Cada que me encuentro con la muerte de forma palpable, o sea, cada que me toca ir a un velorio, me empieza a desanimar la vida, en particular, amar.
Uno de los lugares comunes más populares, una de esas metáforas muertas que conceptualizara Paul Ricœur, despojadas de toda posible dificultad codificante, una frase en sentido figurado que ya nada tiene de sorprendente pero, curiosamente no es todavía totalmente literal, asegura que los ojos son las ventanas del alma, que, en un juego espejeante y de autorreferencia, es posible atisbar en la mirada de una persona la calidad de su espíritu, esa esencia que le inclina a pensar y actuar de una manera determinada.
Esto puede ser o no cierto, parcial o totalmente, pero sin duda hay una extraña manifestación de los ojos que, vistos desde una perspectiva fenomenológica, transmite algún tipo de significado. Extraña porque en buena medida en la mirada no hay nada y al mismo tiempo existe todo, una zona ambigua donde el lenguaje oscila entre su estado más absoluto y quizá también el más insignificante, esa capacidad expresiva que recuerda un poco la petición desesperada de Goethe: “¡Quédate, instante!” para, agregaríamos, balbucear una explicación de lo que recién hiciste con nosotros. Eso, quizá, sea la mirada.
Memory is a playground. It’s not my own metaphor, that’s what I was once told by the man who trained me to become a mental athlete. The act of making something memorable involves finding what is meaningful, significant and colourful in a piece of information or experience. The more fun you have with this, the stickier your memories will be.
Don't let the professional anti-smoking brigade ruin it:
"We are all going to die, and this luckily comes at the end of life. People are living longer, yes, but this includes the smokers. We are moving into a very different world." Vía.
En los años 70, Marina Abramovic mantuvo una intensa historia de amor con Ulay. Pasaron 5 años viviendo en una furgoneta realizando toda clase de performances. Cuando su relación ya no daba para más, decidieron recorrer la Gran Muralla China, empezando cada uno de un lado, para encontrarse en el medio, abrazarse y no volver a verse nunca más. 23 años después, en 2010, cuando Marina ya era una artista consagrada, el MoMa de Nueva York dedicó una retrospectiva a su obra. Dentro de la misma, Marina compartía un minuto en silencio con cada extraño que se sentaba frente a ella. Ulay llegó sin que ella lo supiera, y esto fue lo que pasó:
"Love does not begin and end the way we seem to think it does.
Love is a battle, love is a war; love is a growing up."
A kiss can never be absolutely defined. Because each kiss is different form the one before and the one after. Just as no two people are alike, so are no two kisses like. For it is people who make kisses. Real, live people pulsating with life and love and extreme happiness.
The lips are not the only part of the mouth which should be joined in kissing. Every lover is a glutton. He wants everything that is part of his sweetheart, everything. He doesn’t want to miss a single iota of her ‘million-pleasured joys’ as Keats once wrote of them. That is why, when kissing, there should be as many contacts, bodily contacts, as is possible. Snuggle up closely together. Feel the warm touch of each other’s bodies. Be so close that the rise and fall of each other’s bosoms is felt by one another.
Porque a fin de cuentas eres corresponsable de que me pierda yo,de que me pierda ya,en el intento por hacer definiciones, límites, paréntesis,para entender en dónde estoy parado,para saberme barco o vela o barco en vela o ancla o vela anclada bajo su llamarada.Por eso y por otros motivos,por motivos circunstanciadamente propios,es posible llamarte,llamarte por tu nombre, convocarte para que me interrumpas,porque ya interrumpiste desde chico mi prometida vocación de economista y me hiciste escribir,por eso julio, abril, enero, marzo,estación de partida,por eso es que tu nombre se confunde,sin que sea el tema,sin que vengas al cuento. Se confunde con otros nombres,siempre que salga el sol con esa certidumbre que da solamente la luna.
"Pero eso es justamente lo que necesito, tensión. Si ahora perdiera empuje, me desmoronaría. Saldría volando en cien direcciones diferentes, y nunca sería capaz de recomponerme"
You cannot use a brand new word in an old language because of the very obvious yet mysterious fact that a word is not a single and separate entity, but part of other words. It is not a word indeed until it is part of a sentence. Words belong to each other…
The inimitable Grant Snider strikes again, with the day jobs of famous poets – including Jack Kerouac (railroad worker), Charles Bukowski (mailman), Emily Dickinson (cat-keeper), and T. S. Eliot (bank clerk.)
Coup de cœur pour le travail du photographe David Orias qui nous propose de superbes clichés de vagues, prises sur les plages de Californie. De belles images et des couleurs incroyables capturées avec une grande patience et beaucoup de talent. L’ensemble est à découvrir dans la suite de l’article.



La naturaleza, con todos sus elementos, es el primer acercamiento que tenemos al arte, y no sólo sirve de inspiración, también de imitación.
A continuación el Top 10: instalaciones que imitan el clima, según favorwire.com
..¿Quien sabe si esta otra mitad de la vida en que creemos estar despiertos no es sino un ensueño, un poco diferente del primero, del que despertamos cuando creemos dormir?
virtual bestiary
illustrations by Tyler Decker :: via tylerdecker.blogspot.ca
Porque a fin de cuentas eres corresponsable de que me pierda yo,de que me pierda ya,en el intento por hacer definiciones, límites, paréntesis,para entender en dónde estoy parado,para saberme barco o vela o barco en vela o ancla o vela anclada bajo su llamarada.Por eso y por otros motivos,por motivos circunstanciadamente propios,es posible llamarte,llamarte por tu nombre, convocarte para que me interrumpas,porque ya interrumpiste desde chico mi prometida vocación de economista y me hiciste escribir,por eso julio, abril, enero, marzo,estación de partida,por eso es que tu nombre se confunde,sin que sea el tema,sin que vengas al cuento. Se confunde con otros nombres,siempre que salga el sol con esa certidumbre que da solamente la luna.
Me sentí en 1946, en 1968, 1971, 1982, 1988, 1994. El sábado 1 de diciembre de 2012 fue una típica jornada de priísmo puro y duro, admirable es la capacidad del Partido Revolucionario Institucional (PRI) de conservar intactas tradiciones y formas que rayan lo centenario, más admirable, pero sobre todo preocupante, es que sigan funcionando.
Funciona, y muy bien, no sólo entre la población más pobre y desinformada sino con una significativa parte de las clases medias, aquellas que se suponen más críticas, aquellas que no son clientela política por no estar sometidas a chantajes y amenazas provenientes de cacicazgos regionales, pero también aquellas que no vivieron al PRI en la cúspide del poder o lo vivieron de salida.
Los ciudadanos que actualmente tienen entre 18 y 35 años de edad, en 1997 (cuando el PRI pierde por primera vez la mayoría de la cámara de diputados y el gobierno de la Ciudad de México) tenían entre 3 y 20 años de edad, niños sin uso de razón y jóvenes saliendo de la adolescencia sin acceso a internet por estar su uso aún en pañales en nuestra nación y mucho menos a redes sociales, que no existían. Personas que, en su mayoría, que no tenían idea de lo que pasaba en su entorno social y que han crecido bajo la idea de una falsa democracia, educados muchos de ellos en instituciones privadas de dudosa calidad cuyos dueños son los mismos que pertenecen a esa cúpula comparsa, corrupta y manipuladora, tan agradecida con el viejo régimen que hoy regresa (el cual, desde su primer día nos recuerda que, a diferencia de el pueblo que lo votó, ni olvida ni perdona); pero también, muchos otros, formados en instituciones públicas que se supone inculcan en sus estudiantes un pensamiento progresivo, científico, crítico e igualitario.
El presente escrito no es una protesta contra ese régimen caduco del que no espero nada, ni contra la clase política que ha demostrado hasta el cansancio que lo último que le importa es México, estos párrafos van en contra de todos aquellos clasemedieros dizque educados e informados que le aplauden.
No sólo aplauden, piden más, añoran ese régimen que desconocen por no saber de Historia, “debaten” utilizando los argumentos esgrimidos por las plumas advenedizas, las que se venden al gobierno en turno o al mejor postor, citan a intelectualoides en nómina de Gobernación desde hace décadas. Postean en redes sociales, llegado cada 2 de octubre, que “no se olvidan de 1968″, hecho del qué no tienen una peregrina idea, pero señalan y satanizan al estudiante que en el 2012 sale a protestar pacíficamente y al cual, irónicamente, se le aplica el mismo tratamiento que el de hace 42 años, al que, ignorantes, “homenajean”.
Profesionistas, buenos profesionistas, capaces, trabajadores, y estudiantes, buenos estudiantes, de buenas notas, pero carentes de esa cultura general que les permita ejercer una crítica sólida, con bases, argumentos, pero sobre todo acomodados en una burbuja que supone tener un buen trabajo los menos y un mediocre salario los más, pero suficiente para permitirles sentirse, tarjetazo de por medio, parte de esa elite a la que aplauden por aspirar a ella.
Ese segmento poblacional al que aludo, al que leo, entre los que se encuentran algunos de mis mejores amigos, esos de 18 a 35 son los que me tienen encabronado, personas que sé inteligentes, pero que nadan en el cómodo mar de lo “políticamente correcto”, y de esa forma emiten voto y opinión. Son también artífices de la tragedia nacional cuando aplauden al régimen que les quita derechos y libertades.
Me sentí en 1946, en 1968, 1971, 1982, 1988, 1994. El sábado 1 de diciembre de 2012 fue una típica jornada de priísmo puro y duro, no sólo por parte del gobierno entrante, eso se esperaba, sobre todo por parte del clasemedierío twittero, facebookero, acomodaticio y cobarde, aquel que demuestra que después de 12 años de “alternancia” y “democracia” la nuestra sigue siendo una sociedad ignorante, mocha y priísta.
Javier Arango.
Twitter: @PACKK
Para hacer cine HAY QUE SABER HACER CINE. Simple premisa, básica, incluso un poco tonta; sin embargo, aún hay gente que no la sabe seguir, personas que creen que por haber visto algunas películas durante su vida pueden desarrollar un proyecto fílmico y ser considerados realizadores cinematográficos. Este es el caso de Gibrán Bazán, “director” del “documental” Los rollos perdidos: insufrible ejercicio de autocomplacencia en el que Bazán -periodista devenido en “cineasta”- muestra más un deseo de protagonismo que la intención de convertir su cinta en una invitación a la reflexión histórica sobre la conservación de la memoria.
Para empezar, la película se siente desarticulada, pues aborda dos temas unidos por un hilo que se antoja bastante forzado y nos deja con la sensación de que nos han tomado el pelo. Veamos:
La primera parte del “documental” revela la existencia de una filmación en 35 mm de la masacre de Tlatelolco, rodada por el realizador Servando González, por órdenes del entonces secretario de gobernación Luis Echeverría. Bazán supo de este material mediante una carta anónima que recibió como columnista del periódico El Universal. Supuestamente, rollos de prueba de dicho rodaje fueron olvidados en los Estudios Churubusco y, más tarde, es probable que el pietaje abandonado fuera a parar a la bóveda de la Cineteca Nacional, entonces ubicada en Churubusco y Calzada de Tlalpan.
La cinta sugiere que lo anterior podría haber sido la causa del incendio que en 1982 acabó con alrededor de 4 mil películas resguardadas en aquél edificio, ya que el Estado, al no estar seguro del paradero de los rollos extraviados, habría preferido quemar el acervo fílmico del país.
Esta hipótesis sería interesante si Bazán se atreviera a plantearla de frente, sin tapujos y no se valiera únicamente de entrevistas con expertos y gente relacionada con ambos sucesos quienes, a fin de cuentas, desmienten esa línea de pensamiento y por tanto a todo el “documental” (¿Cuál era la intención entonces? ¿Poder decir a sus amigos que “hizo” una “peli”?)
Por otro lado, a nivel ejecución la cinta es un desastre: el señor Bazán no dimensiona las capacidades expresivas de un medio audiovisual, situación que no sería criticable si él sólo hubiera fungido como investigador/productor de la película y hubiera comisionado a un verdadero director para la realización del filme. Sus dramatizaciones son irrisorias y acartonadas; las incursiones a cuadro con su equipo son innecesarias, ridículas y evidencian una falta de imaginación terrible; la reiteración de ciertas escenas de relleno es cansada; y los “cebollazos” a su propio trabajo, al final de la cinta, son de muy mal gusto.
No vale la pena mencionar los problemas de encuadre, emplazamientos y movimientos de cámara, trabajo de iluminación, planeación del rodaje, montaje de la cinta, musicalización, construcción del relato… ¡Vaya, incluso en una entrevista se ve de manera permanente el micrófono!
El más grande pecado de la cinta radica en que la mayoría de las entrevistas son muy valiosas, ¡qué desperdicio de buen material! Si Gibrán Bazán hubiera recurrido únicamente a la palabra escrita para abordar este tema, posiblemente tendríamos un libro fecundo.
En fin, después de habernos hecho perder hora y media de nuestra vida, Bazán pone a cuadro al maestro Jorge Ayala Blanco para que exponga la hipótesis mejor construida acerca de qué fue lo que originó el incendio: el negligente manejo del material fílmico por parte de Fernando del Moral, coordinador de la Cineteca durante aquella época, quien, en su afán de ser el primero en ver las cintas que llegaban a la institución, no trató con el debido cuidado a los rollos que contenían nitrato de plata, sustancia altamente peligrosa e inflamable.
La ineptitud y la vanidad destruyeron aquél tesoro nacional. Paradójicamente, son estos mismos males los que acabaron con Los rollos perdidos, película que malgastó una a una las temáticas y oportunidades que tuvo para ser un buen documental.
- Rosalba Mackenzie y Héctor Arango.
“La vida, la vida, la vida que es la vida, en tratar de entenderla se nos va la propia vida”El Gran Silencio.
Nuestra realidad, la forma en que nos relacionarnos, cambió de forma radical en la ultima década, las redes sociales se han vuelto herramientas tanto para la información como para el chisme, causantes de derrocar gobiernos y terminar relaciones, acaban por atraer al mas discreto y retraído.
En cierta forma ya vivimos en The Matrix, el mundo virtual que llevamos en los bolsillos y experimentamos en nuestros ordenadores ha acabado por definirnos, en él se descargan alegrías, enojos, y frustraciones, nos enteramos de la vida de personas que no conocemos o no vemos hace años; también podemos medir el nivel de autoestima de nuestros “amigos” (en mi caso por lo que veo en el “Face” este nivel en su mayoría es muy bajo), el grado de atención que necesitan es bárbaro.
Tendemos a idealizar de igual forma el reencontrar amigos, viejos amores, enemigos y conocidos, pensamos que son las mismas personas que dejamos de ver. El reencuentro es veloz, breve, instantáneo como todo en esta dimensión ya muy conocida, y después de eso vienen algunos “Likes”, checar sus fotos y nada más, en pocas ocasiones se retomará la relación de manera directa y personal.
Para ser sinceros, ya me anda cansando este numerito: me importa un carajo si tu hijo caminó por primera vez, si entró a la escuela o sacó 10. También me tienen harto los posts de misterio, esos “diseñados” como para que la gente pregunte si estás bien y sientas que le importas a alguien más que a tus gatos, y las “princesas” (las muchas que ostentan el titulo nobiliario cuando ni agarrar un tenedor saben o al escoger un vino piden ” del dulcecito”) que hacen del berrinche una virtud y de la humildad un defecto. Tu pinche ascenso me tiene sin cuidado, lo que vas a comer es intrascendente para la humanidad, tu dios adoralo en una iglesia o en tu casa.
Las redes sociales, herramientas concebidas para la información y el entretenimiento, se han prostituido e infantilizado, es algo perfectamente natural, está en nuestra naturaleza entrópica, lo hemos hecho con todo medio masivo de comunicación.
Sirva pues este texto de catarsis, si me das unfollow o me bloqueas en Facebook porque te sentiste aludido o te viste retratado, hazlo, me evitas la pena de hacerlo y me libras de tus tonterías, y si no vuelves a abrir este medio pues qué mejor, acá aspiramos a ser leídos por otro tipo de gente, sólo un consejo antes de abandonar esta página: Las redes sociales son para informarse y divertirse, ¡¡¡¡Entiéndeloooooo!!!!
Javier Arango.
Resulta que por ahí andan dos individuos muy creativos, Mark Mackay y María Munuera, quienes son los creadores de esta página.
Su idea es dar un curso de diseño, con la mente en que la enseñanza debe ser significativa, es decir, tienes que involucrarte en el proceso de hacer, de poner en práctica lo que quieres aprender para poder aprenderlo mejor, para poder aprehender.
Entonces, Method of Action es un sitio web que tiene planeado lanzar tres cursos diferentes. Cada curso estará compuesto de cincuenta “misiones”, que son una especie de desafíos con fines didácticos y prácticos sobre una rama específica de la teoría, en el caso que nos interesa, del diseño. Cada misión estará acompañada de material adicional como videos y artículos que enriquecerán el proceso de muchas formas. Habrá bibliografía recomendada para ayudar a pasar estas misiones.
Al final, publicarás los resultados de tu misión en el sitio y otros usuarios con más experiencia las revisarán y te calificarán dándote una nota positiva o bien digamos reprobándote. Si tienes éxito podrás acceder a más misiones y avanzar en el curso.
Sin duda me hacen recordar términos como Padawan, y definitivamente me hacen tener ganas de empezar el reto y aprender, bueno, en el fondo lo que quiero hacer es agitar un láser y utilizar la fuerza… pero para eso está el Kinect, pero no nos desviemos.
Hasta aquí, sin duda parece divertido. Este método de enseñanza tiene un carácter lúdico. Lo que más me gusta es que la evolución de tu aprendizaje y de tu juego depende de la relación con otras personas. Cosa que se me hace muy natural desde el surgimiento de la Web 2.0.
Ahora bien, lo más interesante es el paradigma de aprendizaje que manejan aquí.
Que en realidad no es nada innovador, al contrario, es de lo que se basa y se nutre la evolución humana. Se aprovecha muy bien la comunicación. El avance del mundo entero se ha dado gracias a que los individuos se comunican entre sí, a que han intercambiado el conocimiento de muchas formas y gracias a eso la sociedad avanza. Con el intercambio significativo de información.
Lo innovador es el diseño precisamente de todo el sistema de misiones y retos que serán revisados por otras personas. Al parecer lo básico, lo esencial de esto es que no sólo aprendes de los libros, videos y artículos, sino de los consejos y las opiniones que otros usuarios más experimentados te dan.
Pero ahí no se queda la cosa, porque cuando tú eres más experimentado, empiezas a enseñarle a otros digamos Padawans, lo que tú ya sabes. Y como bien dijo alguna vez Einstein y aquí parafraseo, has entendido algo hasta que eres capas de explicárselo a tu abuelita. Esto es el poder de la abstracción y el dominio de las cosas pues.
Aquí se completa el aprendizaje. Es básicamente el aprendizaje significativo. Actualmente, la UNAD, basa su sistema de enseñanza en este método. Lo que me parece genial es el diseño de las misiones, promete ser bastante adictivo y ese es precisamente el desafío, que aprender se convierta en un reto personal, en una adicción, como cuando pasas 40 horas sin dormir para terminar Gears of War 3 o Battlefield 3 o (inserte su video juego adictivo autodestructivo favorito).
Así que, yo ya estoy ansioso de poder tomar el curso y volverme un buen Jedi del diseño, enhorabuena por Mark y María y por su Method of Action.
-L. León
El siguiente texto es un (fusil) extracto del libro Defensa apasionada del idioma español, de Álex Grijelmo. Sirva para que quien lo lea se interese en la problemática que aborda, y se anime a consultar la obra original. O por lo menos a reflexionar un poco.
Los mexicanos ignoran las leyes.
Si preguntamos a un grupo de, digamos, diez personas qué entienden con la oración anterior, nos daremos cuenta de cuán alarmante es el problema de comunicación que supone un mal uso del idioma español.
Los receptores de nuestro mensaje dudarán entre dos opciones, no les quedará del todo claro qué quisimos decir y, muy probablemente, nos malinterpretarán. Veamos por qué.
Los mexicanos ignoran las leyes es un enunciado simple, simplísimo. Quiere decir sólo lo que dice. Sin embargo, a pesar de su concisión, resulta ya ambiguo, porque el oyente común se debatirá entre estas dos posibilidades:
A) Los mexicanos no conocen las leyes.
B) Los mexicanos conocen las leyes, pero no les hacen caso.
¿Qué diablos quisimos decir? En correcto español, ignorar significa llanamente no conocer algo (la opción A). Hasta ahí. Nada más. Sin embargo, los malos usuarios de ese pobre verbo (y de este pobre idioma) lo han prostituido, lo han corrompido, de modo que le han asignado una segunda acepción del todo desatinada (la de la opción B).
Y tal asignación no ha sido arbitraria: se trata de una copia vil, de una importación insana, de una imitación vergonzosa. Sucede que, en inglés, el verbo to ignore (“equivalente” del ignorar castellano) sí significa pasar por alto, hacer caso omiso. Así que, sin pudor alguno, hemos adoptado ese otro significado postizo para nuestra palabra.
Claro: el idoma inglés es sinónimo de primer mundo, de tierra prometida donde se bebe agua limpia, de edén donde todo huele a Disneylandia y a talco para bebé. El mundo anglosajón es el hermano mayor que ha alcanzado ya la madurez y, por tal, lo debemos emular. Todo lo que viene de él tiene que ser bueno. Es el ídolo al cual debemos de rendir toda clase de honores, empezando por adoptar su manera de concebir el mundo.
Sí, de concebir el mundo. El idioma no es sólo una manera de estructurar ideas: es el origen mismo del pensamiento, es una visión de mundo, es un modo de vida. De suerte que, si hablamos (o hacemos intentos patéticos por hablar) a semejanza de otro idioma, estaremos dándole la espalda a nuestra propia cosmovisión, estaremos renunciando a nosotros mismos.
Pero retomemos ignorar. La acepción errónea que ya ostenta el vocablo[1] se trata, pues, de un quiero y no puedo ser anglosajón. Porque no era necesaria: el idioma español bien podría precindir de ella pues, desde antes de su inclusión, ya existían varias fórmulas, mucho más puras, mucho más nuestras, para denominar la acción de no hacer caso a algo: denostar, desairar, despreciar, dar la espalda, soslayar, ningunear. Para el caso concreto del enunciado Los mexicanos ignoran las leyes, mucho más preciso (y mucho más correcto) sería escribir: los mexicanos desacatan las leyes. Y, por favor, nadie venga a decir que desacatar es una palabra “rara”, “elevada” o “difícil”.
¿Qué se gana, pues, con hablar un español lo más puro (y no confundir puro con sofisticado) posible? Se gana simplemente comunicación. La principal función del idioma es comunicar claramente a un hablante con otro. ¿Qué claridad puede caber en un mensaje “anglimorfo” como el que inaugura este ensayo? ¿Se cumple la función del idioma en él? Evidentemente no: si un mensaje deja una sensación de ambigüedad, de confusión, una ligera desazón, entonces es un mensaje malo. Inútil para comunicar claramente nada.
Por desgracia, el ejemplo expuesto no es único: cada vez se habla un español más hechizo, más anglizado y, por tanto, menos útil para comunicarnos.
El estudiante conciente y revolucionario protestará contra la ultraderecha, irá a marchas, ondeará banderas rojas, considerará que los Estados Unidos son la oficina de Satanás, apoyará a cuanto movimiento izquierdoso surja. Y luego, en un discurso, afirmará muy orondo que “es preciso redireccionar la educación”; nos pedirá “no dejarnos influenciar por la televisión” y nos urgirá a “hacer decisiones radicales[2]”.
El aficionado al futbol seguirá con entusiasmo a la selección mexicana, celebrará cada gol como un logro propio, maldecirá al equipo norteamericano por instinto, lo odiará por un patriótico hábito del corazón. Y después, a la hora de comentar el último partido, se lamentará del “penalty mal marcado por el referee”; asegurará que “es un crimen recibir un gol de corner al minuto noventa”; y se preguntará en qué rayos estaba pensando el coach.
El joven veinteañero se esforzará por lucir bien, por demostrarle al mundo sus ganas de triunfar. Como parte de la generación tecnológica, conocerá cada recoveco del universo computacional. Quizá manejará un automóvil. Como querrá dar su mejor cara a las relaciones sociales, ofrecerá enviar archivos interesantes a sus amigos (o, mejor aún: mailearles); les recomendará los links adecuados a sus intereses; twiteará todo el día; confesará su predilección por los mauses inalámbricos. Después de tomarse un break, cerrará con broche de oro su jornada informática accesando al blog de la individua con la que sostiene un delicioso free.Pero no parará ahí su día: llamará a sus partners para ver si hay party en puerta. O para prevenirlos contra todo lo que es nasty en esta vida; o para invitarlos a su casa para ver, en febrero, el Superbowl y, en mayo, la final de la Champions. Externará su predilección por el equipo Bayer Míunic (bueno, quizá ese equipo juega mejor que el Bayer Múnich). El fin de semana, acudirá a un evento al volante de su carro estándar.
Y así podríamos seguir con ejemplos interminables.
No se trata esto de un problema ligero. Porque, como ya se dijo, nuestro idioma es nada menos que la manera en que vemos el mundo. Más adelante profundizaré al respecto. Por ahora, baste con decir que la corrupción de nuestro español implica una visión torcida de la realidad, o por lo menos una ajena. Porque accesar, por ejemplo, no nos pertenece, no salió de nuestras raíces, no surgió para denominar ninguna acción nueva, no respondió a ninguna necesidad. Lo que sí ha hecho, es usurpar a palabras con más derechos: entrar, acceder, ingresar. ¿Cómo diablos hemos sobrevivido los hispanohablantes tantos siglos sin el verbo accesar? ¿Nadie había nunca entrado a ninguna parte, nadie había traspuesto ningún umbral, nadie se había metido a ningún lado jamás? ¿Debemos agradecer al idioma inglés por habernos abierto la posibilidad de hacer algo nuevo? No, no, no y mil veces no. Entonces ¿por qué dejar que ese vocablo innecesario suplante a los legítimos denominadores de esa acción? ¿Por qué no nos damos cuenta de que ello implica doblar la cerviz, asumir que la cosmovisión del otro es superior a la nuestra? Estamos dejando que elementos extraños entren a nuestra casa y desalojen a los habitantes que nos han pertenecido toda la vida.
Porque si cada palabra ajena que entra por la fuerza al idioma conviviera pacíficamente con las otras, quizá el mal sería menor. Pero no se conforma con instalarse en nuestras cabezas y convivir con los vocablos previos, no. Se impone y los borra de un zarpazo. Los vuelve inservibles para la comunicación eficaz. Porque ya ningún escritor podrá redactar ignorar sin temor a ser malentendido. Hemos perdido ya esa palabra. Igual que evento. Igual que desapercibir. Igual que tantas otras, que han sido despojadas de su verdadero significado por esa estúpida idolatría a la deidad anglosajona.
No me opongo, de ningún modo, a los neologismos. Todo idioma, como organismo vivo, convive con su entorno y se adapta a él, si quiere sobrevivir. El mundo cambia, y arroja elementos desconocidos, que precisan de nominación inmediata.
Antes de que existiera el champú, la humanidad no contaba con una sustancia específica para lavar el cabello. Los franceses la inventaron y le dieron nombre en su lengua. Así pues, como no existía nada en español para nombrarla, el préstamo fue justificado: sea bienvenida champú[3].
Pero los enlaces han existido desde antes de que los links aparecieran en la red; las fiestas desde antes de que las parties aparecieran en las casas; las esquinas y los árbitros desde antes de que los cornerkicks y los referees aparecieran en los estadios; las bolsas llenas de aire y los embragues desde antes de que las airbags y los clutchs aparecieran en los autos.
Los neologismos deben de surgir para cubrir necesidades nominativas o para enriquecer el habla, nunca para suplantar vocablos o empobrecer el lenguaje. Ningunear, por ejemplo, una palabra relativamente reciente, salió del genio del propio idioma, del ingenio de sus usuarios, de los cromosomas del organismo. Es un término del todo correcto, pues el hispanohablante lo comprenderá aunque jamás lo haya oído antes: asociará ideas, apelará a su instinto y de ningún modo se equivocará. Qué mejor que decir: te hablé y me ninguneaste (“me despreciaste, me hiciste ninguno”), en lugar de la fórmula impostora: te hable y me ignoraste.
Algunos arguyen que es inútil y ocioso tratar de contener “el flujo natural de la lengua”, que debemos hablar como nos nazca, sin hacer caso de correcciones tiránicas que sólo nos complicarán más la comunicación. Pues bien, ya vimos que la corrección lingüística nos ahorra complicaciones, no nos las crea. El punto espinoso es ése que apela a un flujo NATURAL de la lengua. ¡Natural! ¡Mal rayo me parta! Copiar, importar, calcar: ¿es eso el flujo natural? Si tales prácticas no son antinaturales, yo no sé qué carajos lo sea.
La excusa más recurrente de los hablantes holgazanes, para ocultar su indolencia, es que si esas palabras –las incorrectas— llegaron a sus oídos y ahora se pasean en sus labios como si tal cosa, es porque la gente misma así lo decidió. Y de ahí se agarran para “argumentar” la naturalidad del mal hablar. Es decir, que si los usos torcidos de la lengua lograron abrirse paso a través de quién sabe cuántos filtros, y llegaron a la superficie, merecen ser considerados válidos.
Pues no: craso error. En primer lugar, el empleo de barbaridades como promocionar no fue decisión de la gente, del grueso de la sociedad. Fue una imposición velada. Si uno se levanta y oye en la radio que Fulano promociona su nuevo CD (con la pronunciación ci-di, por supuesto. Decir ce-de, o símplemente disco, seguramente le restaría calidad al material); luego, en el periódico, lee que el elenco Zutano anda de tour (no de gira, faltaba más) para promocionar tal obra de teatro; y después escucha, en la televisión, que mañana tendrá lugar la firma de autógrafos con la que Mengano promocionará su nueva telenovela; si, en fin, se nos bombardea una y otra vez con la maldita palabrita, al cabo de no mucho tiempo, uno la adoptará como correcta y se olvidará para siempre de promover, la víctima directa. Al paso que vamos, muy pronto escucharemos que, no un promotor, sino un promocionador contrató a un cantante.
Lo que ciertos individuos denominan “flujo natural del habla” es una feroz tormenta de desatinos lingüísticos que cae desde la cúpula, tan violenta que es imposible que la gente no se moje.
La cúpula es, en este caso, el sector que dispone de micrófonos, de cámaras, de difusión; el sector que, por su exposición masiva, debería ser el principal protector de la lengua pero que, por el contrario, resulta su mayor verdugo.
La cúpula también es la red, el internet, que con un tronar de dedos impone moditas bobas, que todos se apresuran a seguir para estar in. La tecnología cibernética –cuya matriz es, nos guste o no y casi siempre, el mundo anglosajón— crece tan rápido que es mucho más cómodo calcar términos –o copiarlos sin más—, que buscar en nuestro español palabras para designar elementos que parecen nuevos, pero no lo son (¿el escáner hace otra cosa que copiar? ¿es algo más que un copiador electrónico?).
La cúpula es el político, el funcionario, investido de autoridad (se supone). A ellos debemos joyas como “voy a hacer una observancia”, o “la sala está completamente llena”.
Vemos, pues, que los neologismos absurdos y/o incorrecciones verbales fluyen de arriba para abajo y no al revés, como debería de ser. Así que nada hay de natural en ese flujo: los indolentes haraganes hablan como las cúpulas lo dictan.
Pero no por ello debemos resignarnos. Debemos afanarnos en respetar el idioma en aras de respetarnos a nosotros mismos, a lo que somos. ¿Para qué adoptar identidades ajenas, si la nuestra es vasta y hermosa?
El español no es sólo las palabras que decimos: es las ideas que concebimos, es los sentimientos que experimentamos, es los proyectos que trazamos, es la manera en que vivimos. Es, repito, nuestra cosmovisión. Renunciar a ella implica renunciar a absolutamente todo lo que somos y lo que hemos sido.
Quizá un mal español nos sirva para malcomunicarnos con malos hablantes. Pero que no nos sorprenda si, el día de mañana, resulta que no podemos ya leer a Cervantes, a Sor Juana o a Becquer; a Cortázar, a Borges o a García Márquez. Porque ya será tarde.
Fuente:
Álex Grijelmo. Defensa apasionada del idioma español. México,Taurus, 2001.
[1] Con la triste tolerancia de la Real Academia Española, que se ha convertido en una solapadora de atrocidades contra el organismo que debería de proteger: el idioma español.
[2] Como si hacer la decisión fuera más efectivo que tomarla.
[3] Aunque aún algunos lerdos insisten en escribir shampoo, a la manera inglesa.
Si me muero, que me muera
con la cabeza muy alta.
Muerto y veinte veces muerto,
la boca contra la grama,
tendré apretados los dientes
y decidida la barba.
Cantando espero a la muerte,
que hay ruiseñores que cantan
encima de los fusiles
y en medio de las batallas.
Miguel Hernández
Apenas el siguiente día de las elecciones. Creí que si dormía se me pasaría, pero creo que esta sensación es aún peor. No es pensar que hubo mexicanos (yo les llamaría de otra forma, no se merecen ese apelativo) que votaran por Peña Nieto; al final, somos libres de elegir quién será el próximo explotador de nuestra gente, de nuestra tierra, de nuestros recursos y nuestras vidas. No me impactó que ganara el dinosaurio, me impactó, por lo que leo en las redes sociales, que todos se quejan, se indignan, dan por hecha la imposición, a sabiendas que es un fraude, y se creen que es genuina elección democrática. ¿No habría revolución si había imposición? Hubo lo segundo; respecto a lo primero, hubo (hay) más bien resignación. Peor aún, se quejan de quienes votaron por el PRI, cuando el conteo aún no termina, y cuando pudimos comprobar a nivel local muchos de nosotros que los dinosaurios se estaban extinguiendo. Eso no es democracia.
No defiendo ni afirmo que Andrés Manuel fuera la mejor opción, eso le corresponde a cada uno de nosotros definirlo, no a mí. Tampoco digo que el candidato del PRD sea una amenaza, ¿cómo saberlo, si de nuevo le robarán (roban) las elecciones? Mi trago amargo es saber que toda la democracia es sólo una mentira muy bonita (?), y nosotros la aceptamos. Habrá marchas, habrá quejas en las redes sociales, actos inútiles, creo yo; es lógico pensarlo, si no respetaron nuestra decisión, menos nuestra inconformidad. Yo no reconozco a Enrique Peña Nieto como mi presidente, ni como representante de mi país. Que venda PEMEX, que destruya nuestro país, que nos deje en la miseria, él no me gobernará, él sólo es un títere de la aristocracia.
Hay que luchar, con todo nuestro ser, no para evitar la imposición (que ya es un hecho), sino para hacer de nuestro país un lugar mejor; si nos cortan las alas, caminamos; si nos cortan los pies, nos arrastramos con las manos; si nos cortan las manos, nos impulsaremos como gusanos, con tal de salir adelante y gritar “¡Ya basta!”. Es tiempo de salir por nosotros mismos del pozo en que estamos, es tiempo de luchar por un mejor futuro, de dejar de culpar a las instituciones, a los malos gobiernos, y pensar qué podemos hacer nosotros, como individuos pertenecientes a un grupo social llamado Pueblo Mexicano (sin estamentos ni clases), qué hemos hecho y qué haremos por mejorar nuestras condiciones y calidad de vida. En otras palabras, dejar las quejas, empezar actuar (“Cesen las lenguas y hablen los aceros”, como se lee comúnmente en las comedias de capa y espada españolas barrocas).
Trabajo duro, honestidad, perseverancia, generosidad, cooperación, libertad, ante todo, libertad, son algunas cualidades que de sobra conocemos y que se han convertido en necesidades indispensables, pues si no somos capaces de dar confianza, respeto e igualdad, difícilmente podemos exigir lo mismo para nosotros mismos. Nuestro esfuerzo, nuestro empeño, nuestra dedicación, es la forma de lograr que este país, nuestro México, salga de la miseria en la que está. No existe un mesías, no hay una persona que haga milagros y de repente seamos felices y prósperos. Los milagros no existen. No se pueden negar las buenas intenciones, las malas intenciones, las ya planeadas ventas; repito, no defiendo ni ataco a ningún candidato, sólo se me hace tonto esperar algo de una sola persona, cuando la forma más lógica de lograr un estado de bienestar y prosperidad, de igualdad, de oportunidades, es a través de nuestra unión y nuestro esfuerzo.
Reniego de Peña Nieto, y de todo su sistema de gobierno y su posible gabinete, más por convicción anarquista (tipo de vida, que no de gobierno, en la que sí creo) que por indignación (que sí existe, y mucha); más por defensa de ideales que por defensa de un candidato o partido político. No creo en el poder de una sola persona, por más influyente y adinerada que sea. Creo, en cambio, en el poder de un grupo de gente (la que habita México), indignada, harta de que sus derechos sean pisoteados, harta de que ante la inconformidad sólo encuentren represión, no diálogo.
La desobediencia civil se puede dar de muchas formas, no sólo con huelgas, manifestaciones y plantones; si de algo han servido estas actividades, es para darnos cuenta que estamos dispuestos a extendernos la mano para el bien común, para solidarizarnos en una meta que, cueste lo que cueste, estamos dispuestos a cumplir. “La masa sirve al Estado no como hombres sino básicamente como máquinas, con sus cuerpos” (Henry David Thoureau, “Desobediencia civil”, en Desobediencia civil y otros textos, S/C, Utopía libertaria, p. 43), ya no somos una masa, somos individuos racionales, pensantes y críticos, decididos a cambiar el rumbo de nuestras vidas y de las vidas futuras, a crear consciencia a otros más, sin banderas políticas, sin ideas clasistas de ningún tipo, con el único objetivo de ser libres e iguales.
Dejemos de ser esclavos de la ley, del gobierno, del materialismo, hagamos las cosas diferentes, hagamos, ante la imposición, que el México que deseamos llegue a ser una realidad con nuestros actos, con nuestro sudor, con nuestro propio esfuerzo. Eso, según yo, es resistencia pacífica, desobediencia civil, el primer gran paso a un gobierno justo, y sobre todo, significa demostrar que ningún pelele nos aplastará, que somos libres, iguales y tenemos consciencia de que en esta gran nación hay voluntad por cambiar las cosas. Es hora de tomar las riendas, México, y cambiar el país a partir de ideales y de esfuerzo comunitario. Dejemos, pues, de ser esclavos, máquinas, objetos, seamos personas libres y pensantes, dejemos atrás las quejas, es hora de actuar. No es difícil.
Eso creo yo, la última palabra, es tuya, amable lector. “Patria o muerte”.
Realicemos un ejercicio con la imaginación, hagamos de cuenta que los resultados de la elección presidencial dados a conocer la noche del 1 de julio son reales, que Enrique Peña Nieto ganó por 3 millones de votos, es decir una ventaja de aproximadamente 7% sobre Andrés Manuel López Obrador. Pensemos que la información que se nos presenta a través de los medios de comunicación masiva es transparente y verídica, si creyéramos que las encuestas no estaban manipuladas veríamos que López Obrador repuntó cerca del 11% en las cifras finales de la elección (según lo reportado por Milenio-GEA/ISA la diferencia entre EPN y AMLO era de 18.4% en el último día de su encuesta-sondeo-loqueseaquefuera)
De ser todo esto cierto, tendríamos que preguntarnos: ¿qué cambió el panorama de la elección de manera tan drástica?, ¿qué sucedió para que un candidato supuestamente acabado cerrara tanto la contienda y terminara peleando la elección?, ¿qué alteró tanto los nervios de los operadores políticos del PRI al transformar una campaña de supuesto trámite en una verdadera contienda? FUIMOS NOSOTROS.
Lo de anoche sólo es una derrota si nosotros dejamos que así sea, si permitimos que el desaliento y el desencanto se apoderen de nosotros. Ayer la ignorancia y la corrupción lograron rebasarnos, pero no por mucho. LA VICTORIA FUE NUESTRA si consideramos que logramos cambiar la intención de voto de millones, que nos enfrentamos a los poderes fácticos de éste país armados únicamente con información y esperanza, si tomamos en cuenta que se necesitaron miles de millones de pesos para hacernos contrapeso y que en sólo dos meses casi arruinamos un plan que fue trazado desde hace siete años. Sí, nosotros ganamos. Ellos nos temen, ahora saben de lo que somos capaces, conocen nuestro potencial. Es nuestro deber no decaer, no dejarnos derrotar. El futuro nos pertenece.
Éste será el canto del cisne priísta, el último momento histórico en que tuvieron la oportunidad de hacerse del poder. Internet y sus redes sociales seguirán cambiando el panorama socio-político del mundo a partir de la democratización de la información. La ignorancia, la desinformación, la apatía y el miedo no volverán a ganar.
Debemos exigir a los partidos políticos de izquierda que construyan una plataforma de alternancia real y factible para las elecciones de 2015 y 2018. De momento es indispensable que vigilemos de cerca al nuevo gobierno federal, no podemos dejar que regresen los viejos hábitos corporativistas del PRI.
Aunque no lo parezca México ha cambiado, el germen plantado en estos comicios florecerá a lo largo de los años. Recordemos el ’68, tengamos presente que la generación de nuestros padres se dejó vencer, que el miedo los paralizó, no dejemos que vuelva a suceder, por favor, no permitamos que los niños de nuestra nación vuelvan a crecer con la idea de que las cosas no pueden cambiar, sí lo hacen, nosotros hemos comenzado a operar ese cambio.
Hoy, mañana y siempre #YoSoy132
-Héctor Arango
Muchos crecimos admirando el trabajo de Anton Corbijn, algunos incluso sin darnos cuenta de ello sino hasta varios años después: todos aquellos adeptos al rock -y derivados- interpretado en inglés nos hemos topado una y otra vez con la labor de este genial artista visual. Durante los primeros años de mi adolescencia videos como “Heart-Shaped Box” de Nirvana, “Enjoy the Silence” de Depeche Mode y “Hero of the Day” de Metallica, llamaron poderosamente mi atención y se volvieron parte de mi subconsciente. Algún tiempo después, cuando descubrí a Joy Division durante la universidad, quedé profundamente fascinado con la imagen de la banda y en especifico con la de su vocalista, Ian Curtis. Esas fotos del grupo originario de Manchester, ligeramente fuera de foco, con blancos y negros altamente contrastados, lograban sintetizar en un fotograma el sonido y la personalidad del grupo. Sobra decir que, al día de hoy, cuando pienso en Joy Division, mi referente inmediato son esas fotografías.
Anton Corbijn no es el típico fotógrafo / director de videos / cineasta (en 2007 debutó con la excelente bio-pic sobre Curtis, “Control”), él es un creador de íconos, cuyo trabajo ha trascendido las décadas. Uno creería por lo tanto que alguien así tendría un millón de historias que contar y que posiblemente no pararía de hablar; sin embargo, en la película documental “Inside Out” (Holanda, 2012) nos encontramos que Corbijn es un sujeto introvertido en extremo quien, se nota a leguas, prefiere estar atrás de una cámara que frente a ella.
¿Cómo hacer un documental sobre alguien tan tímido pero con una labor visual tan rica e interesante? Al igual que en muchas otras interrogantes la respuesta correcta suele ser la más simple: un hacedor de imágenes sólo puede ser descrito a través de las imágenes mismas. Klaartje Quirijns, director de la película, utiliza más o menos la formula de Corbijn: recrea y describe por medio de la lente estados de ánimo que reflejan el interior de su sujeto. Con escenas bellamente fotografiadas -como aquella en que Corbijn filma la iglesia donde su fallecido padre solía oficiar misa, o en la que vemos solamente la espalda de Anton mientras escuchamos la música de la banda canadiense Arcade Fire durante uno de sus conciertos- Quirijns nos introduce en la psique de Corbijin, que es la de una persona solitaria a la que le cuesta abstraerse de su mundo interior para interactuar incluso con su familia y quien ha encontrado en su trabajo la forma de expresar todo lo que lleva dentro.
Resulta bastante significativo que la externalización de su yo la haga a partir de estrellas mundiales de la música. Sin embargo, en sus imágenes él envuelve y transforma a los músicos para convertirlos en icónos al dotarlos con ese “toque”, esa estética particular que hace único al trabajo de Corbijn; o como lo pondría Lars Ulrich de Metallica “puede hacer que cualquiera se vea cool”.
Sólo en un par de momentos Anton se permite abrirse ante la cámara, y por lo tanto ante el espectador: uno es cuando narra junto a un lago de su pueblo natal, en Holanda, una historia sobre cómo lo molestaban en la escuela; el otro sucede mientras él esta postrado en un sillón hablando sobre su soledad (muy parecido a una sesión de terapia psicológica). Son momentos breves pero que logran que el documental tenga impacto y no se quede en una simple descripción de la cotidianidad de Corbjin que, sobra decirlo, no es ni remotamente común: un día tiene sesión fotográfica con U2, al siguiente está retrando a Regine Chassagne de Arcade Fire, unas semanas más tarde se encuentra filmando su nueva película protagonizada por George Clooney, y días después asiste a una junta con Lou Reed y Metallica para que escojan qué fotos utilizarán para promover “Lulu” (álbum en el que colaboran la banda y Reed).
En lo personal este tipo de documentales me agradan porque narran la historia de la “cuarta pared”, es decir, de todos aquellos que están detrás de una cámara, cuyas vivencias pueden ser igual o más interesantes que lo que captan con su lente.
Boris Vian, galo que se distinguió por poseer una personalidad ávida de conocimiento, por su prodigiosa facilidad para desarrollarse magistralmente en lo que se propusiera pero, sobre todo, por saber verter el producto de la ecuación a la crítica directa o revestida de sarcasmo, pero siempre congruente. Vian criticó la naturaleza absurda de la existencia humana y, entre todas las cosas, a la sociedad francesa de su tiempo, pero ese es tema para otra entrada. Tampoco quisiera ahondar sobre su desarrollo como músico de jazz (trompetista, cantante y compositor), escritor (de novelas, cuentos, poesía y teatro, además de crítico y cronista), ingeniero, inventor, escenógrafo, locutor, traductor o como fiel discípulo de la patafísica y del anarquismo. No, de lo que quiero hablar aquí es únicamente de su primera novela.
El estilo y actitud de Boris Vian quedaron al descubierto desde Trouble dans les andains, editada en castellano apenas hace dos años, con motivo de la conmemoración del cincuentenario de su temprana muerte, bajo el título “A tiro Limpio”, “Jaleosas Andadas” o “Temblor en los Andes” (dependiendo de la casa editora). En esta primera novela, Boris sorprende con la facilidad que tiene para crear escenas irreales y cambiar la trama a la menor provocación, disfrazándolo todo de realidad, de lógica, en un universo donde sólo impera lo inaudito, irreverente e increíble. ¡La locura, les digo!
En brevísimos cuarenta y cuatro capítulos describe la búsqueda del barbarón bífido, que no se sabe si es verdadero, falso, si sí está perdido, fue robado o desaparece a placer, pero es lo de menos. Lo interesante son las historias y la sangre derramada a partir de la búsqueda y detrás de cada uno de los personajes que participan en ella que, a la sazón, son cuatro: el conde Adelfín, un distinguido aunque estrambótico hombre, que es quien empieza teniendo el mentado barbarón; Serafinio Alvaraide, su galante amigo de toda la vida; el mayor Loostiló, “una especie de detective privado con poderes de comisario multiplicacionario de la policía judicial” (inspirado en un amigo de la juventud de Boris); y Antioquío Timbratimbres, socio del mayor Loostiló, “de gran fecundidad mental y claro entendimiento” (como lo describe la contraportada de Ed. Tusquets).
La narrativa, como dije, es completamente anárquica, con diálogos y situaciones políticamente incorrectas, pero llenas de humor, aunque salpicadas de crueldad y exageraciones, con una lógica sin sentido pero coherente: la más pura usanza de Boris Vian. Nadie debió escandalizarse cuando, años más tarde, se descubrió que Vernon Sullivan, el autor de la violenta novela “Escupiré sobre vuestra tumba”, era el mismo Vian. Tampoco debió sorprender que compusiera y cantara la dura y crítica Le desertour (“El desertor”) durante plena ocupación francesa en tierras argelinas. Ése era él. Quizá hubiera costado menos trabajo reconocerle si esta obra, hecha para el disfrute de sus amigos, no se hubiera publicado hasta después de su muerte. Quizá éste sea un buen momento para que le conozcan, a través de ella.
(Aquí dejo un maravilloso artículo de El País para ampliar información respecto de Vian).