en la derecha es tan indescifrable como su firma con lápiz. Se trata del hombre nuevo, el que surge del conocimiento y la ciencia, el que llenaría al siglo XX de innovaciones y literatura científica. Ni hablar: la esperanza del hombre en 1923 estaba fincada en la ciencia, como ya lo explicó Eric Hobsbawm. No deja de llamarme la atención el diseño de la parte inferior: una pequeña mujer desnuda recostada en el interior de una habitación a la derecha y el misterioso símbolo del yelmo a la izquierda.
3.
De los cuatro, el dedicado al Dr. Köster es el que más me conmueve. Una mujer, lánguida y enferma, recibe el agua sanadora que emana de la fuente de la salud. Un hombre joven, desnudo, especie de espírtu de sanación le sostiene la nuca con suavidad mientras le da el tónico en los labios. Aunque antes vi el monograma del artista (TW), no logré recordar dónde ni tampoco localizarlo en mi biblioteca. Mi mente no ha estado fina estos días.
4.
Finalmente la muerte toca el violín para una mujer que desnuda sucumbe ante su melodía: la melodía de la muerte. Observa con cuidado las manos de la mujer: están relajadas, parecieran muertas pero como si al mismo tiempo quisieran seguir los movimientos del violinista. Un hermoso dibujo de excelente composición y diseño; precioso el aguafuerte de N. Gaighey dedicado al Dr. Ernst Liebitzky.
***
La salud mental: promesa y esperanza; anhelo añejo de la humanidad. No hablaré, aunque sienta el impulso, de la simbología en estos ex libris con relación a las ciencias de la mente: temo caer en equívocos absurdos. En vez de ello, dejaré abierto el portal para que los que sí saben se sientan libres de comentar.
Hace unas semanas tuve el honor de recibir la invitación de Patricia Vega para asistir a su programa Gente Como Uno de la radio virtual del Gobierno del Distrito Federal, Código DF. Aunque hablar en público forma parte de mi quehcer cotidiano (doy clases), he de confesar que el micrófono siempre me impone. Y otra confesión: ciertos temas –¿adivinas cuáles?– me dan para charlas de horas, días, semanas, meses, años.
Te dejo aquí la charla entre amigas que tuvimos Patricia y yo en la cabina de Gente Como Uno: literalmente tomé el micrófono. La segunda parte se transmitirá en vivo, el próximo viernes 28 de agosto a las 21:30 horas. Como dicen en la radio: no se la pierda.
Aquí está la entrevista y unas fotos de libros que ya no sirven, sólo para adornar.
Hace una semana exactamente, Fernando el carpintero terminó mi esperado librero. Desde que mudé mi oficina hace más de un año, tenía cerca de diez cajas de libros apiladas esperando un espacio.
“Si el pájaro se ha capturado con red o trampa, es preciso manejarlo con ciertas precauciones para que no se desplume y se consigue hacerlo bien tomándolo con los dedos por debajo de las alas, entre la pechuga y el vientre, y oprimiéndolo hasta asfixiarlo. A los de buen tamaño y fuerza se les ahorca.”
Puede ser que mis libros favoritos son los que hablan de libros. Uno de los que ocupa un lugar especial en mi memoria y en mi librero es Salle XIV. Vicente Huidobro y las artes plásticas, catálogo de la exposición del mismo nombre del Museo Reina Sofía en el año 2000, cuando el erudito de la vanguardia Juan Manuel Bonet era director de ese museo.
No sólo habla de los maravillosos poemas pintados, sino del contenido de su biblioteca. Aunque muchas de sus traducciones, no pude encontrar en internet mas que la cubierta del catálogo de la exposición y un par de sus poemas pintados. Y éste es uno de esos casos de la poesía en los que la forma plástica es inseparable de la literaria.
Todo esto viene a cuento porque estaba recordando dónde fue que por primera vez me sorprendí con la vanguardia latinoamericana y claro, fue con este libro sobre la biblioteca de Vicente Huidobro. No es fácil encontrar sus poemas pintados. En cambio es muy fácil disfrutar un domingo por la mañana de las ediciones de otros poetas del libro de la vanguardia como Norah Borges, Oliverio Girondo, Manuel Maples Arce, Guillermo de Torre, Alfredo Mario Ferreiro, Jorge Luis Borges y, como si no bastara, una colección hermosa de Joaquín Torres García. Ah, suspiro.
Esta es sólo una parte de la colección de Miguel Oks en Flickr; además tiene una colección de imágenes de los libros de la vanguardia europea: Maiakovski, Marinetti, Kurt Switters, Zwart, Theo Van Doesburg, H. N. Werkman. Ah, imposble no suspirar cuando están allí, tan fácil y tan gratis, todos esos libros de mi querer.
Ni en los tantos libros sobre libros que tengo están tan bien reproducidos y tan completos. No sé por qué a veces pienso que la vida virtual no es vida, mucho menos cuando hay tiempo, como un domingo por la mañana. Gracias, Miguel.
Liliana del Río tenía una tienda encantadora en la calle de Mazatlán, en la colonia Condesa. En ella podíamos mis alumnos y yo adquirir hermosos papeles asiáticos provenientes de Nepal y Japón; también vendía Liliana papeles europeos para grabado. Los colores que imperaban en su tienda iban de las tonalidades de leve café al blanco, con algunas sorpresas en alegres tonos. La decoración era también eso, papel. Grandes pliegos japoneses que sirven, si alguna utilidad queremos encontrar en ello, para la contemplación.
Felipe Solís dice que actualmente tiene más de 30 mil libros y que desde hace algunos años decidió rentar un departamento sólo para éstos, el cual ya resulta insuficiente. “Los libros se reproducen a velocidades increíbles, más cuando uno también es autor y tiene un proceso de producción importante en otros idiomas y en otros países. Además, por el itinerario de nuestras exposiciones de arqueología fuera de México, recibo en reprocidad libros de todo el mundo”.
Sin embargo la biblioteca de Solís no sería ni tan rica ni tan útil sin su colección de separatas, es decir, de artículos o revistas especializados en un tema. Al respecto, explica: “Más que en libros, aquí es donde verdaderamente reside el valor de la colección de un especialista.En la casa de un experto en arte maya o en arqueología mexica puede haber más riqueza por estos materiales que en una biblioteca pública. El problema ede un país como el nuestro, que no tiene control correcto en sus bibliotecas, es que hemos perdido muchas de estas separatas y la gente que se hace cargo no se preocupa por la clasificación y preservación de estos materiales. Yo me he dado a la tarea de organizar los que tengo por autores o por temas y voy a terminar empastándolos. Creo que también eso hace la diferencia entre el bibliómano-coleccionista y el bibliómano-intelectual, entre los que me incluyo, porque los materiales que tengo son la base de un proceso de producción que termina en nuevos libros y artículos”.
Para este personaje, que durante más de un cuarto de siglo ha sido curador del museo más visitado de México, los libros útiles para una biblioteca pueden encontrarse en los lugares o en los sitios más inesperados. “En cualquier ciudad del mundo he encontrado libros que me interesan y que me sirven. A veces uno llega a una librería, ve un libro y no cree que se trata exactamente del que ha estado buscando. La emoción es muy grande y ese es un síntoma clarísimo en los viciosos de libros como yo. Sucede lo mismo con los adictos a las drogas, porque en ese momento recibimos nuestra dosis de enervante...”
Cómo se explican este tipo de stuaciones, un tanto azarosas, entre el bibliómano y el libro? Esa búsqueda que puede llevar años y de pronto termina.
Hay una absoluta magia. Es un momento en el que se produce una descarga eléctrica que los bibliómanos tenemos que aprender a controlar, porque si no los vendedores reconocen el valor del libro y su costo puede rebasar el nivel de compra de nuestros bolsillos hasta volverse inalcanzable. Todo debe darse en unos segundos: reponerse de la emoción, pero sin expresar la sorpresa ni la angustia de que alguien más lo toque, constatar el estado del libro y finalmente esperar que el precio vaya de acuerdo con el hallazgo.
Pero detrás de esto debe haber un profundo deseo de posesión...
Absolutamente. Yo creo que los bibliómanos debemos ser personas de una aguda actividad sexual extrafísica. Encontrar el libro deseado y buscado conlleva una intensa emoción sexual.
Casi fetichista...
No sólo eso, es un nivel de posesión total. Es decir: “los libros que entran en mi biblioteca son míos y desde el momento en el que están ahí quedan totalmente asépticos, y quien los haya tocado antes, no existe”. En ese momento sólo existen mi biblioteca y mi libro.
Como cuando se ama a alguien...
Exactamente. Cuando se posee a alguien, porque cuando se ama se posee, se vive esa dualidad inherente al amor, y en ese caso, al amor a los libros.
¿Y se tienen celos o puede haber envidia hacia los libros que otro posee?
Creo que lo peor que puede ocurrir es salir de safari con otro coleccionista de libros, o con alguien que quiere introducirse en esta actividad y tiene la suerte del primerizo. Uno quiere matarlo, porque aquél se encuentra con cosas que uno ha estado buscando durante mucho tiempo. En mi caso, tuvieron que pasar 35 años para que consiguiera el libro de Leopoldo Batres Las exposiciones de la calle de las escalerillas y en unos cuantos días me llegó de doble manera: un día, Guillermo Tovar de Teresa me dijo “creo que esto te interesa” y me regaló el libro, que estaba dedicado por el autor y que había llegado a las manos de Tovar al comprar un lote. Lo más asombroso fue que dos semanas después un librero volvió a ofrecérmelo pero en inglés y no me pude resistir a comprarlo y a tener las dos versiones. Por este tipo de anécdotas digo que el destino del libro hacia el bibliomano es mágico.
¿Qué libros valen más, los que se compran o los que se regalan?
Todos, los comprados, los regalados, los robados, el chiste es tener el libro. La posesión para mí es lo más importante mientras yo viva. Después, algún día mi biblioteca regresará a la circulación. Estos libros no van a ser donados a nadie, regresarán al mercado librero porque ahí los encontré.
¿Usted es de los que creen más en la circulación de los libros, que en entregarlos a alguna institución para que se queden guardados?
Definitivamente sí. Las instituciones deben formar sus bibliotecas, pero soy de la idea de que los libros deben regresar al mercado. Mis sobrinas, que son mis únicas herederas, podrán vender esos libros, porque a cada uno le he puessto su precio en dólares al momento de adquirirlo, como también llevan mi ex libris y una pequeña historia en la última página que cuenta lo que me estaba pasando al momento de adquirir el libro.
Los nuevos bibliómanos
¿Cuál sería la diferencia entre los jóvenes bibliómanos de hoy y la generación de ustedes que comenzaron a formar sus bibliotecas hace maes de 40 años?
La diferencia es que nosotros nos levantamos temprano. Hoy no es tan fácil conseguir los libros que en nuestro tiempo eran materiales comunes en las librerías como la Zaplana, que ofrecía buenos libros a precios muy baratos.
¿Y qué les recomienda?
Creo que un bibliómano joven debe acercarse a un bibliómano viejo, aunque eso ya no sea tan sencillo. Ahora no hay tiempo para pasarse la tarde en enseñanzas como nos tocó a nosotros, que en los mostradores aprendimos sobre ediciones raras, calidades de papel, empastados, grabados, ex libris, etcétera.
Sin embargo, creo que a los chavos de ahora les corresponde el papel de evaluar la obra editorial mexicana. Por ejemplo, de realizar estudios acerca de las propuestas de portadas en los libros de los años veinte, treinta, cuarenta, cuando éstas tenían un verdadero mensaje para el público. Los jóvenes bibliómanos pueden rescatar lo mejor de nuestros libros hoy, cuando estamos terminando un milenio y una centuria y esto se está perdiendo, ahora que la tecnología comienza a invadir el espacio que durante siglos tuvo el libro. Creo que es urgente salvar esto antes de que desaparezca.
La entrevista que transcribo ahora es anterior a esa época, cuando Jorge Navarijo no era famoso, ni Jotavé había emigrado a Londres; cuando José Luis y yo no teníamos que pagar la renta, el teléfono y la luz y dedicábamos nuestros días a preparar nuestra revistita de bibliofilia. La mejor parte de esa labor era sin duda, cuando los cuatro juntos visitábamos a algún bibliófilo para entrevistarlo, era junio de 1997 cuando fue el turno de Felipe Solís:
Caricatura de Jotavé
Poseer libros es como poseer a alguien: es un placer egoísta
Jorge E. Navarijo
La pasión por la historia y la arqueología mexicanas han llevado a Felipe Solís, actual director interino del Museo Nacional de Antropología, a convertirse quizás en el bibliómano más destacado de esas materias en nuestro país.
Su colección, con más de 30 mil volúmenes, reúne libros raros, primeras ediciones, mapas, revistas especializadas, buena cantidad de libros extranjeros sobre la arqueología de México y del mundo, y hasta ediciones poco comunes de la los libros de Octavio Paz que Solís ha reunido desde que era niño.
El día de la entrevista con La galera, el también director de la publicación México en el Tiempo, nos recibe al fondo de un pasillo subterráneo, en el que se encuentran las bóvedas de seguridad del museo, en el que desde hace 25 años ha sido curador de la colección mexica. De ahí pasamos a su oficina, un espacio amplio y cómodo, con un gran ventanal que enmarca la vista al Paseo de la Reforma y al Bosque de Chapultepec. Acompañados por el café, Felipe Solís nos cuenta:
Tengo 48 años de coleccionista, pues empecé a leer cuando tenía cinco, pero desde antes me gustaban ya los grabados y las imágenes que mi padre me mostraba. Comencé por apropiarme de los ejemplares que había en casa, que eran del patrimonio familiar, y que fueron cayendo en mis manos hasta formar mi colección inicial. Tiempo después conocí La Lagunilla y a los libreros del Centro de la ciudad y con ellos conseguí los libros de los temas que me interesan, fundamentalmente los de historia y libros viejos con grabados o imágenes importantes.
Tuve la fortuna de hacer mi secundaria en el Centro, en la calle de Regina. Eso me permitió recorrer el corazón de la ciudad y conocerlo muy bien. Entre mis correrías un día encontré en la calle de Mesones un puesto de libros fantástico con un personaje que fue clave para mí como bibliómano, don Fernando Rodríguez, conocedor y extraordinario maestro en el arte de coleccionar libros. Tenía un espacio donde los ofrecía al público y también bodegas repletas de ellos. Desde luego, siendo yo un estudiante de secundaria, mis posibilidades económicas eran limitadas, pero era él muy generoso y permitía que en pagos diferidos le cubriera la deuda de alguna joya libraria. En gran medida, mi colección de títulos de don Leopoldo Bartres, uno de los más importantes arqueólogos mexicanos, vino de esa librería. Por supuesto, él vendía libros en La Lagunilla y por él conocí a muchos más libreros con quienes igualmente adquirí muchos libros.
La evocación de Solís va de los negocios libreros a la ciudad como un gran mural en el que la cultura florecía y se preservaba en las calles, especialmente en aquellas que hoy forman el Centro Histórico de la ciudad de México.
La ciudad de los años cincuenta era un paraíso: había pocos automóviles, muy poca gente y una gran cantidad de librerías, no sólo de libros viejos, también de novedades que tenían en sus fondos editoriales libros del siglo XIX a la venta. Recuerdo algunas librerías magníficas, como la Librería Robredo, ubicada donde ahora se encuentra el Templo Mayor, que ofrecía auténticas maravillas. Algunos importantes arqueólogos cuentan que allí compraron de los siglos XVII y XVIII que todavía podían adquirirse en la década de los treinta, eso da la idea de la riqueza bibliográfica de aquellos años y que hasta los sesentas era excepcional en la ciudad.
Hoy es paradójico recordar a los bibliómanos que nos antecedieron quejándose de que en los años cuarenta y cincuenta ya no encontraban nada. Lo cual significa que tiempo atrás, sobretodo en el mercado de El Volador, la venta del libro antiguo fue muy importante. A mí esa época no me tocó, pero sí algunos de los vendedores que ahí estuvieron, o sus hijos. Entre ellos recuerdo a Jesús Medina, o la Librería Navarro, que tuvo cosas espléndidas, como la clección de libros del antiguo Museo Nacional. Navarro tenía excelente olfato para comprar, era un conocedor de las ediciones de finales del siglo XIX y de principios del XX. La suya era delas librerías-bibliotecas temáticas más ricas que yo he visto en México y su catálogo, toda una joya. Además editaba libros en ediciones limitadas y muy cuidadas. Eran los años treinta, Navarro fue uno de los difusores pioneros de la literatura marxista en México, presentando, además, interesantes propuestas en sus portadas.
¿Por dónde empieza la colección de una biblioteca?
Por el gusto y el conocimiento. Si a usted le gusta la historia, como a mí, empieza a coleccionar libros de esta materia, y después, ayudado de ese conocimiento y de su intuición, comienza a saber qué libro le conviene. Hoy en día esto es más sencillo, hay mayores posibilidades de informarse a través de las bibliotecas públicas, de las colecciones de bibliografía, de las ferias y exposiciones de libros de segunda mano. Ahora circulan más libro libros que en la época en la que empecé a formar mi biblioteca, se sabe más de ellos y también hay suficientes libreros anticuarios que venden bien estos libros en galerías.
¿Su interés siempre se ha centrado en los libros de historia?
Así es, incluso primero estudié historia, antes que arqueología, porque me gusta y le creo más a la historia. Afortunadamente mi colección la inicié muy joven y todavía conseguí obras importantes como las primeras ediciones de México a través de los siglos y México y su evolución social. Al principio buscaba historia de México y universal, después arqueología, temas específicos del país y de los estados, y luego arte. Soy un coleccionista avaricioso de todos los libros que considero fundamentales para mi biblioteca, pero el centro siempre han sido la historia y la arqueología. Tengo además una sección dedicada a la geografía mexicana y también sé algo sobre arqueología mundial.
(Continuará...)
Las publicaciones mexicanas en la época de Gabriel Figueroa (1920-1950)
Charla que se impartirá en el Centro Cultural Tijuana el 24 de octubre de 2009 (día del nacimiento de Gabriel Figueroa) a las 19:00 horas.
ENTRADA LIBRE.
Hubo un tiempo, en ese México que se nos fue, en el que el lenguaje plástico de la vanguardia del país se fincó en la reflexión sobre la identidad nacional. En ese momento, cuando la idea del progreso se centraba en la ciencia, la tecnología y la industria, y la gran urbe era el territorio de lo posible, los artistas gráficos –diseñadores, ilustradores, fotógrafos y cineastas–, crearon el imaginario paralelo a la propuesta muralista y la imagen del México de la vanguardia. Nunca se cumplió mejor esa frase que Octavio Paz acuñaría décadas después: “para ser modernos de verdad hay que reconciliarnos con nuestra tradición”.
Esta charla será un recorrido visual sobre la representación de la mexicanidad en carteles, libros, periódicos y revistas ilustrados que circularon en los tiempos del fotógrafo de lo mexicano: Gabriel Figueroa. La imagen de la mujer revolucionaria, el indígena en la lucha, el paisaje rural, la urbe, la tradición, la miseria y la muerte que generaron los arquetipos lo mexicano, se mostraban a través no sólo del cine y de la obra pictórica, sino también en la vida diaria mediante los impresos.
Si la fotografía es el lenguaje de la memoria, el diseño es el de la cotidianidad. Y aunque ante nuestros ojos el retrato de aquellos años parezca anquilosado, alguna vez fue lo más moderno.
y aquí:
http://www.karnobooks.com/
Y en muchos más lugares aquí:
http://openlibrary.org
Me gustaría regalarle a cada uno de los catorce comentaristas esta edición que tiene tres grabados originales, numerados y firmados, una hermosa cubierta de Juan Pascoe impresa a mano con tipos móviles y que está contenida en una linda y roja caja:
http://www.abebooks.com
Pero está muy cara. En cambio no me cuesta nada y a ti tampoco, hojear y leer las primeras páginas del libro, lo puedes hacer aquí:
Se trata de las palabras más hermosas que he leído sobre el significado del ex libris como marca de propiedad. Un texto del ilustre Alfonso Alfaro que me recuerda inevitablemente una sortija mía que usé el diez de abril de hace diez años, el día en que leímos ese versículo del Cantar de los Cantares que dice: Ponme como un sello sobre tu corazón, como una marca sobre tu brazo.
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Summary
Actualmente divide su espacio profesional en la docencia, el diseño editorial, la investigación, la impresión con tipos móviles en su taller tipográfico y aún le sobra tiempo para dar clases de arte a niños, y mantaner satisfechos a los lectores de su blog (http://selvahernandez.blogspot.com/) dedicado a su afición obsesiva por los libros, la bibliofilia, y los ex libris.
http://www.whohub.com/selvah
Experience
- Apr 2011 - PresentDirectora / Ediciones Acapulco
- Aug 2004 - PresentProfesora / Centro Diseño Cine y TelevisiónProfesora de las asignaturas de Historia de los Diseños y Sistemas de Impresión en Serie en la licenciatura de Comunicación Visual
- 2000 - PresentPresidenta / Asociación Mexicana de Ex libris, A. C.
- 1996 - PresentDirectora de Arte / Galera Diseño Editorial
- 2004 - PresentJefa de Investigación y Curaduría / Instituto Nacional de Bellas Artes, Museo Mural Diego RiveraMuseografía, museología, investigación de arte y curaduría de exposiciones.
Education
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1992 - 1996Escuela Nacional de Artes PlásticasDiseño, Arte
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1992 - 1996Universidad Nacional Autónoma de MéxicoComunicación Gráfica