por Sarah Carolina León Parra
Lo que hace el tiempo, se consume rápidamente. Cada segundo cuenta y cada semana se termina y no va a volver. Aprender a escribir dietarios es imposible ahora en una sociedad que consume tiempo como consume Red Bull para mantenerse despierto. Incluso nosotros muchas veces olvidamos nuestro cometido como generadores de conciencia. Nuestro arte se vuelve mediático, influenciado por el pop, por la rapidez, lo permisible y lo efímero. Somos rockstars buscando una última gota de adrenalina eficaz que nos permita estar al par con la sociedad siempre creciente que nos obliga a realizar más de dos cosas a la vez.
Escribo, cocino, leo, escucho música, todo al mismo tiempo que trato de pensar en el análisis de un film que habla de lo mismo y nos pone en pantalla el momento donde el tiempo se vuelve fundamental, donde los segundos cuentan. Ahorrar es necesario, pensar y respirar es crucial. La sociedad desaparece. 127 horas es lo único que nos queda.
Danny Boyle lo sabe. Se engrandece de hacernos contar los segundos donde nos preguntamos “Somos niños, u hombres”. Nos pone al límite en pantalla, y aunque a muchos no nos gustó su última entrega Slumdog Millionaire, sabemos que no le debemos perder la fe. Nos trajo Trainspotting, 28 Days Later, o Millions y ahora 127 Horas, compitiendo por premios en todas partes, incluso los famosos Premios de la Academia. Una película que llamo la atención del público y como no hacerlo. Nos identificamos con esta velocidad. Lleno de tomas rápidas, sonidos, colores. Las caricaturas, las bebidas energéticas, todo aquello que nos obliga a permanecer. Imposible desaparecer y es una condena el alejarse de esto que ya vemos tan cotidiano… los medios siempre en control de todo.
Aron Ralston, un hombre que depende de esta sociedad, quiere alejarse de ella. Le gusta la adrenalina y romper con los paradigmas (sin percatarse que la misma sociedad le obliga a romperlos). Camina entre piedras, en el desierto árido de Utah. Corre, grita, disfruta de la quietud naturaleza mientras escucha música a todo volumen. Irónico. Aron, a causa de un desliz, su ambición y su torpeza, queda atrapado entre las piedras que tanto desafía. Su mano muere instantáneamente por el peso de la piedra que lo tiene encarcelado, y ahora deberá sufrir ante la naturaleza, alejado de la inercia de la sociedad. Una historia de supervivencia y de cómo en el momento más bajo de nuestras vidas nos enfrenamos a nuestros monstruos. Cae la noche y el día se vuelve oscuro, pero siempre debemos luchar para escapar, continuar y volver. Que cosas tan fuertes nos cuenta Danny Boyle, que historia tan más cruda, enferma y desafiante y todo basando en una historia real.
James Franco tenía que personificar esta historia, El actor joven por excelencia que encontramos donde sea que volteamos. Es un chico happening, de moda. El niño no lo hace nada mal. Nominado al Oscar por su cruda personificación, y lo tenía bien merecido, lástima por la incompetencia de la academia. Franco sabe hacernos sufrir, sabe estudiar al personaje que es Aron Ralston y traerlo a la pantalla, su desesperación, su galantería. Bien James Franco.
Danny Boyle impresiona con su montaje, con su sonido, su fotografía, su arte. Su forma tan elegante, actual, moderna y excitante. Adrenalina y colores a todo lo que da. Lo mismo que tomarte una bebida que te reviva, pero en el momento donde se deja todo eso a un lado, las bebidas se acaban, el clímax empieza a subir. La desesperación no es solo del protagonista, es de todo el público, sufriendo de la manera estomacal la sordidez con la que presenta la desesperación e invitándonos a ser parte del problema y buscar una solución. La forma del film bien manejado y logrado dentro de un estilo cinematográfico eficaz, veloz. No abruma y no aburre.
Ahora, el final. Un momento bello, donde el protagonista logra arrancarse su propio brazo para sobrevivir, corre y encuentra un poco de agua la cual bebe del suelo. Regresamos a los elementos naturales que nos dan vida, pero la tenía que hacer mas grande, regresar a los medios, hacerla una historia de inspiración y de superación, rindiéndole honor a aquel individuo a quien si le pasó esta catástrofe, un enfrentamiento con la muerte que lo revivió. La obra de superación, de lucha, de dejar pedazos de uno atrás para seguir adelante, se vuelve una patética historia moralista. Me perdió completamente. Nos llevaste por una montaña rusa de sentimientos, me hiciste vomitar y sufrir junto con el personaje. Retomo lo anterior dicho, los medios siempre en control de todo que deben convertir una cruda historia en un cuento de superación.
Pero a fin de cuentas, yo soy una mera lectora, escritora y visualizadora. Aplaudo a los que se atreven, a los que viven en las calles y se enfrentan a la naturaleza. Yo sigo atrás de un portátil, esperando que mis palabras te inviten a ver una película, que me hace querer salir a correr y vivir para experimentar lo que este hombre sufrió. Me gustan los que sufren... y me gusta que el cuerpo duela por las mañanas. Eso es en lo que nos ha convertido la sociedad, gente que quiere sufrir, que le gusta el dolor para sentir y olvidar el cuerpo adormilado que nos deja el sentarnos en un sofá al final del día y ver la televisión.