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Law, Economics, Environment
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El otro día estaba disfrutando de mi recreo particular en Twitter a media mañana, cuando Isabel escribió con indisimulada sorpresa que había sido nominada para estos premios tan chulos que, no vamos a negarlo, despiertan esa ilusión infantil e inocente por recibir la bolsa más grande de chucherías en la carrera de sacos de la excursión de turno. A nadie le amarga un dulce dicen, ¿no? Lo primero que hice fue alegrarme mucho por mi paisana y por su fantástico blog, «El traductor en la sombra», que a estas alturas ya todo el mundo conoce. Y lo segundo echar un vistazo a la inmensa ristra de blogs nominados. «Se mantienen los de siempre» —dije mientras echaba una ojeada— que, año tras año y con todo merecimiento, se sitúan en la cresta de ola por constancia y buenos contenidos. También algunos nuevos. «Muy bien» —dije a modo de reafirmación—, por eso de que la savia nueva es un agente vivificador de primer orden. Mi voto, ya decidido, para después. Había llegado el momento de se mettre au boulot.
Último desplazamiento de la barra hacia arriba y… en un golpe de vista fugaz leo «Letr». Alucinaciones o como se dice en mi pueblo: «qui té fam, somnia en rollos». Pero no, ahí estoy con mi blog de apenas un año de edad, todavía el querubín con la necesidad de que le cambien los pañales porque a veces se hace pipí y popó y llora desconsoladamente por las noches. Pero claro, algo es obvio: si estoy en esa lista es porque algo he aportado a la comunidad del diccionario durante todo este tiempo. Pues oye, la bolsa de chucherías para mí y a ponerme de dulce, que uno es goloso con gusto.
Otra cosa: no voy a pedir el voto para mí, ¡qué va! Me da la sensación de que guardaría cierto parecido con esos pimpollos que depositan todo su orgullo en la insufrible coletilla «envía un SMS al». Sí, quizá banalice el asunto o tal vez sufra un terrible trauma provocado por determinados capullos —televisivos— de alhelí. O las dos cosas. El caso es que siento un profundo orgullo al estar en esa lista entre tantos ilustres profesionales a los que admiro. Y por cada voto que reciba, mil millones de abrazos. Pero, ¿realmente qué me ha dado este rincón en el año y pico que lleva desde su nacimiento?
Respuesta evidente: visibilidad. Ahora, otra pregunta: ¿Qué he buscado a través de este blog? Expresarme y compartir. Si he llegado de un modo u otro al público ha sido consecuencia de las líneas escritas, pero nunca ha sido un objetivo buscado, precisamente, porque mis contenidos no cumplen con el perfil prototípico de entradas SEO friendly. Por eso creo que es tan importante dar prioridad a la publicación de contenidos con sello propio, no necesariamente inéditos como apuntan algunos, pero sí con un marcado carácter personal. Creo que el genio y la autenticidad de cada cual debe verse reflejado a través de lo expresado para así legitimar los contenidos de una forma incontestable. Ya hay demasiada copia de copias que a su vez provienen de fotocopias previamente transcritas. ¡Uf! Quitemos la aguja del vinilo rayado y que siga sonando la música.
Hay monetes muy listos que separan muy bien el grano de la paja. Ciertos contenidos les provocan somnolencia.
Ya se habló en su momento del estallido de blogs en el mundo de la traducción y opiné al respecto en mi anterior entrada. Habiendo un tamiz tan inteligente llamado «lector», ¿para qué enervarse más de la cuenta? Esto es como la RAE que, juiciosa como pocas, acaba adoptando y adaptando vocablos que por su uso masivo merecen formar parte de sus magnos lexicones. Es el caso de «pirsin» o «zum», auténticos paradigmas de la cordura y sensatez de los académicos. Dicho esto, creo en la perspicacia natural del lector, sabio como pocos. Con todo, sigo notando y percibiendo que existe, en este tiempo de estallido bloguero, una especie de arrebato irracional que conduce irremediablemente al personal a decir: «tengo que probarlo». Bien, ¿por qué no hacerlo? Pero antes, ¿por qué no pensarlo? ¿O es mucho pedir tratándose de una pulsión?
La verdad es que el argumento del «hay que probarlo todo para saber si me gusta» no me acaba de convencer. Cuestión de ineficacia empírica. Si siguiera a pies juntillas este precepto ya me habría apuntado a la fase previa de Roland Garros ahora que París debe estar tan bonito. Tal vez llegaría a jugar con algún tenista clasificado entre los cien primeros… ¡que jugué como federado hasta los 16! Y oye, que no me desenvuelvo mal en pistas de tierra batida, roja, por supuesto. Y, ¡anda! Que he estudiado, entiendo y hablo francés. Por probar… Pero mira tú por dónde que no lo acabo de ver claro. Aparentemente perfecto, ¿no? Pues veo grietas en estos razonamientos, y ya se sabe: siempre amenazan ruina. Ilusión y aportación van envasadas en el mismo tarro.
Entrenando con disciplina espartana.
El canto a lo Amaral «sin blog no soy nada» desafina mucho. Porque realmente creo que existe una percepción equivocada o quizá algo distorsionada de lo que entraña la blogosfera, al menos bajo mi punto de vista. Compartir fue mi primera y única motivación desde que en febrero de 2011 inauguré este blog. Tenía ganas de escribir, interactuar y contribuir. Y siguen siendo mis principales motivaciones a la hora de ponerme ante una hoja en blanco. El resto se traduce en satisfacción y felicidad, como diría Pablo Muñoz. Debe ser bastante exasperante esperar a que los cielos blogueros se abran por intercesión divina de los santos gurús de la traducción y la reputación online y lluevan billetes, a poder ser, morados o amarillos. Al menos en mi tierra llueve muy poco y en otros lugares caen batracios tan grandes como el puño de Cassius Clay.
Modelo a seguir en Twitter.
Como bien dijo Isabel: «visibilidad no es sinónimo de profesionalidad». Estoy de acuerdo, pero añadiría entre el «no» y el «es» la palabra «necesariamente». No se trata de un principio axiomático. Leo asiduamente unos cuantos blogs cuyos contenidos, tono, expresión, inflexiones o manera de abordar los asuntos me interesan y fascinan. Y me parecen los mejores profesionales del mundo mundial. Conque lo de la visibilidad es un marchamo engañoso. Única y exclusivamente los contenidos actúan como jueces competentes para conocer de una causa determinada. ¿Tienes 100.000 seguidores? Vale, enséñame tu trabajo. No todos sabemos esforzarnos como la Kardashian. Como le dijo César a Pompeya en la versión siglo XXI: «el traductor no sólo debe ser profesional, sino parecerlo».
¿Número de seguidores? Inmensamente sobrevalorado. Habrá centenares de páginas donde rutilantes coachs que tienen, como poco, 10.000 seguidores —estoy seguro de que en la Real Academia de Coaching hay normas sesudamente establecidas que no permiten otorgar el preciado título al aspirante que tenga menos de 10.000 seguidores en Twitter— relatarán, con ese entusiasmo contagioso, los métodos milagrosos que te ayudarán a ganar tropecientos seguidores en menos de una semana. Pura inspiración de Teletienda. Tendencia actual en las redes sociales íntimamente relacionada con la paupérrima preferencia social por la cantidad y no por la calidad. Las personas reducidas a números; economía humana. ¡Puaj! Que el motivo por el que seguir o ser seguido sea aportar valor único, tener esa chispa diferenciadora, escribir esa palabra que llega al alma o dar ese consejo irrechazable. Nada de engordar egos, que ya vamos sobrados, ¿no?
Acudo a este sitio siempre que necesito contarle ciertas cosas al mundo. Clara fue la primera persona a la que escuché hablar de «blog terapéutico» y no puedo estar más de acuerdo con esta denominación. Tendría que patentarla, de veras. Siempre que exista la vocación de compartir es más fácil llegar a relativizar determinados problemas que nos atenazan y conocer sin prejuicios otros que nos atormentan. Cuando me preguntan por qué tengo un blog les respondo con franqueza que me gusta escribir. Tan simple como abstracto. Pero, ¿hay motivación más poderosa? El binomio traductor-escritor es una inmejorable carta de presentación y una forma [interesante] más de hacer buen marketing online, ya que estamos. ¿Escribes? Perfecto, déjame que te lea. ¿No escribes? No pasa nada; te veré en otro sitio. Sin histerismos, egolatrías, ni endogamias absurdas. Eso sí, dejadme que os diga que no hay mayor recompensa que compartir inspiración.
Cambio de piel bloguera pero, servidor, sigue teniendo las mismas ganas de escribir y compartir siempre que haya algo que contar. Y como la cosa va de cambios, leía con mucha atención hace unos cuantos días la última entrada de Pablo cuyo título no dejaba lugar a dudas: los arrepentimientos en los saraos de traducción no están permitidos, o lo que es lo mismo, una vez entras por la puerta y empiezas a escuchar a los ponentes está comprobado emocionalmente —científicamente todavía no, pero me da a mí que el Instituto Coca-Cola de la Felicidad pronto querrá inspirarse en nuestras conexiones astrales antes, durante y después de los congresos para sus anuncios publicitarios— y avalado por el más insigne sanedrín de gurús de la Traducción y la Interpretación que la letanía de lamentos o indefiniciones del tipo «mira que ADE tiene más salidas y aún estoy a tiempo» o «como traductor me siento maltratado por esta sociedad» se diluye sin dejar rastro. Si te vieras parafraseando al atormentado Bécquer con «mi vida es un erial, flor que toco se deshoja…» todavía estás a tiempo de no arrastrar tus perlados piños en el suelo.
Porque morradas va a haber de todas las facturas a lo largo de nuestra vida personal y profesional: algunas con resultado de magulladura y yodo en la zona afectada y otras con heridas penetrantes con necesaria aplicación de puntos de sutura. Pero oye, si hay algunas universidades y otras instituciones que han optado por ofrecer estos métodos de prevención,… ya se sabe: póntelo, pónselo. Y no es que en estas reuniones se repartan preservativos a cascoporro junto con el programa y el bolígrafo de la entrada sino que sirven de pantalla para, al menos, atisbar la realidad que hay detrás de las cuatro paredes de tu facultad —o de tu casa o lugar de trabajo—. Y eso, se paga con gratitud y buena compañía.
Porque el riesgo de contagio de todo tipo de enfermedades venéreas es elevado, muy elevado. A estas alturas, qué más da que tomen el nombre de privatización, universidad, educación, valores o democracia si lo que verdaderamente importa es que la cepa principal se llama miedo y se vende en serie y de forma legal. No es que estas reuniones acaben con el pánico de un plumazo pero sí ayudan a combatirlo. Sí actúan como una buena medicina preventiva y, de paso, hacen emerger, más que nunca, un conglomerado de estructuras idealizadas que están demostrando su incapacidad para conseguir los objetivos que antaño les fueron asignados. Ni papá Estado ni mamá Universidad van a ser capaces de sacar las castañas del fuego. Es hora de quemarse y experimentar cómo los dedos se achicharran en contacto con la realidad, que está que arde.
No hace mucho que salí de la universidad pero, en mi época, habría pagado muy bien por asistir a congresos de esta naturaleza. Mi promoción no mostró demasiado entusiasmo por la profesión y los intereses personales estuvieron muy por encima de los colectivos. A día de hoy, puedo contar con los dedos de las manos a aquellos excompañeros que sé que se dedican al mundo de la traducción o la interpretación. Y no es cuestión de hacer leña del árbol caído, pero el grueso mi promoción se dedicó mayormente a obtener un título de prestigio que les facilitara el ingreso en el mercado laboral de un modo más directo gracias al conocimiento de idiomas que se presupone tras obtener el grado. Totalmente respetable ese camino, pero las cifras no mienten.
Hace unos años la carrera-profesión de Traducción e Interpretación era una más, con alumnos tan preparados como desmotivados. Creo que ciertas cosas apenas han cambiado: los planes de estudio siguen inmóviles en la inmensa mayoría de los casos, desde las más altas instancias se apela al corporativismo y la permanencia en la mediocridad, Bolonia ha resultado ser un bofetón con la mano abierta y algunos docentes siguen empeñados en que las nuevas generaciones continúen desenvolviendo su tradicional rollo de papiro, acompañados por ese rancio perfume, para realizar sus traducciones a la espera de que las hermosas valquirias les guíen hacia la tierra prometida, esa Valhalla que sólo existe en una mente modelada en el siglo XX y no en el XXI.
Pero, ¿qué está pasando ahora? ¿Rebelión? ¿De dónde surge todo ese entusiasmo que ha conquistado el mundo de la traducción y la interpretación desde la base? Las redes sociales y la blogosfera han obrado el milagro. Multitud de mentes entusiastas siguen poniendo su granito de arena para que nuestra profesión tenga el reconocimiento que merece. Muchos han encontrado en entradas de blog, foros de discusión o conversaciones en Twitter lo que no se halla, generalmente, dentro de un aula: mundo real. Es un movimiento que se muestra ajeno al inmovilismo y me despierta una enorme simpatía, ya que, como poco, contagia ese interés tan necesario que encaja tan bien con el inconformismo.
Abrir un blog también va a ser un atentado contra la autoridad
Consecuencia lógica: crecen blogs como setas y hay duplicidades de contenido. La solución, fácil: no leer lo que nada aporte y esperar a que el tiempo pase la barredera para llevarse el material sobrante a la papelera de reciclaje. Prefiero ver la explosión de bitácoras de traducción como el fiel reflejo de que nuestra profesión se hace cada vez más visible y todo el mundo tiene ganas de contribuir y compartir sus vivencias. La plasmación de un estado de ánimo positivo. Que luego explote o no esa burbuja ya no está en nuestras manos… Y no es preocupante. El contenido lo gestionan los lectores y ellos deciden entre lo relevante y lo desdeñable. Y considero que el lector es muy inteligente. Parece que olvidamos que todos fuimos novatos un día y no por ello nos mandaron directos al patíbulo. Demasiada rabia y comportamientos inquisitivos con este tema. Y es que siempre ha sido más fácil arrancar una flor de raíz que dejarla crecer.
Los peligros en nuestra profesión perviven, como en cualquier otra, pero como brillantemente expuso Oliver Carreira en su presentación del ENETI, nadie se ha librado de ellos en sus respectivas épocas. Diferentes collares anudados a la nuca de los mismos perros. Y los perros, desde que son perros, no han dejado de ladrar. Este movimiento renovador demuestra que hay personas dispuestas a tomar las riendas de un caballo hermoso y trotón como la AETI. De ellos depende cabalgar con fuerza y garbo por esos pasillos de universidad o convertirse en un dócil poni de feria con el lomo encorvado de tanto ser montado.
Queremos tomar conciencia de que somos traductores e intérpretes y se nota. Es un primer paso hacia la visibilidad y el respeto profesional, que no está nada mal para empezar. Si será una moda pasajera o es el principio de algo más grande lo iremos viendo con el paso del tiempo. Además, nos brinda la inigualable oportunidad de encontrarnos con personas que vale la pena conocer y que, ¡albricias!, comparten tus mismas inquietudes, padecen los mismos males y participan de tus alegrías. Son ocasiones donde te das cuenta de que la traducción y la interpretación son mundos insondables, versátiles, si se quiere caprichosos, pero con un poder de atracción enorme. Momentos para todos los públicos con el fin de que pequeños y mayores se pongan las pilas, recarguen baterías o simplemente las cambien por unas más eficientes. Porque, aunque no lo parezca, a todos nos gusta sentir que pertenecemos a un gremio del cual sentirnos orgullosos.
Cuando un día cualquiera abres tu bandeja de entrada después de haber dado buena cuenta de tu siempre protocolario desayuno de traductor basado en un buen tazón de leche sin lactosa con unas generosas cucharadas de Cola Cao© —también acepto sucedáneos—, acompañado por una cuantiosa ración de cereales de chocolate y unas tostadas bien regadas en aceite y lees un correo electrónico donde te invitan a dar una charla en un seminario especializado de traducción, perdonadme la expresión —y sé que lo haréis—, te acojonas. Y no sólo te acojonas sino que el protocolo matutino que se había instalado plácidamente en tu estómago empieza a emitir unos ruiditos extraños seguidos de unos persistentes retortijones que te invitan a tomar asiento en otro sitio.
Y te sermoneas con aires de mortal arrepentido para intentar justificar tu falta de integridad y fortaleza en esos momentos. El «chico, no será para tanto, ¡qué exagerado eres!» es parte de la oración que entonas esa mañana. En esta época donde almas penitentes han vagado en fila india ataviadas con conos de cartón sobre sus cabezas, no te apetece redimirte de tal guisa y, claro, aceptas acudir a la charla porque las figuras de semblante cónico nunca te dieron buen rollo. Y vas a ir aunque nunca antes hayas hablado en público. Pero, oye, ¿y por qué yo? ¿Qué tengo que aportar a profesores, alumnos de grado y futuros de estudiantes de posgrado si realmente acabo de llegar como aquel que dice?
Son preguntas lógicas que se hace uno después de recibir la noticia de la mañana por parte de uno de los profesores jóvenes del grado que llevó a cabo esfuerzos ímprobos para hacer ver la importancia de la terminología en la traducción y que, más tarde, consiguió que la asignatura de económica y financiera del posgrado fuera mucho más práctica de lo que el propio descriptor del máster anunciaba. Pero no, no iba a hablar ni de terminología ni de traducción económica y financiera. Tampoco iba a estar solo pues me iba a acompañar en esta singladura la traductora hispano-rusa más conocida del mundo mundial de la traducción: Cristina Aroutiounova, de El Placer de Traducir, compañera de promoción en el grado y posgrado.
Nuestra ponencia en el Seminario sobre traducción e interpretación económica e institucional: docencia, investigación y profesión de la UA iba a versar sobre las diferencias-inadecuaciones-incongruencias que habíamos encontrado desde que obtuvimos el posgrado entre el mundo académico-universitario y la realidad diaria del mercado laboral. A la charla, pobrecica ella, se le dio un nombre con poco gancho, de aquellos que lees y afirmas con gravedad: «una siesta cae», pero no me iba a dar por rendido ya que el contenido tenía unas posibilidades enormes para hacer del continente una mera anécdota. En pocas palabras: nuestros argumentos serían cafeína pura para el personal. Y, creedme, teníamos un termo rebosante de café bien cargado para repartir entre los asistentes.
Y como era cuestión de abrir los ojos, primero tenía que abrir los míos y respirar. Minutos antes de subir a la mesa entarimada del salón, el asiento que ocupaba entre el público asistente se me quedaba terriblemente pequeño y probaba inútilmente con mil posturas que no sólo no acababan con mis posaderas quietas sino que se transformaban en picores inimaginables en los lugares más insospechados de mi cuerpo. Os confieso con total sinceridad que, en esos momentos de desenfreno adrenalínico, me habría gustado recibir un sonoro bofetón por parte de mi «yo relajado en pijama recién levantado mientras me estiro y bostezo». Vaya que sí y, además, sin miramientos y por sorpresa para acabar con ese baile ritual de aquelarre que había poseído mi cuerpo en la minúscula superficie de una butaca. Me sentía como Urdargarín emitiendo una factura legal, con su IVA y su IRPF: raro, confuso.
Pero, después de las presentaciones de rigor, me tocaba romper el hielo abriendo la exposición. Y a todo eso, sin darme cuenta, comencé a hablar. Y entre pausa y pausa, noté cómo las ideas fluían solas y se ordenaban con criterio en mi cabeza, cómo el mensaje y el sentido de la charla calaba entre los asistentes y cómo mi cuerpo me daba al fin la tregua que necesitaba y se dejaba caer en la silla por pura gravedad. Sólo necesitaba hablar y contar mis experiencias. De la charla os puedo contar que fue una mezcla de realismo y optimismo sin excesos. Sin caer en el pesimismo existencial con tintes sartrianos que se huele en el mundo de la traducción ni en el optimismo exacerbado de algunos que todavía viven en los mundos de ese extraterrestre de color mandarina llamado Yupi.
Simplemente quisimos contarles a los que tuvieron la paciencia y la bondad de escucharnos que:
- Los milagros no existen y la virgen de Lourdes todavía no ha visitado ningún centro de estudios de posgrado.
- Un título puede ser un papel inservible guardado en un cajón o colgado en la pared de tu habitación.
- Hay tantos posgraduados dándose tortazos en el mercado laboral que tener un máster ya no es un factor que te diferencie del resto.
- La formación continua es muy importante y cursar un máster es una opción más entre tantas.
- Elegir un máster debe ser el resultado de una decisión meditada y honesta y no la elección espontánea fruto de una mañana soleada acompañada del canto alegre de unos pajarillos en el alféizar de tu ventana.
- Un máster debe aportar valor a tu futuro profesional. La visión práctica y real debe imperar.
- Los descriptores de posgrado de la mayoría de universidades españolas se centran casi en exclusiva en el ámbito académico y formativo y no contemplan el mundo real que hay tras las aulas (consultar diapositiva número 23).
- La figura idealizada y paternalista de la universidad es un lastre para el alumnado y los futuros trabajadores que ingresen en el mercado laboral. Seamos justos con ella. Hay habilidades personales y profesionales que no puede (ni debe) enseñar la universidad.
Al terminar la charla, experimenté la indescriptible sensación de que no me había dejado ni una sola coma de lo que me había propuesto explicar a los asistentes del seminario. Fue una experiencia enriquecedora que me sirvió no sólo para expresar mi punto de vista sobre un debate candente en el ámbito académico y laboral sino también para conocerme y experimentar en una situación inédita en el terreno profesional. Quiero dar las gracias a Daniel Gallego y al resto de miembros entusiastas del Departamento de Traducción e Interpretación de la UA por contar con Cristina y conmigo aun a sabiendas de que íbamos pertrechados al seminario con un cargamento de sincera realidad que no suele gustar demasiado en cierto sector del ámbito universitario.
Tratamos de ser críticos, sinceros y directos, pero siempre con la intención de aportar ideas y ser constructivos. Tener la oportunidad de participar en un coloquio organizado por docentes entusiastas, comprometidos con el alumnado y la renovación de una institución con bastante atrofia como la universidad española no es una oportunidad que se presente todos los días y más teniendo en cuenta que siempre me he mostrado abiertamente crítico con este asunto e incluso llegué a plasmar mis inquietudes en la entrada «Venturas y desventuras de TeI» cuando este blog todavía estaba en pañales. Dejar pasar este tren era absurdo.
Tras la charla, pude conocer y poner cara a gente como Pablo, Laura, David o Carla y reencontrarme con antiguos compañeros de carrera que hacía años que no veía. Un enorme gracias a los futuros traductores Vicent y Raquel y a Nathalie, que no sólo estuvo bien atenta a la charla sino que echó mano de su Canon EOS 400D para dejar constancia fotográfica del seminario. Fue un gran orgullo poder ofrecer mi punto de vista en la universidad donde me he formado y delante de profesores que han sido parte integrante de mi vida académica tanto en el grado como en el posgrado.
Hubo un momento en que los retortijones hablaron por mí e incluso generaron grandes dudas acerca de mi posible contribución en este seminario. Miedo a lo desconocido que se llama. Pero, más tarde, el inmenso placer del deber cumplido convirtió esos temores iniciales en una mera anécdota. Recibir felicitaciones al término de la charla fue la mayor recompensa que obtuve ese día, más allá de la propia emoción personal. Sirva esta entrada como llamada de atención ya que, si un día recibís un correo o una llamada con aires novedosos, desconocidos o inexplorados, no cerréis vuestras puertas dominados por el miedo pues la corriente de aire, si entra, ya hará su papel.
Si supiera el Rin lo que se le viene encima...
Hay algo muy poderoso que crea lazos inquebrantables entre los más de siete mil millones de habitantes de este planeta. El hermanamiento universal ajeno a discursos políticos e institucionales. Filipinos, canadienses, birmanos, azerbaiyanos, monegascos, uruguayos, zimbabuenses, españoles o franceses compartimos una característica que nos convierte en auténticos semejantes. Somos fracciones reducidas a común denominador. Pero oye, ¡qué intriga! ¿Qué es eso que nos convierte en soldados rasos sin distinciones, méritos, ni galones?
¿Puede que todos seamos iguales ante la ley? ¿O será el espíritu de la Navidad que llega con la misma intensidad e ilusión a capitales del mundo como Mogadiscio o Helsinki? Quizá vayan por ahí los tiros. ¡Y qué me dices del fútbol? Ahí sí que todos vamos a una, ¿no? Aficionados, radicales, entrenadores, jugadores, presidentes,… Todos luchan con denuedo por salvaguardar el honor del escudo. ¡No, no! Creo que ya lo tengo: a todos nos está afectando la crisis por igual. Y no lo digo yo, que lo han dicho en la tele: la prima de riesgo le ha dado por escalar y vamos a tener que apretarnos todos los cinturones. Ya te digo. Puede que haya resuelto la incógnita.
Eminem ejercitando su slang
Pero mi mente atribulada por tantas cuestiones trascendentales vio la luz el otro día en el transcurso de una traducción para la revista europea Cafebabel con la que colaboro de forma puntual. Se trataba de un texto que hacía gala de un lenguaje llano, tanto, que a veces buceaba por las aguas turbulentas del argot francés que, como todos sabréis, es tan prolífico como polémico y se jacta de albergar tal cantidad de expresiones y modismos que ni siquiera Eminem, con lo faltón que es y en el caso de que fuera francés, tampoco conseguiría dominar le jargon français —sí, vale, tampoco yo me imagino a este señor de las mechas teñidas diciendo: « mes groupies poussaient des cris de paons dans le concert et j’avais besoin de débarraser le plancher », pero, en fin, espero que sepáis perdonar (y entender) este lamentable ejemplo—.
Sin embargo, me gustan los retos y siempre me ha apasionado la fascinante filtración de elementos dialectales en los textos, por lo que me sentí muy tentado a abordar este texto en versión original francesa. Y lo hice y, de regalo, me di cuenta de algo que ya sabía pero que una traducción se encargó de recordármelo: el sexo une culturas sin distinción de razas, sexos, géneros, condición social o cualquier otra circunstancia. Y el lenguaje, como fiel reflejo de la sociedad universal, se encarga sabiamente de transmitírnoslo. ¿Y por qué lo digo? Porque me topé con la siguiente oración: « A l’heure où Sarkozy sévit dans le coup de Rhin, dans quel état d’esprit la génération Y aborde les France-Allemagne ? »
¿Le coup de Rhin? Qu’est-ce qui se passe ? ¡Qué redichos estos franceses, oh là là! Vale, el Rin es un río alemán que nace en Suiza y desemboca en el mar del Norte y cruza toda Alemania formando uno de los cinturones industriales más desarrollados de Europa —información patrocinada por mi profesor de geografía de 1º de Bachillerato —. Pero, vamos a ver, ¿qué tiene que ver un río con un golpe, es decir, coup? ¿Algo pasó en ese río que no me he enterado? Quién me mandaría meterme en camisa de once varas teniendo tantos clientes que buscar y tantos currículums que enviar… «¡Licenciao, que eres un licenciao!» que diría mi madre.
El caso es que ya dije una vez lo difícil que era traducir y son estos momentos en los que uno piensa: «chico, no se te daba tan mal el tenis, algo de dinero podrías haber hecho, hombre». Hasta que aparece esa fuente que te salva la vida y hace que tus dudas se disipen cual tormenta veraniega. Pues sí, señoras y señores, he aquí la respuesta a todo este maravilloso embrollo: coup de Rhin está intrínsecamente relacionado con coup de rein. ¿Y qué es coup de rein? Ejem, bueno, esto… ¿me está leyendo mucha gente? Pues eso, lo que hacen los caballos cuando suben una montaña o los ciclistas cuando ascienden un puerto de categoría especial. Eso, eso, un golpe de riñón.
Pero, señor Rizo, ¿no estaba hablando usted de sexo y de que era aquello que unía a razas, culturas y credos diferentes? Pues sí, ya está bien: en el contexto sexual que nos atañe la acepción es cristalina y transparente: golpe de riñón o, por cercanía de la articulación implicada, de cadera. Sobran las explicaciones, ¿verdad? Aun así, ¿qué relación tiene el Rin con un golpe o, mejor aún, un riñón con un río alemán y una sacudida? Pues hay que hilar todavía más fino: el Rin es, sin duda, el río más importante de Alemania. Todo un emblema nacional, una referencia geográfica, histórica y cultural no sólo para los propios germanos sino también para el resto de los mortales. ¿Quién no asocia Alemania al Rin?
Así las cosas, los pícaros franceses han jugado su baza con creatividad e imaginación asociando el movimiento físico del acto sexual —golpe de riñón— con la posición dominante —¿la dominación también tiene connotaciones sexuales, ¿verdad?— de Alemania a lo largo de la historia representada, en esta expresión, a través de su celebérrimo curso fluvial, el Rin. Oye, ¡qué astutos estos franceses que mediante el recurso de la paronomasia homofonía asocian fonéticamente «rein» con «Rhin»! ¡Qué espabilados al crear una metáfora de contenido sexual y a la vez una expresión eufemística cuando cualquier español de a pie podría haber dicho sin despeinarse: «Alemania ha dado por saco o (inserte su exabrupto aquí) a (inserte su político, país o lo que le plazca aquí)»!
Entonces, si lo he comprendido bien, significa que Alemania-Rin adopta una postura dominante y somete a Francia-Sarkozy. Resumiendo: cuestión de dar y recibir, actitud pasiva frente a activa. Ahora bien, ¿al español cómo quedaría? Porque, como he dicho antes, aquí lo solucionamos pronto con cualquier chabacanería. No somos tan fisnos como los franceses, ni mucho menos, tan sutiles pues forma parte de nuestra cultura el piropo obrero surgido de auténticos gurús como Pajares y Esteso. Entonces, ¿cómo salvamos este zanja existente entre la cultura española y francesa? ¿Cómo respetar en español el tono del original francés?
«Después de la reunión, saco la fusta, Nico»
Solución: reformular creando una expresión análoga sabiendo, de antemano, que se va a perder gran parte de la gracia de la expresión francesa. Mi propuesta: «Ahora que Sarkozy padece los efectos de la dominación germana (ver propuestas de traducción en los comentarios de esta entrada), ¿con qué estado de ánimo afronta la generación Y los partidos entre Francia y Alemania?» Cuestión de dominación, ¿no? He aquí mi traducción al español para que podáis haceros una idea global del asunto en cuestión. Tenía también otras propuestas para coup de Rhin, quizá menos sutiles, pero me gustaría escuchar las vuestras. ¿Cómo lo habríais traducido?
¡Ah! Y no me podía despedir sin decir esto: la próxima vez que os digan que cualquier herramienta de traducción automática nos comerá el terreno dentro de no mucho tiempo, os rogaría que le pidierais amablemente al avispado-valiente que introdujese literalmente «Coup de Rhin» en uno de estos maravillosos adelantos de la informática moderna. Yo ya he hecho esta operación en tres traductores automáticos con los siguientes resultados prodigiosos:
- Google Translate opta por esta chispeante traducción: «Renania del accidente cerebrovascular». Cuidado con pisar esta región alemana, que hay riesgo inminente de ictus. El que avisa, no es traidor.
- El traductor de El Mundo y el de Opentrad coinciden y optan por el «Golpe del Rin», título de película que podrían haber firmado perfectamente los Martes y Trece bávaros.
Moraleja de toda esta historia: cualquiera puede traducir —como diría el personaje de Auguste Gusteau en la adaptación de éxito Traductouille—, pero no todo el mundo puede hacerlo bien.
Cuando se celebra un congreso, seminario o curso siempre hay cierto caudal de reacciones blogueras. Pero es que con la #JornadaUA o, lo es que lo mismo, las II Jornadas de Transición al oficio de traductor e intérprete el río de crónicas se nos ha desbordado por completo. Y lo que es mejor, hemos asistido al nacimiento de muchas bitácoras de traductores motivados gracias a dicho evento. ¡Noticia estupenda! Un servidor quería escribir una crónica completa, muy a lo periodista de investigación pero, ¡ejem! ya se me ha adelantado toda la tropa y me parece que la exclusiva la tienen otros merecidamente.
Como la mayoría de los blogueros se han extendido y han contado la jornada con pelos y señales, voy a optar por resumir las jornadas de una forma diferente. Extenderme sería redundante, por lo que voy a definir a los ponentes y sus ponencias en pocas palabras y con un discurso muy personal. No me cabe la menor duda de que estas jornadas fueron inspiradoras para los 400 asistentes y todos pudimos sacar conclusiones muy positivas. Así que ahí voy, sin más dilación:
Pablo es de los ponentes que contagia alegría y destila cercanía a partes iguales. Nunca había tenido el placer de escucharlo y me pareció una ponencia brillantemente planteada. Fue un enorme acierto que se pusiera en la piel de todos y ejercitó el don de la empatía con el público. Éxito asegurado y aplauso largo, larguísimo al terminar su intervención. Like a boss.
Moraleja: No dejes que nadie te diga que no puedes hacerlo. Cree en ti.
Laura no dejó escapar la oportunidad de destacar la importancia capital y el poder extraordinario de las redes sociales y profesionales para los traductores de hoy en día. Explicó su funcionamiento a grandes rasgos y el papel que podían tener cada una de ellas en aspectos tales como la visibilidad, reputación y búsqueda de trabajo.
Moraleja: Si no estás en internet, no existes y si estás, no significa necesariamente que existas. Hay que hacerse ver.
Gary hiló fino y expuso muchas claves en el trato y la relación con los clientes. Se podría deducir de sus palabras que la profesionalidad y la honestidad para con nosotros mismos y con nuestros clientes son dos valores esenciales que determinan en gran medida nuestro éxito o fracaso profesional.
Moraleja: El cliente no siempre tiene la razón pero sí tiene derechos. (Gary dixit)
Paola no esbozó un panorama muy halagüeño con respecto a la traducción literaria a los asistentes pero sí dejó entrever que ha conseguido traducir obras de renombre gracias a su persistencia y tenacidad unido a su talento. A pesar de que le cerraron la puerta muchas veces, no tiró la toalla, perseveró y consiguió su sueño de traducir para editoriales.
Moraleja: No hay dos sin tres, ni tres sin cuatro, ni cuatro sin cinco —intentos, claro—.
¿Quieres sentirte motivado, reírte con ganas, congraciarte con tus colegas, asentir con vehemencia, sentir que formas parte de algo grande y mirar de un lado para otro del estrado porque el ponente no para quieto? Es Xosé Castro, señores, la comunicación en persona. Pura inyección de energía para el cuerpo y la mente. Podrá encontrarlo en toda España y parte del mundo. No está en venta porque no hay pilas que puedan soportar tanta labia.
Moraleja: Más vale mediocre motivado que genio sin espíritu. (Xosé dixit)
En la conferencia de Rafael se trataron temas áridos, engorrosos pero absolutamente necesarios para cualquier traductor. En mi tiempo de estudiante universitario habríamos hecho una buena colecta para conseguir una ponencia de tales características. Estoy seguro de que para muchos fue una charla densa y pesada pero tremendamente útil, que al fin y al cabo era de lo que se trataba.
Moraleja: Traducir está muy bien pero Hacienda somos todos —el Duque de Palma y unos cuantos más no cuentan—.
Lucía hizo hincapié en la necesidad de los que traductores e intérpretes se integraran en un colectivo profesional que velara por sus derechos. No desaprovechó la oportunidad, como vocal de La Xarxa, de presentar la nueva página web y explicar someramente los cambios realizados.
Moraleja: Asociarse es prestigio, visibilidad e integración en tu profesión.
José fue el ejemplo de que los sueños hay que perseguirlos hasta el final sin descanso. Su mayor deseo era ser intérprete oficial de polaco en la Unión Europea. ¿Se desanimó al no aprobar a la primera? En absoluto. ¿A la segunda? Tampoco. Sus aspiraciones estaban muy por encima de las decepciones. En su enésimo intento ingresó en la UE y ahora es feliz con su trabajo. ¿Qué más se puede pedir?
Moraleja: Los contratiempos no son fracasos sino el camino para alcanzar tus sueños.
Patrick dejó bien claro que nuestro mercado es el mundo entero y que es un error circunscribirse únicamente al mercado nacional. Nos animó a que abriéramos puertas y tratáramos de vender nuestros servicios a clientes extranjeros. Y dejó un dato para la esperanza: el mercado español de la traducción está creciendo sin descanso, así pues, ¡aprovechemos la coyuntura!
Moraleja: El traductor debe adaptarse al mercado global con estrategias globales.
Hay muchas razones para acudir a un evento de tales características, sea donde sea. Yo también tengo las mías:
- Sientes que formas parte de un gremio unido, con ganas de ayudar y ser útil a esta sociedad. Si no te lo crees, te recomiendo respirar el clima de colaboración de las redes sociales donde se den cita traductores e intérpretes.
- Desvirtualizar es ilusionante. Somos seres sociales por naturaleza y nos gusta ponerle cara, voz y cuerpo a nuestros compañeros virtuales. ¡Qué le vamos a hacer, nos tomaron un día por asociales y nos gustan más estos saraos que comer con las manos!
- Sirve para hacer un análisis bastante objetivo de la salud de la profesión. En este tipo de acontecimientos somos capaces de extraer conclusiones válidas que nos sirven para la vida real. No te creas lo que te dijo Merche que a su vez consultó con Lola porque le había dicho una cosa muy fueeeeerte Paco. No, así no avanzamos.
- Aprovecha para hablar con tus compañeros, socialízate, reparte tarjetas, di qué haces, comparte experiencias. ¡Aprovecha y establece lazos!
Y por último, no me quería despedir sin dejaros un escueto reportaje fotográfico a modo de botón de muestra. Es muy poquito pero menos es nada:
Pues sí, hace justo un año que decidí lanzarme a la aventura de escribir este blog por lo que creo que esta fecha señalada bien merece una nota a modo de recordatorio, por pequeña que sea, para echar la vista atrás y valorar todo lo que ha sucedido en este tiempo. Empecé con esa duda que entiendo está en las cabecitas de todos los aspirantes a traductor-bloguero: ¿Qué puedo aportar? Porque claro, hay espejos donde mirarse pero hay que abrir ventanas para inspirarse. Y así comencé un 9 de febrero de 2011, inaugurando un rincón virtual que no sabía si iba a tener como únicos lectores a esos abnegados familiares que piensan que un blog es esa libreta de gusanillo en la que apuntar la lista de la compra.
Pero resultó que al poco tiempo comencé a recibir más visitas de las esperadas y eso me dio auténticas alas para dejar volar la pasión que siento por esta profesión y convencerme de que sí tenía algo que ofrecer a una comunidad de traductores que siempre tiene ganas de leer y conocer a nuevos valores. Creo que para nadie es un secreto que siempre me ha gustado escribir. Siempre he pensado que el papel es un extraordinario terapeuta que no cobra por sesión y cuyos efectos beneficiosos son inmediatos.
Así, decidí que mi blog sería un rincón de expresión donde daría mi punto de vista profesional a cualquier cuestión relacionada con la traducción y sus vertientes y aportando mi toque personal a la hora de redactar. No olvidemos que los blogs están escritos por personas —bueno, vale, también hay monetes muy hacendosos— y debemos ser nosotros mismos tras la pantalla. Eso siempre nos dará la autenticidad y el valor que debemos demostrar en la vida real.
No hizo falta mucho tiempo para darme cuenta de que la blogosfera traductoril está llena de profesionales dispuestos a echarte una mano, dar consejos y facilitar información con total desprendimiento. El blog ha sido una verdadera ventana al mundo donde he conocido actitudes y percibido aptitudes de muchos profesionales a través de sus comentarios. Aprendizaje constante y del práctico, del que no se suele dar entre cuatro paredes. Por eso, me permito animar a todos esos traductores indecisos a compartir sus experiencias con el resto de la comunidad. Somos muchos y cada vez más, lo que indica que hay un interés creciente por nuestra profesión.
A Letras de Sastre le estoy muy agradecido por lo poquito que se ha quejado y lo mucho que me ha dado. Sin duda, ha sido un año muy intenso donde he experimentado profundos cambios a todos los niveles pero estoy absolutamente convencido de que éstos llevan aparejados nuevos horizontes por descubrir. Podría hacer una lista interminable de personas que me han ayudado de algún u otro modo a levantar este castillo de palabras pero, como no me quiero olvidar de nadie, os daré las gracias a todos por haber hecho de este sitio un lugar agradable al que siempre quiero volver para compartir mis emociones y experiencias.
Me vais a permitir que apague ya la vela. Estáis todos invitados a un trocito de tarta, así que servíos como si estuvieseis en vuestra propia casa. Confío en que os guste y espero que en 2013 estéis todos de nuevo por aquí y poder ampliar mi lista de invitados.
Ahora voy a pedir el deseo…
Palabras de Marguerite Yourcenar en Alexis ou le traité du vain combat, la cual, entre muchas otras cosas, se dedicaba a traducir. Y es que hay mañanas, sobre todo en estas últimas semanas, en las que ha sido bastante complicado mantener el temple y la compostura ante la llegada de ciertas noticias desconcertantes. Y estoy convencido de que muchos colegas sintieron la misma sensación que yo, mezcla de pasmo e indignación, al leer ciertas cosas que me llevan a pensar que la mediocridad se ha hecho más visible que nunca en el mercado de la traducción.
Pero no sólo visible, sino vanidosa, descarada y segura de sí misma, hecho que todavía toca aún más las narices. Mediocridad con sello español e internacional, auténtica denominación de origen, sin fronteras, y con el sello «crisis de la mejor calidad» en el anverso del paquete, que se vea bien. Prometo no hacer publicidad explícita de los que perpetran tales despropósitos —sería ya la monda que el SEO de Google aupara los ofertones de esta gente a los primeros puestos—, pero permitidme que me desahogue siguiendo el consejo médico muy sabio que dice que retener mala leche en el cuerpo es mal asunto, que luego se pone agria y a ver quién se la toma. Y mi caso todavía es más apremiante: intolerante a la lactosa y con unos retortijones de la leche.
«La mediocridad es asín»
Leí la semana pasada que una agencia de las grandes ofrecía descuentos a sus clientes con el firme propósito de ajustarse a la realidad del mercado. ¿Cupones descuento? ¡Toma ya, cuánta consideración para con la clientela, cómo miran por ellos para que la cuesta de enero les sea más leve! Pero, digo yo, sin ánimo de ser quisquilloso, ¿esos descuentos sólo se aplican a los clientes? Ay,… pobres diablos de alma buena… que San Jerónimo os pille confesados y haga de vosotros unos traductores de provecho por intercesión de San Cacahuete Bendito. Había por ahí otra oferta muy molona ella, que animaba a traductores de todos los idiomas a traducir correos electrónicos con posibilidades de poder hincarle el diente a textos técnicos de mayor entidad.
¡Atenme al asiento que no quepo en mi gozo, pero esto es un ascenso profesional en toda regla! El problema de todo esto es que la web corporativa, esa ventana al mundo donde no sólo hay que ser serio sino parecerlo, era un Frontpage pobretón tirando a indecente hecho en un par de horas. Huele a especialización en traducción fraudulenta, de correos poco lícitos, llamémosle spam. Pero, ¡ojo!, no se nos ocurra ser desagradecidos —que es de malnacidos— pues nos ofrecen una generosa promoción laboral para poder ingresar, en olor de multitudes, en el Olimpo de los traductores técnicos. ¡Qué nivel, Maribel!
Y no me quiero olvidar de aquellas empresas que ofrecen día tras día, como una oportunidad única de trabajo, traducciones urgentes a tres céntimos la palabra desde una lengua A «de menor circulación», —como bien diría Catalina Illiescu— hacia una lengua B más corriente. ¡Claro que sí, tres céntimos por «posibilidades de conseguir colaboraciones a largo plazo»! Con estas ofertas irrechazables, ¿cómo no vas a trabajar con ellos si ofrecen colaboraciones a largo plazo? Qué locura renunciar a esa estabilidad que todos ansiamos y con los cinco millones de chuzos de punta que están cayendo, más vale pájaro en mano que ciento volando, dirían unos. Pero, perdonadme si hoy estoy protestón pero no vendo mi alma al diablo por cuatro chavos, que en el infierno hace mucho calor y a mí me baja la tensión y encima te pinchan en el culo con tridentes. Que no, que no, que prefiero este invierno arrebujado en mi batamanta y pijama traductoril.
¿Y qué me decís de esas empresas que recortan o directamente no pagan las repeticiones? Claro, quedamos bien con los clientes pero, ¿qué pasa con esos pobres traductores que sí tienen que reflejar esas coincidencias en su traducción y contextualizarlas todas? Apliquemos una regla de tres simple: si hay recortes de un 50% en las repeticiones en vez de escribir en mi traducción «abusos de MDMA», me corresponde comerme seis letras y dejaré «abusos». Sin acritud, claro. Pero lo mejor está por llegar, ya que la necesidad agudiza el ingenio, y en esto hay verdaderos artistas.
Hace poco leí que una agencia ofrecía tarifa plana de traducción, es decir, establecimiento de una tarifa fija para todo tipo de traducciones. ¡Qué visión empresarial! ¡Tiembla Zuckerberg! Mismo tratamiento para una traducción de un libro sobre geodesia geométrica que un folleto turístico de Valencia. Lo veo, lo veo: c’est l’avenir! Y que ni a Yourcenar ni a nadie se le ocurra decir que esta idea es de mediocres porque, sin duda, carecen de ese gen del triunfador que permite desarrollar esa perspectiva inalienable que todo visionario ha de tener en los negocios.
Bueno, ya, paro. Suficiente con estas muestras de que el dumping existe y hay gente dispuesta, muy dispuesta a reventar el mercado de la traducción. Mi mala leche se diluye y mi tripa comienza a rugir, pero de hambre. Sí, queridas y queridos, tengo hambre pero de trabajar con honestidad y sentirme valorado por aquello que sé y quiero hacer. No me valen excusas. No quiero ser esclavo de una tarifas/sistema basadas en la mediocridad y en el menudeo. Que no, que no y que no. Para aquellos que estéis asomando la cabecita al mundo de la traducción, como yo y tantos otros, compraos un collarín resistente a hachazos, que más de uno querrá desmocharos y quedarse con vuestra cabeza como trofeo. Y sobre todo, haceos con una escopeta cargada de dignidad y disparad balas de respeto por vosotros mismos y por la profesión de la que queréis vivir. Que ese «ser mediocre» de arriba ni os posea ni os influya, porque ni tiene futuro, ni confía en él.
Los Reyes Magos han llegado anticipadamente con un regalo muy deseado… ¡La Revista Traditori! Han sido meses de gran trabajo y excelente coordinación entre todos los que han participado en este proyecto. Con la mejor de las voluntades, grandes dosis de ilusión y muchas ganas de presentar una publicación innovadora, fresca y funcional ha nacido esta revista que pretende ser un referente en el mundo de la traducción y la interpretación.
Es un orgullo para mí formar parte de este fantástico equipo editorial que ha dado lo mejor de sí mismo para llegar con la cabeza bien alta a esta primera parada. Ha sido un viaje apasionante, pero sólo ha sido el primero de muchos. Desde aquí quiero felicitar a todos mis compañeros por su gran labor y darles las gracias por ser ejemplo de ilusión y motivación. Estoy convencido de que el aprendizaje ha sido recíproco y que la retroalimentación positiva ha sido continua.
La atmósfera que nos rodea, en ocasiones, es cargante y el pesimismo acecha en cada esquina. Son tiempos donde términos como «recortes», «ajustes» y «austeridad» han alcanzado un protagonismo exagerado. Pero hay algo que no se somete a la tijera: las ideas. Gracias a Carolina López, alma de Traditori, por darnos la oportunidad de demostrar que las ideas y los buenos propósitos deben fluir, que es posible construir algo bello donde antes sólo había terreno yermo y que la ilusión y el trabajo son dos valores de vigencia universal, mucho más nobles y productivos que el sonido repetitivo y monótono de la cizalla.
Seguir mejorando es cuestión de tiempo pero el primer paso ya ha sido dado y la huella queda marcada con el número inicial y un especial de Navidad. Ahora sólo queda disfrutar de la lectura y desear que ésta sea amena, productiva e inspiradora.
Número 1 de la Revista Traditori (Leer online aquí o descargar en formato PDF aquí).
Especial de Navidad (Leer online aquí o descargar en formato PDF aquí).
Descubrí quiénes eran los Reyes Magos a los nueve años. Y no, no puedo culpar a esos compañeros de clase que soportaban con mayor o menor grado de estoicismo a aquel tarambana que ponía en práctica las últimas técnicas aprendidas a la hora de la merienda gracias a Son Goku y compañía. Por cierto, todos los personajes hablaban un catalán maravilloso y nosotros lo reproducíamos tal cual aquí abajo, en Alicante, sin ánimo de mancillar el buen nombre de valencianos ilustres. Sólo queríamos jugar, pero nunca a ser político. Recuerdo que «fotre el camp» era una de las expresiones más utilizadas por los actores de doblaje catalanes para expresar que alguien debía «marcharse con viento fresco». El otrora niño revoltoso pide ahora un deseo a través de un lingüista: que la última palabra de esta expresión sea modificada añadiéndole una «s», una mayúscula inicial e incorporando el sentido literal como posible o, si se quiere, «presunta» acepción.
Al Son Goku catalán no le gusta la censura
Pero también estaba ese primo mayor que prefería darte un bofetón traicionero de realidad antes que mantener intacta tu cándida inocencia infantil una Navidad más. Ni compañeros de colegio ni familiares resentidos, primeros habitantes de la Tierra que dieron sentido a la palabra spoiler, fueron los culpables de que descubriese unos bultos sospechosos debajo de un somier de figura curvada. Bastaron unos ruidos sospechosos, algo nerviosos, un padre confiado y una puerta abierta a horas supuestamente anodinas. Ahora que se acerca la Navidad, esa época de felicidad y armonía sin igual en la que hasta las sonrisas pasan por caja, se sigue diciendo que no son buenos tiempos para la lírica, que todo está fatal, que el mundo se acaba… ¡Pero si ahora mismo es Navidad! Lo que estará cambiando esta sociedad para que estas fechas no logren elevar la moral de las tropas…
Y parece que hasta los Reyes Magos de esta temporada vienen algo alicaídos. Y no lo digo por el disgusto que tendrán los Borbones con su paje el exbalonmanista, sino por la llegada de una carta que ha suscitado un extraordinario debate en las redes sociales. Se han escuchado muchos ecos pero algunos han sido atrapados en la red en forma de entradas de blog, a saber, ésta de Pedro, ésta de Nuria y ésta última de Nathalie. A título personal, prefiero quedarme con el tono de estos tres últimos escritos y desechar el perfume derrotista que desprende la carta de El País. Y no hay que pecar de ingenuos, simplemente creer que una actitud positiva es una receta de éxito con ingredientes muy sabrosos.
Y no seré el que niegue que ese perfume tiene una fragancia embriagadora que todos, en algún momento de nuestras vidas, hemos querido probar. No sólo el olor es atrayente, sino que además es muy barato y se puede encontrar en todas las tiendas… ¡Vaya chollo! Se percibe en cualquier esquina de cualquier calle, en la cola del paro, guardando turno en la panadería, en las idas y venidas del ascensor, en las comidas familiares, en los hospitales cuando alguien viene a este mundo, en los funerales, en los bautizos, en las bodas y ahora… ¡por Navidad como el turrón! ¿Acaso no vamos a poder respirar algo diferente? ¡Hombre, ya!
Dejando de lado la comercialización salvaje de este producto y tratando de no analizar a los fabricantes del mismo, prefiero ser más constructivo y no centrarme en seccionar a los culpables —¡Vaya! ¿He dicho «seccionar»? Nada, como si no lo hubierais leído, un traspié sin importancia. Sustituidla por «seleccionar» y adelante con la lectura—. El caso es que no quiero entrar en la corriente mayoritaria que obliga a todo el mundo a llevar el mismo uniforme —negro preferentemente o de tonos grisáceos y plomizos siendo transigente—, y que ha llegado incluso a contagiar al mundo de la traducción. ¡Lo que faltaba para el duro!
¿Hay motivos externos para desconfiar? Sí, muchos y todos los conocemos al pie de la letra y si no ya se encargan de que nos entren a fuego. Miedo comercializado en masa, miedo que se respira en el ambiente, miedo como pandemia. Pero, ¿qué hay de nosotros? ¿Nos hemos preguntado alguna vez qué podemos ofrecer a ese mundo que sí existe y algunos pretenden ocultar? Porque existir existe y hay motivos para creer como éste o éste otro. Porque estoy convencido de que todos podemos ofrecer algo diferente, que nos distinga del resto y nos haga profesionalmente atractivos con nuestra colonia particular. La traducción y la interpretación, como universos heterogéneos, se prestan a ello.
Primero, vamos a empezar por cambiar nosotros mismos antes que pretender cambiar el mundo de golpe. Me exaspera esa retahíla de lamentos y suspiros que se escuchan y leen constantemente en nuestro mundillo. Porque quejicas somos, y mucho. Ahora bien, nadie nos obliga a trabajar con agencias que te minusvaloran, a aceptar encargos que te degradan como profesional y a comer de una mano que luego te dará un guantazo sin miramientos. Ahí entra en escena nuestro particular código deontológico y el grado de respeto que podamos mostrar hacia nuestra profesión. Pero luego no te quejes, jeremías, de que no tienes más remedio que cobrar 3 céntimos por palabra si quieres trabajar. Ni se te concede el derecho al pataleo, ¡ea!
Ser uno mismo es la mejor opción entre todas y seguir los consejos de grandes profesionales motivados, también —todos los que aparecen en mi sección «Traductosfera» lo están—. Así que en un mundo dominado por la tiranía del derrotado y la resignación como modo de vida, única y exclusivamente pido un deseo: encuentra tu pasión para poder defenderla desde el inconformismo y la imperfección. Mirándola desde un prisma prototípico y cómodo, sólo conseguiremos ver sus defectos y nunca sabremos apreciar sus virtudes. El pesimismo constructivo es un oxímoron, además de una soberana idiotez.
Sólo contemplo dos opciones para los traductores recién llegados, como yo y tantos otros: el lamento o la ilusión. La universidad es maestra de todo y nada a la vez y algo habrá que hacer para que la brecha entre formación académica y mundo laboral no sea tan amplia. Pero, un título académico tan sólo es un trozo de papel inservible si no viene acompañado de un actitud positiva y de unas aptitudes que se presuponen adquiridas a conciencia. Un trabajador o futuro trabajador descontento sale muy caro y la motivación no se vende en las farmacias. Si no hay trabajo para ti, trabaja para ti.
Hay mucha luz detrás de esa pantalla de ordenador que te parece tan desangelada y muchos, muchísimos profesionales dispuestos a dar lo mejor de sí mismos para desplegar desinteresadamente sus conocimientos, experiencias y entusiasmo. Inspiración retroalimentada, inspiración en constante movimiento. Leyéndoles o interactuando con ellos he aprendido mucho más que en cualquier aula universitaria. Es la parte práctica en potencia, es el espejo de la realidad en quince pulgadas. ¡Ah, que no se me olvide! La suerte es un artículo brillante pero tan frágil como el cristal, así que prefiero consolidar algo robusto como el trabajo.
Ésta es mi particular carta a los Reyes, que mágicos o no, seguro que no son de rancio abolengo, y, para no contradecir mi filosofía de vida, no voy a pedir por mí sino por todos esos traductores desmotivados, pesimistas y cansados. Siempre ha existido y existirá la figura de ese compañero de clase o familiar amargado dispuesto a hacerte ver ese «mundo real», ese mundo de casi dolorosa travesía. Es fácil encontrarse con ellos, mantener una conversación e incluso, a veces, resultan convincentes. Pero nunca creí sus palabras hasta que no lo comprobé por mí mismo. Nadie más que yo encontró esos regalos debajo de la cama después de dejarme guiar por mis instintos. Sólo yo experimenté la sensación de desilusión y desencanto recorriendo mis mejillas. Ahí está la diferencia. A los que nos gusta escribir, siempre aborrecimos los dictados.
Mucho me temo que voy a ser de todo menos escueto pues siempre he creído que una persona agradecida nunca debe escatimar en gratitud. Mentiría si dijera que no me han ilusionado las cinco nominaciones que he recibido. Siempre es un maravilloso acicate que gente de tu gremio reconozca tu labor detrás de un blog, ese rinconcito 2.0 cuyo contenido siempre pretendes mimar y cuidar. Tanta perversión guardan la pedantería como la falsa modestia por lo que he de decir que me siento muy orgulloso de haber obtenido este bonito reconocimiento, así que… ¡GRACIAS!
Y una vez dicho esto, expongo las reglas oficiales de este premio:
1. Agradécele al que te ha premiado y añade un enlace a su perfil o bitácora en tu entrada.
2. Comparte siete cosas sobre ti.
3. Pásale el premio a 15 bitácoras que hayas descubierto recientemente y que disfrutes leyendo.
4. Contacta a los bitacoreros que hayas escogido para que sepan que les has dado el premio.
Me hizo mucha ilusión recibir la primera nominación por parte de Víctor Gonzales desde su blog El Heraldo de la Traducción, un traductor e intérprete que comparte sus experiencias desde el otro lado del charco y cuya bitácora tiene una gran repercusión entre la comunidad de traductores online. ¡Fue una bonita sorpresa! La siguiente nominación corrió a cargo de Ismael Pardo, el estudiante de traducción que todo el mundo conoce en la red y que está detrás de Diario de un futuro traductor. Su estilo desenfadado a la hora de escribir y compartir sus inquietudes, unido a su enorme precocidad, siempre me ha cautivado y me hace pensar que tiene un gran futuro profesional si ha logrado administrar con tanto acierto los contenidos de un blog.
Vanessa Lorite fue la siguiente bloguera en nominarme y está detrás de Tradúceme despacio que tengo prisa. Su bitácora me ha parecido siempre muy valiosa ya que sus entradas son tan didácticas como útiles y merecen lecturas atentas ya que se puede aprender muchísimo de ellas y no es nada fácil transmitir conocimientos con tal claridad y soltura. Eva María Martínez fue la penúltima en nominarme y está al mando del blog El arte de traducir. Su bitácora despierta desde hace mucho tiempo mi admiración ya que si hay alguien que realmente merece este premio es ella por hacer honor a su verdadera naturaleza: la versatilidad. Es capaz de hablar con total naturalidad de asuntos no relacionados estrictamente con la profesión y luego presentar una entrada, no menos interesante, repleta de contenidos especializados. Y eso merece ser tenido muy en cuenta.
El último premio lo recibí de una persona con la que he tenido el honor de compartir muchas horas juntos: es Cristina Aroutiounova y administra el blog El Placer de Traducir. Sí, fuimos compañeros de promoción estudiando Traducción e Interpretación en la Universidad de Alicante pero es, ante todo, una gran amiga. Me fascina, en calidad de eterno curioso y preguntón redomado, su enorme conocimiento sobre la realidad cultural y social rusa y he disfrutado enormemente cuando ha decidido plasmarlo en su blog.
Siete cosas que puede que no sepas sobre mí:
1. Empecé a jugar al tenis cuando mi raqueta en posición vertical tenía casi la misma altura que yo. Tenía 5 años y competí como federado hasta los 16 (conservo con cariño mis licencias de la RFET). Hubo una época en que entrenaba prácticamente a diario y llegué incluso a disputar torneos en días lectivos haciendo verdaderas virguerías para poder conciliar vida deportiva y académica. A nivel deportivo no logré nada relevante pero sí puedo decir que en el ámbito personal conseguí grandes trofeos ya que mis mejores amigos desde hace más de dos décadas surgieron entre reveses, drives, voleas, remates.
2. De pequeño presentaba un grado de hiperactividad preocupante. Mi madre se esforzaba en quitarle hierro al asunto asegurando que “el nene era un poco nerviosico” —nótese el acento murciano—, pero ni disimulando mi nervio incipiente entre sus amigas y vecinas, impidió que en la época de parvulario fuera un auténtico bicho (malo). Ahora comprendo que mi inclinación a apuntarme casi de forma compulsiva a clases de canto, ajedrez, tenis, dibujo, voleibol o cualquier cosa que me mantuviera ocupado no era casual y quizá tuviera algo que ver con la lógica y necesaria canalización de mi energía. En la actualidad, soy un chico normal que, de vez en cuando, se muerde las uñas.
3. Los animales son parte de mi vida. Soy uno de tantos traductores que comparten su vida con mascotas. Del cariño hacia ellos, pasé a la implicación directa y tuve el honor, hace ya más de dos años, de formar parte de la junta directiva fundadora de la protectora de animales Adoptamics (inserte aquí su emplazamiento reivindicativo: no compres, ¡adopta!) Hasta hace bien poco he sido el orgulloso gestor de la totalidad de contenidos de dicha web.
4. Mi ciudad preferida es Barcelona por su increíble fusión de gentes, su universalidad y aperturismo, su extraordinaria oferta cultural y sus tradiciones tan arraigadas. Pero donde realmente me encuentro a mí mismo es en plena naturaleza. Caminar sin rumbo fijo por una senda, detenerme a fotografiar una flor o respirar hondo mientras contemplo un paisaje que se abre ante mis ojos son instantes que forman parte de ese ritual indispensable que me permite inundar cuerpo y mente de energía positiva.
5. Quizá ya no sea un secreto, pero me encanta escribir. La escritura, para mí, ha sido el medio preciso que ha justificado todos mis fines. Hay papeles guardados en cajones y carpetas que si pudieran hablar contarían historias de desconsuelo, alegría, amargura, ilusión, decepción, esperanza,… retales de vida condensados en unas cuantas líneas. Nunca fui de diarios pues siempre eché mano de libretas, folios y papeles anónimos sin fechar. Cuando la escritura es impulsiva, casi rabiosa, se resiste siempre al método. Ya no puedo dedicarle el tiempo de antaño pero cuando me enfrento a un texto en blanco sigo siendo el mismo crío que un día descubrió aquella forma tan maravillosa de conocerse a sí mismo.
6. Me considero un tipo de letras, aunque nunca me decanté por la rama purista sino por la mixta. Fue una decisión acertada a excepción de aquella materia infernal llamada matemáticas. Por lo demás, siempre he sentido una curiosidad natural por cualquier disciplina científica, sobre todo las relacionadas con el estudio de las ciencias naturales. No creo en la dicotomía radical “letras contra ciencias”, ni en la preponderancia de éstas últimas ya que las disciplinas científicas nunca habrían tenido difusión sin las letras.
7. Soy un melómano convencido. Guardo el máximo respeto por cualquier tipo de música, siempre y cuando surja desde el respeto por la creación artística. Me distancio de la música cuyo único objetivo es vender de forma masiva y adulterada. Sigo creyendo en la música elaborada desde la sensibilidad estética y no desde la billetera. Por cierto, cultivo el noble arte de mezclar y pinchar música desde los diecinueve años.
Y, por último, ahí van mis 15 blogs imprescindibles sobre traducción e interpretación:
- Transdoc