Lista de mis aplicaciones:
Magnífico es el clima de estas aguas en calma
como terrorífico el abismo inconcebible que nos depara
pero qué importaría la métrica de esa distancia
si al fin y al cabo, somos pasto de nuestras pisadas.
La aliteración de los pájaros resuena con más fuerza
mas distinguir sus graznidos más ahora nos cuesta
perdidos por instrucciones opuestas, desafinamos
por instrucciones de un mal director de orquesta.
Empiezo, queriendo escribir sobre sueños
un chico risueño, pocos amigos pero sinceros
seamos honestos y una chica que no merezco
podría resumir en pocas letras los ratos de bienestar
pero también, enredarme más
que los manuscritos de filosofía de Karl Marx
mi chica sexo, amigos cerveza y yo la poesía
resulta sencillo asociar placeres a mis pilares
porque lo son, la quita de instintos suicidas
tengo cuatro o cinco amigos, porque los demás
en un despiste los olvido, mi vida sigue
y sin problemas, es fácil olvidar ya viste
como después del once M el PP otra vez embiste
la amistad es como tener varios jardines zen
si estás mal lo revuelves, sino todo esta bien
y paro, paro, paro, porque todo va tan rápido
que yo me estoy quedando demasiado escuálido
en un mundo en que un lujo es tomarse algo acompañado
me pregunto en un segundo qué es la confianza
aquello que en el congreso tiene vetada la entrada
y para, para, para, que el estado te enjaula
y qué, seguro que mi gente viene de visita
hasta en la cárcel, eso sería un placer de la vida
tú de eso no presumes, sinceramente no puedes
Sexo, alcohol y poesía son mis divas y musas
conversaciones sobre todo o nada, me disfrutan
qué si alrededor todo se derrumba matándonos
si yo quise recordar los buenos ratos que pasamos
Tu bis a bis, se reduciría a roce con los muebles
te entristecerías con la podredumbre del averno
pero los niños de papá desconocéis su aspecto
porque los ricos no lloran, porque no saben
los más conscientes que nadie de la lucha de clases
creen disfrutar la vida y todos sus quéhaceres
igual que necesidades, inventaron falsos placeres
pero yo vine aquí, a hablarles de buenos ratos
porque lo daría todo por dejarlo, por desestancarme
por largarme lejos o quedarme en trance
últimamente podrían tacharme de hardcore
porque disfruto de conversaciones sobre desfalcos
calla, me toca a mí esta yo la pago
pero sólo si me prestas mil novecientos ochenta y cuatro
con miedo a charlar en línea por si nos espían
es que si así fuera, nuestro rastro desaparecería
porque nuestras ideas son mechas que prenden
la brea que conecta con la dinamita de un sistema
lleno de cerebros vacíos necesitados de mente
pese a que nos quema, pese a todo festejo
que nos conocemos que necesito verte ipsofacto
a ti amigo, a ti mi pareja, a ti Martín,
por los buenos ratos que pasamos
Sexo, alcohol y poesía son mis divas y musas
conversaciones sobre todo o nada, me disfrutan
qué si alrededor todo se derrumba matándonos
si yo quise recordar los buenos ratos que pasamos
De puta madre, tenemos un nuevo día
cada mañana me quito la tostada abro internet
y consulto la fascista noticia de la portada
la razón otra vez, se ríe en nuestra cara.
Desazón me acompaña, obligaría a una mamada
a cada facha pija con su cara de retrasada
Sánchez Gordillo, el mercadona y el sat
son la escusa perfecta para proliferar.
El treinta y nueve no pasó, es simple se disfraza
y es que muchos rostros llevan años caralsol
ay Marhuenda si te pillara uno de esos rojos
mi sueño, Marinaleda entera lefándote los ojos.
Mañana me imagino un artículo sobre fidel castro
pondrán fino al prófugo mataniños y malvado
no sé si es periodista, sinceramente me la sopla
está a la vista, rigor el enemigo al que destroza.
Pasa el boca a boca en este salón se manipula
todo lo que se estipula sea sinónimo de cultura
cansado de eufemismos insultantes como comunista
fuera mentiras, comunismo igual a nuestra lucha.
No lo convertiréis en insulto hijos de puta
porque es el orgullo de cientos de mártires
y por ellos os juro que tarde o temprano pártireis
a esas cunetas, que serán poco para vosotros.
No olvidamos Marhuenda, te enterraremos bien hondo
porque igual te levantas y mentiras viertes,
sobre la mismísima muerte.
Así sentencia desde su nueva silla de ruedas, desde esa silla en la cual ya nadie le toma en serio a pesar de decir más verdades que nunca. Es curioso ver como siempre la descripción más lúcida de cualquier situación la acaba haciendo aquel que afirman que ha perdido la cabeza. Nacemos tontos para morirnos gilipollas, sentencia, él habla en broma, siempre lo hace, pero la gente nunca entendió que de las cosas serias nunca se puede hablar en serio, prefieren achacar las bromas a la inmadurez o a un espíritu de gracieta antes que a una racional anestesia contra esa voz que te dice “suicídate”. Nacemos tontos para morirnos gilipollas, y las risas de domingo ahogan el horror y la verdad que encierran sus palabras. Nacemos tontos para morirnos gilipollas hace eco en tu cabeza mientras vuelves a casa, mientras mirando por la ventanilla viene a tu mente aquel libro que leíste demasiado pronto como para entenderlo. Nacemos tontos para morirnos gilipollas te oigo decir mientras intento decidir si en aquellos tiempos de paisanos éramos de verdad tan tontos. Nacemos tontos para morirnos gilipollas, repites, mientras aflora la idea de que quizá entre ambos sucesos sólo quede la punzada de que sólo eres el primero y a la vez sólo uno más, el terror de pensar en los que quedan, del eterno retorno, la levedad de que eres uno más del gran collage del absurdo cuya imagen completa no alcanzamos nunca a ver, quizá porque nacemos tontos para morirnos gilipollas. Y es que realmente nacemos tontos para morirnos gilipollas, pero tú lo dices así, con esa forma tuya con la que conviertes todo en un chiste y, claro, hay que reírse, aunque sólo sea esa risa nerviosa del que no entiende la broma pero intuye que se están riendo de él.
A uno que le encanta escribir… y se encuentra con la sensación de no producir ninguna idea interesante o bonita. Cuando eres realmente feliz y te das cuenta de que no sabes disfrutarlo porque necesitas sentimientos negativos. Porque la vida te sonríe en muchos aspectos y tú, en esa cima en la que parece que te encuentras, miras de reojo hacia el valle de lágrimas que algún día tuviste y tienes la desfachatez de añorar… porque entonces, sabías comunicarte con una hoja de papel.
Aquél que no sabe ser feliz porque siéndolo, no sabe escribir.
Parece que estamos mudos. Tanto quienes andan cabizbajos cada día como los que miramos al sol en busca de un nuevo día en el que las cosas sean diferentes. Tanto quienes gritamos como quienes no lo hacen. Porque nadie nos oye. Ya no es que no nos escuchen, es que se apartan a kilómetros en sus mansiones insonorizadas al clamor del pueblo. Se esforzaron en alejarse para ni si quiera oirnos… Qué triste diréis. Yo digo qué furia. Amigos, estábamos equivocados. No estamos mudos, ellos ensordecieron, porque no hay peor sordo que el que no quiere oir.
Como dice mi abuelo, un humilde campesino de Extremadura: “Al sordo, pedo gordo”.
Me dice un amigo que por qué son así las mujeres. Y yo digo que porque tienen un 6º sentido. El sentido de la manipulación. Esto no es un insulto para nada, puesto que es una habilidad tan equiparable a cualquier sentido del ser humano (al menos para mí) y probablemente igual de útil. Pero me ceñiré más a la idea que he divagado hace un rato (lo de la manipulación merece un capítulo a parte).
En temas de atracción, de gustos, igual que el resto de hechos en esta vida, nos reducimos a la física. Porque te tiras un año hablando con la chica que te gusta y cuando te decides a decírselo te aleja de su vida a velocidades más observadas en el universo lejano que en el día a día. Por leyes físicas.
Porque cuando “persigues” a la chica que te gusta, te conviertes en un cuerpo que orbita en torno a un centro de gravedad. Ella es ese lugar. Ese año durante el cuál te mantienes a su lado permaneces en lo que se llama una “órbita elíptica”. Estás en una trayectoria que mantiene una distancia mínima respecto a ese centro, unas veces más cerca, otras más lejos. Estás en equilibrio dinámico.
Ay, pero un año después… Decides decírselo. Te lanzas al vacío e intentas el acercamiento. En esta situación, pueden suceder dos cosas: que le gustes o no. Supongamos:
- Le gustas: Te acercas demasiado, tu órbita elíptica ahora se convierte en parabólica y te acercas tanto que te es imposible escapar de su gravedad, por lo que terminas atrapado (además, literalmente ) en su campo gravitatorio. Que sea un fin bonito o no de la historia, eso ya es cosa de cada uno.
- No le gustas: Te acercas demasiado también, pero en este caso, parece que al hacerlo alcanzas la velocidad suficiente (velocidad de escape) para alejarte cada vez más y para siempre de ese centro de gravedad que antes de mantenía estable, a salvo, y que ahora te empujó a un universo oscuro y solitario.
Como decía, al final todo es física. Hasta las peores metáforas. Y es que hasta el amor es una ciencia pura, sólo que aún está oculta. Ya ves, puro determinismo.
Nota: Si hay errores en los conceptos físicos, qué más que pedir perdón, al fin y al cabo, el físico es mariobr0s.
Qué bello es el estudiar, qué maravilloso estudiar lo que te gusta, qué sencillamente perfecto que además se te dé bien. Parece que nada podría truncar esas sensaciones. Toda la ilusión, las ganas de ser esa esponja de conocimientos de la que tanto oíste hablar, nada puede salir mal.
Pero entonces llega el mundo real. Las ilusiones del estudiante, sus ansias de cada día acostarse sabiendo algo nuevo y útil, penden de varios hilos. Cada uno de ellos tiene cara y nombre y normalmente, puesto de profesor. En 5 años de universidad, pocas veces topé con un profesor que realizara preguntas que me hicieran indagar y pensar. Lo que viene siendo normal, es una desidia a menudo incomprensible. Pese a serlo, meditas, trazas teorías e historias con el fin de explicar qué carajos ha hecho que ese profesor de 60 años sea tan magníficamente pedante, borde y/o aburrido, cargándose con ello la belleza de una asignatura. Rápidamente asocias a su dilatada carrera profesional a bordo del barco de la enseñanza, a su metodología desgastada.
Es entonces, cuando aparece en tu vida ese profesor joven cuya apariencia no dista de la tuya, transmitiéndote así un buen devenir de las cosas. ¡Cuán equivocado puedes hayarte! Resulta que ese profesor pipiolo tiene una metodología que no está desgastada, que es moderna e interactiva. Modernamente e interactivamente cómoda y rutinaria. Por ejemplo, ése que enciende cada día el pc, enchufa el proyector y se dedica a leer exactamente lo que pone en la pantalla. Por ejemplo, ese que puede responderte una pregunta ahora mismo, en persona, pero te insta a enviarle un email.
Tras todo el tiempo de universidad, en el que tuve el honor de disfrutar de grandes profesionales de la docencia, de grandes personas y científicos y la desgracia de encontrarme con todo tipo de desprecios de los propios profesores por su profesión, tengo que hacer esta reflexión.
Como contaba antes, parece que la mala praxis en la docencia es un hábito bastante extendido y no entiende de edades. Podríamos pensar que se debe a la disparidad de las personalidades de cada persona, pero me niego a quedarme en eso, en la superficialidad del problema, aunque nos ayuda a encaminarnos. Ahí, es donde hemos de profundizar. Porque encontrar trabajo en el mundo exterior es una odisea, porque el campo al que me quiero dedicar es un cenagal lleno de fango, por eso quiero acceder al puesto de docente. Porque es lo más estable, porque es lo más seguro, porque aquéllo que a mí me gusta hoy por hoy me resulta menos accesible. Parece que el problema reside en inclinar la balanza hacia la accesibilidad en contra de la pasión por lo que realmente me gustaría hacer. ¿Es esto un problema en la enseñanza? ¿Es un problema arraigado en la sociedad? Personalmente, creo que ambas vertientes tienen su parte de culpabilidad.
El hecho de convertirse en una máquina de impartir clases, viene por la falta del único incentivo que considero válido, el de la “demasiada pasión por lo suyo”. Ello convierte al profesor en una figura distante, anclada a la misma terminología que le hizo elegir su (en mi opinión) erróneo camino: “Mejor estabilidad que felicidad”. Así que esa infelicidad se ve expresada en un gran exponente en su tarea profesional, que entre otras cosas, incluye el impartir clases. Así un profesor abandona la figura ilustrativa para ser autoritaria. El enfoque del profesorado en este sentido sobre la figura del alumno parece ser complétamente errónea en ámbitos de educación universitaria, donde todos somos adultos y debemos tratarnos por iguales. Al enmarcar al alumnado varios escalones por debajo de las mismas personas que conviven con ellos bajo las mismas paredes, únicamente se crea una barrera, que cada vez se va ensanchando, agravando así el problema. Pero esta figura es una intrusión del modelo empresarial, del modelo autoritario en que el resto de la sociedad se basa.
Yo soy el jefe y tú el empleado, yo soy el profesor y tú el alumno. En ambos, al primero le suele (repito, suele, como trato de dejar claro al comienzo del texto, no se trata de una generalización) costar rectificar, le cuesta ser condescendiente y amistoso y al segundo, le cuesta no albergar frustración, odio y otros sentimientos debidos a esa barrera de la que hablábamos antes y por qué no reconocerlo, a una acomodación a la ley del mínimo esfuerzo que esa misma barrera parece producir indirectamente.
Como dijo un profesor a cuyas clases acudí: “Son ustedes quiénes me tienen que hacer dudar y no yo a ustedes. Eso es a lo que aspiro cada día que vengo a darles clase.”
Volvemos a casa. De casa al trabajo y del trabajo a casa, como decían algunos, sobre todo últimamente. Estamos en unos tiempos en los que tenemos que dar gracias. Gracias por estar de casa al trabajo y del trabajo a casa. Gracias por el privilegio de trabajar.
Resulta que el trabajo es un don, una bendición por la cual hemos de mostrar gratitud hacia quien nos lo ofrece. Pero qué nos ofrece ese alguien. Nada más que eso: de casa al trabajo y del trabajo a casa. Y quién sabe si mañana habrá billete de vuelta al trabajo.
Nos quedamos calvos, adelgazamos, engordamos, sudamos, hiperventilamos, ¿hipoventilamos?, nos deprimimos, nos entra la risa floja. Somos diferentes y cada uno reacciona de una manera diferente, pero lo que no cambia es el origen de todo ello, esa incertidumbre esperando a que te retiren aquél billete.
Gracias, pero por retirar toda expectativa de futuro. Por hacer renegar de esta forma de sociedad, porque ya no veo nada más que una espiral que termina en la revolución moral individual de cada persona. Unos se quemarán a lo bonzo y otros os quemarán con molotov.
Decimos que no somos números. Que somos personas. Pero a veces piensas, ¿no sería mejor ser un número? Al menos por ellos se preocupan.
Dicen que la filosofía es el saber más general, que todo ser humano necesita de ella.
¿Y qué es la filosofía sino el propio ser humano autodescubriéndose? En el momento en que el hombre y mujer carecen de su pensamiento filosofal, de su pensamiento trascendente más allá de la necesidad egoísta, corporal o inmediata, el ser humano deja de ser “persona” para no ser más que una peonza bailante en dirección del viento…