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Sysyphus D. Fenrir |
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Sysyphus D. Fenrir habita esta caverna. Si no muero a los 27, me suicidare a los 50. Me creo escritor, estoy atrapado en otra época y con nostalgia del limbo.
Y ya nadie me escribe diciendo: No consigo olvidarte.
—Yo lo amaba— dijo ella secando sus ojos con su muñeca; robándole a su mejilla la oportunidad de sentir una lagrima correr y desaparecer en su cuello.
Empecé a caminar por la ciudad, sin ningún objetivo. Mientras andaba, tenía la sensación de poseer una parte del significado de las cosas. Por supuesto, era falso. Pero quedarse en una calleja tampoco servía de gran cosa.
La terrible inseguridad de mi existencia interior…
¿Qué sucedería si el rostro humano expresara con fidelidad el sufrimiento interior, si todo el suplicio interno se manifestara en la expresión? ¿Podríamos conversar aún? ¿Podríamos intercambiar palabras sin ocultar nuestro rostro con las manos? La vida sería realmente imposible si la intensidad de nuestros sentimientos pudieran leerse sobre nuestra cara.
I
Se desata la lluvia, y seguida de las gotas viene el estruendo de las ventanas que se azotan y se cierran. De la gente que se protege y que nada quiere saber sobre tan cautivante aguacero. También yo ya me he levantado del sillón en que me encuentro y cierro el cristal de mi habitación, escucho las pesadas gotas caer una a una —esporádicas aun— por sobre las laminas. Pero me detengo, mi mano sobre la ventada, tocando el estoico vidrio que se torna frió, que se humedece y se distorsiona por las gotas que se deslizan del otro lado; tierno liquido que se adhieren en el ventanal.
Y mientras más gris se vuelve el día, más fuerte se estrella la lluvia sobre las calles, sobre mi casa y mi ventana. Y sin importar la cristalina barrera, siento los golpes de las pequeñas lagrimas; de los opulentos diamantes que golpean mi cara y mis brazos, que masajean sin la menor delicadeza mis cabellos y van a perderse en mi espalda atreves de mis hombros como un collar de chispas.
II
Esta lluvia es limpia, es tiempo y es vació Son ilusiones destrozadas. Son tardío roce de tus azules lágrimas.
Miles de dedos fríos que me golpean; que no evito. Pues voy tranquilo recorriendo estas calles húmedas con sus alcantarillas tapadas, con su erupción de agua que inunda la avenida. Y es aquí cuando ya no puede uno protegerse de tanta agua. Uno se ahoga pues se está muy empapado; agua es lo único que se respira.
Ya nadie corre, la calle enmudece de pasos pues ahora se harta de lluvia y de goteos. Pocos son los carros que palpitan en ese instante, que pasan lentos y alteran la marea de la calle inundada, pues llega hasta mí el leve oleaje del agua gris que irrumpe las aceras, que me roza los zapatos y se desvanece entre el agua de la lluvia; entre si misma.
Y yo, lleno de frió deambulo solitario, dándole alegre cara a tanta agua pues no le rechazo; no me intimida. Le extiendo los brazos esperando que bese mi rostro. Pero abro mis ojos y es ahí cuando me doy cuenta que todo está en calma, que la lluvia ha pasado; las nubes se alejan y solo queda el sonido de las últimas gotas suspendidas de los techos esperando morir, de las gotas que se resguardan todas juntas en los arboles, llenas de miedo pues la madre nube ya se marcha, se aleja triunfante con el viento y nos deja un velo helado que cubre las casas y las calles. Un velo húmedo y tranquilo que me deja perdido, que me cubre de tristeza, que me deja llorando.
—Luis Aguiñaga.
¡Pero por supuesto que mentí! ¡Vamos! Yo no quería tener más tiempo en mi casa a esa trabajadora social o lo que sea que la maldita fuera. Sabía a que iban las preguntas, hacia donde se dirigían y que pretendían resolver; pero yo no la dejaría, no me sometería a ese tedioso proceso de compartir con ella toda la mierda que tengo encima. Aun recuerdo su cara. Me pidió que la dejara pasar para que pudiera conectar la computadora que llevaba consigo y por la cual ella había firmado una responsiva por si algo le pasaba, una vez instalada empezarían las preguntas. Fue muy amable eso no lo discuto. Me contó un poco de ella: que vivía cerca de la ciudad, que no le gustaba el vecindario y que se sentía algo atemorizada por la gente que ahí vivía. Me dio una hoja en la cual se especificaba a que iba todo eso, de que trataban las preguntas, los temas por los que estaba constituido todo el test. También supe que todo ello era parte de un seguimiento sobre la vida de varios jóvenes a los que se les había hecho el mismo test hace ocho años. — ¡Ocho años maldita sea! No recordaba haber pasado por esta mierda hace ocho años—. Y al final de la hoja se me pedía que firmara con lo cual habría dado mi consentimiento para poder empezar. Otra cosa importante es que en cualquier punto de las preguntas yo podía fácilmente evitarlas; podía decir que no quería responder esa mierda y ella estaba obligada a pasar a la siguiente pregunta, eso lo tuve en mente durante el tiempo que el interrogatorio se desenvolvía.
Empezó preguntándome si fumaba, dije que sí. —Me hubiera gustado poder fumar en ese instante, incluso ahora quisiera tener un estúpido cigarro conmigo—. Preguntó desde hace cuanto lo hacía, si lo hacía seguido, si por periodos prolongados yo seguía fumando. Si había decido dejarlo y en algún punto no había podido soportar la necesidad de un cigarro, o si el fumar me hubiera causado algún problema mayor tanto de salud como con mi familia. Evite todo, evadía de a poco lo que me lanzaba. “No” —decía yo—, “Poco.” Hacía tres años que había empezado a fumar y yo dije que apenas el año pasado.
Después pasamos a la parte más divertida: lo emocional. Esa estúpida palabra, ese idiota intento por saber si estaba deprimido, si tenía periodos prolongados en que me sintiera triste, desanimado; y de nuevo respondía de forma negativa y desapegada. ”Nada de eso —respondía— quizás he estado triste pero deprimido, ni lo piense.” Yo no quería profundizar, sabía que a cada respuesta con un maldito “Si”, esto desencadenaría mas preguntas, mas indagatorias; mas querer cavar en mi, intentar conocerme, intentar ayudarme; que aburrido. Ni siquiera yo tengo tiempo para eso y no eran ni siquiera medio día y ella estaría a punto de darme números, direcciones, personas con las quien pudiera hablar; profesionales en la materia. Desasosiego. —Claro que me siento así, me gusta, he cultivado dulcemente esta melancolía, este vacío a lo largo de todos estos años y tanta paciencia se vio recompensada; eso es lo que tengo, no se atreva a quitármelo—. Hubo una pregunta, la cual se refería, si alguna vez me había sentido con miedo, si había tenido un episodio en que me sintiera desesperado o intranquilo y que esto hubiera durado, yo respondí que sí. No sé porque no evadí esta pegunta. Fue de las primeras y no sentí la necesidad de ocultarme, solo dije que sí.
Las preguntas seguían, ella tecleaba con fuerza en su computadora, mientras yo seguía con mis “No”, “no” y “no”. Movía un poco la cabeza, la miraba, decía no una vez más. Siguiente pregunta: no. Siguiente pregunta: regular. Siguiente pregunta: no. Y de esta forma una hora transcurrió. Ella me decía que estaba sano, yo por dentro no paraba de reír. Pero al mismo tiempo, algo en mi interior estaba intranquilo; lo que había leído, las preguntas me revelaban situación extremas de gente que en episodios de depresión se había herido arrojándose ácido en la cara; yo me reí. Por dentro los veía destruidos en el suelo, con la cara deformada, quizás con su humeante piel aun cayéndose de la cara de esos estúpidos agonizando, con gritos perfectamente entendibles saliendo de su boca, de sus labios que se queman y se caen dejando solo una blanca dentadura, la más perfecta sonrisa para recibir a la muerte. Y yo los imaginaba, en mi mente yo era el cómplice de su suicidio, y hasta pude haber sido yo el asesino pues los dejaba morir. Me reía y los dejaba morir. Y yo no moría, yo prefería el dolor quedo, la sonrisa marchita, mi alma perdida con todo un catalogo en crecimiento de palabras indiferentes, de vacíos profundos, de conversaciones monótonas, de quiéreme un poco. Había practicado toda mi vida, ¿Por qué dejarlo ahora?
En las preguntas siguientes no tuve la necesidad de mentir, por lo tanto la segunda mitad de ese test fue aburrido. Ella me decía que se alegraba de que me hubiera ido tan bien. Yo no lo entendía, ¿De qué manera pudo haberme ido bien? ¿Por qué el que yo haya respondido de la forma en que lo hice me deja exento a no perder el control en el momento que se vaya? A que en un trágico y fugaz instante yo detonara, tomara cualquier cosa y golpeara a alguien o a mí mismo. No lo entendida y ella ya me agradecía por mi tiempo, me daba la mano y me dejaba un folleto por posibles dudas, me preguntaba ni número y una referencia para una necesaria localización posterior. Le di mi numero telefónico me pidió el de alguien mas pero no accedí y ella entendió, estaba obligada a hacerlo. Guardó sus cosas, sus papeles, su computadora y su paciencia; todo fue directo a su mochila que cerró con rapidez pues su jefe ya la esperaba fuera de mi casa para poder acompañarla durante el resto del camino hacia las casas que le faltaban, hacia nuevas preguntas con mucha gente mas divertida. Yo no soy especial, todo lo que aquí se relata no tiene la menor importancia, no soy único por mentir en estas preguntas, no me siento ni mejor ni peor, me encuentro igual que antes, igual de hastiado y perdido, con la misma indiferencia, con el mismo insulso patetismo con el que empecé a escribir; y justamente eso es y de esa forma quiero que se recuerde y se lea, como algo patético.
—Luis Aguiñaga.
Dieron las tres de la mañana un punto cuando despertó. Abrumado y perdido, extrañando lo poco que podía recordar del anterior sueño que rápido se escapaba entre el frío de esa noche de marzo, entre las sabanas revueltas, entre la ropa de dormir que muy amablemente había soportado al desgaste de un cuerpo que no se mantiene quieto en ningún punto de la noche, que se mueve, que se estira; que está al borde de la cama en el perfecto goce de caer por completo hacia el suelo, hacia el abismo que el último instante onírico generará en su cabeza. Un cuerpo que regresa de las orillas del mundo, del mundo sueño, del mundo cama tranquila y sabanas verdes. Pequeño espacio, vasto terreno de posiciones por describir. Movimientos quedos, respirar profundo entre la noche, entre el olvido o lo que sea que aguarde tras la ventana cerrada y afuera la calle.
Diez minutos han pasado entre recobrar el aliento, sentir su cuerpo, sentir la cama; darse cuenta ya que los ojos se han adaptado a la oscuridad de ese cuarto, y solo a la de ese cuarto pues en cualquier otro lugar no sería más que un ciego primerizo, temeroso de lo negro que sus ojos perciben y que sus manos no tocan, horror tan grande ese de no poder ver lo que hay entre los brazos. Arrojarlos inútilmente hacia enfrente para buscar un soporte, un salvavidas en ese extraño mar de sombras heladas, de glacial vació entre mano y mano. Pero esta vez pudiendo ver el fin de las paredes se puede despertar tranquilo, mas resignado que contento de despertar en el mismo lugar en que se durmió.
Y se deseará seguir durmiendo, se deseará no controlar lo que se imagina, pues en este momento lejos del cansancio, de la pesadez de los parpados y de los ojos cerrados, se es culpable directo de todo lo que se recuerda, de todo lo que se piensa. Y si piensa en ella será su culpa, si recuerda sus mirada será su culpa y la de sus ojos, si recuerda sus labios será su culpa y la del deseo, si recuerda su risa será su culpa y la de sus oídos condenados a la voz más bella y a la que jamás se sabrá que responder. Y si se recuerda su tacto será su culpa y la de sus manos que no la retuvieron, la de sus brazos que en ese momento también se lanzaron al vació Si recuerda su enojo será su culpa por no saber pelear, por no querer ceder. Y si no recuerda nada mas será peor, pues nada más se tiene, ni la imagen ni las voces ni el intento.
Y se consume media hora, entre bostezos y recuerdos, entre saberse culpable por no querer dormir, por no querer soñar; pues se sabe que se ha soñado mucho, que se ha jugado con la vida, que se ha apostado poco esperando ganar todo. Se busca entre la semana en la que se existe el día más próximo para liberarse, para divertirse, y por fortuna se encuentra pronto. No se había visto tan urgente la necesidad de un sábado. Un sábado para salir, para ahora irse lejos de donde se vive, para perderse en alcohol seguramente. Desde la cama se imagina ya el humo del cigarro, las botellas apiladas de una en una antes de empezar la ceremonia del olvido, del todos muy felices y salud. Tomar sin importancia el whisky más cercano y empezar a verterlo en un vaso genérico. Ya lo deseo, ya quiero ese trago amargo que se suspende en la boca, que se saborea y se desliza fatalmente por la garganta; no hubo mejor compañía en mucho tiempo que ese beso, ese amargo beso de alcohol que muerde la garganta, que te hace compañía. Y los vasos no se detienen; no lo hacen en mi mente y no lo harán ese día.
Después el humo, el cigarro con su pronta flama que se enciende benevolente, que se acerca al tabaco para que los labios entran en acción y de nuevo un beso, pero ahora con la nicotina. Y se inhala lento, y se roba la flama; nos apoderamos del fuego por un momento, nos olvidamos de Prometeo pues nadie nos condena, pues todos fuman. Cada uno sumergido a su manera, acercan su mano, acarician el pequeño cilindro blanco que se calcina para traer al siguiente. Ya no nos damos cuenta que sostenemos cenizas, y la queremos y la extrañamos en el momento en que por fin ha muerto y no hay otra que tome su lugar. No hay cajetilla, no hay mano salvadora que se dirija hacia algún bolsillo de pantalón o gabardina, que nos ofrezca de nuevo otro pequeño gusano de humo; animal aprisionado que se pierde entre hilos, entre cada respiro, entre cada sentir frió. Entre cada que se siente que hacen falta de nuevo unos labios, que hace falta un beso.
Pero se tiene que regresar, se recuerda que se sigue atado a la cama y que no han pasado más de cuarenta minutos desde que el calor lo despertó. O quizás fue la necesidad de pensar en todo esto, de pensar en ti; de sentir que vale la pena y escribirlo. Todo se arreglará pronto, la cama, las sabanas y hasta el sueño volverá pero tú no lo harás. Volverá la necesidad de beber o de fumar pero tú no volverás. Tu estarás tan lejos, tan no te necesito, tan valiente de no verte, tan me haces mucho daño y por eso no te pienso, no me aterra la noche, no me duele la cama con su espacio vació. Tan débil que no te olvido, tan cruel que no te dejo ir; medio masoquista, medio insensato.
Medio bostezo, después uno completo; y ahora el sueño es el que regresa, el que por fin me extraña y me besa los ojos; el que quiere callarme pues está harto de mí, me quiere dormido y tranquilo, me quiere perdido entre movimientos leves, entre batir las sabanas, entre soñar contigo.
—Luis Aguiñaga.
Nos apresuramos a llegar a la parada como queriendo huir del frió que nos rodeaba, era inútil pero lo intentábamos. El camión que salía estaba lleno ya de gente que al igual que nosotros tenía prisa por dejar el frío atrás, se congelaban y lo sabía pues se apresuraban a subir, se apretaban unos con otros. Mary me pregunto si subiríamos pero yo quería esperar, le dije que el próximo estaba justo atrás y que tomáramos ese, así que esperamos.
—No pensé que tuvieras tanto frió —le dije al ver que temblaba—. Tu traes chamarra y yo ni eso.
—Pues ya ves— dijo ella para después reír.
Mary subió, yo la seguí y me senté también. Mientras esperamos a que el camión avanzara veíamos por la ventana a una pareja de la cual Mary se había burlado con anterioridad. Él era un poco gordo, ella rubia y con una flor en su cabello. Mary los veía muy hipócritas, muy encariñados en su propia mentira, muy amantes de algo así como una lenta tragedia. Yo no entendía, o no me gustaba que los generalizara. Pero Mary tenía más experiencia en eso, cosa que a mí me faltaba y que me falta en muchas cosas. Yo los seguía viendo mientras se besaban, él se quito la chamarra que llevaba para cubrirla a ella, Mary se rió otra vez como burlándose, creo que yo también. El viaje duró poco, vimos la estación del metro y bajamos para encontrarnos de nuevo con ese frío que ya conocíamos.
Mary hablaba mucho, ella guiaba la conversación y a mí no me importaba, sabía que todo lo que decía era cierto; cada cosa, cada problema entre nosotros, entre nuestro entorno, nuestros amigos, nuestras relaciones, todo era claro. Nos habíamos peleado con gusto, nos habíamos alejado de a poco, casi como si no lo supiéramos o como si no quisiéramos aceptarlo, nos habíamos perdido entre lo poco que teníamos y ahí nos refugiábamos. Hablamos mucho, entre el frió entre los cigarros. Yo fumaba tranquilo porque junto a ella no tenía nada que demostrar, no había nada que ganar; podía estar callado como muchas veces estoy, fumando y escuchando lo que decía. Era como si quisiera decirme que no cometiera los mismos errores, que no me dejara morir o que no me conformara con migajas. Ella tenía sus amores, yo creía tener los míos. Inhale por última vez y tire la colilla al piso, la observé como intentando adivinar donde se detendría para así después pisarla, siempre temiendo que de alguna forma el ultimo latir de ese cigarro quemara mi zapato, que lo atravesara y quemara mi pie. Eso nunca pasaba pero siempre lo temía. Ella termino de fumar y repitió mi proceso, pero estoy seguro que no comparte mis miedos. Seguimos caminando, subimos unas escaleras mientras planeábamos las próximas obras a las que asistiríamos, Chéjov estaba en nuestro itinerario, con suerte Shakespeare también. El metro llego rápido y lo agradecimos pues nos helábamos con el viento de esa noche, subimos y nos sentamos de nuevo.
Cinco estaciones, un trasborde que traería otro, caminar entre la gente, reír de a poco, discutir y reír más; la incontenible fuerza del viento provocada por un metro que llega y otro que se va dándonos en la cara haciendo un desastre con el cabello de Mary, y a mí haciéndome callar mientras hablaba de un libro o de cualquier tontería a las que soy propenso; otras cinco estaciones y de esta forma llegar por fin a un último camión que nos llevaría hasta nuestro hogar. Era un proceso que nos gustaba, que ya conocíamos. Quizás el ir en auto sería mucho más fácil pero solo yo pensaba en eso y bromeaba.
Me hubiera gustado volver a fumar, me hubiera gustado que el viaje durara más. Entre la nueva platica, entre el constante acelerar de nuestro transporte y las bocinas de los demás carros se nos iba el tiempo; ahora Mary cantaba en voz baja una canción que yo no conocía, pero que a ella le gustaba y conocía la letra (ella siempre conoce las letras). Yo me reía pues no sabía lo que cantaba; yo solo se reír. Y de esta forma trascurrió el viaje, rápido como siempre, y cuando menos me di cuenta ya besaba la mejilla de Mary para despedirme, su calle estaba frente a mis ojos, ni siquiera la vi bajar, se alejo rápido y yo también, alguien tomo su lugar junto al mío y quede solo, solo con la noche, con mis recuerdos; pensando si la vería pronto, si se habría divertido; pensado en el viaje que haría al siguiente día pues solo está en esa casa los fines de semana. Algunas calles más adelante bajé yo, dejando mis pensamientos en el asiento esperando que viajaran mejor, quizás ellos si se hubieran hartado ya de mí. Camine de nuevo, busque la luna con los ojos, deseé verla, deseé fumar. Deseé ser ese pájaro anónimo que a veces veo por mi ventana; deseé vivir rápido, deseé volar. Pero es de noche y no hay pájaros en el cielo, a esta hora ellos duermen, a esta hora no puedo ser; tengo que tolerar lo que soy y por eso tengo que fumar.
—Luis Aguiañga.
Estoy seguro de que habrá gente que se salvará, se que yo no. No podre darme el gusto de alegrarme cuando seamos informados de los resultados. Tiendo a pensar siempre lo peor, y quizás eso me ha ayudado a que mi desilusión no sea tan grande, pero también me ha hecho perder muchas cosas, me ha hecho no luchar, anticiparme al fracaso y verme muerto antes de tiempo. Pero ahí me encontraba yo, sentado en la tercera silla de la segunda fila en un salón demasiado iluminado. Éramos alrededor de cuarenta personas, no conocía a nadie, y ninguno de los que ahí estábamos tenía la menor intención de entablar una conversación. No fuimos arrojados ahí para ser amigos, no se necesitaba crear lazos ni gastar deseos y saliva en alguien que pronto desaparecería, que no sería relevante de ese punto en adelante para nuestras vidas. Y aun así, aunque no fuéramos relevantes el uno para el otro, sin duda sentíamos la angustia de tantas personas reunidas ahí, tantas mentes, tantos cuerpos anónimos que se desperdiciarían por el mero azar con el que algunos creían que se hacían bien las cosas. Todos merecíamos vivir, cada uno de los que sin aparentarlo estaban temerosos y llenos de angustia en esa habitación merecíamos volver a ver el cielo por gris que se encontrara, volver a sentir el aire natural de las calles aunque estas se encontraran sucias y llenas de ratas que circulaban con más libertad que nosotros. Merecíamos eso, el volver a ver el mundo, el volver a creer que estaba ahí, y por deshecho que se encontrara, volver a tener fe en que podríamos reconstruirlo, estar seguros que fuera de estas paredes, de este edificio, de esta cárcel, se elevaba un mundo que aun palpitaba, que aun podría mejorar, un mundo el cual aun podíamos rescatar de tanta maloliente melancolía. Desafortunadamente esto aun no seria así, seguía yo sentado como al principio, y desconocía lo que los demás pensaban. No podía saber si ellos compartirían el mismo pensamiento que yo, y ni siquiera el mismo porque eso sería demasiado; tan solo una leve similitud, una pequeña semejanza que podría darnos la complicidad para no estar solos, para no estar alienados del mundo e incluso de nosotros mismos.
Habíamos sido divididos entre nosotros, lenta pero inevitablemente la gente fue llenada de intranquilidad, después de ese estado intranquilo empezó el de temor, y justo cuando pensaron que todo estaba perdido y la gente estuvo al borde del odio y la locura, apareció. De la nada el gobierno nos mando a su supuesto mesías, el salvador del partido que conduciría al pueblo por un mejor camino, lo limpiaría de tanto malestar y nos daría el supuesto cambio que necesitábamos. Pero estábamos mal, la gente estaba ya muy dañada y no se dio cuenta que esto, lo que pasaba, la desesperación y el repentino alivio fue planeado. Una a una las piezas fueron colocadas para que cediéramos nuestra confianza; nos dejaron vacios de toda fe, de todo sentimiento, fuimos vasijas que ellos llenaron con sus propias ideas, con las aguas turbias de un supuesto sosiego. Y así año con año las cosas no mejoraron como todos creían. Sin duda mejoraron pero solo para el beneficio de algunos pocos. Empezaron a cerrar diversas empresas, de la nada, de un día para el otro la gente ya no pudo comprar comida donde siempre lo hacía, el gobierno había instalado módulos especiales de los cuales podíamos abastecernos, y solo de ellos pues el conseguir comida por otro medio era ya un delito, incluso la mera idea de intentarlo estaba mal vista y se nos obligaba a revelar cualquier intento de esto. Empezaron a perseguir a la gente, de una forma temible empezó a desaparecer la población, personas que según el gobierno eran puntos clave para que el pueblo pudiera revelarse, gente a la que el pueblo quería, personas importantes en su medio que informaba con la poca verdad que les era posible conseguir, gente que intentaba divertir mediante su trabajo también fue cazada. La ciudad quedó rápidamente vaciada, pocos eran los que sabían que había pasado con aquellos que fueron desvanecidos, e incluso a estos que poco sabían también se les empezó a dar ataque. Solo bastaba con que alguien dijera que tal persona fue llevada a cierto lugar para que desapareciera de la misma forma que en su relato, o puede que peor. Así fueron cambiando muchas de las cosas; en los cines solo se proyectaban películas aprobadas por el gobierno. Al principio duraron por un tiempo películas que se exhibían antes de que todo esto empezara, pero al igual que todo, no duro mucho. Escuelas, parques, museos, todo fue cerrado o remodelado. Era como si la ciudad se hubiera aislado. No se nos permitía salir, y desconocíamos la situación con respecto a otras ciudades, hubo un tiempo en que pensamos que se avecinaba una guerra, pero pronto fue desechada esta idea. No había guerra, no había enemigo, la batalla era contra nosotros, nosotros éramos el enemigo, el gobierno se encargo de eso, de volvernos una minoría y acabar con nosotros, de alguna forma ahora nosotros, cada hombre mujer y niño que ahí habitaba éramos una especie de enfermedad, un cáncer que debía ser erradicado. Tampoco sabíamos porque.
Una bocina frente a nosotros dio un fuerte alarido, la estática rasposa nos hizo doler los odios a todos los de la habitación, pero desde mi perspectiva no vi a nadie quejarse o decir palabra alguna respecto a esto. Una voz salió por fin de aquel aparato, dijo algo ya habíamos escuchado mucho durante algún tiempo. Han sido elegidos, nos decía la voz desde un punto lejano. Han sido elegidos para ser parte de un nuevo comienzo, para poder conocer y disfrutar los beneficios de poder pisar la nueva tierra que formaremos. Ustedes serán de los pocos que podrán contemplar todo esto. Alégrense pequeños, rían otra vez. Era una tortura, no entendía como podían jugar con nosotros de esa forma, como podía alguien creer eso después de todo lo que había pasado, todas las heridas, el temor, el odio, después de todo eso no podía entender que hubiera gente capaz de creer eso. No podía y aun así había gente que lo hacía, había quien se alegraba y lloraba ahora de felicidad pues se sentía cambiado, se sentía seguro, se sentía un elegido. Pensaban que podrían salvarse, y lo peor de todo es que había momentos en que yo también lo hacía, y en mi punto más débil yo también sonreí, y me dije que era un elegido, que podría disfrutar del sosiego, de la comida, de los placeres que ser un elegido conlleva. Lancé una sonrisa a quien tenía junto a mí, y él algo temeroso al principio la acepto, y también en él se genero esa nueva felicidad, esa nueva alegría. Éramos pequeños y reíamos otra vez. Uno a uno fuimos empezando a impacientarnos, a llenarnos de una felicidad que habíamos olvidado y podía sentir detrás de mí como había quien incluso hablaba y decía, Somos elegidos. Si, lo somos. Elegidos. Se había roto el silencio, se había roto la muralla de hielo que a cada uno de nosotros nos tenía separados y cautivos, y nos habíamos roto nosotros. Se había partido ya tantas veces nuestro corazón que una mas no nos haría daño, no haría la diferencia. No nos importaba ya el exterior, ni las calles, ni el cielo. Que se lo quedaran las ratas decíamos. Se abrió una puerta, se abrió una oportunidad, la oportunidad que se nos daba para el nuevo comienzo, la oportunidad de cruzarla y convertirnos en elegidos. Nos levantamos rápidamente y nos lanzamos hacia nuestra salida, hacia nuestro olvido. Escuche como las sillas azotaban contra el piso detrás de mí y sentí como todos se arrojaban, se apretaban y corrían. Un golpe me derribo, quizás porque era de los primeros que llegaban a la puerta, pero esto no me importo, ni a otros dos que vi caer igual que yo y levantarse sin saber quién nos había arrojado al suelo, sin sentir el dolor en la mejilla o en la espalda, sin buscar venganza, solo buscando la salida. Nos encontramos todos en un pasillo, excitados sin saber a dónde ir, como si el olvido hubiera llegado justo después del mensaje de la bocina y nos arrebatara el recuerdo de cómo llegarnos ahí. ¿Hacia dónde? grito uno. Pero nadie respondió. Hubiéramos deseado saberlo, estar seguros y gritar también Por aquí. En esta dirección es adonde tenemos que dirigirnos. Pero no lo sabíamos. Estábamos ahí aparentemente libres, pero sin saber a done ir. No había ningún oficial en el pasillo, y desde que nos encerraron hacia más de una hora en aquella habitación no habíamos vuelto a ver a alguno de ellos. Quizás se habían ido, habían abandonado la instalación para dejarnos con nuestra pobre y renovada esperanza, o nos veían, había cámaras secretamente puestas para seguirnos, seguir nuestros pasos, nuestra caída y ver cómo nos consumíamos junto con nuestra patética esperanza renovada. El pasillo estaba iluminado, se extendía frente a nosotros y detrás. Empezamos a caminar, pero ya sin la excitación anterior pues esta había desaparecido y fue remplazada por la angustia, por una intranquilidad de no saber qué hacer, de no querer creer, no querer volver a sufrir. Pero poco les importo esto a algunos y se dispersaron hacia los demás corredores con el primer impulso que sus pies o su alma les ofrecieron. Pero aun así no dejaba de sentir yo también esa intranquilidad, una intranquilidad por no saber qué hacer, por no saber hacia dónde dirigirme, hacia donde correr. Empecé a creer que todos los demás lo sabían menos yo. Que todos los demás por torpe que fuera su decisión, esta los estaría encaminando a un mejor lugar, a otra vida después de la bocina, después de la puerta, después de mi. Y yo, sin poder moverme, seguía torpemente aferrado a no saber, a no querer saber hacia dónde caminar y de esta forma quede rápidamente solo. El pasillo se extendía de forma abismal a mí alrededor, ya no quedaba nadie, ni sus voces ni sus pisadas. Solo con mis pensamientos de nuevo. Los demás salones a mí alrededor se encontraban vacios, llenos de sillas con la inamovible bocina que coronaba el frente de las paredes, todos a puerta cerrada. Lo primero que pensé fue que nuestro salón era el único que había sido utilizado, todas las sillas estaba en perfecto orden a comparación de los destrozos por la impetuosa marea de emociones que nos provoco el querer salir de aquella habitación. Comencé a caminar; primero lento, con un paso cansado hasta llegar al final del pasillo que se extendía y doblaba a la izquierda, después una puerta. Esperaba no tener que soportar la misma imagen de paredes blancas y luz intensa de la que me alejaba, pero esto no fue así. Me encontré dentro de un lugar similar al anterior, otro pasillo. Pude ver al final de este nuevo corredor como alguien corría y se ajaba doblando a la derecha. Por un momento me alarme pues había olvidado que no estaba solo. Decidí seguir el rastro de quien había cruzado frente a mí. Puede que me condujera a un lugar diferente, quizás con algo de suerte los demás ya hubieran encontrado una salida a todo esto (una respuesta) y reunirme con ellos. Los veía celebrando; pero no sabía que podríamos celebrar, no comprendía cómo nos sacarían de ahí y tampoco a que se referían con “pisar la nueva tierra”. Nos sacarían de la ciudad probablemente. La ciudad estaba condenada y nosotros con ella, eso lo sabíamos muy bien, pero no queríamos tenerlo constantemente presente. Esto es demasiado difícil, seguir a alguien a quien apenas vi, más simple hubiera sido que ese mensaje no hubiera llegado hasta nosotros, hubiera sido más simple morir junto a las ratas. No hacia falta mucha razón para adivinar que estábamos en peligro, uno mayor que la ciudad. Eche una mirada de nuevo al lugar en que ahora me encontraba, frente a mí se encontraba una persona, un hombre como de mi edad y estatura, ni siquiera había notado su presencia sino casi hasta golpear con él. Estaba parado en medio del pasillo, con la mirada fija hacia el vidrio de uno de los salones viendo las sillas, la quietud, la soledad interna de esos cuartos, el absoluto vacio que se repetía a cada metro, en cada lugar al que se podía mirar.
—No hay salida—. Dijo débilmente la inmóvil figura que seguía contemplando el interior del salón.
— ¿Qué? — Dije, pues no alcance a escuchar lo que se me decía.
—No saldremos de aquí, ¿no es así?— Dijo él con una voz un tanto triste, resignada. —Jamás saldremos de la ciudad—.
—No—. Respondí yo
— ¿Por qué?— pregunto él mientras se volteaba a mirarme. Sus ojos cambiaron y empezaron a cristalizarse, a llenarse levemente de lagrimas.
—No lo sé— Fue lo único que alcance a pronunciar, por más atroz y patética que esta respuesta fuera. —Quizás no importamos tanto—.
Al escuchar esto último vi como aquel hombre, como por un mejor reflejo movió su cuerpo como si fuera a arrojárseme encima, pero se detuvo. Como entendiendo, como si una parte muy en lo profundo de él lo supiera, lo hubiera sabido siempre. Lentamente bajo la cabeza y empezó a caminar, paso junto a mí, su rostro muy cerca del mío, y pude alcanzar a escuchar unas palabras que interminablemente quedaron marcadas en mi mente, —La cuidad—.
Esas palabras me sacudieron de arriba abajo y por un momento sentí ganas de vomitar. El siguió caminando y desapareció detrás de mí. Casi no entendía lo que había pasado, ¿Qué más podía hacer por él? Le había hecho un favor, el favor al regresarlo a la realidad. Solo estábamos ahí, existiendo, pero era tan difícil, yo seguía inmóvil y helado; temeroso como siempre. Seguí caminando, en vano girando y descubriendo otro pasillo similar, otra puerta, otro abandonado presente, otra idea de cómo moriría ahí. Nada sucedía, se agotaban mis fuerzas, mi esperanza, mi sueño de salir. Incluso anhelaba ver una vez más la ciudad, su decadencia, su reconfortante y familiar imagen. Hoy es domingo, pensé. Pero no estaba seguro, no estaba seguro de nada, era como si el tiempo no se sintiera en ese lugar, la luz ni las paredes cambiaban y eso me alteraba. En el aire se sentía la tristeza, un deseo de huir no consumado. Pero más terrible que cualquier monstruo, más terrible que cualquiera de estas paredes fue mi deseo de renuncia. Me daba nauseas la idea de seguir pues todo lo que ya había visto fue suficiente, no podía soportar más la monotonía de los pasillos, de las paredes e incluso de mi. Me deje caer, resignado, apoyándome contra uno de los blancos e interminables muros que me hacían compañía. Quede recargado en ese lugar, ese lugar que era idéntico a todos los demás, en un punto que era todos los puntos. Estaba recargado en todos lados, mi cuerpo palpitaba repetida e infinitamente sobre todo el edificio; un cuerpo cansado, de moverse y de soñar. Y alterando todo, un grito se precipitó hacia mis oídos, después una disparo y el terrible sonido de un cuerpo cayendo. Todo esto muy cerca de mí, en el pasillo de junto. Un frio inmenso me invadió de nuevo y contemple calmadamente como un hombre doblaba y se internaba en el pasillo en que yo me encontraba. Alto, zapatos negros, traje del mismo color, pistola en mano. Su cara jamás la vi pues mis ojos se detuvieron al ver el revólver que sostenía y volví a bajar mi mirada. Al frente de mi se encontraba el mismo salón del que habíamos salido todos al principio, lo sabía, la puerta abierta y las sillas regadas junto a ella me lo revelaban. No podía hacer nada, no quise hacerlo. Solo cerré mis ojos y pensé. Pensé en la ciudad, en las ratas, y mi mente se dirigía hacia un recuerdo más lejano; pensé en el cielo, en el aire que me rozó la mejilla alguna vez, en un beso, en unos labios que se unían a los míos y los cabellos de quien alguna vez ame me llenaron la cara, me envolvieron, me cubrieron de sosiego. Pensé que soñaba, hubiera deseado soñar. Pero tal vez lo que pensaba, todos mis recuerdos, todo eso era el sueño, y al abrir los ojos mi despertar seria ahí, de nuevo frente al salón destruido, junto a la pared blanca, junto a la muerte. Mis ojos se mantuvieron cerrados, respire profundo por última vez, y me prepare para lo peor.
—Luis Aguiñaga.
Siento la necesidad de salir de mi casa, el deseo de lanzarme a la calle para caminar entre el frió de la noche y los festejos por el nuevo año.
Me veo caminando, me iluminan los pocos carros que a esta hora circularan apresuradamente por las calles para llegar al hogar donde habrá quienes los reciban, medio alegres y medio molestos porque han sido obligados a esperar.
Me veo fumando, torpemente buscando el encendor azul y genérico que retiene mi bolsillo, que sostengo; y la chispa alegre que viene después provoca que inhale de ese cigarrillo que algún día me matara.
Me veo perdido, sin saber el camino de regreso, sin saber a que llamar hogar, pues ya no me queda nada, ni objetos ni momentos; solo quiero espacio, quiero vació, tiempo para perderme, el suficiente para que sea eterna la noche.
Me veo llorando, patéticamente siendo presa por la fetidez de un recuerdo tortuoso y que no conozco, de una risa que no me queda, de un gritar que no se apresura a salir. Solo las lágrimas se ajustan, me parecen conocidas y no las rechazo.
Me veo solo, inhalando el tabaco y la maloliente melancolía que segregan las avenidas vacías, las tiendas cerradas, las casas que hacen de su entrada una barricada pues nadie ajeno a su familia pasará; los perros que ladran asustados por la pirotecnia, la luna lejana, la mancha en mi zapato.
Me veo muriendo, lanzándome a alguno de los carros que junto a mí palpitan, estrellándome contra cualquier parabrisas que el azar me mande en ese instante, o recibiendo con los brazos abiertos una bala por las que mi madre se preocupaba siempre que salía y quedar tendido en el suelo, pequeño como un animalito de los que mueren sin importancia.
Pero no, nada de eso me salvará. No me ayudará ni el caminar perdido junto a tu recuerdo, ni el inhalar nicotina y expulsar sal de lagrimas, ni el morir solo, morir en año nuevo. La situación no mejorara, me sentiré peor que antes, más hastiado y perdido. Más vació y seguro de no haber hecho bien.
—Luis Aguiñaga.
Entramos primero al patio, en donde todos esperaban —cada uno hundido en sus propios pensamientos o compartiéndolos con la persona que los acompañaba— a que marcaran las siete para poder disfrutar de la obra. Alrededor de las siete y seis, en el centro del patio se planto Pablo Chemor, a quien había tenido la oportunidad de ver no hace mucho leyendo y dramatizando algunos cuentos de Julio Cortázar en la FILIJ. Nos indicaba que antes de presenciar la obra escucharíamos una grabación en la que entrevistaban a un militar de alto rango, el cual despedido desde las bocinas del lugar nos hablaba un poco sobre lo que es “ser un militar” y lo que se necesita para ello. Chemor tomo una silla en la cual se sentó, le colocaron una sábana blanca sobre su pecho, y cubriendo su cuello procedieron a cortarle el cabello al mejor estilo que el ejercito requiere. Después de que habían terminado con la rápida sesión de peluquería Pablo se levanto. La voz de la grabación, desde un tiempo lejano nos establecía que para poder dar “ordenes” se necesitaban tres cosas; la primera era la cabeza, a lo cual Pablo Chamor dirigió su mano hacia la suya ya que esto simbolizaba la inteligencia; después paso su mano hacia su hombro y la voz nos decía “el rango”; y finalmente la fuerza, a lo cual Pablo Chemor respondió dirigiendo su mano hacia su estomago. Algo que me quedo marcado a la memoria, fue el saber que el militar es la antítesis del actor, ya que a un militar se le enseña a no mostrar sentimientos. Se nos dijo de manera rutinaria que debíamos apagar nuestros celulares y pasamos al salón donde se desarrollaría todo.
Era un cuarto muy grande, en medio se encontraba un inmenso piano y alrededor del instrumento varias sillas en las cuales nos sentaríamos el público, así que el piano también funciono como mesa. Una vez sentados se nos ofreció una pequeña taza en la cual nos sirvieron té de menta. El olor de este pequeño y tranquilizante líquido me acompaño a lo largo de las más de dos horas que sirvieron para presentar la trama del imaginario de “El Beso”, de Anton Chejov.
La obra fluía y la temática militar se mezclaba varias veces con la situación mexicana entorno al narcotráfico y la acción de los militares al ser introducidos en todo el país de la manera en que se hizo para poder combatir el crimen organizado. Mi intensión aquí no es contarles de que trata la obra, pues para eso ya lo hizo muy bien Chejov y será menester de cada quien leerlo. Solo puedo hablar de cómo Alonso Ruizpalacios, director de la obra, nos hizo perdernos dentro de la tensión en la que algunas escenas se desarrollaban, los silencios incómodos en lo que nos vimos sumergidos varias veces y que ejemplificaban muy bien la desesperación y miedo del personaje principal.
Cada uno de los espectadores éramos parte de la tensión que dé a ratos intentaba romperse con el resonar de nuestras tazas de té al llevarlas de nuevo al plato en donde se encontraban; como si la menta pudiera darnos un poco de sosiego, como si el dulce y pequeño liquido intentara apartarnos de los gritos, de las peleas de los actores, de nuestra propia vida y retenernos en lo que significaba para nuestro personaje principal — Riabóvich, un militar tímido y lleno de conflictos que desde su infancia cargaba— encontrarse en la fiesta de el teniente general Von Rabbek, frente a las risas protocolarias de los anfitriones de aquel banquete de imágenes sueltas, el cual disfrutaba a medias junto a varios de sus compañeros. Y cuando cansado de tanta tortura, de tanta falsa tranquilidad, se pierde entre los pasillos de aquella gran y bella mansión señorial, para encontrarse al final solo en la oscuridad, y frente a la débil luz que despedía el borde inferior de una puerta.
Riabóvich entra en aquella desconocida habitación, las débiles luces que pudieron haber allí se desvaneces, poco a poco se interna mas en aquel cuarto, sus manos se encuentran con otras manos, manos de mujer. Y es en este momento en el que se desencadena el trágico beso con una desconocida, y después, un alto grito, proferido por nuestra desconocida la cual sale de la habitación dejando a nuestro personaje principal solo de nuevo, con la duda sobre de quienes fueron los labios con los que se encontró, que mujer lo había liberado en ese instante de tantos miedos y tanta pesadez. Mi mano busca la taza de té, lo bebo para sentir de nuevo esa cálida menta correr por mi garganta, y la obra continua.
—Luis Aguiñaga
Suena extraño decirlo y hasta cierto punto siento miedo de ello, pero no sé si estás sean las últimas palabras que te doy. Sé que las cosas pasaron de una muy extraña manera. Paso tan rápido que no nos dio tiempo para explicarlo todo. Pienso que quizás los dos nos lo buscamos. Que los dos sabíamos lo que hacíamos y no nos importaba. También quiero creer que aun podre hablarte, que no desaparecerás del todo de mi vida; que esto no es una despedida. Hay quien dice que madurar es saber decir adiós, pero yo soy muy infantil para entenderlo. Sé que no nos veremos como antes y tendremos que posponer muchos planes para un tiempo lejano. Ya no habrá tiempo para nada y puede que el poco que teníamos lo hayamos malgastado a nuestra dulce manera, pero no lo sé. Hay muchas cosas que no se. No sé que pasara después, que pasara el día de mañana. No sé si las cosas se habrán arreglado o si toda esta gente nos seguirá odiando, no sé si jamás volverán a confiar en nosotros. Lo peor de todo fue que me pidieras que mintiera. Me pedías que lo negara todo y que le hiciera creer que jamás le haría daño. Yo no puedo con eso, no soporto esa clase de traición. Lo que me pedías no lo podía cumplir. No era para el bien de ninguno de los tres. Pero el me pregunto y yo respondí con la verdad; me quite de encima todas las veces que nos vimos, los lugares que visitamos, lo que decías y también cuando mentías. Le dije los cómos y los cuándos. Le dije como sentía que me usabas, como intentabas ponerme en su contra. También dije que lo sentía. Dices entender que lo hice por una verdadera amistad, por una que según tú, no supiste darme. Dices que te vas de la ciudad, que fue bueno conocerme y que me deseas lo mejor. Pero tampoco lo sé, yo ya no se que desear.
-Luis Aguiñaga.
Ely me había estado mintiendo todo este tiempo. Después de mucha cerveza le resulto más fácil proferir una serie de palabras que se contradecían con toda la historia que antes me había relatado, rápidamente fui dándome cuenta que ni siquiera a mi me hablaba con la verdad; lo peor de todo es que ni siquiera me importo tanto. El robo de su bolso no había sucedido como ella me dijo, sino que alguien de su trabajo se lo había quitado para apoderarse de una serie de fotos en las que ella aparecía y esto lo supo mediante un tercero. También supe que las marcas que llevaba en la espalda habían surgido de una forma más violenta de la que con cierta pena me había contado. Incluso advertí que aun veía a su antigua pareja, que aun discutían y se creían tontamente unidos por un amor que pensaban podrían seguir levantando de las cenizas las veces que quisieran aunque supieran que era inútil. Yo seguía mirándola, seguía dejando que las palabras que necesitaba decir salieran de ella para que se aliviara de esa carga; entendía que lo necesitaba y que no se las diría a nadie más y menos sin el alcohol encima. Yo me limitaba a reír, a controlarle los cigarros y vigilar que su cabeza no se golpeara contra el respaldo de las bancas verdes de aquel parque.
Era ya de noche y mucha gente aun caminaba de un lado a otro, platicaban sentados en las demás bancas a cierta distancia de nosotros y no falto aquel que se acerco anteponiendo una disculpa al pedir dinero o algo de comer, tan solo un cigarro. Sin duda lo peor de todo fue advertir que ella olvidaría gran parte de ese instante, que lo dejaría morir sin preocupación pues ni siquiera sabría que paso. Dos veces la escuche hablar y decir mí nombre como si yo no me encontrara junto a ella, como si fuera otra persona a la que le hablara sobre mí, como si en secreto le contara a otro que en más de una ocasión intento decirme algo y que no lo hizo, o que quiso bailar conmigo y tampoco tuvo la oportunidad de que pasara. Me estaba diciendo que olvidaría la mitad de ese día mientras yo me reía como si nada pasara, y lo mas gracioso es que al final nada habría pasado.
— ¿Cómo te sientes? —dije mientras volvía la mirada hacia ella intentando encontrar sus ojos y fallando pues tenía su vista hacia el frente.
—Mucho mejor —dijo ella de forma un tanto lenta y sorpresiva, como si regresara rápidamente de un trance inducido por la noche o el alcohol—. La gente y el suelo dejaron de moverse tanto.
— ¡Vamos! —dijo ella ya levantándose y lanzando levemente su brazo hacia atrás con su mano abierta hacia mi—. Busquemos algo que comer.
Yo tome su mano y me levante dejando que me guiara hasta encontrar lo que ella quería. Después dijo que habría que conseguir otro cigarro, y yo reí con tristeza pues con mi otra mano dentro de mi bolsillo apretaba toda una cajetilla que habíamos comprado esa misma noche. Ya tampoco lo recordaba.
—Luis Aguiñaga.
El lunes pasado se llevo a cabo una lectura dramatizada de textos cortos de Córtazar en la FILIJ (Feria Internacional del Libro Infantil y Juvenil), la cual estuvo impartida por Marissa Saavedra y Pablo Chemor. Justo antes de dar comienzo a la lectura, Pablo Chemor se encargo de contar una anécdota familiar en la cual su tío había conocido a Julio Cortázar.
El tío de Pablo Chemor se encontraba viviendo en París y un día caminando por la calle se encontró con Cortázar a quien saludo y dijo que era un gran admirador de su trabajo, a lo que Cortázar agradecido contesto que le parecía muy bien eso, pero que en ese momento no tenía tiempo para hablar y que si quería seguir hablando debería caminar junto con él. Mientras caminaban, el tío de Pablo Chemor pregunto a Cortázar a donde se dirigía con tanta prisa, y él le respondió que se encontraba muy ocupado por esas fechas y ese era el único momento libre que tenia para poder salir de su lugar de trabajo e ir a comprar mermelada de zarzamora, ya que, le encantaba la mermelada de zarzamora.
El tío de Pablo Chemor, fascinado le dijo que en su familia hacían la mejor mermelada de zarzamora del mundo, y que con gusto le daría un poco para que la probara, solo tenía que darle su dirección para que el pudiera entregarle la mermelada hasta su casa. Cortázar accedió.
Después de eso el tío de Pablo Chemor se abasteció de una gran cantidad de zarzamoras y se encerró todo un fin de semana para prepararle su mermelada a Cortázar. Una vez terminada fue hasta su casa y se la entrego. Cada semana el tío de Pablo Chemor se encargaba de llevarle mermelada de zarzamora a Julio Cortázar, así durante varios meses más.
Pablo Chemor nos cuenta que tiempo después, su tío se encontraba caminando y de entre una gran multitud Cortázar lo reconoció, le apunto con el delo y le dijo:
— ¡Usted! ¡Usted ha hecho que yo odie la mermelada de zarzamora! ¡Ya no me traiga más!—.
Y de esta forma, con una anécdota muy trágicamente divertida Pablo Chemor nos cuenta como su tío conoció a Julio Cortazar.