Director creativo de la agencia digital VG, editor de Nada Importa en la Revista GQ y de Mantel & Cuchillo en Traveler.
Escribo sobre estilos de vida, mujeres fatales y gastronomía en Vanity Fair y Condé Nast Traveler.
Me gusta comer y me gusta beber.
Fijarse en la piel de una mujer es síntoma inapelable de ser un abuelaco.
Prioridades por edades: tetas » culo » cuello » piel.
Eso es así.
El ron es la nueva ginebra. ¿O será el vodka?
Y aquí reside el McGuffin de esta historia servida en copa balón y adornado con cáscara de limón: reina porque nos gusta beber…
Cuando era un cultureta estaba obsesionado con Egon Schiele.
El colega estaba como una puta cabra pero molaba.
En la imagen, autorretrato de 1912.
¡Arriba a las manos! Esto es un gin-tonic.
En los bares y las coctelerías de moda nos roban. Y aquí estoy yo para demostrarlo.
Madre mía qué portadaca de Empire para celebrar los 50 años de James Bond.
Muy de acuerdo.
Hablemos de Michael Fassbender.
Les voy a confesar un secreto -otro más- y es que en realidad sólo hay dos tipos de hombres: los que tienen remilgos y los que no…
Cómo portarse como Dios manda (o sea, como Roger Sterling) en una comida de negocios.
El puto amo y no se hable más.
Cinco obras maestras indiscutibles (El halcón maltés, La jungla de asfalto, La reina de áfrica, El hombre que pudo reinar y Dublineses) y una personalidad arrolladora. Fascinante.
Amo a John Huston.
Buscar novia en Twitter.
Sé que parece un titular facilón. Un trampantojo de trendsetter venido a más, pero no. Es mucho peor que eso. Y es que no importa que tu maridito sea un hombre de bien, no importa que tenga la fidelidad tatuada en la brazo ni que sólo guarde sus ojitos para ti, princesa: nada de eso importa cuando se cruza en su timeline -malditos retuits- una tía buena en Twitter. Es entonces cuando desaparece el hombre y sólo queda el cavernícola, ese Espartaco Santoni digital cuya única misión es stalkear sus fotos y babear tras la pantalla. Pobre animalito.
¿Que por qué Twitter? Bueno, Facebook se ha convertido en un gallinero -por Dios, si está hasta mi madre- Pinterest es un salón de té para Malenis y Tumblr un campo de nabos hipsters. Como tampoco queremos que nos arresten, mejor ni mirar de reojo Tuenti. En Badoo -para qué engañarnos- no encontraremos a la madre de nuestros hijos. Y Google+, estoooo…
Así que nos queda la única red social que oficialmente “mola”. Porque a todo el mundo le gusta Twitter, desde el nerd Hipertextual hasta un aburrido consultor de PwC.
Así son las cosas.
FOLLOW » Contacto visual. El Follow es un poco “¿Hola, cómo estás?“, un inocente paso disfrazado de interés y cortesía. JA. A otro perro con ese hueso, colega.
FAVOURITE » Ajá. Uno puede permanecer eternamente agazapado en su lista de followers, distante como “el maitre anglosajón de un hotel berlinés“, pero tarde o temprano dará un primer paso y ese primer paso tiene el color dorado de la Estrellita. Marcar como favorito un tuit ajeno es sutil, elegante y classy. Vas bien.
REPLY » Ays, la mención. ‘Replies and Mentions’ es la piedra angular del cortejo en Twitter. La mención es el gin-tonic en la barra, la mano en la cintura con el Waka-Waka de fondo, el “qué guapa estás hoy“. Una mención adecuada es capaz de plantar una sonrisa en su cara y eso, joven Padawan, es oro.
RETUIT » “Eres una tía interesante, que dice cosas interesantes y aquí estoy yo retuiteando al mundo eso tan interesante que has dicho“. Huele un poco el Retuit, ¿no creen? Mejor no abusar.
DM » La pestaña de Mensajes Directos es la segunda causa de divorcio en Oklahoma -la primera es Facebook, obviamente- y es que los DMs los carga el diablo.
Dos lecciones básicas: jamás DMs con tres copas de más y jamás halagos en privado ¿Que por qué? Porque los halagos públicos son elegantes y los halagos privados son propios de un cerdo salido. Un poco rebuscado, lo sé, pero estamos hablando de la mente de una mujer, ¿qué esperaban?
UNFOLLOW » “Que te den“.
Hola, te escribo porque estoy muy preocupada por algo, bueno, tampoco es que me quite el sueño, pero me tiene un pelín consternada y quisiera saber la opinión de un caballero.
Pues para eso -exactamente eso- estamos aquí, jovencita.
Y hablo de algo que encuentro allá donde miro últimamente, ya sea Instagram, Tumblr o Twitter, hablo de las mujeres modernas, feministas, amas de casa, que todo lo saben hacer, y además bien. Me explico. De repente hay miles de blogs de mujeres guapísimas, con maridos encantadores y bebes monísimos, que casi ninguna trabaja fuera de casa y que se pasan el día luciendo estupendas en sus vestidos de largura por debajo de la rodilla y tejiendo jerséis de punto. Esta nueva moda que ha inundado la red, que parece que todo pasa por un filtro 1960 de Instagram.
Ejemplos aquí, aquí y aquí.
Oh. Dios Santo. Las Malenis.
Resulta que mi sexo se ha pasado siglos luchando por liberarse del yugo impuesto por tradición y convertirse en mujeres independientes que trabajan fuera de casa.
Pero luchaban sólo las feas, las que no casaba ni Cristo. Naaaaa, es broma (perdón, perdón) sigamos…
Y ahora aparecen mujeres que se consideran a ellas mismas feministas porque pueden elegir y eligen. Eligen quedarse en casa, cuidar de sus hijos y hacer las mejores cupcakes del mundo. Y además tienen tiempo de tener un blog estupendísimo donde hacen manualidades, costura, suben las fotos de sus bebes preciosos y te enseñan como hornear la tarta de chocolate perfecta, mientras van vestidas como si acabaran de salir de Pleasantville, pero en color. No sé si será ese boom vintage que lo invade todo o qué, pero veo a estas mujeres de vestidos floreados restaurando muebles de anticuario que combinen con su salón de Ikea y pienso en un anuncio de fajas de los 60. ¿Estaremos retrocediendo?
Pues lamento decirte que la faja ha vuelto. Qué horror, levantar la falda y ver ahí una faja. Qué bajona y qué todo.
Por si todo eso fuera poco, todo esto lo hacen bien, con estilo, molando mucho, muchísimo. Así que, he preguntado y me he informado y he llegado a una conclusión. Estas ‘amas de casa hipsters’ despiertan amor y odio entre las de su sexo. Están quienes las siguen y las copian. Están las que las envidian porque, aunque tuvieran todo el tiempo del mundo, nunca serían capaces de hacer unas cookies de chocolate o una alfombra de crochet. Y luego están las que piensan que alabar a estas mujeres es como convertir la lucha por la igualdad, en una perdida de tiempo. ¿Estaremos frente a una nueva forma de machismo de mujeres?
Pero vamos a ver, jovencita. ¿De qué guindo se ha caído usted? ¿Cómo que “nueva” forma de machismo de mujeres? Pero si el machismo más radical y más doomcore siempre ha sido cosa de mujeres…
Y aquí viene mi pregunta, caballero. ¿Qué opina un hombre de esto? ¿Es éste el nuevo prototipo de mujer al que debemos aspirar? ¿Es cierto eso de que al hombre le atrae la mujer, madre de sus hijos? ¿Una mujer que se deje rescatar y que le cuide? ¿Hay que olvidarse del concepto de mujer independiente y segura de si misma?
Usted necesita que le aclare un par de puntos básicos.
Precisamente esta semana una -reputada- Maleni me comentaba lo emocionado que estaba su prometido con la boda en ciernes: insistía -ante mi ojos en blanco y los hielos del gin tonic repicando- que el manso de turno estaba muy ilusionado con el enlace. Feliz como una perdiz con los cupcakes, los cartelitos hechos a mano (a mano, tía), las golondrinas, las hadas, los minicookies y los farolillos de papel en el jardín. Ñoño vintage, muy Amelie.
Parece ser que no le gustó mucho mi erudita -y tajante- opinión: mira L, a tu prometido le suda la polla la boda, los cupcakes y las golondrinas. Y probablemente odie -como todo hombre de bien- a Amelie. Porque vaya tela…
Pero nada. L insistía. Está ilusionado. Feliz. Completo. ¿Conclusión? Ningún ser vivo sobre la tierra tiene la capacidad de autoengañarse que tiene una señorita. Y es que ella quiere ver a su prometido ilusionado (y así lo ve) tanto como usted quiere imaginarse a un bohemio con barba de tres días dándole la razón y odiando a las Malenis: “Tienes razón, son lo peor. Con lo que mola una mujer auténtica e independiente. Un poco borde. Así como tú. Por cierto, Te Quiero“.
Venga, por favor.
Un hombre no opina nada de esto. Un hombre -como mucho, como muchísimo- sólo tiene el don de saber distinguir entre un polvo y la madre de sus hijos. Punto pelota. Y si te gusta y quiere plantar muffins en tu boda, pues vale. Eso de “mujer ideal” está muy guay para rellenar páginas del Vogue pero a un hombre le viene grande y lejos. Mujer SÍ o mujer NO. Y ya está.
Imagínese mi preocupación.
Cómo no hacerlo.
“Bien sé que las mujeres aman, por lo regular, a quienes lo merecen menos. Es que las mujeres prefieren dar limosnas a premios”, Jacinto Benavente.
Dejar a una novia es un asunto tan delicado, tan brownie y tan plof que agota hasta las teclas del iMac culpable de este artículo. Y sé que podría retrasarlo, pero no eludirlo indefinidamente. Tarde o temprano tenía que hablar del hachazo™. Y un hombre de bien -recuerden- también lo es porque no se arruga cuando llueve. Ya me entienden.
Dejar a tu novia es un negocio bien jodido, hasta ahí todos de acuerdo. Pero déjenme incluso ir más lejos (¡que me suelten les digo!) dejar a una mujer es infinitamente más cansino, agotador y esquizofrénico que hacerlo con un varón al uso -obviemos tarados, plastas y sevillanos, por favor- y es que las gatas no deben de entender muy bien eso de que un esclavo le plante un portazo en su hocico real. Hay que joderse.
Venga, vamos con el tercio:
· “Yo más“.
Seamos claros. Y seámoslo porque estoy viendo venir al moderno tocapelotas de turno. El listillo con déficit de collejas que ya está levantando la mano para decir una pollada del estilo de “Pues a mí no me pasa” o “Pues yo las ventilo en un plis plas“. Aquí no venimos a medirnos la polla así que por favor, la segunda puerta a la izquierda. Ésa donde pone ‘puta calle’.
· Más madera, es la guerra.
En una guerra como esta no hay civiles. Lo decía Bruno Ganz en El Hundimiento y debería ser un pista de cómo mover las fichas que aún te quedan en el tablero. Y es que desde el momento -porque es así de sencillo: un clic, un instante de lucidez en el que sencillamente sabes que se ha acabado- en el que se inicia la partida de la ruptura tus movimientos no pueden ser casuales. Ni la elección del terreno -neutral, por favor- ni la elección del momento -nunca en una cena ni en una comida, por Dios- ni mucho menos el tono. Las batallas se ganan sobre el mapa. Todas.
· “Decisión, cojones”.
Si la decisión era un arma más que útil en el noble arte de declarase, en el momento del hachazo™ es simplemente imprescindible. Y es que no hay en el mundo cosa más triste que un niñato con el jueguecito de “Ahora sí“, “Ahora no“, “Es que tengo dudas“, “No tengo claros mis sentimientos” y toda esa vaina de naderías peterpanescas cuyo único fin -que a mí no me engañan- es cobijarse en las tablas. O sí o no. Y si es que no mejor hacerlo hoy que mañana. Que lo tuyo es un marrón pero imagina el que le viene a ella encima.
· Sí, he sido yo.
Existe como una tendencia en el Peter Pan treintañero de turno: buscar el culpable en otro sitio. Es decir: no ha funcionado por la distancia, por culpa de tus amigas o por culpa de tus padres. No ha funcionado porque no eres la de antes, por culpa de mi trabajo o porque el sol se pone por Antequera, qué más dará. La cuestión es que la culpa no es tuya. Y la verdad, me parece una estrategia pésima si lo que de verdad quieres es puerta y maleta. ¿Que por qué? Porque si la culpa es externa es que es solucionable, porque si lo solucionamos y todo fuese como antes tú querrías seguir con esto ¿no? ¿NO?
Así es colega. Ahí -exactamente ahí- es donde lleva tu ambigüedad de mierda.
· De unfollows y redes sociales.
No se deja por teléfono. No se deja por WhatsApp. No se deja por mail.
Si tuviste arrestos para invitarla a tu vida has de tenerlos para echarla. Se deja mirando a la cara y con un sólo objetivo: causar el menor daño posible dejando las cosas lo más claras posibles. ¿Difícil? Mucho ¿Que apetece más mandar un SMS porque además “ella ya lo intuye“? A otro perro con otro hueso. En cuanto al resto de redes sociales: ¿Debemos seguir siendo amigos en Facebook? ¿Me hará un unfollow? ¿Tengo desetiquetarme de las fotos? Lamentablemente sólo hay una regla. La más difícil de todas: sentido común.
· Tópicos tu puta madre.
Intuyo que es de cajón pero por si acaso: “No eres tú, soy yo“, “Podemos seguir siendo amigos” y ese maravilloso “Necesito un tiempo” funcionan relativamente bien en las comedias románticas. Pero no aquí. Y no, tú no eres Gerard Butler.
Hombres de bien. Una retrospectiva:
· El desayuno.
· Sobre aeropuertos, maletas y despedidas.
· En la mesa.
· La hora de pagar la cuenta.
· De boda.
· De copas, noches y barras.
· Declararse.
· Conocer a sus padres.
· En redes sociales.
Lo sé. Estás enamorada de Michael Fassbender.
Pero en realidad no eres tú. No es tu sensibilidad de treintañera modosita la que habla ni siquiera la zorrupia de los viernes por la noche con tres copas de más, esa que no reconoces los sábados por la mañana. No. Es algo más profundo, más atávico, más visceral.
Es esa pequeña parte de tu cerebro que hace doce millones de años se encendía como un bohemio en Malasaña cuando el homo sapiens de turno volvía con un elefante para hacer a la brasa. La misma que se pone cachonda viendo cómo Don Draper reparar un grifo de mierda -no os sirve que llamemos al manitas de turno, no, tenemos que solucionarlo nosotros- o cómo Gosh pone orden en Nueva York tras su camiseta de tirantes. La hembra alpha.
Y Fassbender es como el resorte que ha puesto en marcha el reloj. El botonaco de la mujerona andaluza que llevas dentro ¿Que por qué? Porque su hombre deseado es, como el propio nombre indica, un hombre. Un pedazo de hombre, un macho alpha, un heterosexual old school sin cremitas ni fulares. Una montaña de testosterona con patas -tres patas- que en realidad debería estar protegido en un zoológico neozolandés, a la vera de los Koalas o el Lince Ibérico.
Fassbender. Nicholson. Cero grados de separación.
Si Ryan Gosling es el heredero legítimo -porque lo es- de George Clooney, Fassbender lo es de Jack Nicholson. Y es que ambos -además de ser actores inmensos- comparten ese magnético desdén. Ese aura de “me cago en todo“: me cago en esta peli, en esta alfombra roja, en esta entrevista, en mi carrera y en tu puta madre, si es necesario. Me. La. Suda.
Ambos comparten -también- una premisa básica para entenderlos: les gustan las mujeres. Todas las mujeres. Y aquí les voy a confesar un secreto -otro más- y es que en realidad sólo hay dos tipos de hombres: los que tienen remilgos y los que no. Los que con tres copas de más aún se andan con lo de “Ay es que no me gusta“, “Es que no es mi tipo“, “Es que está gordita“, “Es que mañana madrugo“, “Es que está loca y sólo por un polvo, puffff, paso“. Y luego están Michael o Jack. Esa clase de hombre al que si tienes dos tetas y lo buscas, lo encuentras. Sin más.
Exactamente la clase de hombre que en el último festival de San Sebastián llegó en moto desde Venecia vía Barcelona. El mismo que esa misma noche se cepilló a la primera morenita que le hizo un poco de caso en la pista del Bataplan, tras ciscarse un par de gin tonics y bailar Twist and Shout como si no hubiese mañana. El mismo que no se largó tras el photocall de Shame y se quedó en Donosti una semana para comerse todos los pinchos, fumarse todos los cigarros y beberse todos los vinos de la ciudad más bonita de España.
¿Cómo no adorarle?
“Living well is the best revenge” R.E.M.
Pocas cosas más sexys que una mujer ligeramente despreocupada, un cuello bonito y unas Wayfarer bien puestas. Pero no me líen, que nos perdemos.
En Nada Importa nos gusta regalar cosas bonitas porque nos gustan las cosas bonitas. Misterpex es una tienda de gafas de sol molonas, fieles lectores de esta vuestra página y devotos creyentes de la religión de lo bonito. Yo creo que mis lectoras (o lectores, pero ellas más) merecen unas Wayfarer originales y ellos han recogido el guante. Éstas son las reglas:
1. El ganador de las Ray-Ban Wayfarer será el que mejor responda a la pregunta “¿Qué es una mujer de bien?”. Participan todos los comentarios hechos en este post en los próximos siete días.
2. ¿Un ejemplo? “Una mujer de bien es aquella que sabe darlo todo con un sonrisa y recuperarlo con una lágrima”. Es de Coco, como no podría ser de otra manera.
3. ¿Por qué Ray-Ban? Pues porque molan. Mi requisito -uno de ellos- era que fuesen las originales y con cristales polarizados. Como Dios manda.
4. No hay más reglas. Ni máximos ni mínimos. Bueno, una: molamiento. Buen gusto. Charme.
5. Pueden partipar ellas y ellos -sin distinción genital- de cualquier parte de España. Aunque tendría narices la cosa si gana un caballero.
6. Yo soy el jurado, como ya pueden ustedes imaginar. Me acompañará en la deliberación mi querida amiga Anabel Vázquez, que de buen gusto anda bien servida. Pero pueden estar tranquilos, sólo tienen que recordar a los ganadores de aquel bonito concurso de Tackelton de una camisa a medida. Ninguna jodida duda, supongo.
7. Alea iacta est. Nos vemos en los comentarios.
Hoy no hablaremos de Megan Draper.
Ni de La fiesta, ni de Betty Francis ni de lo roto que está -que siempre ha estado- Don Draper ni de lo que poco que -intuyo- va a tardar en romper a Megan. Nuestra Megan.
Megan es la mujer ideal y no lo es por lo bien que mueva el culo ni por su acento francés ni mucho menos por su LBD en la fiesta de marras. Lo es por una razón mucho más sencilla: no le toca los cojones. Ya lo vimos en la maravillosa secuencia en la heladería: Un hombre -en realidad- sólo quiere estar tranquilo. Vivir en paz, lejos de las putas broncas que ya aguantaba de su madre por no recoger su habitación. Las mismas broncas que soporta hoy por no tirar la basura o recoger la mesa.
Les voy a contar un secreto.
No. Mejor. Les voy a contar dos secretos: A la mayoría de hombres que conozco les suda la polla que la lencería de La Perla tan sólo dure un -corto- período de tiempo, o que tras “esa” etapa ya no sea imprescindible depilarse las piernas o peor: que follar ya no sea una necesidad imperiosa sino una opción más de recreo. Vale. C´est la vie y todo ese rollo.
No. Lo que de verdad no soportamos es ese momento en el que nuestra pareja deja de ser Megan (“Todo está bien, no pasa nada“) y se convierte en Betty (“Me molesta hasta la forma que tienes de pestañear. Eres un inútil“). No sé si son dos, tres o seis meses. Tampoco conozco las variables ni los culpables (¿Betty es Betty por culpa de Don o por culpa de Betty?) pero sí se que un hombre es plenamente consciente de si su parienta está en fase Megan o en fase Betty (pregúntenle, pregúntenle, a ver si tiene cojones…). O sea, del estado de su Ecuación Zou Bisou Bisou.
La última vez que hablamos de Megan un comentario nos heló el alma:
“El estado natural de las cosas es que el hombre aguante broncas. No sé si recuerdas que Dios nos echó del Edén. Eso significa dos cosas: te ganarás el sustento con el sudor de tu frente y follarás después de haber puesto a prueba tus nervios. Aquí nadie regala nada.” El siguiente tampoco era para hacer una fiesta: “¿Qué quiere una mujer? La mayoría-pelea. Un motivo para descargar las hormonas y huir del sexo.”
¿En qué momento de la ecuación Megan ya no quiere hacer feliz a Don? ¿En qué momento todo deja de estar bien para estar como el culo? ¿Por qué un día eres lo más importante en el universo (las mujeres son especialistas en plantar a su pareja como centro del universo) y al siguiente menos que nada? ¿Por qué Megan no puede ser Megan siempre?
“Nunca te acuestes con una mujer cuyos problemas sean más graves que los tuyos”
Lo dice Nelson Algren en Un paseo por el lado salvaje. Y yo me pregunto… ¿Qué se ha fumado este fulano? ¿En serio conoce alguien (el listillo de turno que se calle la boca) a una mujer sin problemas? ¿A una sola mujer que no sea el DRAMA con patas? Venga, no jodamos.
No obstante, no vamos a patalear a más. Vamos a madurar -JA-; vamos a mirar de frente, esconder las excusas en la faltriquera, plantar negro sobre blanco y redactar el códice definitivo. Un manuscrito tan absolutamente chorra como absolutamente útil. Será un documento colaborativo, un panfleto a escote con vuestras sugerencias en Twitter, Facebook, Tumblr o el mismo infierno.
Así que basta de cháchara. Vamos con Woman Translator:
Nº1: “No sé que hacer con mi vida“= Necesito un novio. Ya.
Nº2: “Haz lo que quieras“= Haz lo que te estoy diciendo. Inmediatamente. Por tu salud mental. (by @jorhernando)
Nº3: “Tenemos que hablar“= VOY a hablar. (by Ralph del Valle)
Nº4: “¿Quieres decir?“= Ni se te ocurra (con los ojos inyectados en sangre). (by @JaviAntoja)
Nº5: “¿Qué opinas?“= ¿Puedes repetir lo que yo acabo de decir, pero con voz más grave? (by Rafa Cooper)
Nº6: “Qué madrugón mañana…“= Ni se te ocurra acercarte. (by @JaviAntoja)
Nº7: “Cariño, he pensado que podríamos…“= Vamos a hacer lo que yo diga y no admito discusiones. (by @HGastronomicus)
Nº8: “Tu compañera es muy maja, os lleváis muy bien, no?“= A todas luces es una fulana, la odio. (by Simón Giner)
Nº9: “No te tomes esto a mal, pero…” = Con mi siguiente frase te demostraré hasta qué punto estoy capacitada para meterme donde no me llaman. (by @albertoenserie)
Nº10: “Es supermajo, te caería superbien“= Me lo estoy follando, cornudo. (by @ruizcontreras)
Nº11: “Necesito mi espacio“= Vete a tomar por culo. (by @joseadelgado)
Nº12: ”Creo que estoy malita“= A partir de ahora harás todo tú mientras yo veo Sexo en Nueva York tumbada en el sofá. (by @MrAlvar)
Nº13: “Nunca he hecho esto la primera noche“= Ni la primera, ni la última. (by @2msoler)
Nº14: “Tranquilo, para mí sólo es sexo“= Estoy pillada hasta las trancas. (by @MssJekyll)
Nº15: ”Haz lo que quieras, no soy tu madre“= No eres mi hijo, eres mi mascota. Así que u obedeces o a pasear. (by @SaraEle6)
Nº16: “Esa tía es una fresca y una imbécil“= Está más delgada y es más guapa que yo, la muy hija de puta. (by @Intersexciones)
Nº 17: “Cariño, acabo de venir de la peluquería“= Ni se te ocurra tocarme el pelo.
Nº18: “¿Hoy no jugaba el Madrid?“= Por qué no te largas y me dejas tranquila.
Nº19: “No me pasa nada“= Me pasas MUCHAS cosas.
Nº20: “Qué asco de blog machista“= Estoy enganchada, no me pierdo un artículo.
Nº21: “¿No deberías ir pensando en madurar?“= Quiero tener un hijo.
Nº22: “No me interesan hombres que no saben lo que quieren“= Quiero un novio.
Nº23: “¿Paula? Está estupenda“= Paula tiene más años que Sara Montiel.
Este documento irá creciendo con las aportaciones de mis queridos lectores -y alguna lectora intrépida- en mi Twitter o aquí abajo, en el gallinero.
Hola Nada Importa,
Buenos días.
Soy un chico de 25 años. No soy de escribir a revistas, pero desde que descubrí tu blog, lo amo y lo detesto a partes iguales.
Es usted un poco femenino, no o qué.
El tema es que aunque desde siempre he intentado ser un “Hombre de bien” como tú dices, y aunque desde fuera veo las cosas muy claras, a veces cuando se me presenta un problema sentimental, se me nubla la vista.
Nos aburrimos, amigo.
Existe una chica, llamémosla S, a la cual conocí durante la carrera. Los dos habiamos dejado una relacion recientemente. Desde un principio le fui franco y le dije que no buscaba solo un rollo. Ella aparentaba tener interes pero la relacion con su ex no habia terminado del todo y acabaron volviendo.
Un poco de pagafantismo veo por aquí, ¿no?
Yo conocí a otra chica con la que he estado saliendo tres años, pero admito que siempre he tenido en la cabeza a S, hasta el punto de que cuando en alguna fiesta coincidíamos, no podia evitar tener más interes en hablar con ella, que en estar con mi novia. Cuando hablábamos ella siempre me seguía el tonteo pero me decía que no era el momento… que ambos teníamos pareja.
Algo zorrilla sí es, para qué engañarnos.
La relacion con mi ex acabó y ella tambien lo terminó dejando con el novio…
Oh ¿Tenemos un final feliz? ¿Hubo boda en Los Jerónimos y luna de miel en Puerto Vallata?
Ahora trabajamos y no nos vemos tanto, pero hemos coincidido en algunas ocasiones y ahora sí, nos hemos liado. Yo (de nuevo) un poco cansado de este tira y afloja, le dije que quedásemos algún día sin ser de fiesta y bebidos…que no había que forzar nada pero que realmente tenía interés en ver si podía haber algo más. Cuando le mandé un sms para que confirmásemos el día para quedar no me contestó.
El hombre es la nueva mujer. Más claro, agua.
Me pareció una falta de respeto. Cuando me la volví a encontrar me dijo que no quería nada serio con nadie después de una relación larga y por eso no le veía sentido a quedar. Silencio durante meses por ambas partes. Hace dias volvimos a encontrarnos de fiesta y nos volvimos a liar. Esta vez no le he escrito. Ella a mí tampoco. La cosa es que no entiendo por qué si desde hace 4 años cada una de las veces que estamos juntos siempre acabamos liándonos, no termina de pasar nada más. No se si deberia intentar de alguna forma terminar de conquistarla o dejarlo ir.
Usted es un caso curioso, querido lector. Un nuevo espécimen de hombre en algún lugar entre el Pagafantas y el Follamigo.
De hecho en NI hemos decidido estudiar su caso a fondo y poner nombre a este nuevo -y triste- rol masculino: se llama Weepy-Dick. Verán, el pagafantismo se define porque nunca -en ningún caso- se materializa el objeto de deseo. O sea, que no la mete en caliente el notas de turno. El Follamigo (aunque nos gusta mucho más la acepción Fuckbuddy, porque el Follamigo de amigo tiene poco) sí que se la cepilla como si no hubiese mañana, pero es feliz en su condición. Es su hombre pleno. Porque folla y no le tocan los cojones -ejem-.
Usted en un Weepy-Dick. Folla, pero quiere más. Para ella usted es simplemente una polla, un objeto, una almohada cerda en la que desahogarse hasta que aparezca el Príncipe Azul. Usted -entiéndalo de una puta vez- no es ese Príncipe Azul, sólo la juerga y el placa-plaza. Y ahora tengo que hacerle la pregunta que nos hacemos todos… ¿Qué coño le pasa a usted en la cabeza? En serio, ella le busca las noches de borrachera para que la ponga mirando a Matalascañas y usted lloriquea porque quiere más?? Madre del amor hermoso… ¿en qué nos estamos convirtiendo?
Espero no haberte aburrido mucho.
Aburrido, dice… ¡Nos ha encantado!
“En psicología, el término resiliencia se refiere a la capacidad de los sujetos para sobreponerse a períodos de dolor emocional y traumas. Cuando un sujeto es capaz de hacerlo, se dice que tiene una resiliencia adecuada, y puede sobreponerse a contratiempos o incluso resultar fortalecido por los mismos.”
Os lo traduzco: la resiliencia es el arte de tolerar puteos. No me refiero a un puteo puntual (no busquen ustedes medallas ahí) sino a puteo constante y endémico. Un goteo-puteo, un puteo que es como la gota que cae sutilmente sobre la roca de una montaña hasta que no queda una carajo de la montaña, un tic-tic-tic-tic-tic eterno. Una mujer, en pocas palabras.
Pero alto ahí. No seremos los nosotros los que insinuemos -no sin un abogado presente- que compartir una vida con el sexo débil (JA) requiera grandes dosis de resiliencia. Noooo. Jamás insinuaría eso. Pero deberían ustedes admitir, queridas lectoras, que vuestros biorritmos son tan predecibles como el peluquero de Rihanna. La resiliencia no es sólo una cuestión de talento -que también- es además una ciencia cuya metodología podemos y debemos estudiar.
Ejemplos prácticos de resiliencia:
· Pelea de gatas tróspidas (excelente la resiliencia del bakala tocho).
· Michael Corleone aguantando estopa (aunque el final pierde un poquito los estribos; tienes que mejorar esa resiliencia, Mike)
Ejemplos prácticos de una resiliencia insuficiente:
· Mel Gibson gritándole a Grigorieva: “Si te viola un grupo de negros será tu culpa“.
· Robert De Niro cerrando la boca de Bridget Fonda de manera muy poco elegante (De Niro nunca ha sido un ejemplo de resiliencia, para qué engañarnos).
Técnicas prácticas para mejorar tu resiliencia:
1. Líneas rojas.
Hay tres o cuatro palabras tabú. Palabras que no son palabras, son botones rojos que detonan una bomba Tsar. Pues bien, esas palabras NO existen: “Regla”, “Loca”, “Tu madre”, “¿Me traes?” y “Cuando se te pase…”.
2. Fingir laboriosidad.
No puedes tocarte los cojones en el sofá si la gatita tiene un mal día. Tu inactividad será considerada como un duro agravio al cartel luminoso que lleva pegado en la frente “La vida es una mierda ¡Hazme caso!“.
¿Solución? Haz como que estás haciendo algo útil, no sé, limpiando las migas de la tostadora.
3. Zenón el estoico.
Sin la paciencia de un Yogi Maharishi nunca llegarás a nada en términos de resiliencia, julandrón. Pero hay fullerías. Por ejemplo: los días D no hagas algo que amas hacer, reserva tus mejores hobbies para otro momento. Porque si estás leyendo -otra vez- tu primera edición de V de Vendetta en el sofá orejero y vienen a tocarte los cojones justo cuando llegas a la carta de Valerie, tu resiliencia se irá a tomar por culo.
4. El gato de Schrödinger.
No puedes callarte ni puedes hablar de más. No puedes irte pero tampoco puedes quedarte. Y lo peor de todo es que “el observador es tan importante como el sistema que observa“. ¿Algún terapeuta en la sala?
5. Mentir.
Mentir como si no hubiese mañana, mentir en cada pequeño detalle. En cada minucia, en cada coma de cada frase:
· ¿Has recogido tu ropa? Sí, claro.
· ¿Llamaste a Núria para felicitarle por su cumple? Por supuesto, adoro a esa zorra Núria.
· ¿Estoy un poco tocapelotas, verdad? Pero qué dices, eres un encanto.
“El arte es la mentira que nos permite comprender la verdad” decía Picasso y él de piradas sabía un rato.
Dejamos atrás la era del metrosexual -gracias a Dios- como también dejamos atrás la época del retrosexual y del übersexual.
Son tiempos extraños. Cierra elBulli y ha vuelto el minimalismo, Justin Bieber es un sex symbol y Lana del Rey ha dejado de ser cool tres minutos despúes de empezar a ser cool. No sé, tiempos raros. No obstante, un rayo de esperanza ilumina el camino del hombre del siglo XXI: Ryan Gosling. Masculino pero no cerril, interesante pero no cansino, elegante pero no sarasa, tu novia se lo quiere tirar, tu suegra lo quiere como yerno y a ti te encantaría invitarle a un gin-tonic. Das asco de lo que molas, Gosh.
Tengo dos amigas (llamémoslas Laura y Beatriz) pues bien, Laura y Bea jamás han coincidido en nada. Nunca. Rien de rien. Cuando Laura -pelín más guarrilla- leía el Nuevo Vale y perdía el culo por Axl Rose, Patricia suspiraba por los ojitos de Rob Lowe en la Superpop. A Laura le gustaba Depeche Mode y a Bea Take That. Aunque la verdad, a Bea también le gustó mucho R.E.M. a partir de aquel capítulo de Sensación de Vivir en el que Brenda llora desconsoladamente por Dylan al son de Losing my Religion. La hostia de romántico, tía.
A lo que iba, nunca -pero nunca- se han puesto de acuerdo en nada -ni entonces- ni ahora. Hasta Gosh. Quieren a Gosh, lo quieren mucho, lo quieren muy fuerte. Quieren también a su perro, su ukelele y hasta quieren los callos en los pies de Gosh.
Es el momento de analizar el Modelo Gosh:
· Neoñoñez.
Se supone que a la nueva mujer -sic- no le gusta el ñoño de turno; estoy hablando de los plastas del ramo de flores, los poemitas y los bombones. Se supone que ya no les gusta Luis Miguel ni las baladitas con gorgoritos ni mucho menos la Tuna cantando ‘Clavelitos’ a la vera de su portal. O eso dice el Manual de Instrucciones de la españolita que hoy nos ocupa. Pues bien, Gosh -casi- siempre representa a un romántico sensiblón de tres pares de cojones, desde El Diario de Noa hasta Blue Valentine. ¿Acaso vuelve el romántico?
· Brain is the new sexy.
Pero no descorches todavía el Clouet, querido lector amante de Cortázar y los gatitos. Porque Gosh es un poco rarito (a eso súmale su grupo de folk alternativo) además de un excelente actor y un cebrebrito -sí- pero vestido como un pincel y con un reluciente six pack bajo la camisa de Prada. Hijo de la gran puta. Mi compadre Esmoquinroom analizó su estilo con lupa. Léanlo, por Dios, a ver si aprenden algo.
· Elegante hasta decir basta.
Gosh no es un guaperas al uso pero tampoco un nerd tróspido. Gosh les mola porque pueden:
a) Lucirlo en una cenita de empresa o mejor, con esas amigas que hace tanto que no ves. Él acudirá impecable, con su traje recién planchado y su media sonrisa. Todas te odiarán. You Win.
b) Compartir un bol de palomitas en el sofá, viendo Chick Flicks -sí, le gustan- y preguntándote si quieres un helado de macadamia. Tu le dirás que no, porque engorda. Él te dirá que estás buenísima y te dará un beso. Supergosh.
· Era un cabrón hasta que te conoció.
Había un Gosh hasta Crazy, Stupid, Love y otro a partir de ahí. Ninguna peli -que yo recuerde- representa mejor el mito de Dylan, de Quimi, de Rhett Butler, de Bogart. Del cabrón redimido por amor. Ese fulano despreciable con el resto de mujeres del mundo -ays- pero que a ti te despierta con besos y preguntándote dónde quieres cenar esta noche. Él se encarga de reservar.
· Calladito estás más guapo.
Su padrino espiritual (George Clooney) no se calla ni debajo del agua. Johnny Depp es un fumao, Brad Pitt el notas del Rat Pack de la era Jobs y Bradley Cooper debe empalmarse escuchándose a sí mismo. Pero Gosh no, él suele estar calladito. Se calla y pone esa sonrisita de corderito degollado que os desarma sin excepción. ¿Alguna en la sala se hace la dura? ¿A que no, eh? ¿EH?
· Gosh sólo pasaba por allí.
Todo el mundo quiere algo. No sé, tener muchos followers, ganar un Oscar, cepillarte a dos sevillanas en Feria o escribir en Jot Down, allá cada cual con sus metas. Pero da la sensación de que Gosh no quiere nada, tan sólo pasear con su chucho -para más inri, tiene un chucho pulgoso que a saber qué protectora rescató- y molar. Tan fácil.
Querida Mona:
El otro día me entró entre ceja y ceja que necesitaba probar tu Tubereuse. Ya la había olido anteriormente, pero necesitaba hacerme con una muestra para sentirla en la piel, y ver cómo evolucionaba en ella. Por suerte, no me costó mucho conseguirla y al hacerla, los dedos se me quedaron impregnados con su olor. También aproveché para olfatear otra vez tu Vetiver y lo dejé en la lista de espera para la siguiente vez.
Luego me fui a cenar con mis amigos y cada vez que me acercaba la mano a la cara allí estaba tu nardo, vivo y persistente. Podría haberme lavado las manos pero no quise, estaba disfrutando mucho con su presencia. Mientras mi amigos hablaban, yo pensaba lo bien que te había quedado la fragancia, intensa, sin empalagar, con un nardo muy bien acompañado por la pimienta y las notas verdes ¡si hasta me recordó a Carnal Flower! Como lo oyes, a la mismísima Carnal Flower, con todo su poderío y la magia del Sr. Ropion. Nunca pensé que probaría algo que me recordara a ella pero tu Tubereuse consigue hacerle un poco de sombra.
Y mientras pensaba todo esto, me llegó un mensaje al móvil: “Hola Maia, ha pasado algo terrible. Mona di Orio ha muerto.” El representante de tus fragancias me daba la noticia. Me contaba lo petrificado que se encontraba, porque además de admirar tu trabajo, tenía el honor de considerarte amiga. Nos escribimos un par de mensajes más y quedamos que ya hablaríamos, tampoco eran horas para nada más. Y ahí me quedé, rodeada de amigos pero tan sola en mis pensamientos. Algo les comenté, pero no me prestaron mucha atención. No lo tomes a mal, poco a poco los voy instruyendo en este mundo pero de tu existencia apenas sabían algo (por no decir nada). Reconozco que yo misma te había tenido olvidada una temporada.
De tus primeras fragancias apenas me gustó Lux, puede que por ser uno de los primeros perfumes nicho que probé, pero las demás tampoco me dijeron mucho. En el fondo te tenía envidia por haber sido la discípula mimada de mi adorado Roudnitska, me parecía que con tal privilegio tenías el deber de hacer cosas aún más impresionantes. Sin embargo, me gustaba tu carácter. Por mucho que las críticas no te dijeran nada bonito, tú seguías creyendo en tu trabajo y en tus creaciones, sin importar lo que los demás dijeran de él.
Y cuando apenas me acordaba de ti, sacaste algo nuevo y sencillo. En un primer momento fui reacia a tus creaciones pero me dijeron que los probara, que realmente me iban a sorprender. Y vaya si lo hicieron. Bajo el nombre de “Les nombres d’Or”, lanzaste lo que serían las tres primeras fragancias de la colección: Cuir, Ambre y Musc. Cuando otros hubieran intentado crear la quinta esencia innovadora, tú volviste a lo básico, creaste un cuero rudo, un ámbar cálido y un almizcle limpio. Luego vinieron la Tubereuse, el Vetiver, el Oud y la Vainille, y nos volviste a demostrar que a veces hay demasiadas florituras en este mundo.
Como los más grandes, te has ido en tu mejor momento, dejándonos suspirando por lo que podrías haber llegado a crear.
Una vez dijiste “Quiero crear fragancias que hagan que la gente sienta, sueñe, viaje, recuerde y se sorprenda.” Puedes quedarte tranquila, porque tu legado lo seguirá haciendo durante mucho tiempo.
Un saludo,
Maia.
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Escrito por Maia, de El tocador de Dorothy.
Hartos de listas que dicen qué es lo mejor (¿quién sabe qué es lo mejor para los demás?) o quién es el más guapo y más rico, en ArterEgo preferimos compartir los nombres (algunos) que nos han inspirado durante el último año. Los que hacen que ir al quiosco merezca la pena, los que incitan a comprar vestidos fantásticos, los que descubren lenguajes nuevos.
Fabien Baron, todo él, es una tipografía enorme y negra. Un director de arte de los de verdad. Un cabronazo con gusto y una agenda de contactos con más nombres tachados de los que tú escribirás en tu vida. Él solito ha relanzado Vogue Italia, Harper’s Bazaar e Interview, que no sólo ofrece maravillas como Karl Lagerfeld entrevistando a Carine Roitfeld o Rick Owens a Kris van Assche sino que tiene la mejor edición de 2011 para Ipad que puedas descargar. Suya es la imagen del Calvin Klein unisex de los 90, por ejemplo. Pero hace moda, coches, gafas… lo que le pidan. “La moda es sólo un código que funciona durante un periodo de tiempo”, dice. Lo suyo, tirando de tópico, sería estilo.
Insultantemente joven, que escribirían los cronistas deportivos de un canterano jugón, Boo George (1981) se lo come todo. Empezó como asistente de fotografía de grandes nombres como Bruce Weber pero en 2011 ha sido uno de los creadores más buscados. En parte, porque se deja de historias de inspiración y polladas similares: “La industria te absorbe, puedo levantarme de madrugada para terminar de cuadrar una imagen”. Fotografía a la distancia del dinero. Sus imágenes no suenan a todo volumen, no hay excesos. Sólo retratos vividos. A lo Avedon, a lo Newton. Una prueba: sesión a Freja para Twin Magazine. Y consiguió que Agyness se rapara (todavía más).
Quentin Jones mola: odia a los gatos. Ya era hora. Su rollo, surrealista o así, se mea en la generación del Flash y el Illustrator. No hace falta explicar demasiado, mejor ver algunos de los vídeos que ha creado para Chanel. Y ya saben que Chanel no le pide vídeos a cualquier escaparatista con vaqueros de colores.
Sí, yo tengo una camiseta con perros asesinos envueltos en flores que imitan un pañuelo de seda. Como Rihanna, como Kanye, como tu hermana si tiene buen gusto. Pero es que no es tan habitual que un diseñador, hoy día, cree. Sin más. Inspire. Porque, al final, ¿todo esto de la moda cómo funciona? Ni idea; pero debería funcionar así: hay que ceder la oportunidad de decidir qué debemos vestir a gente como Tisci. Ha revitalizado la costura, ha creado un modelo de mujer que no existía (italiana-gótica, diríamos) y, vaya, ha hecho la portada de Watch the throne. Sólo por eso ya merece subirse al podio del molamiento. Lejos de venirse abajo, la colección crucero también tiene su rollo. No es ninguna tontería lo de Riccardo: llegará un día en que todos copien y nadie proponga. Ese día maldeciremos el vershacheyeme y nos tiraremos de los pelos.
En ArterEgo tambiéne escuchamos a Bon Iver y Beirut, no crean. Y sí, los mejores discos del año serán los de la Harvey o el de M83 y esas cosas chulas. Pero preferimos adorar a Nick Lowe. Porque las armonías a lo Bacharach no se regalan en los chinos; porque ya nadie hace música honesta; porque tiene pelazo. Y porque tras años como eterno segundón sin entender muy bien por qué (produjo los primeros discos de Elvis Costello) ya le toca. Piensen en la letra de un par de sus nuevas canciones, publicadas en The Old Magic: en I read a lot explica que lee más desde que ella le dejó (que es una jodida verdad que nos pasa a todos; ¿qué hacemos con nuestra cotidianidad cuando pasamos de ser dos a estar solos?); en Stoplight Roses explica que le has roto el corazón y que un ramo de rosas comprado en un semáforo no servirá para arreglarlo. ¿Modernidad? Ni Lady Gaga ni mierdas.
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Escrito por Daniel Borrás, editor de ArterEgo
Fui el otro día por una calle que, como un cartel indicaba (erecto allí por las obras en curso), estaba siendo humanizada. Pensé en el Golem de Wegener y en un Gargantúa al estilo japonés, agigantado, indestructible, de hormigón armado y piel cutre. Escalofrío. La ciudad como replicante del ciudadano: vacía, lisa, un purgatorio cartesiano; desierto de sal, derritiéndose amarilla. El que diga que París no es un personaje de Los cuatrocientos golpes de François Truffaut es un mentiroso. O un obtuso o un mentiroso. La sinfonía de la ciudad se nos muestra plena y dulce como un diálogo sordo. Ahí están los coches, que Antoine Doinel sabotea. Sabotea hasta el amanecer. Decía Walter Benjamin que el flâneur sabotea el tráfico. Y también decía que en la figura del flâneur puede decirse que retorna el ocioso escogido por Sócrates en el mercado ateniense como interlocutor. Sólo que ahora no hay ya ningún Sócrates, nadie que le dirija la palabra. Sobre el flâneur puntualiza Marcos Abal, a propósito del París de Baudelaire (porque siempre es él), que ya no es el ocioso que pasea y observa, relajado, las costumbres y los tipos; ahora es el perseguidor del desconocido, en general, porque la ciudad es el refugio de los desconocidos. El crimen. La ciudad como espacio sin intimidad. Y luego vuelve a decir Benjamin: la multitud es el velo que al flâneur sirve para ocultarle la visión de la masa. Y luego nos cuenta Sawa, Alejandro, cómo iba fundido con la multitud, dejándose llevar involuntariamente, como un miserable cuerpo sin alma, hasta las alturas de Recoletos. Ellos nos dicen más de la ciudad que muchos mapas. Y luego replica Benjamin, que de esto sabe un rato, que hay multitud de nómadas en el seno de la sociedad parisina. Entonces uno piensa en Toyo Ito y su mujer nómada, pero uno piensa también en la arquitectura de límites difusos y una cita grabada en ella: la interfaz ha pasado a formar parte del cuerpo. Cuando trabajo con el ordenador tengo la sensación de meter los pies en el agua. Porque quizá los pasajes sean ahora líquidos. Delante del ordenador se nos presenta una serie de torrentes de estímulos erráticos, un poco al modo de Warburg, y nosotros, barca sin remos, vamos divisando entre las nubes bajas y la neblina. He llegado a la conclusión de que hasta para pasear sentados hacen falta manos de artista y calzado fino. Pero no es Venecia por donde vamos a la deriva, como boyas. No nos engañemos. De todos modos, siempre habrá Nemos sonámbulos en las calles moviéndose desencajados entre aceras a golpe de beat. Las construcciones más características a lo largo del siglo diecinueve –las estaciones del ferrocarril, los pabellones de las exposiciones, así como los grandes almacenes [...]– tienen como objeto, en su conjunto, diversas necesidades colectivas. Pero, justo por estas construcciones –«mal vistas, cotidianas», dice Giedion–, es por las que se siente especialmente atraído el flâneur. Y es que en ellas está ya prevista la nueva entrada de las grandes masas en el escenario de la historia. Sí, está llegando a ser repelente, el señorito Walter Benjamin. Llamémosles, qué se yo, centros comerciales, o aeropuertos. Y dice Jarmusch, por boca de Allie C. Parker, que es una especie de turista; un turista que está permanentemente de vacaciones. Yo he crecido, en buena parte, gracias al ocio, intercala Baudelaire en el damero de arriba. Pero Robert Walser nos habla no sólo de crecer, si no de ser estéril sin el cansancio del paseo, siéndole su gran método de trabajo, el ser ocioso. La más pequeña de las cosas vivas, ya sea un niño, un perro, un mosquito, una mariposa, un gorrión, un gusano, una flor, un hombre, una casa, un árbol, un arbusto, un caracol, un ratón, una nube, una montaña, una hoja o tan sólo un pobre y desechado trozo de papel de escribir, en el que quizás un buen escolar ha escrito sus primeras e inconexas palabras (cree Walser que) hay que estudiar y contemplar con supremo cariño y atención. Cuesta poco imaginarse a alguno de estos hombres peinándose bajo la lluvia. Son aquéllos, los que saben que no sirve para nada, pues al mismo tiempo que se peinan son despeinados, como modernos Prometeos de tres segundos que, en vez de temer el agónico y cruel dolor inherente al castigo, son pequeños masoquistas risueños. Beatiful losers. Asteriones, que se preocupan por los patios interiores, vórtices caprichosos que van pariendo laberinto, como Cèline, y por los techos.
Lo sé, se me mezclan nombres, imágenes, paseantes y profesionales del paseo, y caminantes, y tiempos, y otras tantas y más cosas. Faltan muchos paseos por escribir; hasta le faltaron un par a Rousseau, en su libro de las ensoñaciones. Pero qué más me da, si se nos mezclan churras con merinas, ¿o no se nos mezclan continuamente churras y merinas a cada paso que vamos dando?
Decía Montherlant algo así como que el que recorre las calles de una ciudad solitario, usando el anonimato a modo de bufanda (y velo), es un diablo que hace diabluras. Baroja lo hizo en París, saltando de las vísceras industriales a la casquería extrarradial, la plastilina de la ciudad, mezclándose con apaches y filetes de madera y caucho. Se inventó un París: Baroja demiurgo.
Y ,al final, caminan y caminarán los paseantes, barojianos y no tanto, sin más destino que el de incrustarse en sí mismos al quebrar un chaflán, por ciudades humanizadas, por ciudades sin alma, o por las ciudades que se le antoje a cada uno, siguiendo mapas, sacados de recortes. O de libros de anatomía, por poner un ejemplo.
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Escrito por Héctor Quintela, colaborador de ArterEgo.
Despertar un terroir adormecido por la ignorancia. La consecución de un reto. Elaborar vino en la India también…
Los convulsos latidos que mueven el interior de Michel Rolland apuestan por la inquietud y la exploración constante. Junto a Dany lo hace realidad un dia tras otro. Juntos en su laboratorio sito en Libourne.
Ella, como compañera y confidente, entiende como nadie a este bordelés con alma de cirujano. Abocado a un destino maravilloso. Perpetuar la tradición, esa que un dia sus ancestros envejecieron en barricas con impronta personal: Exquisita.
Un infatigable viajero; diseccionador impoluto de parcelas y terroirs.
Allí donde el terreno exige una vinificación concreta y especial, Michel labora para preservar la identidad del futuro caldo. Sin trampa ni cartón.
Espera la concordia de público y crítica. Por qué distanciar las pasiones, cuando de aunar los conceptos se trata. Ahora que nuevas oportunidades surgen; allí donde nunca se esperó la insurrección del Dios Baco. Extasís y locura al fín.
Un hombre con la capacidad de desentrañar misterios y sinergias de civilizaciones pasadas y presentes, es sin duda un tipo complejo; equilibrado y distinguido.
Dictado inequívoco de quien atesora espera y mesura. Ese que pone en valor la capacidad de envejecer y perdurar.
Y hablando de lo nuestro, los nuestros, nuestros riberas y riojas; afirmó hace bien poco que a pesar de la histórica ventaja adquirida por nuestros vecinos, lberia llegará a su nivel tarde o temprano. Palabra de Monsieur Rolland.
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Escrito por Ignacio Menchaca, colaborador de ArterEgo.
Para empezar, a mí Nueva York no me sorprende.
Quiero decir, tiene aspectos que me llaman la atención, pero sin llegar a la categoría de la boca abierta, los ojos de pulpo a la gallega y la expresión del que no ha visto nunca un castillo de fuegos artificiales, con el correspondiente y previsible “¡Miraaa!! ¡Jo, tía! Oooohhh!!!” …
No, ese no es mi caso. Igual soy un engreído arrogante con fobia social, igual es debido a la globalización, o tal vez es la suma de ambos factores: soy un engreído arrogante con fobia social globalizado. Ahí no podemos hacer nada, aún no se han descubierto las pastillas que hagan crecer la hormona del aborregamiento gregario.
Tras esta introducción –y si todavía, amable lector, continúas cómodo en estas líneas– tengo, afortunadamente, muy buenos recuerdos de mi última visita a la ciudad del Hudson, y es que, siguiendo la máxima de Epicuro, “quien un día se olvida de lo bien que lo ha pasado se ha hecho viejo ese mismo día”. Y no es que me preocupe hacerme viejo –contra eso no hay nada que hacer; por mucho que te operes, las arrugas no pueden esconderse y se acumulan en las blandas y mantecosas intimidades–; no, lo que me mueve en este momento es el deseo de compartir mesa y mantel con todos vosotros, una mesa lejana y un mantel virtual… así que vamos a la mesa.
Por ejemplo: en ningún sitio es más fácil comer bogavante que en Nueva York. Al vapor, a la plancha, a la cazuela, en rollitos, bocadillo, burguer, crudo…
Eso sí, para el norteamericano el bogavante es “lobster” (que en muchas guías se traduce como “langosta”). “Lobster” es el que tiene las pinzas grandes, rellenas de sabrosa, nívea y coralina carne. Si queréis langosta, sin pinzas, hay que pedir “spiny lobster”.
Y aún hay más… Vas y dices “Venga, vamos a comer unos langostinos”, y resulta que le pides al maître “langoustines” porque lo has visto en la carta. Pues resulta que te traerán cigalas, y es que en USA, “cigala” se dice “langoustine”, mientras que nuestro langostino es conocido como “prawn”. Una simple gamba es “shrimp”…
Y tras esta pequeña clase de denominaciones marisqueras norteamericanas, os cuento brevemente algunas de las experiencias que tuvimos en el terreno “lobster”…
Nada más aterrizar y tras dejar los trastos en el hotel, nos atrajo el aspecto de la Trattoria Belvedere, en Lexington Avenue. Entramos (evidentemente no habíamos reservado, y el sitio estaba a parir panteras), pero allí la hostelería no es como la que estamos acostumbrados a conocer. Allí, el cliente es el que paga y no el que recibe un favor, generalmente hecho a desgana, por parte del personal de sala. Por tanto, nos colocaron en la barra y a los 5 minutos teníamos una mesita para dos de lo más coqueta.
Espectacular cena regada con un tinto de la Toscana… y empezamos ya con lobster: fuera de carta tenían unos “lobster ravioli” de Premio Nobel de Hedonismo. Exquisitos!
Que otro día vamos paseando por el SoHo y nos apetece marisquito… No problem. Frente a la MOMA Design Shop está Balthazar, un clásico restaurante neoyorquino especializado en marisco… Oysters (ostras) y bogavante a go-go. Impresionante la fuente de hielo de tres pisos con todo tipo de marisco de concha y crustáceos (buena ocasión para los que quieran practicar el léxico marisqueril norteamericano). Grandísima y completa carta de vinos y champagnes franceses. Un Pouilly-Fuissé entra muy bien con el bogavante al vapor y media docena de ostras (valga como recomendación).
- Pues esta noche me comería yo un sashimi y unos maki… -dijo Natalia.
Y allá que fuimos, al Umi Sushi, en Lexington Avenue. De verdad que no llevabamos intención de comer bogavante, pero he aquí que el plato del día, con el sugerente nombre de “I Love Lucy”, era un suculento bogavante, envuelto en papel de soja con sésamo crujiente… Así que, además del elaborado surtido de sashimi (cortado y preparado frente al comensal), y una degustación de maki, nos dejamos caer entre pecho y espalda el “I Love Lucy” este… con gran satisfacción de ambos. Una botellita de Merlot californiano hizo muy bien su papel, y rematamos con sake caliente a la manera tradicional nipona. “Kampai!”
Sarabeth’s es un lugar de encuentro de los neoyorquinos (tiene varios establecimientos en la ciudad), especialmente concurrido los fines de semana para el “brunch”. Y una vez más nos topamos de hoz y coz con el entrañable amigo “lobster”, hoy en forma de “lobster roll” (sándwich de ensalada de bogavante con pan alargado)… A destacar también, en Sarabeth’s y en general en cualquier restaurante, bar, café, etc. de Estados Unidos, la “soup of the day” (sopa del día). Inmejorable, preparada con amor e ingredientes naturales, cuidada al máximo… El polo opuesto del “consomé” al que nos tienen acostumbrados por estos pagos ciertos restauradores poco amantes de su vocación.
¿Y qué decir de “The Lobster House” en Chelsea Spicy Market, en el remozado Meatpack District? Una superficie inmensa dedicada a los adoradores del marisco y pescado fresco. Las piezas de bogavante (enormes bogavantes de Maine) se venden, ya cocidas, al peso, y puedes degustarlas directamente allí, o salir a una de las zonas de estar del Chelsea Spicy Market, y complementar la comida con un buen vino de las dos o tres tiendas y bodegas especializadas que comparten este espacio rescatado a un antiguo mercado.
Pero bueno… ¿esto no iba de oysters (ostras) también?
Sí, queridos lectores, tenéis toda la razón… NYC es igualmente la ciudad de las ostras. Las tenéis por doquier, cual si fueran patatas bravas. En locales como “The Crab House” y otros podéis encontrar la hora feliz, con precios de 1 dólar por ostra, o lo que es lo mismo, 3,5 euros media docena de ostras.
La ciudad está salpicada de “Oyster Bars” y lugares para degustar estos y otros moluscos; espacios como “Caviar Russe” ofrecen un menú degustación de ostras, bogavante (síntesis de la ciudad), gambas (recordad que son “shrimp”), buey de mar y almejas + tu porción de auténtico caviar ruso por poco más de 100 dólares por persona.
Otro día os contaremos experiencias y visitas a más lugares de culto gastronómico neoyorquino, como el restaurante de Alain Ducasse, o el Blue Smoke y sus BBQ ribs de ensueño…
Tal vez, para finalizar, tengo que cambiar la primera frase de este artículo, y en lugar de “A mí Nueva York no me sorprende”, tengo que escribir “A mí Nueva York no me sorprende. Pero me da hambre. Y como muy bien”.
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Escrito por Eugeni García Orts, ilutrador, creativo y tipógrafo.
Flequillo despeinado y remota sencillez. Apariencia inofensiva, anhelo libertario. Espíritu de éxito, actos de censura.
Suena a Jane Birkin. Y sólo puede ser ella. De ojos que se salen del marco de la expresión, que no se ciñen a la normalidad.
Polémica, escandalosa en cualesquiera de los sentidos, marcó tendencia sin ni siquiera pretenderlo. Alguien que consiguió que de una cesta de mimbre surgiera uno de los must más deseados hoy y siempre, y además lleva su nombre: el inaccesible Birkin de Hermès. Legendario.
Reminiscencias de Jane se dejan ver en la actualidad, cautelosas, aunque más que apreciables. Ella nunca caerá en el olvido. Y así debe ser.
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Escrito por Ángela Canosa, colaboradora de ArterEgo
Si no fuera por la música, habría más razones para volverse loco.
Piotr Ilich Tchaikovski
Rozando la locura andaba yo durante aquel julio de 2006. Trabajaba como becario en Londres y vivía en una pensión inmunda de diminutas proporciones, en la que podía conseguir la extraña proeza de ducharme, hacer la cama, preparar una tortilla y abrir la ventana sin moverme de la misma baldosa. Durante aquellos días, inusualmente calurosos, se estaba jugando el Mundial de fútbol en Alemania, Zidane disputaba los que eran sus últimos partidos y yo me preguntaba angustiado qué sería de mí sin ver al francés galopando por el Bernabéu. Mientras todo esto ocurría, yo andaba puliéndome el ínfimo sueldo comprando un infausto vino neozelandés, a 2 libras la botella, que, junto con las galletas saladas del TESCO, formaban la base de una pirámide alimenticia que probablemente destruyera mis papilas gustativas.
Necesitaba, aunque por aquel entonces aún no lo sabía, una banda sonora que me acompañara por las calles de Londres, que diera algo de sentido a aquel dislate de vida sin otro hilo musical que los infames grupos musicales que veía tocar en directo, en pubs turbios de la noche londinense, donde se respiraba humo.
Una tarde, empujado por alguna clase de impulso electromagnético, entré en una tienducha de discos de segunda mano, cerca de Covent Garden. El dependiente, un entusiasta seguidor de Belle & Sebastian, con el dos de corazones tatuado en el brazo derecho, me metió en una bolsa, sin que yo se lo pidiera, el disco Heartbreaker, de Ryan Adams. Al comentarle educadamente que yo no le había pedido ese disco, el fulano en cuestión me contestó, haciendo aspavientos como un loco, que si no tenía ese disco era un analfabeto musical, que no merecía poner el pie en su tienda, ni tener derecho de voto en mi país y que me callara.
Salí de la tienda con el disco bajo el brazo y me fui directo a mi madriguera/zulo a escucharlo, temeroso que, de no hacerlo, el dependiente apareciera armado con un lanzallamas en mi pensión dispuesto a calcinarme.
Y recuerdo que puse el disco de Ryan Adams a todo volumen, abrí la ventana y me tumbé en la cama, clavando la mirada en aquel techo con inquietantes humedades. Y todo cambió.
He estado en Londres más veces y siempre trato de volver a la tienda de aquel dependiente loco. Pero nunca la encuentro. Desapareció. Se hizo humo.
Tal vez nunca existió.
Tras un parón de tres años, Ryan Adams acaba de sacar su nuevo disco: Ashes & Fire. Y es tan bueno que su adquisición debería ser de carácter obligatorio por ley.
Partamos de la base de mi debilidad por músicos como Ryan Adams: excesivos, atormentados, drogadictos, malditos, autodestructivos, ciclotímicos, talentosos, mujeriegos, sentimentales e imprevisibles. Me caen excepcionalmente bien. Todos ellos. Y ya si hacen discos maravillosos, pasan directamente a la categoría de héroes personales. Ryan Adams es uno de ellos. Qué duda cabe.
Tras un parón que el de Jacksonville se supone ha invertido en casarse, dejar las drogas y combatir la extraña enfermedad de Meniére, saca nuevo disco, un álbum en el que recupera ese sabor a folk nostálgico que tanto nos apasiona a sus seguidores más incondicionales y que le encumbró a los altares de la música americana.
Estamos ante un disco muy cuidado, sólido y contenido, a diferencia de otros trabajos suyos, en el que se nota la mano en la producción de un grande como Glyn Johns (Dylan, Cash o The Clash), con maravillosas piezas que recuerdan al mejor Ryan Adams.
Ryan, que siempre se ha sabido rodear en sus discos – y no solo en sus discos- de mujeres talentosas como Lucinda Williams o Sheryl Crow, en esta ocasión, colabora en varias canciones con su amiga Norah Jones, recurrente sociedad la de ambos que ya ha dejado grandes temas.
El problema de alguien como Ryan Adams es que sacó un disco como Heartbreaker demasiado pronto. Ashes & Fire es un disco maravilloso, con las canciones perfectamente seleccionadas y en el que nos podemos dar de bruces con auténticas joyas como Lucky now, que si no es una canción absolutamente maravillosa, que baje Dios, Mozart, Sinatra o quién tenga que bajar, y lo vea.
Ahora retumba el nuevo disco de Ryan Adams, una y otra vez, en mi habitación, de proporciones algo mayores que la de aquella pensión de Londres.
Pero, por unos instantes, cierro los ojos y me llega el olor a curry de aquella calle, el perfume de una melena rubia sudafricana, un dos de corazones tatuado en un brazo, el humo en los ojos en pubs de dudosa reputación, autobuses en dirección contraria y un cierto regusto a vino picado de Nueva Zelanda.
Y me encanta, joder.
Me encanta.
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Escrito por Javier Aznar, colaborador de ArterEgo
Es como esas canciones en las que el enamorado habla, en la misma estrofa, de la espuma del café y de cuánto echa de menos a su chica: jugando al aparente despiste, mezclando la ironía con lo que realmente importa, todo alcanza una dimensión mucho mayor. El impacto (emocional) se multiplica. La moda, creada a partir de la antimoda, es mucho más que la suma de ambas cosas. Rei Kawakubo, fundadora junto a su marido Adrian Joffe de la firma japonesa Comme des Garçons, lleva casi 40 años jugando al despiste. ¿Cómo se consigue dar la vuelta al negocio de la moda tanto tiempo? «Empujando constantemente las fronteras y tratando de crear cosas nuevas», afirma Kawakubo. Y así, destrozando barreras como superhéroes manga de ojos imposibles, los creadores repasan para ArterEgo las claves de su universo paralelo.
En 1983, Comme des Garçons presentó en París una colección que provocó varias epidemias de sudores fríos y obligó a que muchas se replantearan el taconazo: dijeron adiós a todo esto, como Robert Graves, y reivindicaron el harapo, la miseria y el calzado plano. «Sí, creo que causó impacto. El poder de los medios de comunicación es demasiado grande y eso hace que la gente se asuste un poco, tengan miedo a ser diferentes. Es algo que forma parte de la condición humana».
Un salto al vacío que muchas veces se asocia a una aproximación teórica o intelectual de la moda al mundo del arte. «Es cierto en el sentido de que la energía creativa fluye mejor desde una perspectiva conceptual o artística. Pero no somos artistas», sentencia Kawakubo, «nuestras creaciones se proponen para que puedan ser usadas, vestidas, no expuestas en una pared». La diseñadora matiza: «La diferencia es que la historia que contamos con nuestras creaciones debe interactuar con el consumidor y, si no ocurre eso, entonces nuestro trabajo no tiene ningún significado».
No es la única diseñadora que piensa así. La moda puede que sea un tema de conversación (un maravilloso tema de conversación) pero quizás nunca deba asociarse a la palabra importante. Sin embargo, su acercamiento a los museos y espacios expositivos está absolutamente legitimada. Por el público, sobre todo. ¿Por qué? «Creo que la gente, cada vez más, busca un significado para las cosas que ven y compran. Por eso, las exposiciones pueden llegar a ser muy populares». Que no es lo mismo ver un abrigo de Balenciaga que conocer cómo y por qué se hizo.
Aunque lo de Kawakubo, resumiendo, es como fabricar ropa aflojando ligeramente el tornillo de una maquina; es imposible saber qué saldrá de cada proceso. Sus perfumes son un buen ejemplo de ello. Lanzaron la primera fragancia en 1994 y, poco después, el primer ‘antiperfume’ (Odeur 53), compuesto con 53 notas olfativas poco convencionales. Oxígeno, ropa secándose al sol, dunas de arena, acero húmedo. Ahora lanzan A New Perfume, que recuerda al pegamento y a la cinta adhesiva mezclados con «flores que no existen». Para su lanzamiento en París, expusieron la botella junto a otras de falsos perfumes, de esos que se venden en las farmacias y los mercadillos. «Quisimos jugar con ese juego entre verdadero y falso que da la falsificación, romper la manera habitual de lanzar un perfume. A veces, las campañas de los perfumes de verdad parecen falsas y nos pareció buena idea cuestionar e ironizar sobre estos productos de lujo y su negocio».
- Un negocio que la crisis ha obligado a replantear. ¿Cree que ahora la gente compra menos pero con más calidad, como la mayoría reconoce?
- Prefiero pensar que, ante la situación actual, la gente ha comenzado a replantear sus ideas y se ha cansado de que les digan qué tienen que hacer. Quizás piensen de manera individual y se sientan más a gusto con sus decisiones. Eso es bueno.
Tanto como crear. Nadie quiere imaginarse qué será del mundo de la moda el día en el que todo el mundo copie y nadie cree. «Nosotros tratamos de crear siempre algo que nunca existió. Puede que, quizás, otra gente nos siga. Un poco», reconoce sin inmutarse y usando, siempre, el plural para dar sus respuestas.
Pero la creación, en el taller. Entre restos de telas y bocetos con mujeres de piernas eternas. Meterse en otros asuntos sociales es otra cosa. «Todo el mundo es libre de decidir qué le gusta, pero no nos gusta dar consejos. Sólo hacemos lo que tenemos que hacer y dejamos a otros hacer lo que tienen que hacer». En su caso, maravillosos sueños de tela rematados con un asterisco. Que no es poca cosa.
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Escritor por Daniel Borrás, editor de ArterEgo
Kate Bush se ríe de Lady Gaga: ¿dónde está su riesgo más allá de lucir un Rabanne imposible? El décimo disco de estudio de Bush es, dice, “perfecto para escuchar con un fondo de nieve cayendo”, y muchísimo más bizarro que un traje de carne. Encuentren una cantante hoy día capaz de hacer canciones que hablan del descenso de un copo de nieve hasta que muere en tierra firme o de la relación sexual entre un señora y un muñeco de nieve.
Pero no se asusten: 50 words of snow es un maravilloso artefacto musical, con pocas canciones largas, con mucha elegancia. Y cuenta, incluso, con momentos ‘casi’ convencionales y accesibles como el single Wild Man (la soledad de el Yeti) o Snowed in at Wheeler Street, que cuenta con la participación de Elton John (tremendamente contenido, cantando con gusto) y relata de historia de amor imposible entre dos amantes eternos.
Si se les atraganta tanta conceptualidad, busquen Hounds of love o The sensual world. Kate Bush lleva años pasándose la convencionalidad y los extremos forzados de MTV por el forro.
Pranksters. Bromistas. Cruzando Norteamérica en un viejo autobús escolar pintado de colores, en el verano de 1964. De eso hace, veamos… hace cuarenta y siete años. Es el siglo pasado. ¡Es el milenio pasado! Mucho tiempo, ¿no es cierto? Pues pongámonos en situación: los Rolling Stones acaban de publicar su primer LP, Walt Disney triunfa con la película Mary Poppins – 5 Oscars – y en la ciudad de Nueva York, Kittie Genovese es violada y apuñalada mientras treinta y ocho de sus vecinos observan la escena desde sus ventanas… sin hacer nada. En algún lugar frío y oscuro, el virus VIH aguarda su momento y aún faltan unos cuantos años para que el asunto de Vietnam se ponga realmente feo. Los tanques soviéticos todavía no han entrado en las calles de Praga, y en cuanto a nosotros… bueno, nosotros flotamos en la suave inocencia de quienes todavía tardarán algún tiempo en nacer.
Sí, no cabe duda de que en Norteamérica las cosas están cambiando y muchos piensan que a mejor. Al fin y al cabo, ¡es la Era de Acuario!
Pero en el sesenta y cuatro, en California, el movimiento contracultural acaba de nacer y de la misma cuna de aquella revolución – Haight Ashbury, San Francisco – surge una figura carismática: Ken Kesey, el aclamado autor de Alguien voló sobre el nido del cuco. En torno a Kesey se reúne un grupo de seguidores que no tardan en autobautizarse como los Merry Pranksters, los Alegres Bromistas. Juntos se proponen ‘expandir su mente’ mediante las recién descubiertas drogas psicodélicas, tan nuevas que de momento ni siquiera son ilegales.
Buena parte del atractivo de Kesey radica en el hecho de que mientras que muchos de los que se hallan inmersos en la contracultura solo ‘juegan a ser rebeldes’, él lo es de verdad. Kesey rechaza la moral convencional y si para ello debe ponerse fuera de la ley, pues que así sea. Durante algún tiempo juega a la Pimpinela Escarlata con los federales y entra y sale de la cárcel repetidamente, aunque siempre por cargos menores.
En el verano del 64, el nuevo libro de Kesey, Sometimes a Great Notion, va a hacer su presentación en la Costa Este y los Alegres Bromistas deciden irse hasta allí en un viejo autobús escolar, que han acondicionado lo justo para el viaje. Sigue siendo tan incomodo que nadie puede dormir demasiado, pero ¿qué importa eso? Nadie piensa en dormir cuando están pasando cosas todo el tiempo. Además llevan, para entretenerse, una buena provisión de marihuana, speed, barbitúricos y una nevera llena de LSD mezclado con zumo de naranja que Kesey administra en su calidad de líder Bromista.
El viaje al Este resulta no tanto un recorrido iniciático, como una experiencia de psicoterapia de grupo en la que todos acaban sintonizando unos con otros y con el Universo. O esa es la sensación que ellos tienen. Por el camino lo graban y lo filman todo; Kesey planea hacer una película, aunque no tiene guión, ni nada que se le parezca. La idea es dejar que la cosa fluya de forma natural y recoger toda esa espontaneidad en el celuloide.
Cuando llegan a Nueva York se pasean por las calles asombrando a los viandantes con su autobús pintado de colores fosforescentes, sus ropas estrafalarias y la música rock que emiten a todo volumen. Allí, Kesey se encuentra con los líderes de la generación beat, Jack Kerouak y Allen Ginsberg y todo el grupo hace una visita a otra comunidad de exploradores del ácido, la que dirige Timothy Leary. Pero los Bromistas se llevan una decepción; los Learitas no son como ellos. Su rollo va de calma y tranquilidad, mientras que el grupo de los Bromistas hierve de actividad y desmadre.
Así que ponen rumbo de vuelta a la soleada California y por el camino aprovechan para hacer todas las locuras que se les ocurren, desde meterse con el autobús en medio de una comitiva fúnebre hasta tomarle el pelo a los policías de carretera que cometen el error de pararles.
De este viaje, del antes y del después, salió un libro, Ponche de ácido lisérgico, escrito por Tom Wolfe, que contribuyó a elevar a Kesey y a los Merry Pranksters a la categoría de mitos de una época. Pero también quedaron para la posteridad rollos y rollos y más rollos de película casera de 16 milímetros que se han pasado casi medio siglo acumulando polvo en un viejo granero de la familia Kesey, en Oregón.
Los directores Alex Gibney y Alison Elwood han revisado, editado y montado las casi cien horas de filmación y grabaciones sonoras hasta reducirlas a dos y, por fin, el pasado mes de Agosto han estrenado un documental, Magic Trip, que resume los momentos más señalados de este viaje alucinante.
A nosotros, ahora – a unas cuantas crisis del Apocalipsis – las piruetas despreocupadas de los Bromistas se nos aparecen como un poco… marcianas. Estamos conectados, solo que nuestra conexión es distinta. Vamos en otra onda y por eso no vemos las cosas de la misma manera y nos cuesta entenderlos. Después de todo, como solía decir Kesey, “estás en el autobús o estás fuera del autobús”. You´re on or you´re off. Así de simple.
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Escrito por Jan Tilkut, colaborador de ArterEgo.