forjando torpemente el oficio de escritor
Sin repetir y sin soplar me dijo "cachivache,chinchlín, kilombo, mondongo, kafúa, grillo, tamango, mina, bambula..." y me explicó que todas esas palabras tenían un común origen africano.
Era notorio, pero él lo aclaró, desde chico, cada 25 de mayo, la maestra lo seleccionaba como el encargado de encender los faroles, de pasar la escoba o jugar a ser esclavo.
El intercambio epistolar presenta una infinidad de detalles íntimos, coloridos y personales que distan mucho de aquello que un autor puede destinar para sus
obras, pero que permiten, paradójicamente, un nuevo acceso a su obra.
La correspondencia que Walter Benjamin mantuvo con sus amigos se constituye como una gran autobiografía involuntaria compuesta de breves autorretratos y de instantáneas de la vida, que perduran como documentos de su propia historia.
Benjamin es uno de los filósofos más paradigmáticos vinculados al Institut für Sozialforschung -más conocido como Escuela de Frankfurt-. Con el advenimiento de Hitler al poder, comenzó el gradual exilio de los intelectuales de Frankfurt, entre los que se encontraron Theodor Adorno y Max Horkheimer.
Este libro recupera el personal, y por momentos secreto, intercambio epistolar que entre los años 1930 a 1940 Gretel Adorno -esposa de Theodor Adorno- mantuvo e intensificó en los últimos ocho años, cuando el filósofo abandonó
Alemania y emprendió acaso su último viaje por Europa, que coincidió con la producción de algunas de sus más grandes obras, como La obra de arte en su época de reproductibilidad técnica.
Para evitar la censura, eligieron seudónimos: Detlef (Benjamin) y Felizitas (Gretel). A medida que Hitler avanzaba, Benjamin continuó en busca de
nuevos destinos y en septiembre de 1940, cuando se le prohibió cruzar la frontera hacia España, su única posibilidad de llegar a América, Benjamin decidió
suicidarse.
Becerra atraviesa un momento definitorio, casi de quiebre, donde deberá determi-
nar si su vida sigue el curso actual o cambia. Donde, o bien puede optar por la dejadez con la que vive hasta el momento, añorando su pasado, o comien-
za a hacer algo para cambiar las cosas. A pesar de esto, para Lucio (Becerra) ni la muerte de su amigo del alma Horacio o la inexiste pasión con su mujer son
parte de los profundos dilemas que lo aquejan de sobremanera, para Becerra es imperativo resolver esta coyuntura determinante que parece no tener ni pies
ni cabeza, pero que de resolverserse, marcará el resto de sus días.
Por otra parte, Becerra se enfrenta a una etapa que muchos de sus amigos definen como la flor de la vida y que él sólo vislumbra como el mascarón de proa del ocaso y de un porvenir trunco y finito, más allá del frondoso bienestar
económico y de las seguridades que le otorga su visa social.
El hilo narrativo de Placebo es un continuo apabullante que incorpora toda clase de disgresiones que no atentan contra la fuerza de relato sino que, al contrario, validan y acentúan cada elipsis temporal con una imagen o una reflexión que se
pretende trascendental.
José María Brindisi nació en Buenos Aires, en 1969, publicó el libro de cuentos Permanece oro en el año1996, por Editorial Sudamericana y las novelas Berlín y
Frenesí, 2001 y 2006 y participó de manera esporádica en medios como Rolling Stone, 3 Puntos, Latido, Página 12, Teatro, Haciendo Cine y Gargantúa.
Poblada por una multiplicidad de personajes e intereses que giran en torno a siete tronos y un rey, Game of trhones (Juego de tronos) narra la ambición y la lucha política a la que se abocan los hombres para obtener algo más de bienestar económico.
La política en clave medieval dota de un realismo y un vértigo in crescendo que se nutre episodio tras episodio, revelando pesquisas que ponen de relieve los intereses de algunas de las casas por perpetuarse en el poder y de otras que, sin perder lo que tienen, poco se interesan por quienes tengan entre sus manos la
corona.
Desde la última gran guerra, 17 años atrás, todo se mantiene en un aparente equilibrio que comienza a deshacerse. De eso se compone la serie, un desequilibrio entre dominantes y dominados, donde el poder no es acaso el principal anhelo de todas las casas que, por distintas razones se sometieron al reinado de las casas Baratheon-Lannister.
Dos agregados importantes, el sexo, la principal debilidad del rey y una moneda corriente que caracteriza muchos de los vínculos construidos en Game of thrones. El otro, un contenido mágico que sobrevuela toda la serie indicando lo que está por venir. Game of thrones es una producción original de Home Box Office (HBO) y la primera temporada está compuesta por diez capítulos.
A mediados de enero de este año una cooperativa platense llamada Panorama
comenzó a trabajar en la zona del Río de la Plata para documentar el trabajo de los productores ribereños. Sus labores fílmicas quedaron inmortalizadas en la cinta Olvidados del río, hoy premiada por el Instituto Nacional de
Cine y Artes Audiovisuales (Incaa).
Cómo no había censos ni estadísticas, debieron sondear ellos mismos los movimientos laborales de la región. Su proyecto rioplatense abarcó desde el Tigre hasta Punta Indio, incluyendo la costa uruguaya. "Las primeras visitas sirvieron para acercarnos y conocer a la gente del lugar. Los personajes se fueron delineando solos", contó a Tiempos Igor Galuk, director del proyecto.
La productora, en pleno rodaje de Olvidados del río a tiempos.
El equipo ganador, trabajando en el Río de la Plata El documental está compuesto por 8 capítulos de 26 minutos y revisita las labores de viñateros, pescadores, arcilleros, hacheros,cañeros, junqueros, quinteros y mimbreros. En cada episodio se enlazan las historias de numerosos productores -hombres o mujeres- quienes destacan sus labores de subsistencia vinculadas con prácticas autóctonas o
heredadas que revitalizaron la industria de la región, enfrentando la globali-
zación con dignidad y respeto.
Igor contó a este medio que ellos anteponen el vínculo humano al profesional, "muchas veces se nos complicó porque entre las visitas previas y el tiempo de la grabación podía pasar nada más que una semana, entonces teníamos que tener más tacto para trabajar y familiarizarnos con el otro más ágilmente. Para que eso no se pierda, tuvimos en cuenta que para muchos era la primera vez frente a una cámara. Que eran invadidos en su espacio de trabajo. Y que no sólo harían sus tareas, sino que algunas tendrían que ser repetidas para que la cámara la tome desde otro ángulo y a una velocidad más lenta que la habitual. Se trata de ir jugar a que se hace haciendo cine con el otro y explicarle que estamos trabajando
y que él es el protagonista"
Sólo se trata de animarse. Enfrentarse a un poquito más de veinticinco minutos a pura música donde los respiros para la vista son pocos, justos y necesarios.
La nueva propuesta de HTS, la sesión en vivo es un poco arrogante, pero tiene con que. Eso es claro.
Revisé los huevos uno por uno y descubrí que uno estaba rajado. Sin decirle nada, lo señalé con el índice hasta que me lo cambió.
Había llovido poco durante la mañana, pero era suficiente como para que los autos salpiquen un poco.
El sol había comenzado a levantar el vapor des asfalto y mi remera se había pegado a mi espalda.
Ese sorete manejaba un auto negro, parecía importado y no tenía rastros de la reciente lluvia.
Mientras yo esperaba para cruzar, el sorete estacionó tan cerca del cordón que me salpicó con unas gotitas de barro y no se disculpó.
No me miró.
Si hubiera seguido absorto en su ego no hubiera escuchado nada, pero algo que se olvidó en el auto lo hizo volver y me vio.
Para cuando terminé de estrellar el último huevo sobre el capot de su auto, el sorete que manejaba había dejado de gritar y hablaba diligente por teléfono.
Esa fue la última vez que lo miré.Caminé sin intervalos hasta mi casa.
Hay lugares, en mi ciudad, que no recuerdo, que no conozco y que nunca miré a pesar de haber pasado frente a ellos incontables cantidades de veces. Lo que la distracción no vio, la rutina invisibilizó.
Caminamos muchas cuadras más por centro, otras tantas por las calles periféricas y así hasta llegar a su casa.
Esa noche me encontraron hurgando un papelero en la vía pública. Parecían una policía de civil, encargada del orden y del buen gusto. Parecían una regimiento mínimo de soldados que, formando un círculo en derredor mío, me vigilaba. Sin que pudieran decir nada, bebí el resto de helado que quedaba dentro de un contenedor de tergopol.
- Tranquilo que no te vamos a hacer nada - dijo uno que vino por detrás y sujetó mis brazos. - Queremos lo nuestro.
Voltearon el papelero en el suelo. Las calles estaban desiertas y los pocos autos que circulaban, llevaban las luces bajas. La noche estaba templada y en el cielo había pocas estrellas. En los edificios del centro pocas ventanas permanecían encendidas. Uno de ellos juntó el papel, otro las botellas de plástico, el más pequeño los envoltorios de caramelos y el último las botellitas de vidrio. Cada uno guardó lo recoltectado en bolsas de tela y salieron caminando en silencio, el último me soltó y juntó las tapitas de gaseosa.Éste, antes de incorporarse me habló.
-Venite, no comas lo que tiran de McDonalds, estos yanquis cocinan mierda. - y comenzó a caminar con el grupo.
Me acerqué despacio y caminé junto a ellos hasta el próximo callejón.
Al segundo día comenzaron a decirme "chileno". Después de preguntarme como me llamaba y seguir sin recordarlo me dijeron, "te va chileno... te decimos chileno, si no hablás te digo que sos igual".
Lo que dijo, esa noche antes de separarnos, antes de comenzar la última pelea, sonó a una frase estudiada. Cómo una respuesta preparada para tratar de contrarrestar mi desaprobación. Era, a fin de cuentas, lo que ella pensaba, pero era, también, lo que ella quería que yo pensara, disfrazado, sin más, de una argumentación casi racional que pretendía, que yo cambiara mi forma de pensar.
Escuchá bien, me dijo, y desde ahí su vos cambió, se volvió monocorde, formal y aburrida, "el psicoanálisis no hace más que dar esperanzas, ayudar y también, confirmar la existencia de llaves que nos permitirán abrir puertas. Puertas a nuestro pasado y a nuestro ser que, al estar cerradas, dificultan el natural desenvolvimiento de nosotros como individuos."
Hizo una pausa y pensé que todo había terminado ahí, pero siguió: "...es labor de nosotros, los pacientes, fabricar, crear, encontrar, empuñar, maniobrar y/o utilizar esas llaves para seguir abriéndonos camino."
Los sinónimos no sólo me aburren sino me dan dolor de cabeza. Para esto, ella notó mi malestar, pero siguió hablando. "...desde este punto de vista, la decisión de empezar una terapia psicoanalítica, corresponde únicamente al individuo próximo a convertirse en paciente y es su voluntad comenzar a descubrir y empuñar estas llaves para comenzar a abrirse paso."
Se acercó despacio, arrastrando un poco los pies y puso su mano derecha sobre mi hombro; cuando creí que iba a besarme, terminó la frase: "...de esta manera, si este individuo, en vísperas del psicoanálisis, puede emplear un comportamiento análogo al que le permitió acceder y utilizar la primera llave para empezar el tratamiento, es capaz de, por sí solo, descifrar dónde están las demás llaves y cómo utilizarlas, y así, prescindir del mismo psicoanálisis."
Inmediatamente después de su monólogo quiso besarme.
Julia quedó parada ahí y yo sin hablar me metí en el baño.
La boludez me da diarrea.
Lo último que yo quise que ella supiera de mi, de mi puño y letra, lo dejé escrito en un papel en su mesa de luz.
Julia dormía y yo me vestí con cautela.
Saqué un papel del anotador del teléfono y escribí CHAU en mayúsculas. Debajo una línea divisoria y más abajo aún, en una desprolija cursiva, "no te quiero ver nunca más".
Salí caminando en medias.
Me calcé mientras esperaba el colectivo en el refugio.
Llegué al último asiento y apenas me senté, saqué de mi bolsillo el anotador que le había robado a Julia. Estaba casi sin uso. Pasé las hojas con velocidad y noté que algunas estaban escritas.
No pude contener la risa con las cosas escritas ahí.
Una de las hojas tenía escrito en lápiz:
"El presente es imperceptible
El pasado y el futuro pueden pensarse, pero el presente solo puede sentirse.
Si en algún momento y de alguna forma intenta pensarse el presente, inexorablemente se está pensado en algo que ya pasó.
El presente es una porción de tiempo que podemos estimar muy pequeña, y cada vez que tratemos de pensar en ella se reducirá un poco más. Así fue como las horas se escaparon de los días, los segundos de los minutos y así sucesivamente.
Por lo tanto, si se trata de pensar en eso que se siente, no se piensa en lo que se siente, sino en lo que se sintió unos instantes atrás."
Anoche me volvió a llamar. Aseguró, entre otras cosas, que había cambiado, que había recapacitado y estaba dispuesta a volver a afrontar los costos que tiene esta relación. Dijo, con la facilidad que implica hablar por teléfono, que sus berrinches eran cosa pasada. Este tiempo en soledad, le ayudó a pensar, a reflexionar, a meditar sobre lo que había pasado y a proyectar algo para el futuro. Me pidió, aunque sonó bastante imperativa, que quería dormir en casa, que no quería pasar otra noche sola.
Colgó.
No pasaron cinco minutos y volvió a llamar, pero colgó cuando atendí.
Volvió a llamar para decirme, y para pedirme, que lo piense. Que piense su propuesta.
Antes que corte, no hubiera soportado otra llamada, y sin pensar le dije que venga.
Miré el suelo y se notaban los pelos del perro, en la bacha de la cocina había vasos y en ellos restos de cerveza, chocolata y jugo de naranja. Un mate vaciado con desgano y una gran aureola verde debajo. Entre a la pieza y la cama estaba desecha, las medias hechas un bollito en el piso y varias remeras apiladas sobre una silla. En mi escritorio había revistas, diarios y el alicate de uñas. Ella dijo que demoraría algo más de diez minutos.
Quise empezar a limpiar...
Empuñé el escobillón con mucha actitud, dispuesto a acometer la tarea. Lo dejé, fui hasta mi escritorio, agarré las llaves del departamento del primer cajón, mi billetera de entre los diarios, apagué el celular y me fui a pasar la noche en el 24 horas de la estación de servicio.
No se bien quien se parece a quien. Pero supongo que mi novia se parece mucho a mi ex. O ahora, que no la aguanto más, me parecen más parecidas.
Dice Mariano, que es una máquina de hablar y parece que tiene una opinión de todo, oal parecer, la inventa cuando alguien dice algo y todo para tener la última palabra, que yo las elijo parecidas, que yo soy el que no puede salir de estas relaciones complicadas.
Honestamente, me parece psicología de cuarta.
Sentarme al sol me pone de mal humor. Siempre que estoy sentado leyendo, descansando o hablando por teléfono, creo que algo o alguien me va a caer encima que alguien me va a arrebatar el celular o, que un escupitajo me va a humedecer alguna parte de la cara.
Mi ex decía que me estaba volviendo paranoico, que la mezcla de televisión, la cabeza cerrada de mis amigos y la experiencia del último robo me dejó así. Paranoico.
Exagera, siempre exageraba con todo. Decía que era un maníatico sexual porque quería coger más de tres veces en una noche, que era un cleptómano porque me gustaba traerme los aderezos de los Burger King y que era un esquizofrénico porque me divierte contar chistes frente al espejo.
Llegué del colegio después del mediodía. Falté a la clase de gimnasia, sin embargo me quedé haciendo tiempo para evitar el reto del viejo. Dejé la mochila en mi habitación y corrí al cuartito. Estaba vacío. La cama tendida y el piso estaba un poco húmedo.
-Vino la señora a limpiar - dijo el viejo a mis espaldas
-Y...
-No era, se terminó...
-Pero...
-No me rompas las pelotas.
El viejo estaba sentado en el borde de la cama, por la persiana entreabierta entraban unos delgados hilos de luz. matinal. Estiré el brazo con el mate en la mano y le dije “despacito...está caliente”. Después de sorber con delicadeza me respondió “...y dulce”. Traté de justificarme pero no me dejó hablar, “tomate los primeros vos y a mi traeme después... y no le pongas más azucar”.
El viejo me llamó a su habitación. Sobre su cama, unas cajas de zapatos permanecían abiertas, desparramadas sobre el acolchado azul, muchas fotos y un retrato en lápiz. El miraba todas las imágenes que estaban desperdigadas pero sometidas a un orden que todavía no podía entender. Me miró y sin decir una palabra me indicó con un gesto de su cabeza que me acerque. Tenía el índice sobre la hoja de papel que, amarillenta por el paso de los años y gastada por el manoseo, reproducía una cara. Era el retrato de su abuela, un retrato que la cubría hasta la cintura y en el que posaba con el torso desnudo. Entre sus pechos podía verse una mancha violácea, redonda, casi sin puntas, casi sin forma, como un racimo de uvas incompleto.
“Ahora mirá esto” me dijo, y me mostró una foto de mi madre. Estaba muy joven, vestía un camisolín escotado y entre sus pechos, aunque un poco más arriba, una mancha similar a la que lucía su abuela. Ella vivió con mi papá hasta que un cáncer fulminante apagó sus últimos resquicios de vida. Volvió a mantener su habitual silencio sepulcrar y señaló una imagen ampliada. Era el antojo magnificado unas 10 veces, su contorno estaba recorrido por una línea de puntos que, volcada en otra hoja sobre el acolchado y uniendo los puntos más alejados del dibujo, completaba un rectángulo que se asimilaba a la forma de la provincia de Santiago del Estero.
“Esto no va a volver a pasar” dijo el viejo. “Esta es la última vez, tiene que ser la última vez”, siguió aseverando mi abuelo.
Traté de entender que pasaba pero no dejaba de recordar la noche anterior. Estaba obnubilado por lo que había ocurrido en el cuartito del fondo aquella última noche. Entré para dejar la cajita blanca en la alacena que estaba amurada a la pared, en el cuartito del fondo de la casa. Ella dormía de espaldas a la puerta como si mirara la pared y esperara, sin sorpresa y sin querer saberlo, lo inevitable.
Dejé las cosas en su lugar y al salir del cuarto me detuve en la puerta y noté que a pesar de estar cubierta casi hasta el cuello por las frazadas, llevaba el torso desnudo. Caminé el silencio y toqué su cuello. Ella apenas se movió y volví a tocar su cuello pero apreté un poco más fuerte tratando despertarla. Ella volvió a gemir somnolienta y movió su cabeza. Sin dudarlo me metí en su cama.
Antes que el sol iluminara el cuartito me vestí y volví a mi habitación.
¿No le vas a decir nada? - le pregunté al viejo
No, para que voy a perder tiempo. - el viejo se sirvió más ensalada – Mientras siga negando todo, no le voy a preguntar más. Que reflexione
Pero...- preferí callar y seguir comiendo.
Ella, sin levantar la vista, sonrió lánguida y pinchó otro trocito de pollo y lo untó con un poco de mayonesa. Masticó con parsimonia y dejó el tenedor apoyado sobre el plato y vació su vaso.
El viejo se levantó y se paró a su lado. La mesa se sacudió cuando ella trató de levantarse y unas gotas de agua salpicaron fuera de la jarra. Tenía la mano izquierda sujeta a la pata del mueble y la derecha apoyada sobre su pierna. Se encontraba en una indefensión tal que no ofreció resistencia, él le acomodó el pelo tras la oreja y con el anverso de la mano recorrió su mejilla. Abruptamente levantó su remera y sus pechos se movieron por acción y efecto del sacudón, corrió su corpiño y sus pezones al aire se endurecieron. Apretó el derecho y ella frunció el ceño en gesto de dolor.
Mirá este antojo de uva – me dijo
¿…cómo?
Sí, miralo no te lo olvides. Cada vez que te la quieras coger acordate de este antojo.
...pero.
Esto se termina acá – le dijo el viejo y se fue al patio. Ella se bajó la remera y siguió comiendo.
Sus pezones seguían duros y yo comencé a levantar la mesa. Desde afuera el viejo gritó, pidió que ponga el agua para un té mientras ella pinchaba los últimos trocitos de pollo.
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