De todos los cientos de relatos o novelas que se han escrito de la guerra civil acaso ninguno puede compararse a A sangre y fuego, de Manuel Chaves Nogales. A su lado muchas de las páginas de tantos otros —Foxá, Max Aub, Neville, Baroja, Borrás, Petere, Barea— parecen oscurecerse faltas de nervio o sobradas de retórica guerrera. Ni han contado lo que él contó ni lo contaron de la misma manera.
Chaves es hoy un olvidado porque su escritura no tiene un color propio, sino solamente el color de lo que toca, y en el canon literario español esa característica conduce directamente al limbo.
Tal vez no somos más que una vida escrita con tinta simpática, entre renglones que todos pueden ver, hasta que un día la llama que creíamos extinguida va sacando datos, fechas, intenciones, afectos que nadie, ni nosotros mismos, sospechaba. Pero para entonces es siempre demasiado tarde. Porque la misma llama que saca a la luz nuestro vivir secreto, va quemando, destruyendo, lo que habíamos escrito hasta entonces a los ojos de todos.
¿Por qué se le ha concedido el Premio Castilla y León de las Letras a Andrés Trapiello? Desde mi punto de vista, y entre otras cosas, porque es un hombre que ha dominado todos los géneros.
¿Por qué consideramos culto el hecho, sin más, de viajar visitando series interminables de lugares y monumentos? ¿No falta en ese a priori un elemento esencial? ¿No sería mejor empezar analizando cuál es el nivel de formación educativa, de aprendizaje y reflexión, de poso de cada uno cuando viaja? ¿La humanidad que viaja y consume aquello que se define como «turismo cultural» es más culta después? ¿Dónde queda relegado el significado de Cultura? ¿Con qué pretensiones?
El hombre masa es el señorito satisfecho, el niño mimado de la historia y como tal no la respeta. Confunde libertad con libertinaje (...)
Como viene siendo habitual en la Liga el estadio no estaba lleno porque los precios se mantienen altos mientras diversos estratos sociales se precipitan al vacío, de tal manera que son relativamente pocos los privilegiados que pueden permitirse odiar en directo, y menos aún odiar en directo al Real Madrid de Cristiano y Mourinho, la muleta a abominar más elaborada y memorable de la sociedad del espectáculo del bipartidismo español.
Higuaín es una especie de Sísifo del fútbol. Por muchos goles que logre, por importantes que sean, por eficaz que haya sido su producción en cada uno de sus seis años en el Real Madrid, comienza cada temporada como si fuera un novato. Bastan dos o tres partidos discretos para obligarle a demostrar lo que ya ha mostrado repetidamente.
City Bokeh
Reminds me of when i was in New York, and makes we wanna be back there..!
Pennsylvania’s 28th Infantry Division march along the Champs-Elysees, Paris, 1944.
Photo by Peter J. Carroll
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El pasado viernes, mientras litros de bilis ventajista imagino se vomitaban por las redacciones deportivas de este miserable país, un servidor se retiraba a sus aposentos a leer una de John Conolly titulada Todo lo que muere.
Uno tiene la impresión de que todo lo que muere en este país siempre es lo bueno, como Landa el otro día y como el Madrid de Mou cualquier día de estos. El viernes yo me retiraba con Connolly y pronto Mourinho será retirado del Madrid, desde luego no por los resultados futbolísticos sino por unas circunstancias externas —vencedoras, de nuevo, por desgracia— que en el Real Madrid siempre hay que considerarlas como internas, propias de la idiosincrasia de un club que es la metáfora de la sociedad española.
El Charlie Parker de Connolly transita en la novela bajo la sombra de la culpabilidad. Es un personaje creíble, alejado del cliché del héroe, con sus defectos y sus virtudes, pero —de momento, al menos— es un tipo digno. Entonces, me resultó inevitable construir un paralelismo. Ha sido el mourinhista un proyecto deportivo con sus luces y sus sombras, pero sobre todo ha sido un proyecto de dignidad. La etapa deportiva que ahora se encuentra en sus estertores pasará a la historia por haber sido la mayor campaña mediática de acoso y derribo que hayamos visto jamás.
Algunos, que éramos fieles lectores de prensa y oyentes radio desde que teníamos uso de razón, nos hemos visto poco menos que obligados a dejar de leer y de escuchar los escraches constantes a un técnico cuyo mayor pecado ha sido, precisamente, querer ser exclusivamente un técnico. De ahí surge la proliferación del mourinhismo en los medios alternativos, cansado de la ignominia de los medios tradicionales, creando blogs, webs, podcasts y mostrando gran actividad en las redes sociales.
Aunque pueda ser discutible la labor deportiva del portugués en el banquillo blanco, lo que está fuera de duda es que José Mourinho ha representado al bando de la decencia frente al acoso mediático de los periodistas deportivos españoles, una casta que, si antes se caracterizaba por su escasa credibilidad, ahora añade a su currículum una diplomatura en indigencia moral. Una prensa patria que ha llegado a superar los límites de la bajeza ética, pues si el nivel general del país es deplorable, podemos sospechar que algo tan expuesto intencionadamente al populismo más barato, tiene que resultar ínfimo.
Nada nos tendría que sorprender en una España indigna que no soporta la dignidad. Una España mediocre y miserable, mezcla de Raquel del Rosario y de Carlos Boyero una España que lleva a Morfeo a Europa pero que echa a Mourinho mientras Europa (Londres y Milán) pide su regreso.
En definitiva, todo lo bueno muere y todo lo que muere con este barco que ahora se hunde es la posibilidad de la Utopía madridista, que nos devuelve a una mediocre realidad hispana en la que gana la canción del verano y pierde el rocanrol, en la que se quedan Boyero y del Rosario y se nos van Mou y Landa.
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No debería sorprendernos que Iker Casillas fuera el otro día el personaje que más minutos ocupó en la retransmisión del Canal Plus a pesar de ser reserva. Como si de un espectro se tratara, el de Móstoles se aparecía en pantalla tras cada gol del Valladolid en una premeditada escena, digna de película de terror de serie B. La secuencia era la siguiente: gol del Valladolid, primer plano de Diego López —centrándose en su rostro de gallego contrariado— y plano medio de un Iker Casillas a quien solamente le faltaba una sonrisa malévola hacia la cámara al saberse retratado. Desde luego nada se había dejado al azar, pero puestos a completar el show, echamos de menos alguna frase de esas que pone la Carbonero en el Marca en boca de Carlos Martínez o de Robin cada vez que aparecía el antiguo yerno de España.
Una vez terminado el partido, y para rematar el vodevil, apareció en escena Képler Laverán criticando las formas de Mourinho con el antiguo mejor portero del mundo. Yo, por desgracia, ya había quitado el estrimin pero no me extrañaría que, tras las declaraciones del defensa anteriormente conocido como Pepe, los del Plus hubieran sacado de nuevo al espectro de Iker con un estruendoso muhahahaha de fondo. De inmediato, la buena nueva llenó de regocijo a los que durante años le llamaban asesino y pedían su expulsión del Madrid —que son los mismos que critican a Mourinho por no compadrear con ellos—; ahora Laverán ya era de los suyos, un adepto a la causa antimourinhista.
Llegados a este punto la recolección del estiércol ya no se iba a terminar; es más, había que aumentar la cantidad de mierda. Si los adeptos a la causa antimourinhista habían perdonado y elevado a los altares a Pepe, los adeptos a la causa mourinhista fueron definidos por el director del As como tardofranquistas. Tampoco nos tiene que extrañar demasiado. A la hora de analizar toda esta situación, uno tiene que ser consciente del panorama mediático de este país en lo que se refiere a este Real Madrid, donde se contempla con absoluta naturalidad grabar a un niño para dañar a su padre pero se ve como una afrenta a la historia del Madrid (historia del Madrid construida a menudo por antimadridistas) que un jugador se quede en el banquillo.
El único que puso algo de cordura en medio de este circo surrealista fue Mourinho, dejándolo meridianamente claro en rueda de prensa (desconozco si, mientras tanto, también enfocaban a Casillas). El único problema de Pepe se llama Rafael Varane, dijo el portugués. Preguntado sobre Casillas, volvió a reiterar que prefería a Diego López (como durante unos partidos prefirió a Adán), lo cual supone una ignominia para una casta que a veces no sabemos si se cree todo lo que dice o si son la voz de su amo. O las dos cosas. Porque, siguiendo la línea argumentativa de la prensa deportiva española, ¿quién se cree un entrenador para alinear a los jugadores que considere oportuno?
Posdata: Cuando ayer llegué del pueblo mi abuela me dijo que había dado la radio que iban a echar a Mourinho del Madrí. Y que por qué había castigado a Casillas, con lo majo que es.
Ése es el mensaje que llega.
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Debutaba hace poco el balonmano en esta web con un artículo sobre las lágrimas de Valero Rivera. No serán las mías, desde luego. Es más, pienso que la presencia en Qatar de Valero Rivera —y quizás de Urdangarín— y la de Manolo Cadenas en el banquillo de la selección, representa la metáfora de la aparición de una pequeña rendija esperanzadora en el desolador panorama de nuestro país. Por desgracia, se han puesto de moda los extraños híbridos, y lo ideal es que alguien sea seleccionador y solamente seleccionador, pero nada hay comparable a lo de Valero, seleccionador y representante —juez y parte— al mismo tiempo.
Por lo tanto, apenas dedicaré espacio a este infausto valerato que hemos tenido que padecer porque, a pesar de los buenos resultados, los hechos extradeportivos hablan por sí mismos y ya está casi todo dicho, como podemos comprobar aquí o aquí.
En consecuencia, no pondría la mano en el fuego por Valero, pero de lo que estoy seguro es de la integridad de un Manolo Cadenas que, junto con su literatura y la cecina, probablemente sea lo mejor que ha dado mi tierra al mundo desde las Cortes de 1188.
Cadenas no podría nacer más que en Valdevimbre, que es donde nacen también los vinos leoneses, caldos nada pretenciosos, directos y austeros, apropiados para que los reyes leoneses brindaran con ellos antes de las batallas contra los moros y sus soldados los bebieran en las tabernas tras sus victorias. Cadenas no se casa con nadie
Cadenas fue el que dijo esto es León y aquí mandamos nosotros, que es lo que un tío tiene que decir en su casa para llegar a ser profeta en su tierra. Y Cadenas lo logró, alcanzando el punto culminante de su carrera deportiva cuando ganó aquella memorable Liga Asobal con el Ademar en 2001. Algunos años antes cogió las riendas de un equipo descendido en los terrenos de juego y mantenido en la elite en los despachos. El primer año metió al Ademar en Europa; el segundo quedó subcampeón de Liga y Copa Asobal, tercero en Copa del Rey y consiguió clasificarse para la Copa de Europa; luego llegaron los títulos: dos Recopas y una Copa Asobal, además de la citada Liga, acabando con cinco años de tiranía absoluta del Barsa (del Barsa de Valero, precisamente).
Cadenas logró poner a León en el mapa del balonmano con un equipo caracterizado por su coraje, por su entregado pabellón y por la apuesta por jóvenes jugadores (tanto de la cantera marista como de fuera, que encontraron en el Ademar un hogar para crecer).
Algunos insensatos dicen que Manolo Cadenas tuvo su punto negro en su etapa del Barsa, donde no consiguió títulos, pero eso me parece un indiscutible éxito también. Todo lo que sea restar al Barsa siempre es subjetivamente positivo. De lo que no cabe duda es de que resultaba objetivamente necesario poner al tipo más digno del balonmano español al frente de la selección.
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Estamos amando demasiado a Raphäel Varane y amar demasiado siempre es peligroso, así que lo mejor que le puede ocurrir a Varane es fichar por Jorge Mendes para que se le odie un poco, para que, en definitiva, no sea tan insultantemente perfecto. En realidad todos los madridistas necesitamos ser un poco odiados porque cuando los malos pintan el Mal, es el Bien para el madridismo.
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Andaba yo untando en pan un poco de crema cazurra de Boñar tras el Francia – España, cuando una escena me puso los pelos de punta. La tuve que ver de nuevo, ya en la paz del hogar, para comprobar que no había sido una alucinación provocada por ese manjar leonés. En ella se observa un peculiar cuarteto, ordenado de mayor a menor altura —parecen los hermanos Dalton, comentó un amigo—, compuesto por: un ex futbolista graciosete, Manu Carroña, la novia del capitán del Madrid y uno que se ve los partidos de Uzbequistán. A ellos se unió Manolo Lama, al que le pusieron en la parte inferior izquierda del plano. Quizás no resulte baladí ese detalle; la composición en diagonal es un recurso habitual en fantásticos cuadros (La maja desnuda o La muerte de Sardanápalo, por ejemplo). Aquí, empero, el cámara osó colocar el busto de Lama en la inferior de la diagonal, en magistral acierto; nuestra retina iba descendiendo desde las alturas de Kiko hasta lo más bajo del escalafón social del fútbol. Pero todo estaba claramente estudiado, porque Lama tenía preparada una actuación estelar, al parecer más que las de Xabi Alonso o Victor Valdés, por lo que vino después.
En efecto, Lama no entró en escena para hablar del buen partido de Monreal o de lo sublime que es contemplar el juego de Ribery; ni siquiera Lama hizo referencia al mediocre encuentro de Xavi; Lama apareció, en realidad, para hablar de Mourinho y al mourinhismo. E una obsesione.
Puedes ver aquí la esperpéntica escena (fuente: @tosepower).
Pero no, no fue suficiente bochorno el poso de rencor que dejó Lama en San Dionisio porque a aquel aquelarre se unió, como convidada de piedra, Sara Carhonero. La inanición de la novia del capitán del equipo no puede ser pasada por alto. Ante las vergonzosas palabras de Lama, alguien con algo de decencia debería haber saltado. Repasemos de nuevo a los hermanos Dalton: Kiko, probablemente el más razonable de los presentes, es atlético y ahora se dedica a esto de hablar en las radios y teles, no va a llevarse mal con los que le pagan; Carreño, jefe en Prisa, en cruzada pseudointelectual antimouriñista y jefe en Los Manolos, la cruzada del antimouriñismo para la plebe; Maldini: lo mismo: PrisaPrisaPrisa y encima friki. Quedaba, pues, la novia de Casillas: la callada por respuesta (cuando no el asentimiento) en terrible actitud. Otra vez más. Gracias, Sara.
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Un portugués definió mejor el señorío que la pléyade de rapsodas que tratan de convertir el fútbol en una cuestión moralista de serie B. En efecto, el señorío no es nada más ni nada menos que morir el el campo. Todo lo demás es filosofía barata, pues no hay nada que —a corto plazo— salga más barato que una mentira y de tanto repetirla, comienza progresivamente a calar en el subconsciente colectivo. Ese señorío algunos lo han querido identificar con un ideal poco menos que franciscano —si se permite el símil estos días— y nos comentan desde sus púlpitos que el Real Madrid lo ha perdido tras la llegada de José Mourinho.
Sin embargo, no deja de ser paradójico que quienes tanto se preocupan por ese señorío supuestamente perdido, suelan ser aficionados de equipos como el Atlético de Madrid o el Barcelona (siendo también bastante común la presencia del seguidor de equipo pequeño, obviamente como una estrategia de disimulo del antimadridismo).
El Madrid, por suerte o por desgracia, con sus cosas buenas y sus cosas malas, no es lo que algunos pretenden que sea, sino que es lo que es. El Madrid amará siempre a Juanito, con sus cosas buenas y sus cosas malas, como aquel pisotón a Matthäus (rematado por Sanchís, que curiosamente se ha ido de rositas en el imaginario porque no interesaba manchar la estética de la mitificada Quinta). Estos nuevos inquisidores del buen fútbol han llegado a santificar al Madrid de Bernabéu, cubriendo de una pátina de limpieza de sangre ciertas desviaciones del pasado, con el único objeto de desprestigiar el presente.
Siempre nos sacan a relucir eso tan manido del cuando pierde da la mano pero no nos cuentan, por ejemplo, que don Santiago llegó a irse del palco de un Madrid-Barsa porque “lo del árbitro es un robo y yo no soy el santo Job de la paciencia”. Podríamos citar cientos de este tipo de sentencias, que han sido deliberadamente ocultadas para contraponer aquel reinventado inmaculado Madrid con el de ahora, manchado, según la neoinquisición, por el régimen de terror impuesto por Mourinho. Otra letanía habitual es aquélla de que ahora se odia al Real Madrid por los campos de España —también supuestamente por culpa de ese señor portugués y sus secuaces— que contrastaría con una larga historia de recibimientos en olor de multitudes, arquitecturas efímeras y pétalos de rosas lanzados al aire. Nos entra la risa solamente de pensarlo. La realidad es que al Madrid lo recibían con el desprecio propio del provincianismo más cerril. Valgan unas pinceladas que van desde el tornillazo a Valdano en Pamplona (un par de años más tarde colgaron aquella pancarta que rezaba un simpático Buyo ejecución, hasta el botellazo a Hugo Sánchez en Sestao, pasando por otra botella —de güisqui segoviano— en Barcelona, que los brillantes servicios de inteligencia del neofútbolunicef han transformado en simple cochinillo.
Por último, estos próceres de la moralina barata argumentan que también ha sido Mourinho el culpable de que la liga ahora sea un lodazal y no aquellos maravillosos mundos de Yupi del señorío del pasado, como podemos comprobar perfectamente en el siguiente vídeo:
Es inevitable deslizar una sonrisa ante tanta desvergüenza, ¿verdad? Pero en definitiva, este neoseñorío no es más que un arma arrojadiza que hoy utilizan los antimadridistas (o algunos madridistas que no dicen la verdad) manipulando la Historia del club. No hay más señorío que ser honesto con lo que uno cree; no hay más señorío que poder acostarse con la conciencia tranquila; no hay más señorío que morir en el campo. Lo demás, filosofía barata.
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Es este Castilla de Toril un equipo menos fiable que las albóndigas del Ikea. A pesar de que la prensa de La Rojita -siempre necesitada de futuribles amiguitos que ofrezcan titulares y exclusivas- trata en palmitas a estos chicos y a su entrenador, el filial avanza dando tumbos por el peligroso camino de la irregularidad de la Segunda División.
Hacía una noche de perros en Valdebebas y lo evidenciaba un José Rodríguez embutido en un plumífero, pues incomprensiblemente estaba sentado de nuevo en el banquillo. En este sentido, José Mourinho lleva toda la razón. Parece absurdo que haya jugadores en un filial con la edad suficiente como para tener ya un par de hijos y una hipoteca a sus espaldas, cerrando puertas a nuestra joya de la corona.
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