Luis Ex Machina
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Someone finds salvation in everyone, another only painSomeone tries to hide himself, down inside himself he praysSomeone swears his true love until the end of timeAnother runs away, separate or united, healthy or insaneAnd to be yourself is all that you can do.
"Sereno, anclado, estático. Permanezco en punto muerto.No, eso es una mentira o si no lo es, por lo menos es una equivocación benigna, una agrupación de metáforas erradas. Estoy declinando, declinando sin cesar. Mi marea está descendiendo.Me revelo como una costa rocosa, desnuda y escabrosa, en la que sobre las olas que se retiran flotan oscuras y sucias algas marinas arrastradas por la corriente. Por entre las rocas, los cangrejos verdes se escabullen. Sí, declino, lo que significa que me reduzco, me atenúo. ¿Saben una cosa?, ahora me siento bastante tranquilo con respecto a eso. Por supuesto que mis estados de ánimo varían, peroahora me sientobastante tranquilocon respecto a eso."
"De repente, hay un gran silencio. Distante, oye un último sonido, un instrumento de cuerda, un violonchelo, quizá, pulsado pizzicato, un hermoso sonido melancólico. Twang. La cuerda que vibra. Twing. La cuerda que se rompe. Twong. La lira desafinada. Twang. Twing. Twong. Y nada más. El silencio le envuelve. Es un silencio terminal que retumba a través de las cavernas de su cráneo, el silencio que le sigue a la rotura de las cuerdas del violonchelo, el silencio que llega con la muerte de la música. No puede oír nada. No puede sentir nada. Está solo. Está solo.Está solo.- Tanto silencio - murmura -. Tan solitario. Es... tan... solitario... esto."
"Ahora hay un gran silencio.Afuera el mundo es blanco, adentro, gris. Lo acepto. Pienso que la vida será más apacible. El silencio se convertirá en mi lengua materna. Habrá descubrimientos y revelaciones, pero ningún trastorno. Es posible que más adelante el mundo vuelva a tener algo de color para mí.En vida nos consumimos. Al morir vivimos. Recordaré eso.Me regocijaré. Twang. Twing. Twong. Hasta que muera de nuevo, hola, hola, hola, hola."
Bueno, aprovechando que ando por acá, les dejo un par de recomendaciones musicales que tenía pendientes desde hace, uh, mmm, pues, mucho, pero ya saben, eso dominar salvar al mundo quita demasiado tiempo.
Primero, un grupo escoces con uno de los mejores nombres que he oido en mucho tiempo: We Were Promised Jetpacks. Su primer disco se llama These Four Walls y está es una de las mejores canciones:
Si les gustó, acá está completo, una chulada.
Y luego, un grupo en otro estilo, pero igual de ruleador: Twin Tones. Si les gustan los spaguetti westerns y el surf, lo amarán como yo:
Esta cancion viene en Capello Di Mariachi, enjoy.
Y ya, eso es todo por ahora, pero no se pierdan el próximo episodio, en el cual les traeré el nuevo éxito músical que tomará a sus oidos desprevenidos y les hará el dulce amor otorrinohomosexual.
O no.
Y de pronto, después de años de buscar sin éxito y de darme por vencido, me encuentro esto:
Have you seen me lately?
El amor, el amor, esa cosa tan extraña que inspira canciones tan hermosas como esta:
Oh sí, fuck you!
Por si alguien fue criado por los lobos y apenas hoy llegó a la civilización, este es el nuevo tráiler de Gears of War 3:
Llevo un par de semanas comiendo sanamente (así los fines puedo atascarme de pizza y cerveza manteniendo el Karma), por ejemplo, empezando el día empacandome medio kilo de fruta. Desventajas: todos los días tengo que picar la fruta como si fuera la mujer que Diosito nunca quiso que fuera y por lo cual me dotó de pene. Ventajas: Mis pedos huelen a Glyde Frutal.
Van casi dos meses del 2010 y no he escrito casí nada en este cuchitril, lo cual es una vergüenza. ¿Para quién? Ni idea. En fin ¿Qué han hecho ustedes últimamente? (esta es, obviamente, una pregunta retorica que solo sirve para dar pie a una divagación personal, no significa que realmente me interese lo que hayan o no hayan hecho, por Dios, ni su madre los quiere, ¿Qué esperan de mí?)
Los que me siguen en twitter ya saben que allá sí estoy activo, supongo que se debe a que me permite insultar gente de una manera más personalizada e inmediata. Los que se han negado a abrir una cuenta en twitter también deberían pensar en abrir una cuenta de correo electrónico y navegar por la Supercarretera de la Información. Pffft.
Pero volvamos al blog. Aun pienso que twitter no ha matado a los blogs, simplemente ha hecho a la gente mas distraída. En lo personal, no he posteado no porque no tenga nada que decir, simplemente no tengo tanto tiempo como antes. Entre el trabajo, los videojuegos (50 achievements y 1000 gamerscore en Assassin’s Creed 2, suckers), las películas y el alcohol, nomas no me queda tiempo para escribir mucho. Con trabajos cumplo con Recolectivo. Y hablando de eso, el Libro “Diarios del Fin del Mundo” casi se acaba, lo cual nos da mucho gusto, gracias a todos los que le entraron (y espero las críticas).
Hablando de películas, apenas compre District 9 en blu-ray. Yo no la había visto en cine y había evitado todo tipo de spoilers, quería verla “virgen” y oh, vaya que valió la pena. No me esperaba algo así y debo decir que entró, de golpe y chingadazo, en mi top 5 de películas de Ciencia Ficción. Espero con ansias esos tres años…
También ahí tengo pendientes por ver Ghostbusters (espero que el transfer a blu-ray no sea muy malo), Hero, Star Trek y Shawshank Redemption. También acabo de ver Sukiyaki Western Django, de Takashi Miike, que sí me gustó, pero no es para todos. Ese cine asiático (y en especial el de Miike) es un gusto adquirido. Igual pueden ver a Tarantino actuar en un papel apenas para el (y soltando una referencia geek cagadisima que rompe la cuarta pared).
Ahora que lo pienso, tengo muchas “reseñas” (ja, ¿Cuándo he reseñado algo decentemente?) pendientes. Por ejemplo, Avatar. No pienso decir nada que no se haya dicho ya (y no hare chistes sobre los Thundersmurfs y variaciones). Solo diré que si, es visualmente interesante y que en cuanto Salí del cine se me olvido. Ahora solo espero verla en blu-ray en mi casa para ver realmente que tan chingones están los efectos especiales (en 3D baja la calidad de la imagen).
¿Qué más tenemos pendientes? *revisa su agenda, en donde solo hay dibujitos pornográficos garabateados al azar* veamos…
Oh si, dentro de mis recientes adquisiciones esta un libro que debe leer todo hombre que sueñe con tener pelo en pecho y barba cerrada:
Cuando un libro tiene un tráiler, sabes que tiene que ser bueno.
Ahh, y de paso, una recomendación musical: Mando Diao (si, YO los acabo de conocer, ya sé que ustedes los escuchan desde que tocaban en un garaje en Suecia y que tienen todos sus discos y ediciones especiales y que son melómanos consumados además de guapos e inteligentes, nobody cares). Es muy raro que a estas alturas del partido me gusten grupos con, para empezar, vocalistas, y para acabarla de chingar, de música “buena ondita”, pero DOS discos DOS de Mando Diao me dieron un putazo a la mandíbula y me traen todo apendejado: primero, Give Me Fire y luego Never Seen the Light of Day. El primero es escandaloso y ponedor, el segundo podría ser la banda sonora de una película francesa setentera. Pueden descargarlos en la pestaña de "Musica" que esta en el allá arriba en el header.
¿Qué otra cosa? *mas dibujitos pornográficos*. Oh sí, también cambie mi Blackberry Flip por un 8520, que es una chulada:
Todos los que en algún momento han batallado con el trackball de los BB, deben voltear a ver este modelo, que cambio esa bolita delicada por un touchpad a prueba de dedos mugrosos.
Y aquí le paro, porque tengo cosas que hacer *más dibujitos*, pero tampoco voy a caer en el viejo truco de decir “tratare de postear mas seguido” porque a mí ya no me cree ni mi madre, en lo cual la apoyo completamente.
Y volviendo al principio, les recomiendo que chequen twitter, la mayoría del tiempo es tremendamente divertido, si saben insultar a las personas correctas.
En unos minutos mas, a las 10 pm centro (8 pm Tijuana) la transmision en vivo de la presentacion de libro de Recolectivo en Tijuana:
Click Aquí.
Estaran Manuel Lomelí, Daniel, Tania y Cesar.
Gracias.
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Ya llegó, ya llegó…es el Fin, al final, es el Fin, nuestra Muerte. Eskorbuto
Anticipo el final, dispongo mi ánimo para el cataclismo mientras aguardo a que acaben de abrirse las puertas del Infierno. La oscuridad es tempranera y los fantasmas salen a la superficie. Camino por el hielo como los personajes de Profundidades. Abajo aguarda el abismo, los monstruos dormidos, nuestro Apocalipsis de cada tarde.
(Aquí arriban muchas esperanzas y se acaban por disolver, aquí todo es efímero, desechable y lo peor es que no se recicla, ni siquiera se biodegrada, se queda ahí, contaminando la tierra, chupando sangre como una garrapata, negándose a dejar de existir, depredando cuanto se mueve a su alrededor).
Por ahora estoy feliz. Mi felicidad es una niña en patines de hielo deslizándose a toda velocidad por una delgada superficie a punto de romperse. Bajo el hielo hay un abismo sin fondo poblado de monstruos (ahí debe habitar el monstruo de la taza del baño por cierto) Pero en este momento la niña está patinando como si nada. Si la capa de hielo es gruesa o está a punto de derretirse es cosa que le tiene sin cuidado. Hoy estoy patinando, mañana quién sabe. No hay que buscarle muchos misterios donde no los hay.
Como el asesino vuelve siempre a la escena del crimen y el salmón a contracorriente retorna a desovar al estanque de origen, uno siempre acaba por volver a ese abrevadero inacabable de letras desparramadas.
En el efímero texto de la vida, redactamos con exceso de comas, puntos suspensivos, a veces punto y seguido. Muy de vez en cuando colocamos ese punto y aparte que pone fin al párrafo e inicia otro. El punto final, en cambio, es un signo inutilizado. Rara, muy rara vez ponemos punto final. Hoy nos toca ponerlo Como herencia nos quedan los Diarios del Fin del Mundo. EL GUSTO ES MIO. GRACIAS.
Año nuevo esperando mi vuelo que para variar se atrasó otra vez. Harta de beber café y leer la misma revista me distraigo viendo a la gente pasar. Y lo que nunca creí posible: te vuelvo a ver aquí. A pesar de que no te había visto en diez años, reconozco al instante tu abrigo horrendo y tu forma de caminar.
Has cambiado un poco, tu espalda está más ancha y has subido un poco de peso. Creo que le va a tu estatura. Apostaría que te ves mejor que en aquél entonces.
¿Recuerdas la última vez que nos vimos? Creo que sí. Yo sólo recuerdo pedazos:
Fuimos a tomar una cerveza y me comentaste de que te había hecho un favor al terminar contigo porque al fin te habías podido acostar con… no recuerdo su nombre. Era un nombre común con D. ¿Dana? ¿Dulce? ¿Diana? ¿Denisse? Te felicité aunque para mis adentros me pregunté cuál era el protocolo social de una conversación entre exes. Cuando llegamos a mi casa seguimos platicando y sacaste de tus pastillitas mágicas. En la plática quisiste darme un masaje y volví a perder la noción del tiempo. Cuando me di cuenta de que estábamos teniendo sexo te empujé y te corrí de mi cuarto. Al día siguiente decidí que no deseaba tu amistad.
Y ahora veo tu chamarra espantosa entre el gentío del lugar y como la hipócrita cabrona que les dijiste a todos que era te miro desde mi rincón midiendo las circunstancias y viendo lo que el tiempo te ha hecho a ti.
La mujer que te acompaña (quién por alguna razón estoy segura que su nombre empieza con D.) te abraza y te rodea como un satélite enamorado. Me doy cuenta porque así estuve yo tantas veces: como una pequeña lucecita que daba vueltas a tu alrededor y que resplandecía en función de complacerte con todo. Me da nostalgia, no lo niego. Pero por mí misma: extraño a mi corazón cuando era tonta y te creía todo. Cuando creía que la gente no mentía (¿para qué si yo soy de confianza?) y que yo era una personita especial destinada a ese destino hermoso que uno se inventa. Cuando no era práctica y todo me parecía bonito. Extraño en ocasiones ser esa pendeja… sufres mucho ¿sabes? pero tiene su encanto.
Antes de desaparecerme de tu vida si me quedé con la espinita de quitarte algo a ti. Desquitarme. Pero al principio me dio miedo (por las amenazas que empezaron a llegar a mi trabajo)… y después mucha flojera. Y esta tarde es tanto mi aburrimiento que ahora espero una chispa de ingenio, una idea espontánea, una línea inteligente para levantarme y hablarte; nada más para ver que cara pones.
De la nada me doy cuenta que yo si tuve un final. Me convertí en una persona cínica pero con el corazón seguro. Cambié. Algo mío te llevaste cuando te mandé definitivamente a la chingada. No te puedo decir que gané o perdí pero sí que yo si tuve un fin. Adiós taradita inocente… quiero pensar en un momento clave y no puedo. Simplemente empezó hace diez años y sucedió poco a poco.
Te miro y entiendo porqué te reconocí. Tú eres el mismo, tienes lo mismo que cuando me enamoré de ti: una mujer jóven halagando todo lo que haces, el porte altanero, el mismo abrigo, el control. Nada en ti ha cambiado.
La salida de mi vuelo es anunciada y suelto todos mis recuerdos y divagues para irme. Paso a tu lado completamente consciente de que aún si me ves de frente, nunca te darás cuenta de quién soy yo.
Hace mucho tiempo los Sabios de Tralfamadore se encontraban muy ocupados rascándose los tompiates. Tan concentrados estaban en esa tarea que no tenían tiempo para nada más y eran infelices.
Hasta que un buen día, a uno de ellos se le ocurrió una idea genial y la anunció al resto.
- Sabios de Tralfamadore, se me ha ocurrido una idea genial ¿qué tal si en vez de que nosotros nos rasquemos los tompiates, actividad que consume todo nuestro tiempo, conseguimos a alguien más que lo haga?
- Eso está muy bien, Sabio de Tralfamadore - dijo otro. -Pero ¿cómo haremos para conseguir quien quiera rascarnos nuestros tompiates sabihondos? ¿Ponemos un anuncio en el periódico?
- No - dijo el Sabio de Tralfamadore al que se le había ocurrido la idea. - Haremos un blog colectivo en el que escribiremos nuestras ocurrencias semanales y al cabo de unos meses tendremos a una legión que estará dispuesta a rascarnos los tompiates. Los reconoceremos muy fácil por sus exabruptos.
A los demás Sabios de Tralfamadore les plugo la idea y la pusieron en práctica.
Después de unos meses, cada Sabio de Tralfamadore tenía una fila creciente de dispuestos a rascarle los tompiates. Como había indicado el autor de la iniciativa, eran fáciles de reconocer por la estridencia monótona pero entusiasta con la que exigían su atención.
Durante un tiempo los Sabios de Tralfamadore continuaron criando a sus rascadores de tompiates. Uno de ellos llegó a acumular a doce docenas de rascadores, por cada tompiate, en una sola semana.
Entonces ocurrió lo impensable.
A los Sabios de Tralfamadore, de tanta rascada, se les pusieron morados los tompiates y decidieron irse de vacaciones.
Desde ese día, los rascadores de los tompiates de los Sabios de Tralfamadore viven esperando su regreso. Mientras, para consolarse, se escarban la nariz.
Nota: Los Sabios de Tralfamadore son unos alienígenas del Vonnegutverso. Los tomé prestados para el tema de esta semana. Suelen dedicarse a actividades contemplativas y a proyectos manirrotos. Si los conocen es porque han leído a Kurt Vonnegut y los felicito. Si no los conocen es porque no han leído a Kurt Vonnegut, pero ese es un defecto que no tiene porque ser permanente.
La palabra fin es, como las palabras amor, felicidad, dios y sexo, un camino amplio y sencillo a la malinterpretación. Es una palabra que sugiere que las cosas en el universo son una larguísima linea y, como la historia humana, es el punto último de la raya recta y rígida de los destinos.
Yo no lo sé, y no porque sea un relativista de mierda o un borreguito confundido varado en la cúspide de la nada. Lo que si, es que adoro los finales. Para mi son augurios. Son albas cuyos rayos penetran a través de la cerradura de la próxima puerta. Basta abrir y caminar hasta la siguiente, y aunque ese procedimiento parezca lineal, o rutinario, es muy probable que las cosas del hombre y su mundo sean, en realidad, la apertura recalcitrante y necia de la misma puerta, una y otra vez.
El eterno retorno, dirán los más taimados. Pero como tampoco simpatizo demasiado con Nietzsche, he decidido no ponerle un puto nombre a esto de acabar y volver a comenzar. Solo digamos que está en nuestra naturaleza la posibilidad de reiniciarnos, aun cuando nos neguemos a eso, y nos aferremos a una linea inacabable de sucesos distintos que eventualmente terminan con todo, contradiciendonos. Aun cuando nos neguemos a renunciar, a poner un fin, e hinquemos dientes y uñas a lo que creemos tener o ser. Siempre y siempre hay posibilidad de tener otra cosa, de ser otro.
Este es el tema número cien de Recolectivo, y el capataz de este congal, Luis, nos previno: sería el último tema, y lo mejor es despedirse. Sonreí al leer su correo, tan frugal, concreto y sin tapujos, pero con aire veleidoso. Me dije: ¿qué debería escribir para despedirme? Y pensé, por supuesto, en nada. Pero al final me vencí y decidí venir a ser, por primera vez, sincero con todos ustedes, los que leen, trolean, insultan o guardan silencio.
Jamás he escrito sobre mi en este sitio; todo lo que así ha parecido han sido mentiras bienintencionadas. No lo haré tampoco ahora porque probablemente acabe siendo injusto conmigo o con ustedes, y les muestre una mentira hilvanada de lo que esperan leer, lo que creen saber de mi por lo que han leido y el patetismo que todos los seres humanos arrastramos y que tratamos de ocultar con pretenciones, ambiciones, logros y el ruido de nuestra verborrea e intelectualidades. Al final olvidamos que somos seres que cargamos con tres a seis kilos de mierda en los intestinos, y todos los días compartimos con el ser de a un lado, la honrosa necesidad de sentarse a defecar o de dormir para soñar, al menos que seas un estreñido o un insomne, y entonces eso también lo compartes con alguien más.
Pensé escribir un relatito para los trolls. Uno sobre su famoso muerte al puerco joto latino. Imaginé que ese vituperio se escuchaba en los patios de un palacio, por una turba encrespada dispuesta a linchar a un hombrecito que, hace mucho, se quedó sordo y se resguarda del odio de los demás en sus reflexiones y demonios. Sentí la necesidad de darle ese honor a los pacientes anónimos que vienen e inundan estos posts con sus debrayes, como monzón veracruzano. Pero al comenzarlo, era tanta mi risa que se transformó en enfado, y el enfado truncó mis intenciones de rendirle pleitesías a todos esos locos cuyo humor - por desgracia - nunca pude comprender o disfrutar. A ellos, les pido una disculpa por no poder sentir cualquier cosa por sus retahilas: ni risa, ni odio, ni coraje o irritación. De verdad, disculpenme. Fuí insensible
Luego quise hacer una exposición de motivos. De los mios para venir a escribir aquí. Pensé en disculparme por todas esas veces que soné arrogante, escolástico o soporífero (las más, lo sé), pero entonces hubiera tenido que disculparme por suponer que alguna vez no lo fuí. Pensé también en disculparme por aquella respuesta que di a la entrevista que nos hicieron en no recuerdo que blog. Pero luego supe que mi respuesta fue un realidad mi esfuerzo para nutrir la dinámica, y que escupir una respuesta llena de suficiencias y considerandos me hubiera hecho sentir como un mentecato con investiduras de merengue y papel picado.
Quizá lo que debería hacer es pedir una disculpa por venir a escribir aquí una opinión sincera. Siempre pensé que se me invitó para ficcionar y entretener con relatitos impersonales, al que quisiera venir a leer. Que mis opiniones irrelevantes y espumosas me las podía guardar para cualquier reunión de imbéciles en fin de semana. Mi obligación - creí siempre - era espulgar mi imaginación en busqueda de un relato salido del tema semanal. Y eso es un asunto que obedece al esfuerzo y la reflexión, no a inspiraciones, musas o espasmos de genialidad. Yo nunca he sido un hombre inspirado ni genio, y más que musas, tengo serías motivaciones para salvarme a través de la escritura. Cualquiera que se halle sometido al hierro rutinario de la vida, sabe que existen esas pequeñas pasiones que salvaguardan nuestra integridad y nuestro espiritu. En mi caso, venir a escribir a Recolectivo me complacía sobremanera.
Como sea, me he extendido demasiado. No voy a pedir disculpas por eso porque quizá el que se las merezca ni siquiera llegó hasta éste párrafo. El que haya llegado no aceptará mis disculpas. Quizá sonreirá conmigo y, si tuvo la osadía y paciencia de leerme, podrá por fin percibir con esto último que escribo aquí, un pedazo de mi, que soy, de verdad, muy patético, humano y habitual, y que cago y duermo como el que más.
Y bueno, acabo diciendo que si, esto es el final. Y como dije al principio, todo final invita a renovaciones. Los que sobrevivimos a este proyecto, en verdad, ya estamos pensando en otros escenarios, en nuevas voces, en otro rumbo. Es la misma puerta, al menos yo no me engaño, pero el placer de abrirla de nuevo me hace sentir que toda renovación es una esperanza modesta. De esas que aun tenemos cuando vamos a votar cada seis años, incluso los desengañados, los cínicos y los criticastros a ultranza.
Prometo pronto, abrir con los que nos acompañen, la próxima puerta hacia el otro Recolectivo. A los que me leyeron para odiarme o disfrutarme, les doy las gracias.
Allá por el 2002, cuando fuimos a La Habana, me dio por entrarle duro a los puros e incluso compramos clandestinamente una caja de suculentos cohíbas a precio de ganga. Sin embargo lo de los puros fue una moda pasajera y muchos de esos cohíbas los acabé regalando al volver a Tijuana.
He tenido amigos que son auténticos chacuacos y en mis años mozos tenía la puntería de agarrarme como novias a puras fumadoras compulsivas. Sin embargo, yo nomás no agarraba ese vicio. No es lo mío pues.
Debo aclarar que cubriendo el Ayuntamiento de Tijuana, es imposible no fumar de vez en cuando un cigarrito en los pasillos de ese horrible inmueble mal llamado Palacio.
Compartiendo el humo con funcionarios y colegas, han brotado innumerables grillas y rumores políticos que van tomando forma conforme se consume el cigarro.
Sin embargo, hay algunas muy selectas y específicas ocasiones en que en verdad siento deseos de fumar. El otro día, platicando con mi colega René Gardner, coincidimos en que nunca dan tantas ganas de fumarse un cigarro como cuando estás frente a un muerto.
Tal vez quien no se dedique a esto no pueda comprenderlo, pero cuando acudes a cubrir a un ejecutado, algo que sucede con relativa frecuencia en nuestra ciudad, sientes unas inmensas ganas de prender un tabaco.
Pese a que no soy un policíaco, lo cierto es que por la naturaleza propia de mi chamba y de la ciudad donde vivo, me toca acudir a ver muertos por lo menos una vez al mes (mis guardias están malditas señores y siempre se pintan de rojo) Cuando llegas a la escena del crimen y miras las torretas encendidas, los curiosos que se amontonan mientras los de Periciales cuentan los casquillos, sientes una inmensa necesidad de atiborrar de humo los pulmones. Recuerdo cuando asesinaron a Angélica, la jefa de publicistas de Tv Azteca. Llegamos a la colonia Hipódromo antes que los ministeriales, el cuerpo de la chica yacía dentro de su automóvil y los familiares proferían escalofriantes gritos de dolor. Sin embargo, antes de empezar a hacer mi trabajo, preguntar los datos elementales a los policías e interrogar a los curiosos para ir armando mi nota, caí en la cuenta de que me era imprescindible conseguir un cigarro a como diera lugar o de otra forma no podría empezar a trabajar. Sólo frente a los muertos me puedo considerar un fumador compulsivo. Señores empresarios tabacaleros, os informo que los cadáveres actúan ante mí como promotores del vicio.
Mataron a Manuel dos días antes de que renunciara al periódico donde fui reportera durante diez años. Aunque suene kafkiano, esta es la historia de mi renuncia, no de la muerte del hombre que también amé todo el tiempo. Y es que al hablar de mi renuncia, de alguna manera estaré hablando de él, y eso me reconforta. Me hará sentir menos egoista.
El día que murió me tocó la guardia: debía quedarme en la redacción hasta las once de la noche, sola, con el último editor sentado frente al monitor, tecleando mientras yo diluía las horas viendo fotos en facebook y escuchando las transmisiones bruñidas del escaner policiaco a la espera de noticias de último momento. Eran las ocho y cinco de la noche, y oí el reporte de un policía reportando a central, en esos códigos ridículos, el hallazgo de varios cadáveres.
No había ningún fotógrafo; tomé mi cámara y manejé bien adentro del Cañon del Sainz, al sureste de la ciudad, en sus linderos. Antes de llegar a un desarrollo de interés social, luego de pasar dos kilómetros de baldios y basureros clandestinos, de tejabanes podridos, chozas desperdigadas cada cien o doscientos metros, separadas entre si por parapetos de llantas y tablones de cascajo, me hallé a una patrulla que detenía el paso hacía una vereda que descendía sobre un llano insondable, y donde las luces de media docena de vehículos, sus faros y sirenas, y el vaivén de las lámparas de mano, eran el único punto de referencia. Prensa, le dije. Y me dejó pasar.
El camino apareció con las luces de mi auto. Manejé ciento cincuenta metros solo para descubrir que enmedio de los vehículos, en un perímetro de veinte o treinta metros cuadrados estaban apilados, como islotes de carne fusiforme, los cadaveres de un número incalculado de hombres. Ninguna mujer, me dijo un oficial que se me acercó, sin que se lo preguntara. Había también otros cuerpos tirados ahí y allá, víctimas dobles de la pereza de sus asesinos. Uno de esos era Manuel. Lo descubrí enseguida, y fue como si él hubiera querido que así fuera: al tomar la primera foto.
Al comprobar en la pantalla de mi Canon, ahogué el horror y su grito en un mareo inevitable que parecía atornillar mi cuerpo en el llano, entre el salto de luces y los destellos de otras cámaras. Es él, musité. Adentro de mi cámara llevaba también otras fotos que le había tomado. En la última sonreía con la boca y con los ojos, levantando su mentón hirsuto y altanero, con medio rostro ensombrecido y el cabello desordenado cayendo por la frente.
Atónita, continúe tomando más fotos alrededor del perímetro. Llegaron los peritos, llegó el forense. Llegaron también unos de inteligencia militar con unas lámparas enormes que estallaron sobre los cuerpos, emblanqueciendo la sangre y la tierra por igual. Yo jamás perdí el control, me dije. Y tampoco lo perdí ahí. Luego escuché que un militar le preguntó a uno de forense ¿cuántos son? Y el otro le dijo: cuarenta y siete en total.
Me recobré del estupor cuando tuve al editor a lado mio exigiendome la nota. Había regresado al periódico y me decía cosas como: escríbela ya, que ya debemos cerrar edición. Manoteaba, también. Yo asentía asombrada de haber logrado regresar, pero descubrí que no podía teclear, que no había podido escribir un solo párrafo, y que frente mio estaba la luminosidad del monitor, blanca y recalcitrante, como el flash violento que descubrió el cuerpo de Manuel.
¿Qué podía escribir? Que habían hallado cuarenta y siete hombres muertos en el Cañon del Saenz, en un llano baldío, un bolsón inhabitado de Tijuana, en un abrupto entre dos cerros sin nombre, llenos de tropiezos, malezas y espesuras. Hombres anónimos, desconocidos; apilados como ofrendas de terracota y carne. Parias irrelevantes que se apelmazarían en las planchas del anfiteatro de la ciudad, fotografiados para el almanaque de muertos sin identificar. Ahí va el hombre que yo amo, me dije. Y él no es otro número.
No es estadística, no es cálculo, no es una tacha, ni rayón, no es muesca, o una diagonal temblorosa en el cuadernito de corte italiano del policía que escucha atento al muertero contar uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho...
Me negué a escribir la nota más impactante del día. Debía poner el nombre de Manuel completo o escribir nada: anunciar que murió, que todos sepan que el hombre de mi vida había muerto. Que ya no existiría, y que con él también murieron los padres, los hombres, los hijos, los amantes, enemigos, amigos de otros. No eran cuarenta y siete cadáveres. Meneé la cabeza y le dije al editor que no escribiría la nota. Histérico e impaciente, señaló su reloj: las doce y media de la noche. Había retrasado una hora el cierre del periódico. Su rostro iracundo era la frialdad numismática de todos los muertos del mundo enumerados para aparecer en las notas de los periodicos del planeta: cien muertos en Irak, cien más en Somalia, cien otros en Afganistán, cien más en Colombia, otro ciento en México, en Sierra Leona, en la esquina más improbable del mundo, cien, cien y cien, y de pronto miles, y la única muerte del mundo que parecía ayudarme a comprenderlo todo, era la de un solo hombre, uno pequeñito, insignificante, endeble, enterrable, lamentable, hijo de una mujer y un hombre como todos nosotros, y el amor único de toda mi vida.
Era como si el asesinato de un solo hombre fuera la crónica de todos los muertos de este mundo. Una crónica larga, pues los muertos de este mundo se cuentan por miles. Y es muy difícil dejar de contar.
"Los encargados de enseñarme historia de México eran tontos e incompetentes."
Esa de arriba es una frase recurrente cuando en textos, ahora muy a la mano por el próximo bicentenario, leo de episodios nacionales que los encargados de enseñarme historia en la escuela resumían en dos patadas, quitándoles todo el chiste. Por ejemplo:
"... entonces Victoriano Huerta traicionó a Francisco Madero y lo mandó matar".
fue como un profesor de historia de México me echó a perder la Decena Trágica a la que consideré, mucho tiempo, sólo como un desacuerdo entre un señor de lentes y un chaparrito de piocha que culminó con la muerte del último y tan tan. Transcurrieron años para que me enterara un poco más de lo que había pasado en esos 10 días de balazos y madrazos en la capital del país.
El episodio que más me gusta de la Decena Trágica no lo protagoniza ni Madero ni Huerta, sino un señor con muchos huevos que se llamó Lauro Villar. Su intervención fue fugaz pero decisiva.
Primero los antecedentes:
En la madrugada del 9 de febrero de 1913 oficiales y alumnos de la Escuela Militar de Aspirantes de Tlalpan se apañaron transportes de la estación Tlalpan en los que arribaron al Zócalo. Al llegar, se subieron a la catedral y a los edificios que rodeaban la plaza.
Mientras tanto, el general Manuel Mondragón liberaba a los generales Bernardo Reyes y Felix Díaz (presos por insurrecciones fallidas contra Madero en las prisiones de Santiago Tlatelolco y Lecumberri) y se fueron los tres muy contentos al Palacio Nacional.
Ahora sí va la acción:
Cuando llegaron descubrieron que el general Lauro Villar ya había bajado a zapes de las azoteas y de la catedral a los de la Escuela de Aspirantes y había dispuesto la defensa del Palacio.
Entonces, los sublevados mandaron a un cuate de Mondragón, el general Gregorio Ruiz a hablar con el general Villar para que se uniera a su causa. En respuesta el general Villar lo bajó de su caballo y lo hizo preso.
El general Bernardo Reyes que era cuate del general Villar, ha de haber dicho "mejor voy a hablar yo con él". A lo que los generales Díaz y Mondragón han de haber respondido "ve, aquí te esperamos".
El general Reyes se detuvo frente a la puerta de Palacio Nacional y salió el general Villar. Tuvieron una discusión como la siguiente:.
- Bájese del caballo, general Reyes - dijo el general Villar.
- No me bajo, general Villar - dijo el general Reyes.
- Pues chingue a su madre, general Reyes - dijo el general Villar.
- Pues chingue ud a la suya, general Villar - dijo el general Reyes.
Y cuando el general Villar se incorporó a sus fuerzas, estas abrieron fuego. El general Reyes finalmente se bajó de su caballo cuando cayó muerto a los primeros disparos. La balacera subsecuente mató a más militares y mirones.
El general Villar resultó herido en el cuello y con la clavícula fracturada y lo tuvieron que llevar al Hospital Militar. Cuando Madero llegó custodiado por alumnos del Colegio Militar desde el castillo de Chapultepec nombró como relevo de Lauro Villar a Victoriano Huerta lo que bien podría pasar como una de las selecciones de personal más funestas de la historia de México.
O quizá no, porque en los meses que duró Francisco I. Madero demostró que era muy pendejo gobernando.
Y ya. Esa de Lauro Villar, fue la única acción militar de la Decena Trágica de las que he leído que valió la pena. El resto de las acciones militares fueron entre ridículas y trágicas. Hasta la mentada "Marcha de la Lealtad" que consistió en llevar a Madero de Chapultepec al Zócalo me da la impresión de que fue más una de las últimas pantomimas maderistas para salvar apariencias que un "momento estelar del ejército mexicano".
Pueden leer más al respecto aquí y acá.
Siempre que pienso en eventos históricos, pienso en la pequeñez del hombre común. Del hombrecito varado en algún punto recóndito de un país, de un estado, de alguna identidad nacional que se convulsiona sin que él se entere o le tenga preocupado.
Pienso en una nota viejísima que apareció en el Pennsylvania Inquirer (el periódico que con el tiempo se transformó en el Philadephia Inquirer), el tercer periódico más viejo de Estados Unidos. El texto fue publicado en 1832 por Jesper Harding, y habla de un hombre de sesenta años que vivía en un punto entre Guanaceví y Santiago Papasquiaro, en Durango. La peculiaridad del viejo era que, todavía once años después, no estaba enterado de que vivía en un país independiente.
Contrario a lo esperado, la noticia que le dio Jesper Harding no inmutó o exaltó al viejo, que se limitó a levantar los hombros y decir que si unos se fueron, otros vendrán, y que lo mejor era seguir trabajando. Harding no hace una descripción exhaustiva del asunto; para él, la ignorancia e indiferencia del hombrecito le resultó escandalizante, y reflexionó: ¿Era esto el verdadero nacionalismo de la joven patria mexicana?
Luego, y situando lo que escribo en el ardid baratísimo del bicentenario, me gusta recordar lo que todavía cuenta mi abuela materna respecto a su padre - mi bisabuelo - que sirvió en el ejercito villista, en el grupo de Ramón Contreras quien fuera, además de su lugarteniente, el guardaespaldas que logró escapar cuando Doroteo Arango fue asesinado.
Cuando se dio la leva y los villistas recogían pueblo por pueblo, en cada casa, a veces al amanecer y otras veces enmedio de la noche, la familia de mi bisabuelo tuvieron que despedirse de éste y de otro hermano para que fueran a pelear a lado de cuatreros, ladrones y asesinos. Su padre, mi tatarabuelo, murió de tristeza creyendo que sus dos hijos mayores se habían transformado en viles bandoleros, y no en soldados de la Revolución Mexicana.
Como él, quizá hubo muchos. Mi abuela narra lo difícil que fue para muchas padres y madres comprender la dimensión de ver a sus hijos reclutados a la fuerza por cuadrillas de lo que a todas luces eran delincuentes, parias y asesinos. Dudo muchísimo que el porte de la división del norte haya poseido una dignidad militar impecable y ecuestre. Era muy lógico que la plañidera materna supusiera lo peor: hijos metidos a la gavilla que probablemente acabarían fusilados o ahorcados.
Como sea, todo lo anterior me hace pensar que el nacionalismo en los sucesos históricos son un agregado que condimenta lo que historiadores, narradores, escuelas, programas educativos, fiestas, fechas, desfiles, profesores, padres y folklore nos meten a marchas pavlovianas. Incluso sin el nacionalismo, muchos dirán que de todas formas fueron fechas gloriosas, y que no hay nada más precioso que leer los detalles de las batallas, de los pasajes, de los diálogos, de las intrigas y valores de este o aquel villano o prócer. Yo francamente no sabría decir si fueron plausibles o si es necesario desmentir o desmitificar a este o aquel personaje o suceso.
Lo que si, es que al pensar en el hombre pequeño, aquel que poco o nada tuvo que ver con los sucesos históricos, y que muere anónimo o indistinto frente a las vicisitudes del todo, una sonrisa llena de ironía me invita a descubrir la enorme cursileria con la que hemos aderezado fechas que, si bien reflexionamos, son amargamente contradictorias con nuestro presente nacional.
Siempre llovía en mi cumpleaños. Podía fallar la piñata, el pastel, los regalos, pero nunca el agua. Las nubes negras siempre llegaron puntuales a Monterrey. En Tijuana en cambio nunca llueve en abril. Su temporada de lluvias, si es que temporada se le puede llamar, es en enero, cuando muy tarde febrero. Eso sí, cada cinco o siete años es con catástrofes diluvianas. Lo de las lluvias primaverales es cosa de tierras regiomontanas.
Desde que vivo en Tijuana nunca ha llovido en mi cumpleaños. Pero de una cosa sí estoy seguro: El 21 de abril de 1988 Tijuana amaneció bajo la lluvia. Todas las crónicas de mis colegas reporteros que cubrieron el hecho, coinciden. Todos, sin excepción, sostienen que esa mañana estaba lloviendo a cántaros. No me he cansado de revisar en hemerotecas lo que publicaron los periódicos tijuanenses del 22 de abril. Los he leído una y otra vez sin cansarme. Saqué copias de todos los ejemplares e incluso los traigo conmigo.
La mayoría de los que eran reporteros en esa época y cubrieron el hecho, hoy son veteranos jefes de redacción que se oxidan en una oficina o simplemente reventaron y se dieron cuenta que el periodismo no ha sido ni será nunca una apuesta de vida. En cambio, en 1988 yo era un adolescente conflictivo al que ni por la cabeza la pasaba dedicarse al periodismo y que tardó once años en saber que en el mundo había existido un columnista irreverente y combativo llamado Hilario Calleja al que mataron en una mañana lluviosa de primavera. Sí, llegué muy tarde al caso, cuando en teoría todo estaba escrito. Tras litros y litros de tinta desparramados en el caso Hilario Calleja, se le considera un tema agotado, condenado a perpetuidad a la página negra que X en la Frente saca cada viernes. Nadie se imagina que yo estoy a punto de hacer que este caso resucite como Lázaro de su tumba y que 22 años después, volveré a poner a Calleja en boca de todos y escribiré el artículo más contundente sobre el tema que jamás se haya escrito. Sólo resta esperar la llamada para empezar a reconstruir los hechos.
Ese día nadie aventuraba aún la hipótesis de Salomón Saha como autor material del asesinato de Hilario Calleja. Mucho menos iban a mencionar el nombre de Alfio Wolf. Se referían únicamente al extraño asesinato de un periodista, emboscado en una calle cercana a su domicilio minutos después de las 9:00 de la mañana. El parte de la Policía Municipal reportaba cuatro impactos de bala sobre el cuerpo de Calleja que quedó tendido sobre el volante de su automóvil, cuyo parabrisas, obvia decirlo, fue pulverizado por los impactos, lo que me hace pensar, aunque no es señalado de manera específica, que el cuerpo del periodista acabó empapado bajo la lluvia. Dos balas en el pulmón, una más en el cuello, sólo una en la cabeza que entró por el pómulo. Muerte instantánea. Testigos anónimos se referían a un estereotípico Grand Marquís de vidrios oscuros y sin placas. Por supuesto, ninguna edición señaló que los asesinos huyeron a refugiarse en el Hipódromo. Eso se sabría hasta después. Y yo, en lo personal, lo sabría mucho después, hasta que llegué a vivir a Tijuana en la Primavera de 1999.
Me enteré que la Alta y la Baja California se habían hundido porque le marqué a mi esposa y me mandaba al buzón. Mi mujer siempre responde. Vivía con el teléfono metido en el culo. Probablemente ni siquiera lo soltó para nadar.
Le hablé a su hermana y tampoco. Marqué a casa de Alberto, de Rafa, de Heriberto, de Gil, de Sandra, a la mamá de Rafa; incluso marqué a casa de mis hijos, y nada. Encendí el televisor y ahí estaba. Eran las cuatro y media de la madrugada, y la caja tonta anunciaba con voz alarmada de locutor egresado del Iteso, que entre la falla de San Andrés, y sus hermanitas Garlock y Calaveras, el asunto había terminado por colapsarse, para además inundar la costa de Arizona, Oregon, Nevada, Sonora, Sinaloa y Nayarit.
Por supuesto, eran chingaderas. El asunto sucedió cuando yo estaba encumbrado como el narco más poderoso del cártel de Tijuana, y cinco horas antes de sentarme frente a los jefes de los carteles de Sinaloa, el Golfo y Juárez. Si me presentaba ahora con ellos, lo más probable es que se cagarían de risa contemplandome como un rey sin reino. Como padrote sin prostitutas. Y me coserían a balazos, si bien me iba.
Cualquiera entendería que a falta de Tijuana, llegar a cualquier sitio presentando credenciales de jefe de un cártel sin territorio, solo convoca a la pena ajena, o a preguntas dolorosas y tristes como ¿que se siente haber perdido todo?
Consternado entonces porque había dejado de ser capo por razones geográficas que todavía estaban fuera de mi entendimiento, me puse a recordar cuando mi camarilla y yo paseabamos por Tijuana, encamionetados y con mucha coca en el pescuezo, y mujeres para celebrar lo que siempre celebrabamos: ser los dueños de todo. Ahora - me dije - soy dueño de nada. Y ni el dinero que tenía en las muchas lavamáticas bancarias me consolaba. Yo quería mi Tijuana para poder decir: soy el jefe de jefes en esta ciudad, y para trabajar aquí tendrán que hablar conmigo.
En vez de eso salí a caminar por Cuernavaca, y aunque el clima era inmejorable, yo estaba desconsolado. Ya no quería nada con la vida. ¡Ya no tenía territorio que defender! ¿A quien le cobraría derecho de piso si ya no había piso? ¿En que tierra enterraría a mis enemigos? ¿En donde cavaría mis narcotúneles y mis narcofosas? Ay, pobre de mi. De verdad solo quería darme un balazo en el mero corazón. Como se suicidaban los hombres antes. No como ahora, en la cabeza, que quedan con los sesos de fuera y el rostro descuadrado. Eso echa a perder el velorio. La gente se asusta y no luciría el ataud chapado en oro que ya tenía comprado por si las dudas.
Tanto pensaba en darme un tiro al pecho, en el féretro de oro, en los corridos que tocarían, en mi Tijuana hundida o derrumbada en el chingado oceano pacífico, por donde tantas veces llegaban pangas cargaditas de motita, que no me di cuenta cuando me cayó la federal, y si hubiera tenido mi escuadra con cachas de diamantes, me cargaba a más de uno para que de paso me mataran, pero no: la chingada escuadra también se había hundido guardada en mi casota en Playas de Tijuana. Eran, en verdad, chingaderas.
Cuando me presentaron con el chingón del Ministerio Público, también estaba un coronel, sus mandaderos, y un mozo bien vestido que fue el primero en hablar: Don Félix, lo mejor es que coopere. Yo los vi a todos y murmuré: son chingaderas. Al coronel le dio mucha gracia, y me dijo el muy insensible: ora si que se le hundió todo el negocito, don Félix. Y como soltó una risita, todos los demás también se rieron a mis costillas. Ora si puedes decir que eres el jefe del Cártel del Oceano Pacífico, jojojo, jajaja, jijiji. Y entre risa y risa, decían también cosas como: podría reclutar tiburones de sicarios, o ballenas para mover la mota y la coca, jajaja, jijiji, jorjorjor.
Tanto se reían, que me dio mucho coraje, y les dije: A ver, bola de cabrones groseros, y toda la demás gente que se ahogó ¿qué? ¿Por qué no se burlan de ellos? Pero ni así dejaron de hacer chascarrillos sobre mi mala suerte, hasta que el catrín que habló primero, y que ya estaba rojísimo de tanto reir, me dijo, resoplando y recobrándose: Uuuy, don Félix, si para agarrar a cabrones como usted se tiene que hundir todo México, ¡que así sea!
Y todos siguieron riendose. Al final yo también me reí, y es que reirse de la desgracia ajena, aunque sea nacional, siempre es muy contagioso.
Pides un pescado al mojo de ajo en el Terraza Vallarta. Tu hijo está contento.
Por la noche, de vuelta a casa, sales al patio
Te sirves un whisky irlandés
Sacas las bocinas y tu iPod
Pones un disco del Reverend Bizarr y después uno de Rainbow en homenaje al gran DIO
Sacas tu lap top
Te entretienes leyendo las palabras que has desparramado en las últimas semanas y que según tú se convertirán en un ensayo
A ratos lees un oscuro libro de John Ajvide Lindqvist llamado “Déjame entrar” que te está gustando un chingo.
Surfeas por dos tres páginas y caes en la cuenta que no has posteado en Recolectivo y a este viernes le queda una hora y media (allá en el D.F ya es sábado)
Sientes el nocturno airecito helado del mar soplando en tu cara y piensas que si al mesero de la vida tuvieras que pedirle un viernes a la carta, pedirías uno como este y reparas en que con todo y sus escupitajos políticos, la vida ha valido la pena ser vivida.
Después de una opípara cena el mesero le ofreció al comensal el café de la casa.
- ¿En qué consiste? - preguntó el comensal.
- Le traemos a su mesa un alambique portátil. En un recipiente colocamos anis, vodka y agua y los ponemos a calentar. Cuando hierve, el líquido viaja por el serpentín hasta el otro recipiente donde se junta con una mezcla de café, canela y cianuro. En unos segundos queda listo para servirse usando una espita. Le sugiero que no lo arruine pidiendo azúcar.
El comensal reflexionó que después de lo comido y vivido el café con cianuro era una excelente idea. Solo tenía una inquietud.
- ¿Sufre uno mucho?
- En absoluto - dijo el mesero. - Todos nuestros clientes tienen un paro cardiaco entre la segunda y tercera taza que se sirven y caen fulminados instantáneamente.
- Bien, tráigamelo - dijo el comensal.
El mesero regresó un rato más tarde con una bandeja, preparó el alambique y encendió un mechero que pronto hizo burbujear al líquido. Mientras las gotas del vapor condensado opacaban el serpentín, el mesero presentó al comensal la cuenta.
- Comprenderá ud caballero que cobremos de antemano.
- Por supuesto - dijo el comensal mientras sacaba la cartera.
Más tarde, mientras el comensal probaba una segunda taza, se llevó una mano al pecho, lanzó un estertor y cayó sobre la mesa. Los ocupantes de las otras mesas fingieron no verlo y continuaron comiendo o platicando.
El mesero se apresuró a limpiar la mesa y a llevar el cadáver a un depósito para el efecto. Cuando regresó a su puesto, el maître había llevado a la mesa a dos nonagenarios. De acuerdo a su experiencia, el mesero supuso que cada uno vívia temeroso de que su pareja se muriera primero y lo dejara solo.
El mesero les presentó la carta, recitándoles el lema del restaurante: para la hora del café sus problemas estarían resueltos.
Ahí donde me ven, no siempre fui el ser de luz que soy, en algún momento de mi infancia fui una pequeña niña bonita y chantajista.
La navidad de 1995 no ocurrió como yo esperaba. Yo ya sabía que eran mis padres los santaclóses pero también sabía que era la perdición de cualquier niño que sus padres se dieran cuenta de que su sucia mentira ha sido descubierta; los regalos nunca vuelven a ser lo mismo y después ni ganas le echan a esconderlos ni nada, así que no podía evidenciar demasiado mi molestia hacia mis progenitores, pero, una tarde de comida familiar post-navideña sucedió...
- Mesero, tráigame lo que usted quiera.
- P-pero, ¿cómo?
- Si, lo que quiera.
- ¿lo que yo quiera? -dijo volteando a ver con extrañeza a mis padres.
- Si, solo tráigame algo.
- Bueno, pero, debe haber algo en la carta que te apetezca, niña...?
Mis padres se volteaban a ver tratando de descifrar de qué se trataba esta vez.
- No importa ya, tráigame algo que me quite el hambre.
- Elija algo, vamos, ¿por qué no?
- ¿por qué si? No, ya para qué, no tiene caso.
- Jaja, ¿cómo que no tiene caso?
- No, si le pido una hamburguesa ¿quién me asegura que no me va a traer un sándwich? A Santa Claus le pedí en la cartita un pony y un brincolín ¡y me trajo el micro hornito!... ¡y el rosita! ¿usted cree?
Mis papás abrieron los ojos como cacalotas y no supieron qué hacer. Mi papá tosió y se paró para ir a reírse afuera, mi mamá solo dijo "Tráigale un sandwich..." y volteó al cielo como preguntándose en qué se había equivocado y qué karma estaba pagando.
Lo que pregunto yo cuando volteo al cielo es lo que iré a pagar yo. Que todos los santitos del cielo y la birjensita me amparen.
Alguna vez mencioné (creo) que son melindrosa con la comida. En particular, no como pescados o mariscos (ocasionalmente alguna lata de atún –en agua- con mayonesa o en ensalada, quizás). En mi familia son muy prácticos y nunca fue un problema: desde muy chica aprendí a prepararme algo del refri yo y si se querían juntar para un restaurant dónde el menú consistiera exclusivamente estos alimentos ni me invitaban.
Las complicaciones fueron cuando entré a Biología. El 90% de las prácticas de campo (aproximadamente 3-12 por semestre dependiendo las materias) eran en playas dos tres alejadas de la civilización. Allí había palapas con pescado fresco, bastante apetecible y muy barato. Cuando había tienditas yo sobrevivía de comida chatarra carísima en las tienditas: carbohidratos más grasa con sal o más grasa con azúcar; cuando el lugar era MUY remoto y no había tienditas me la pasaba de palapa en palapa preguntando si vendían papas fritas. A veces tenía suerte, a veces no.
Varias veces apechugué y comí lo que había (el hambre es canija, snif). Y nunca lo pude digerir: en ocasiones por el exceso de salsa valentina, o por la mareada en el bote donde tomamos muestras, o porque el sol me saca ronchitas… o porque hasta mi cuerpo es melindroso y nena.
Ahora ya mejor digo que soy alérgica.
La imagen de Noriega refugiado en la nunciatura apostólica y la de Ceacescu y su esposa recién fusilados acaparaban la pantalla en una época en la que presentíamos que el mundo no volvería a ser igual. La Historia, diría Fukujama, estaba llegando a su fin.
Viví el Mundial 90 en medio de unos catastróficos exámenes finales y aún así lo disfruté inmensamente. No estaba México y caían goles a cuentagotas, pero Roger Milla, Gascoine, Higuita, Canigia y Goycochea me hicieron pasar mañanas inolvidables. En términos académicos fue el peor año de mi vida.
Hablar de música, lo sé, es la tentación ineludible. Qué sería una época adolescente sin su música. El verano del 90 vieron la luz el Rust in Peace de Megadeth (este año Mustaine ha armado una gira de XX Aniversario) y el Seasons in The Abyss de Slayer, pero el verano del 90, fue, ante todo y sobre todo, el verano de La Polla Records. Aquella caótica y claustrofóbica tocada de la última carcajada de la cumbancha (Perpetua e Insurgentes), pudo haberse convertido en una notota roja de época con su portazo de antología. Ahora que lo pienso, faltó muy poco para que ocurriera una gran tragedia peor que news divine. Televisa se habría enterado de la existencia de la Polla, del LUCC y del movimiento punketo azteca. No por nada el Evaristo optó por parar cuando llevaban unas once rolas. Por fortuna alcanzaron a tocar No somos Nada. Al año siguiente, Eskorbuto en Tlalnepantla el día de mi cumpleaños, en la que a la postre sería la única tocada de los bilbaínos fuera de España en toda su decadente “historia triste”. Cuando pienso en la historia de Eskorbuto, en lo trágico de sus vidas, en ese poético escupitajo que son sus letras, me doy cuenta que ese prostituido concepto llamado punk, encontró su más auténtico y podrido néctar en la historia de este trío del otro lado del Nervión.
En el 92 morirían Iosu y Jualma y yo podría dedicar este y mil post más a hablar de Eskorbuto, pero estamos hablando de una década y en aquel feliz 91-92 se aparecieron por Tlane Obituary, Kreator, Death, Sadus, Pestilence, Cannibal Corpse, Sepultura en pleno (los brasileños visitaron la tienda de discos donde yo jalaba) Nuclear Assault, Deicide y Sick Off It All (en esta tocada descubrí la infinita potencia del hard core de NYC) y los carniceros vegetarianos del Reino Unido, Carcass. Toda esa pléyade metalera pasó por Tlane y nadie me lo platicó. Nunca he vuelto a vivir tocadas tan salvajes como las de la Arena López Mateos de Tlane. Ahora que acudo al House of Blues de San Diego en donde hasta la tocada del más furioso thrash-core es políticamente correcta y baja en calorías como todo lo californiano, extraño los tiempos que entrabas a la Arena López Mateos con serias dudas sobre si saldrías vivo de ahí.
El 20 de noviembre de 1991 me tocó inaugurar Interlomas. El primer empleo en nómina de mi vida fue en discos Zorba de esa plaza. En el 91 fui por vez primera a Puerto Escondido y a Zipolite y abrí las blakeanas puertas perceptivas. En agosto del 92 volvimos a vivir a Monterrey y odié a mi tierra y a su mierdozo verano más que nunca. En el 93 mi primo Héctor y yo entramos a jalar como conductores en un programa de media noche en la radio y nos divertimos como enanos haciendo payasadas. Llegué a segundo semestre de Ciencias Políticas y me cambié a Derecho.
Empecé a frecuentar el Esquizo y el Café Iguana. Unos noruegos con cara pintada empezaban a ganarle terreno al death metal, aunque en la radio sonaba fuerte el grunge y la gente me miraba como un abuelo anticuado cuando les hablaba de Maiden y Judas (y yo podría dedicar un post entero a defender la infinita superioridad del Heavy Metal sobre pearl glam y toda esa mierdoza cofradía de mugrientos malparidos en Seattle pero ya habrá tiempo)
El 94 fue el no va más, con la cruda del 1 de enero viendo los encapuchados en San Cristóbal y el colosiazo que me agarró en la cafetería de la escuela cuando me disponía a partir a celebrar el cumpleaños de mi tío Jos. Entré a trabajar a una librería, me estaba quemando entera la saga de Carlos Castaneda y Don Juan Matus y viajaba cuando podía a Real de 14, Zacatecas, Icamole y similares. En Navidad del 93 una novia me regaló unas Marteens que no me quitaba ni para dormir y mi pelo era largo, larguísimo y descuidado. En el 96 acabé la carrera, me fui a vivir a Groton Massachussets y en otoño di mi primer brinco por siete países europeos, incluido Islandia. El 18 de diciembre de 1996, en una peluquería de Nueva York, corté mi pelo después de cuatro años. Ese día empezó mi vida adulta. En el 97 fui moderador de un debate con los siete candidatos a la gubernatura de Nuevo León, empezamos a imprimir una revista mensual llamada Bitácora y después entré a jalar al Norte. El 98 fue el año que más vodka he bebido en mi vida. En el 99 me casé y dije adiós para siempre a Monterrey. Tijuana me esperaba. Fuimos de nuevo a Euruapan. El ultimo día del milenio y de la década pasé la mañana entera caminando por la playa tijuanera. La década que había iniciado lanzando una pelota a la canasta, llegaba a su fin y la despedimos, a las 11:59, de la mejor forma posible: cogiendo.
Mi década de los noventas estuvo repleta de malas decisiones, excepto dos de ellas.
En el primer intento por escribir esta bosta narraba de qué iban esas dos decisiones no desastrosas pero a medio párrafo me di de cabeza con el teclado al quedarme dormido.
Decidí entonces que contar la ruina que fue la década de los 90s quizá fuera menos aburrido. Estuve en ello hasta que me dí cuenta que ya llevaba ciento cuarenta y nueve cuartillas y apenas iba por 1991.
Así que mejor les cuento una anécdota pitera que ilustrará mejor lo que fue la última década del s XX para un servidor.
En otoño-invierno de 1996 tenía una esposa gritona, una bebé cagona y una chamba de correveydile dantesca.
Un viernes llegué a casa y mi propósito de darme un martillazo en la cabeza se vió frustrado ante un aviso ominoso de mi ex gritona:
- La criatura ya no tiene pañales limpios.
La criatura, además de cagona, tenía cutis de princesa medieval por lo que ponerle cualquier pañal desechable significaba una visita de emergencia al dermatólogo más cercano, así que usaba pañales de tela.
Ví el cerro de pañales cagados mientras me preguntaba cómo era posible que una mocosa de menos de 10 kilos produjera tal cantidad de mierda.
- Bueno, ahora los lavo - pensé y metí todos los pañales, así como estaban, a la lavadora, eché mengunges lavatorios y suavizantes, apreté dos botones y me fuí a dormir.
Una hora aproximadamente más tarde descubrí que la lavadora se había convertido en el recipiente del más monumental licuado de caca que haya yo visto.
Hasta la fecha me arrepiento de no haber sacado una foto. La traería en la cartera para enseñársela a mi hija -ahora adolescente- cada vez que se pone impertinente para no echarle ganas a la escuela. Le diría:
- Mira, niña, esto es lo más notable que has hecho. Esfuérzate.
He soñado que tengo hijos. Bueno, hija.
Y soy yo misma.
He soñado que tengo entre mis brazos a una bebé pequeñita; blanca blanca de cabello oscuro, labios muy rojos y soy yo. Mientras cansada la veo dormir pegada a mi, me pregunto si ser mi propia hija me enseñaría a amarme como no lo he hecho, si haría un mejor trabajo que mi propia madre, si lograría forjar a un yo más seguro, menos defectuoso, más sana, más feliz, más plena... toco su mano pensando como hacerle saber que merece mi amor más grande, entonces la beso en la frente y ella crece y tiene una hija. Soy yo.
Los noventas fueron una mierda. ¿A quien hay que mentirle? No había internet para bajar música que debí buscar debajo de las piedras, y la mayoría de mis contemporaneos eran fans de bandas que fueron para la música que me gustaba lo que Poison fue para Iron Maiden.
Por ejemplo, Enrique Huerta y su acólito, Jaime alias el Checheiked, eran un par de estúpidos que aprovechaban la baja estatura y los cabellos rubios del primero, y la jeta abotargada del otro, para vestirse - e indudablemente sentirse - igual que Kurt Cobain y Chris Novoselic. Yo los veía ir y venir en la prepa, y ellos eran tan malos como un ratón en el cubil de un elefante. A mi me gustaba mucho el hardcore y el punk, y toda esa caquita manoseada por las grandes disqueras que se lanzaron a comprar firmas indies me ahuevonaba sobremanera. A mi el grunge siempre me pareció el estertor final de un asunto que comenzó en Washington D.C., Los Angeles y Nueva York. Seattle siempre ha sido una mierda de ciudad: pretenciosa, nublada y esnob. Como Tijuana, que también se halla razones para forzar su aparición en el mapa.
A mi los noventas es la historia de la enorme dificultad que padecí para hallar discos, casets, viniles o cualquier porquería que de verdad apestara a punk y hardcore. A Green Day lo colocaron un día en una tienda local de rock que navegaba con bandera de malvada y underground, pero jamás logré hallar un buen tape de los Descendents, de The Adolescents, y cuando pedía a Crass, el rockero afranelado con sus sobadísimas martens me corregía diciendome que se llamaban The Clash. Y yo sufrí y padecí la inexistencia del torrent y el peer to peer. Mi única oportunidad era escudriñar San Diego, en busqueda de fanzines y pasquines punkies para escribirles y comprarles casets. Así conseguí a los Varokers, a The Exploited, a The Fucks, a Rites of Spring, a Minor Threat, a los Teen Idles y La Polla, Eskorbuto, Kortatu, Kingla y No Means No.
Los noventas fueron una mierda porque muchas de las mujeres que me gustaron en la secundaria y en la preparatoria tuvieron que dejar pasar diez o quince años para terminar encamadas conmigo. Más viejas e irremediablemente locas. Cascajos de aquel esplendor inalcanzable de la adolescencia. La última vez que me tiré a una, concluí precisamente que los noventas fueron una reverenda cagada. Una broma del tiempo que todo termina por trastocar y trastornar, transformando a unos en imbéciles, a otros en divorciados, a unos más en fracasados y a muchos en frustrados o putas consumadas.
Quizá sea difícil hallar relación entre la diatriba anterior y la decada de marras. O más bien, la relación no es obvia. Se trata de un algoritmo rebuscado: Tuve que salir de los noventas e ingresar a una nueva decada para aliviar muchas de mis urticarias musicales, sexuales e intelectuales. Lo que si es que todos esos años que atravesé acompañado de mi pubertad y adolescencia, son la prueba no negociable de que eventualmente todo acontece, aún cuando el acontecimiento sea en realidad una metáfora triste sobre el paso del tiempo y hacerse viejo.
Vaya, si alguien me hubiera dicho, en 1995, que tendrían que pasar diez años para que por fin tuviera discografías completas de mis bandas favoritas, o el dulzor inconfundible del pubis de G. en esta mi noventera boca, hubiera dicho lo mismo que escribo ahora: los noventas son una mierda.
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15 de Febrero: el día que Cracked regresó el "Article view" en los Photoplasty y la calma volvió *apaga su antorcha*
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