Carlos N. Duro
Narrador social ficcionante, imaginante, delirante, mitopoyético, oráculo o llámele equis.
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Recuerdo cuando el insomnio aún me entusiasmaba.
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¿Recuerdan el mito de la caverna de Platón? Pues hay muchos que todavía siguen viviendo allí.
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Cuando la revolución se guarda en un museo significa que las cosas tienen que revolucionarse de nuevo.
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Hay tantas cosas que agradecerle a dios, por ejemplo, que no exista.
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@anagnem No es mentira :O ¡Te AMLO!11 hours ago from web | Reply, Retweet, Favorite
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Ningún incendio termina bien, ya debería de saberlo.
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Está todo tan claro que es difícil de entender.
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Como si pudieras elegir la lluvia que te ha de mojar.
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Ven y dime todas esas cosas… después convéncete de lo que yo ya estoy convencido.
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@anagnem ¡Te extraño!
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Esperarte con las ganas de que nunca llegues.
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@Damburguesa sin duda.30 hours ago from web | Reply, Retweet, Favorite
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Impresionante lo del día de hoy en Tlatelólco http://t.co/ghXc2lfa #EstudiantesconAMLO
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Y luego vienes tú, tan descarada, a repararme los sueños rotos.
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¡Aggh la estupidez! A algunos debería darles vergüenza su existencia.
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Estado civil: enfermo de entusiasmo.
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Su «no» es una cuento trágico, la terrible tristeza.
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Un «también» es mal augurio.
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Soy un pobre diablo que aspira a la simpleza. Es más, viviría con gusto en un mundo de una sola cuadra. En una esquina la biblioteca; en la siguiente, un buen lupanar para las soledades; de frente mi cueva y al lado tu casa para visitarte por lo menos todos los días.
A las 10 menos cinco, entrada la noche, de un Sábado 4 de Marzo del año en curso, los demonios aparecieron en el ritual de la ceniza, recordando aquella máxima popular que reza: cuando el diablo te visita llega con toda su parentela.
Acto seguido, me encaminé a buscar entre los cachivaches una buena navaja de emergencia, pero solo encontré, por fortuna, un taladro viejo que mi padre me heredó a su muerte (aunque siga vivo por allí).
Conecté el antiguo accesorio de construcción y lo apunté estoicamente a mi sien derecha. La elección no tuvo que ver por supuesto con mi inclinación ideológica, fue un acto tan irracional como llorar o mear.
La broca era una lengua fría que me enjuiciaba la piel. Cerré los ojos y eche andar el aparato. Lentamente brotó la mierda y la sangre del hoyo negro que artísticamente dibujada en mi flanco.
Así comenzaron a filtrarse en mi cabeza imágenes sin sentido, una parodia del infierno. –Miento. Todo era lógico y conforme al plan suicida–.
En la primera fotografía estabas tú con tus alas de mosca acercándote peligrosamente a un volcán activo. El calor era insoportable y el fuego amenazaba con tostarte, pero tú, al parecer, no te asustabas.
La siguiente escena fue grotesca. Tus alas de díptera se degradaron por el incendio hasta que la erupción te desnudó completamente, profana, hasta tumbarte sobre el suelo.
La soledad te abrazó y te llevó a una cueva como aquella en la que alguna vez fuimos animales. Porque no hay que olvidar que la ignorancia nos convierte en bestias sedientas de perversidad.
Y allí estabas tú, confiada y despreocupada. Otrora sucia y maltratada. Ahora, hermosa y con olor a pecado.
Una máscara tocó a tu puerta y fingió ser un amable célibe.
Nada más que una mentira, la habitación era la misma que en nuestra otra vida. Tu sonrisa se desvaneció detrás del portazo llamado deseo y el temblor del día de nuestro nacimiento derrumbó, otra vez, las esperanzas de ese pobre tipo apodado futuro.
Yo corrí cual cucaracha al rincón más seguro que pude encontrar. Una boca, una entrepierna o un consuelo. Pero en vano. Ya estabas con el leviatán a tu costado. Sobre tu hombro izquierdo para ser más preciso. El lado contrario del día de mi muerte.
Pues bien, te cuento esta historia porque no soy un profeta, pero casi siempre caigo en la tentación del profetismo. O lo mismo, que una hormiga intuyendo el día en que un infante la apachurre para saciar su curiosidad insana.
Después de la madrugada el anciano con cuernos, cansado de dirigir la orquesta, se retiró a sus adentros. Posiblemente hizo hotel en mi cuadra ¿Qué más da? No he sido su único anfitrión ¿no es así amor mío?
Inequívocamente algo cambiará, sin embargo, no pasará nada. Como cuando la Revolución promete una Revolución y deviene, inmoralmente, en un sistema anquilosado ¡Dios nos salve entonces del cinismo!
Ando que te ando
tan cíclica
tan hiperbólica
tan ambigua y tan lluvia
tus pechos de celofán
–la revolución del mil y tantos–
¿Cómo no apostar la vida en ellos?
cualquier muerto bien muerto
sabe que la esperanza
aparece después del sueño
Así como tú
con tu máscara de muerta, ahora
¡mírate!
atravesada como cordillera sobre la cama
¡mírate!
sal de tu sueño
¡levántate y anda Lázaro de mis entrañas!
Supongo que ésta no será una antología de la felicidad
pero a quién le importa ser un bondadoso
si no puedo mirar al botón de tu blusa
triste y melancólico
extrañando a su ojal
y tus luciérnagas radiantes
libres de su agónica prisión de tela y ganchos
Lo sé
ya sabes que tu cuerpo
es una miserable existencia de incongruentes narraciones
y no te importa ser una caperuza
en medio del bosque
con la llave de tu virginidad entre los dientes
te asecho sin mirarte
te sigo como si fueras un árbol
o como a la sombra de una quimera
igual y mañana te mueres
igual y mañana me muero
nos morimos siendo tierra
y será que un día
hagamos en otra sustancia el sacrificio de la existencia
tus piernas de lija
arañándome la mirada
tus ronquidos,
liberales, conservadores y socialistas
el ruido anacrónico del mundo
que no nos lleva el ritmo
como silencio que sobrevive
a una guerra nuclear
Anda que te ando,
sin andar
como un libro enterrado entre tus piernas
y quiero contarte que antes
de tu hierba
será cualquier cosa
-o fue cualquier cosa-
y hablo por ti entonces…
¿cómo será aquello que nunca fue?
Aprendí a quitar el sostén -de sus pechos imaginarios- tantas veces como pude en la memoria de una fotografía que desnudaba con la fantasía. Y el día que por fin la tuve frente a mí, repitiendo en el recuerdo paso a paso la estrategia correcta para desnudarla, resulta que ella no usaba sostén y que mis manos se perdían desconcertadas entre un broche que nunca asistió a la cita de nuestro primer encuentro.
Tu cuerpo es la distancia
(y la prudencia)
que me separa de la
muerte.
Pero ¡ay de la muerte!
pobrecita
y es que la amo más que a ti,
porque en su vientre no hay
tiempo para las
palabras.
Como esa tuya tan favorita:
no, no, no…
Incansable, inalcanzable,
piedra mortuoria de un Lazaro
que no tiene por amigo a un tal
Jesús.
La manecilla se apresuraba peligrosamente al punto medio del cronómetro. El chico parecía desesperado por llegar a la esquina de Rectoría y Avenida Alameda. Por suerte, se decía el muchacho para sus adentros, las mujeres siempre cometen la vanidad de la impuntualidad.
A las cuatro en punto, el joven desenvainó su cámara fotográfica en espera de la víctima y se ocultó en medio del remolino de personas que azoraba la calle. Como había previsto, la joven no había llegado todavía.
No sucedieron ni siquiera cinco minutos cuando la miró salir del subterráneo como Mefisto emergiendo del infierno. Era bella como la había imaginado hasta entonces, y aún más alta de lo que supuso. La impresión de mirar aquel cuerpo, del que sólo conocía palabras, casi le hizo olvidar el objetivo de su ocultamiento: el arte del voyeurismo.
De inmediato alzó el aparato fotográfico y disparó a quemarropa captura tras captura sobre el cuerpo de la joven. Si en lugar de cámara tuviera un fusil, la sangre derramada hubiera sido una obra de arte adornando el piso adoquinado de la ciudad, contrastando los colores ocre del sol, que a esas horas espinaban las calles, creando un cuadro surrealista digno del Louvre.
La joven era incapaz de distinguir a su vigilante de entre las hormigas humanas que la rodeaban. En un punto de su caminar escuchó el sonido de microfilme besándole el torso, y de pronto, su mirada se posó sobre el voyeur.
El fotógrafo percibió la conciencia de la chica -¡lo había notado!- y ahora caminaba hacía él. Sin embargo, no disimuló su ejercicio ni huyó de la confrontación.
Estoicamente el muchacho dirigió la lente a la mirada acusica de la mujer y le enjauló la cara varias veces en una instantánea.
La hermosa joven, blanca y de lunares, avanzó hasta toparse de frente con el sujeto que la raptaba. A un metro de distancia, sólo el aparato de microfilme los separaba. Por unos segundos, quizá minutos, el único diálogo eran las poses de la chica y la respuesta obscena del obturador, que hacía trasminar por el cíclope la imagen apostada de la fémina.
Los enfoques parecían conducir al orgasmo, la falda color bermejo de la muchacha invitaba a la desnudez que comenzaba en sus tobillos. Ella misma imaginaba los cuadros de su cuello, de sus senos y de sus piernas. Después de permitirle un lapso más al sujeto, la chica se giró, esperando que su espalda fuera captada por última vez, y se retiró.
El retratista tenía aún las manos trémulas y el corazón en seísmo.
Nadie lo miraba. Entonces guardó pudorosamente el fusil. Por un momento deseó que otro fotógrafo hubiera tomado esa escena tan dramática, una especie de cuadro de Velázquez pintando a Las Meninas.
Todo había salido bien, como en el correo acordado: una sesión espontánea de fotografía sin cruzar una sola palabra.
Sólo le cabía una pequeña duda ¿si aquella chica era en verdad la misma con la que pactó la cita, o era una modelo improvisada por las circunstancias?
Es que es necesario saber que en ocasiones la casualidad nos persigue.
Lo has descubierto.
Pero juro que no fue mi culpa.
Un día desperté y ¡puf!
Se me había ido el amor por la ventana.
Traté de alcanzarlo
-y no pude.
Le grité que volviera
-y no hizo caso.
Yo lo cuidaba bien,
de verdad.
Le daba alpiste por la mañana
y limpiaba su jaula.
Lo sacaba al sol.
Y cuando llovía
lo protegía,
que no se fuera a mojar.
Ya ves, esos pajarracos
son muy delicados.
Pero no fue suficiente,
se fue,
el muy hijo’eputa.
¿Y ahora qué hago con la jaula?
Definitivamente Manu es un fiel creyente de la obsesión -la única religión que cubre todas las devociones en el mundo. Manu se descubre profesando la obsesión a diario, por ejemplo, un día en que tratando de dormir, percibió la rutina ensordecedora de su sangre galopándole las venas -molesta constancia vital que no le dejó descansar por muchos meses. O también la tarde aquella en que descubrió -como en una revelación- que sentía una atracción definitiva por lanzar bolitas de papel a la boca de las personas que bostezan por la calle. Un deporte que Manu había tenido a bien llamar “bostezo ball” y que el juez del ministerio de policía no lograba entender cuando Manu fue llevado a los separos por conducta agresiva contra los transeúntes.
Un martes de mercado Manu se alarmó al notar que su vida no era una “vida real”. La escuela, las lecturas, su predilección por la soledad, la escritura, etc. Lo habían alejado súbitamente de las personas. Manu se sorprendía de que en ocasiones no daba paso fuera de su casa. Ni siquiera para saludar al vecino, o mirar a los gatos, o escupir por las alcantarillas, o leer el periódico, en fin, que pasaba el día enclaustrado en sus cuatro paredes.
A decir verdad Manu tenía varios amigos que lo invitaban a salir y un par de chicas que estaban dispuestas a compartir su tiempo. Pero a Manu le parecía una pretensión vanidosa invertir su horas en las personas. De vez en cuando salía por las calles a bordo de un camión y miraba las relaciones colectivas. Madres corriendo de la mano de sus pequeños hacia la escuela, sacerdotes en platicas incomodas con viudas bien maquilladas, parejas de novios tomando un helado, estudiantes buscando escapar de sus padres, padres mirando el trasero a la secretaria del Ayuntamiento, perros hambrientos, estatuas deformes, fuentes danzantes, delincuentes disfrazados de vagabundos, mujeres desoladas en las bancas, escritores sin escritos… Pero todo le parecía nimio a Manu -esta no podía ser la realidad- ¡Es una locura!
La cualidad obsesiva de Manu entonces lo llevó a buscar cercanías e interacciones con las personas. Fundirse en las calles -pensaba Manu, mientras se peinaba frente al espejo. Esta vez Manu salió a vagar por las avenidas, al caminar, sus extremidades abrazaban al mundo, su nariz se forraba de los olores veraniegos y pueriles. El escape de los viejos carros, el olor a cebolla y miel de los comederos, las coladeras abiertas y sus anemias de mierda… También sus ojos se llenaban de mundo, y su boca desprendía de elogios y saludos a todas las personas: “Muy buenas tardes” por acá y “Cómo le ha ido” de este lado. Un gozo que Manu disfrutó placenteramente por un par de días.
Pero no -tampoco eso era el mundo- decía Manu. Debe existir otra forma de hacer una “vida real”. No se puede conocer la realidad por la tapa, desde la superficie. El mundo es un iceberg y su contenido real está debajo del mar. El verdadero cuerpo de la “vida real” se encuentra oculto por las aguas heladas de la superficialidad. La calle es apenas un espejo bizarro de las verdaderas relaciones -se repetía Manu, recostado sobre el suelo. El paso natural fue entonces penetrar en el cuerpo del monte helado, anudar en las relaciones reales, entrometerse en todo y por todos.
Manu devino en un socialité recorriendo las arterías de la ciudad. Asistía a cualquier reunión fuera o no fuera invitado. Encuentros políticos, debates electorales, cumpleaños, bautizos, congregaciones religiosas, asambleas secretas, lecturas poéticas, funerales, juntas académicas, comitivas, congresos y sígale sumando. Llevaba regalos y pasteles a sus nuevos conocidos, saludaba por las avenidas hasta a los canes y a los pájaros de los alambrados. Sus visitas sociales eran comunes en las casas de la pequeña urbe en que vivía.
¿Esto es vida real? Se preguntaba insidiosamente Manu. De esta forma, conoció también los conflictos y desencuentros de sus conciudadanos. La hija adolescente del tendero que resultó embarazada, los chismes austeros que se prodigaban en las aceras, los amantes de ellas y las putas de aquellos, los hijos ilegítimos, los deslices del religioso, las borracheras familiares, los incestos, parafilias, desviaciones, enfermedades, fraudes, impunidades y alucinaciones de la mayoría…
Manu se hartó un día ¡El mundo es una mierda! -dijo para sus adentros. Se fue retirando gradualmente de su obsesión por la socialidad. La doble moral era indigesta, por las noches las náuseas eran incontrolables ¡Sólo un estúpido soporta el mundo real, lo real es inmundo! Cuánta razón la de Schopenhauer -farfullaba Manu: Los hombres vulgares han inventado la vida de sociedad porque les es más fácil soportar a los demás que soportarse a sí mismos. Manu decidió que lo mejor era encontrar descanso en la jaula que llamaba casa. Esa cueva cuneiforme que tanto confort le proporcionaba detrás de la puerta.
Los pueblos se escriben
con zapatos y voces al unísono
dibujando mareas de fuego
sobre las calles
–otrora silenciosas,
ahora rugiendo la conciencia
del inconforme.
Los hijos huérfanos de dicha
apresuran las rodillas
y levantan paso hacia la utopía,
buscando seguramente
un nuevo amo,
–un nuevo látigo
¿Pero no es acaso mejor eso
que la apatía?
Y en medio del cañón
de euforia que rompe
los cristales de lo cotidiano,
camina un ser parecido a un hombre,
alzando el suelo de sus plantas
y amenazando al tirano
con la lengua.
Qué malhecho sujeto de palabras,
no sabe qué duendes le carcomen el pecho.
Y grita con incendio la proclama:
¡La cabeza del opresor!
¡La libertad del pueblo!
pero es mentira…
aquél sólo ama,
y peor aún,
a él no le importa el destino de los hombres.
Está
pero no está,
hace parte de la masa
pero la masa -al final- le repugna,
porque el cuerpo que anda
colgándose de la revolución,
es deseo,
es una fuerza pura
y mística,
es deseo porque ama.
Y de sus labios
de donde brota rebeldía,
también se hace un cuerpo
desnudo y una mirada
que dice que no dice nada.
Se reza el amor
en cada palabra alebrestada,
y en cada mano empuñada
contra el poderoso.
Es este el misterio simple de la revolución,
el amor de un hombre
que se convierte
en anarquía.
Si un día
-por ejemplo-
planearas, qué sé yo….
robar un banco…
quemar una iglesia…
matar a un político…
derrocar un gobierno…
inventarte un dios…
hacer una hoguera de libros…
arruinar una boda…
liberar un zoológico…
comenzar un país…
estropear una coronación…
arrojar un pastel sobre la cara de un presidente…
resucitar a los muertos…
desatar una revolución…
contagiarte de alguna pandemia…
extinguir a la raza…
desnudarte en una abadía…
reventar aeroplanos sobre edificios…
pintar de rojo todos los mares…
simular una identidad…
descarrilar un tren en marcha…
burlarte de los desfiles monárquicos…
o simplemente…
tomar un café por la tarde,
yo sería tu cómplice -sin pensarlo-
porque te quiero.
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Si es que existe un dios manifiesto que no admite dudas sobre su ontología, ya Marx lo ha revelado claramente hace un par de siglos.
Existen dos posiciones respecto del arte. La primera de ellas probablemente tiene como fuente el propio gremio de los artistas, ya que dicta esencialmente que el arte es una actividad sublime del espíritu humano. Esta determinación hace referencia a un motor interno de la creación individual, un manantial de producción de la estética, de lo bello y de lo sublime que incide directamente en la percepción del público. Desde esta perspectiva, los artistas nacen, no se hacen. La sensibilidad para inventar arte, así como para consumirla, es una virtud que sólo los seres humanos poseen -ab initio- y al igual que los sueños, no tiene límites.
La segunda actitud es más bien escéptica y establece que la actividad creadora es un campo de la actividad humana mercadeada por clases, encumbrada desde la lógica burguesa y retenida por un grupo selecto de quienes se llaman a sí mismos “artistas”: pintores, escultores, grabadores, músicos, escritores y demás personajes. El arte se aprende y se transmite. Al igual que un médico necesita de una acumulación de conocimientos específicos para interpretar una radiografía, el consumidor de arte, y el propio artista, requieren de un entrenamiento cultural particular para tomar acción en el ámbito de lo artístico.
Sartre afirmó que aprendemos del mundo según tres vías: a través de la percepción, por concepto o por imágenes. El “perceptum” está estrechamente relacionado con el conocimiento empírico, se afinca en la experiencia y recoge el material de comprensión de lo experimentado. El “conceptum” habla del saber especulativo, es decir, de la filosofía. Una radiografía que se abstrae de la apariencia para determinar la esencia de las cosas. Finalmente, las imágenes sugieren la alternativa imaginativa del pensamiento, la capacidad para crear lo fantástico y lo alusivo.
El arte, desde cualquiera de las posiciones en el principio vertidas, subyace como un lenguaje de la imaginación humana, en otras palabras, se vincula con la tercera fórmula de contacto con el mundo descrita por Sartre. No es conocimiento empírico ni especulativo, se afianza como un tercer tipo de experiencia cognoscitiva que excita los sentidos y la capacidad reticente de la representación. A decir verdad, podría relacionarse con la categoría de éxtasis místico promovida por las faunas simbólicas de la religión. El éxtasis alude a una altísima carga emocional, opuesta al pensamiento racional, y que reabsorbe íntegramente aquello que se denomina como espiritualidad.
Pero ¿qué relación emerge entre el arte y las revoluciones? El sociólogo Daniel Bell contesta brillantemente la cuestión que titula este texto: “[El arte] es la actividad más libre de la imaginación humana […] la menos dependiente de las restricciones sociales […] y por esta razón los primeros signos de cambios en la sensibilidad colectiva se hacen visibles en el arte”. De la misma forma en que los movimientos artísticos se asimilaron como vanguardias en cada tiempo... “el antiarte de algunos cultos modernos podría presa-giar el lenguaje vernáculo y el impulso destructivo de miles el día de mañana”.
Bajo este entendido me es posible afirmar, con prudencia de la letra, que el lenguaje de las revoluciones tiene un origen íntimo en el arte. Si bien es cierto que el arte es una esfera ajustada por los linajes que acumulan la riqueza y la legitimidad cultural, su discurso se inscribe como una pauta para emular la locura por sobre la racionalidad, lo onírico por encima de lo empírico. Siguiendo a Freud: el deseo por sobre las limitaciones de los recursos. He ahí el umbral común de arte y revolución: soliviantar la consciencia colectiva para luchar por los deseos siempre reprimidos del súper Yo estatal. No en vano cada nuevo movimiento artístico es considerado hereje y antisistémico, en contraposición con la gran costumbre.
El malestar puede ser dirigido contra una persona, contra un grupo de personas, contra una idea, contra un sistema o contra un modo. Es decir, todo es susceptible de protesta. Es común escuchar lamentarse por las condiciones económicas del país, por la calidad de un producto, por las consecuencias de una ideología, por las repercusiones de una actividad o por la codependencia de una relación afectiva. De facto, la queja o protesta es una actitud exclusiva de la raza humana para solventar los vacíos del discurso y de la acción colectiva.
Los actores sociales han legitimado a tal grado la queja como una acción individual y la protesta como una acción colectiva, que hay grupos formados y organizados bajo el argumento particular de la expresión de malestar. Los movimientos sociales son en esencia la alta concentración del argumento contra el discurso de la estructura dominante. Una expresión que contiene las energías de zozobra de una mayoría inconforme.
Pero si hay protesta es porque existe un otro actor representante del poder. Figura directa o simbólica que encarna la represión de la acción del otro. La opresión es facultada por un concilio: una venta de esclavos, un matrimonio, una constitución política, una promesa de seguridad, un contrato laboral, una relación parental, etc. Cualquiera que sea el caso, la sumisión tiene una frontera establecida en el propio acuerdo. Los gobiernos, por ejemplo, tienen el legítimo uso del poder para extraer recursos del pueblo y hacer uso de la violencia coercitiva, así como administrar y gobernar (tiránicamente o no) con la promesa de salvaguardad la integridad colectiva.
Sin embargo, al mismo tiempo en que se han desarrollado los mecanismos de rebeldía, también se han superpuesto los procesos de represión del malestar desde todos los flancos. La religión descarta la abdicación y la herejía asegurando que en «la otra vida» serás premiado con creces. El gobierno reprime la protesta criminalizándola. Las relaciones microsociales se han vuelto intolerantes antes la queja. E incluso el sistema capitalista ha derogado el malestar a los «organismos institucionales» de quejas, como procuradurías y secretarías de atención a clientes. -Si quieres quejarte que no sea con nosotros.
La administración conveniente de la energía social de protesta, subsume la conciencia libertaría y somete el espíritu de emancipación del sujeto que Camus definió como el hombre rebelde: «Un esclavo que ha recibido órdenes toda su vida, de pronto juzga inaceptable un nuevo mandato». Hasta donde describió Marx y la escuela de Frankfurt -posteriormente, el peligro latente de un hombre despojado del arte de la queja es la alienación de un sujeto inerte, un individuo sin libertad siquiera para pensar.
En tales condiciones, la máxima aspiración de un sujeto -sin protesta- es ganar lo suficiente para hacerse de la tumba propia un día antes de morir.
Columna 30/jul/2010
1. La negación colectiva de la locura es la primera y más grande evidencia de su existencia generalizada.
2. La manera más eficaz de notar la demencia es a través de la escritura: escribo la locura, escribo para no volverme loco ya que soy un tipo condenado a la demencia. Sin embargo, el lenguaje no tiene la culpa de la locura, es sólo una vía para escurrir la enajenación: no me culpes por la palabra, yo tampoco entiendo de qué manera la letra empuña el índice y el pulgar, para dar puerta abierta a la esquizofrenia.
3. La revolución de un solo hombre, en todos los casos, es mejor conocida como locura. Y sucede aveces que algunos delirios personales, se popularizan a tal grado que se convierten en nacionalismos o religiones.
4. La locura compartida suele ser entretenida: que me compartas de tu locura hasta que pueda asumirla como mía...
5. No obstante, cada loco con su cordura. El respeto a los delirios ajenos es la paz.
6. ¡Este mundo es cosa de locos! No se puede estar a salvo por las calles… mejor sería recluirse en un manicomio.
7. Hay un tránsito natural de la cordura a la locura. De hecho, la cordura es un tipo de demencia que se ha popularizado en la percepción colectiva.
8. La cordura está sobrevalorada. La cordura es insultante. La cordura es un manicomio con exceso de internos. Y hay días en que no amanece cordura por ningún rincón de este mundo.
9. No se deje engatusar por la realidad. Todos están locos. No lo dude: yo por ejemplo, le propuse matrimonio a mi psicoanalista y me dijo que estaba loco de atar.
10. Algún día de estos usted despertará y notará que la realidad ha sido un montaje mal improvisado para verle la cara. Bienvenido entonces a la locura.
La muerte de José Saramago, primero, y Carlos Monsiváis, posteriormente, resultó de una sorpresa non grata entre muchos de sus lectores o simples observadores de la opinión pública, en donde este par de monstruos de las letras incidían con sus aportes: novelas, ensayos, artículos críticos, opiniones que desnudaron la historia de nuestros valores, de nuestras convicciones más profundas como sociedad.
Saramago, un detractor por convicción, un hereje declarado en sus palabras. Reivindicando siempre el derecho a la herejía, a llevar la contra a un sistema de mercado que ha perfeccionado sus maneras de acumular riqueza, pero que ha olvidado el derecho a la vida y a la libertad. Ferviente enemigo de la idea de dios, lo que le valió una crítica constante de moralistas y derechas en el mundo, acusaciones de religiosos y conservadores que veían en sus ideas la consagración de un enemigo. Soliviantando las consciencias, fracturando la idea de sacralidad e incitando a la rebelión.
Monsiváis por su parte, un cronista de nuestro México bárbaro, un historiador y pensador de nuestro tiempo, desde su trinchera crítica en donde desbordaba de manera lúcida las manías de nuestro sistema. Describiendo con su osado acento el autoritarismo característico de los gobiernos mexicanos y la necesidad ineludible de una sociedad organizada y emancipada. Revolución de las ideas, de la inteligencia contra el poder, libertad de credo, de sexualidad, democracia y justicia social eran algunos de los preceptos que Carlos Monsiváis plasmaba en cada uno de sus escritos.
Ambos amantes de los libros, devoradores insaciables de las letras. Bienllamados hombres de izquierda, no por su afiliación en un partido político sino por su compromiso con la búsqueda de una estructura de igualdad y justicia para todos los sectores de la población. Saramago, por ejemplo, comulgó desde su juventud con el socialismo y estuvo siempre dispuesto a brindar su discurso en pos de ello, pero incluso esta simpatía fue cuestionada por él cuando decidió retirar su apoyo al régimen comunista en Cuba. Por otro lado, su pluma siempre fue soporte de las causas y movimientos sociales, así lo mostró cuando brindó todo su apoyo a las comunidades indígenas zapatistas en Chiapas, durante los momentos más álgidos del movimiento.
De igual manera Monsivaís fue un apegado de las luchas sociales y comprometido con diversas causas. Quizá la última de ellas, y la que le valió más críticas, fue su apoyo a Andrés Manuel López Obrador y el Movimiento de Resistencia Civil Pacífica. También aportó su posición en las disputas por la diversidad sexual, libertad de culto y derecho a decidir sobre el propio cuerpo. Sus ideas, plasmadas en columnas y ensayos principalmente, construyeron un fuerte de ataque contra la marea conservadora en el país, contra la moralidad insulsa que pretende dominar los cuerpos y las conciencias de los ciudadanos.
Con lo que nos quedamos es apenas un compendio de excelentes obras -ad memoriam rei perpetuam, las que la historia se encargará de poner en su justa dimensión. Sin embargo, el principal aporte de nuestros queridos escritores es la congruencia como forma de vida, el compromiso como posición ideológica y la lucha social como referente de los dos anteriores. La mejor manera de homenajear las letras caídas es continuar la lucha que ellos han sobrellevado de manera ejemplar. La consciencia de la opresión, el derecho a la herejía, a la rebelión, y finalmente, la organización para un mejor mundo posible. Ya lo dice Saramago, epistolarmente: Las miserias del mundo están ahí, y sólo hay dos modos de reaccionar ante ellas: o entender que uno no tiene la culpa y por tanto encogerse de hombros y decir que no está en sus manos remediarlo —y esto es cierto—, o bien asumir que, aun cuando no está en nuestras manos resolverlo, hay que comportarnos como si así lo fuera.
Publicado en Semanario Punto
Foto: Felipe Morin
Cuan difícil es encontrar ese punto acústico de ruptura con la realidad. El momento preciso en que las mareas del cuerpo confluyen con un esbozo de actuación lobezna y la terrible asimilación del temblor que nos regresa a la tierra.
La capacidad para reinventar el mundo es húmeda, salvaje e irracional. Pero después, no hay nada que hacer sino volver a ser títeres de las dinámicas mundanas, de los cuerpos escondidos detrás de la moral, de la carne reprimida bajo el hábito.
El reingreso al manicomio de la cordura, ser aquellos locos que nunca se atreven a la felicidad.
La crítica general de este juego se concentra en el carácter alienante del mismo. Sin embargo, es conocido que la pasión por el balón ha encontrado fanáticos, incluso en aquellos intelectuales representantes de culturas o periodos enteros de pensamiento crítico. Albert Camus, por ejemplo, quien fue férreo portero de fútbol en su juventud, declaró: "Todo cuanto sé con mayor certeza sobre la moral y las obligaciones de los hombres, al fútbol se lo debo". Por su parte, Edgar Morin, filósofo francés, agregó: "No veo el fútbol como una forma de alienación moderna, lo siento más bien como una poesía colectiva".
La apropiación del deporte del esférico a la cultura popular y su acogimiento por parte de algunos pensadores no tiene otra clasificación que la de pasión. La pasión constituye todo lo humano. Sin ella, dice Balzac, la religión, la historia, la novela, el arte serían inútiles. El fútbol como pasión tiene ingredientes esenciales, sin los cuales no podría concebirse como un deporte que encabeza la pirámide de lo lúdico:
En primer lugar, el balompié es un deporte inclusivo. Desde sus orígenes este pasatiempo ha estado acompañado de un ambiente de carnaval con la participación de todos los estratos sociales, tanto a nivel de cancha como en los espacios destinados para su observación. En la práctica, este juego resulta sencillo, el único aditamento necesario es un balón, el cual en ocasiones es sustituido por una lata o un envase vacío, sobre todo en las competencias infantiles donde el grupo de amigos o compañeros escolares recrean las condiciones lúdicas del ritual deportivo. En la actualidad, según una encuesta realizada por la FIFA en 2006, aproximadamente 270 millones de personas (4% de la población) en el mundo están activamente involucradas en el fútbol, incluyendo a futbolistas de todos los niveles, árbitros y directivos.
Otro punto importante es la caracterización del fútbol como imaginario colectivo. Al grado de ser considerada como actividad cultural apegada a las prácticas religiosas. Ante una realidad desastrosa y falta de íconos sagrados representativos, el balompié reemplaza los dioses por los héroes, los escenarios de decadencia por la fe en los triunfos deportivos, la incipiente sacralidad por la admiración. La conexión entre deporte e imaginario comienza por la identificación de símbolos: los colores del equipo, el tótem que consagra la práctica mundana, las banderas nacionales y regionales, en pocas palabras, la vena que conecta a quien observa el deporte y quien lo práctica, mostrándose como uno sólo en la cancha.
Finalmente, y quizá el renglón más incisivo del deporte del balón, la comercialización del entorno futbolero. La pasión, además de ser un determinante humano, es un extraordinario material de mercado. Si bien el fútbol debe la génesis de su popularidad a su naturaleza inclusiva, el otro ingrediente de su masificación ha sido el mercado. El fútbol ha pasado de ser un deporte popular, a ser un negocio privativo, al menos en el acceso a los representativos nacionales o a los grandes clubes que absorben millones de dólares entre las entradas para el estadio, las publicidades que se pegan en los uniformes del equipo, hasta las cuentas por la transmisión de sus enfrentamientos. Ingresos que por supuesto se acumulan entre los dueños e inversionistas.
Si algo representa el fútbol es la pasión de un encuentro entre propios y extraños, y también, en el fondo, la atracción por la apuesta entre el triunfo o la derrota. El uso político e ideológico del deporte es mención aparte, acusatoria por supuesto, pero de cierta manera lógica, ya que detrás del esqueleto de lo lúdico siempre se encuentra la traición por la realidad, en otras palabras, alejar el pensamiento de los sucesos cotidianos. La realidad es negada continuamente como un ejercicio inútil de salvedad. Lo imperdonable es permitir que el placer de la pasión esté por encima de la presión de los focos rojos de nuestra realidad amedrentada.
Mañana se presenta una de mis bandas favoritas en el Lunario del Auditorio Nacional (DF). Aún no sé si conseguiré boleto e iré , pero por lo pronto aquí les dejo una de mis canciones favoritas y un intento de traducción.
Substance
it doesn't have to be this way/ i know something
to take the corners off and help you rock and roll/ right down the road
and if you want to shape your brain/ i know a substance
that gets rid of everything and helps you rock and roll/ out of control
who wants something real/ we could have nothing
why not just give up/ who wants to try
let go of the wheel/ turn your ass over
come on take it/ it's a simple ride
i never asked to feel this way/ it's something that happened
you can just go with it, man you can rock and roll/ right down the road
if you take it day by day/ don't try to fight it
you can do anything, yah you can rock and roll/ out of control
i take the key in my hand and it opens up the day
i take the key in my hand and it takes the pain away (hey hey)
__________
Substancia
No tiene que ser de este modo, conozco algo para remover las orillas
y ayudarte a rockear por el camino.
Si quieres cambiar tu cerebro conozco una sustancia para deshacerte
de todo y ayudarte a rockear fuera de control.
¿Quién quiere algo verdadero? No podemos tener nada
¿Por qué no solamente rendirse? ¿Quién quiere intentarlo?
Soltar el volante, voltear el culo, ven y tómalo, es un simple paseo.
Nunca pedí sentir de este modo, es algo que pasó,
puedes sólo dejarte llevar, hombre, puedes rockear por el camino.
Si tomas la sustancia cotidianamente no te resistas,
puedes hacer lo que quieras, puedes rockear fuera de control.
Tomo la llave en mi mano y comienzo el día
tomo la llave en mi mano y se lleva el dolor...
Pero la prontitud también se ha convertido en un requerimiento de las personas en sociedad. Una cualidad que se ha elevado al grado de virtud. Se busca con afán los productos con resultados veloces, relaciones que no duren más de lo debido, automóviles de diseño aerodinámico para correr a kilometrajes exorbitantes, comidas rápidas para el poco tiempo que disponemos entre el trabajo, cursos exprés para aprender todo lo que usted quiso saber en toda su vida, medicamentos baratos y "milagrosos" que sanan enfermedades en menos de lo que canta un gallo...
Así pues, las ilustraciones del culto a la inmediatez son varias. Pero en general, es notable la regularidad con la que opera: una promesa casi "sobrenatural" de soluciones obtenidas en un corto periodo, la publicidad masiva del producto en cuestión, el aspecto sospechoso (y de charlatanería) de los mecanismos para alcanzar el "éxito" planteado, y finalmente, la satisfacción absoluta de las necesidades (al menos como parte de la promesa).
Lo cierto es que el apresuramiento nunca ha sido una propiedad sobresaliente de la existencia de la que somos parte. La edad del universo, por ejemplo -de acuerdo a la teoría del big bang, es de 13 mil setecientos millones de años; la de la tierra se estima en unos 4500 millones; y la aparición del hombre sobre el planeta se calcula acaeció hace sólo 65 millones de años. En ninguno de los casos anteriores es determinante la premura, de facto, los procesos siempre se muestran largos y complejos.
Pero entonces ¿de dónde hemos extraído a la rapidez como fundamento de la vida social? Al parecer la respuesta más apropiada se encuentra en el sistema capitalista y sus incentivos por apresurar los procesos de acumulación del capital. Más trabajo, menos mano de obra, maquinaria intensiva para la producción en serie, resultado total: mayores ganancias. De esta manera encontramos el principal motor que traspasó las expectativas de la sociedad estructurando nuestra moderna cultura de la eficiencia: el máximo de placer, el mínimo de tiempo. Dinámica que contamina todos los aspectos de nuestro estilo de vida.
Foto: capitan-patata
Todos los hombres son bestias feroces -aves de rapiña- apenas controlados por un fragmento de cultura. Y fundamentalmente, por el ejército de mandamientos que encarnan la represión moral y jurídica.
El triunfo de la cultura significa, ante todo, el éxito de la supresión del carácter autodestructivo y desollador de la humanidad. Sin embargo, y ya lo advierte -magistralmente- Freud en "El malestar en la cultura", la maldad semicontrolada de los seres humanos encuentra espacios de liberación continuos: un estado frenético-descontrolado, una muerte inducida, un asesinato, una violación; todas muestras irrefutables de la potencia violenta de los hombres en sociedad (el fracaso de la cultura).
El espíritu dionisíaco se encuentra atado de manos, sofocado por el espectro de lo social. Por el ente maravilloso y omnipresente de lo colectivo. Ante tal desmembramiento de lo orgiástico los sujetos actúan sólo para reproducir la cultura: trabajan, se educan, asisten al proceso civilizatorio, participan de simulacros como la democracia y se dicen felices con su vida confortante. Ningún exceso, la supresión del caos del deseo, Dionisio encadenado por Apolo.
II
Pero dentro de todos los instintos reprimidos hay uno fundamental, posiblemente el pilar de nuestra civilización dominada, el pulso sexual. La vanguardia de la búsqueda de placer con el cuerpo como estandarte ¿Acaso hay un ámbito con más leyes y represiones en las sociedades occidentales?
De esta manera, el hombre anclado en la cultura es también un hombre neurótico. El sujeto cultural es consecuentemente un tipo reprimido, y por lo tanto, potencialmente frustrado, bajo la sombra inmensa del deseo que se le prohíbe realizar. Un actor social incompleto e insano, arrasado por la dinámica occidental-burguesa, la razón liberal, el cogito cartesiano y la moral cristiana.
En otras palabras, el malestar en la cultura es la tumba de los instintos trascendentales de hombres y mujeres, principalmente el sexual. La riqueza de los contactos naturales deliberadamente establecida y sancionada por la vigilancia social.
Paradoja civilizatoria: Para vivir juntos es necesario imponer la cultura. Pero, establecer el dominio cultural representa la insanidad del hombre, ergo, la imposibilidad de su plenitud. El hombre social entonces es un ser enfermo, encadenado por una racionalidad social que lo lleva a su autodestrucción. Proceso apenas conciente en las reflexiones de los actores del teatro social.
En primer lugar, la religión aborda el nivel del pensamiento y la conciencia de la persona. Este es, posiblemente, el mejor lugar en el cual encuentra guarida la figura de un dios, que a pesar de ser catalogado como un ser bondadoso, requiere de ser adorado y enaltecido como un ente poderoso que castiga a aquellos que osen desobedecerlo. El retrato del infierno, en la religión cristiana, muestra las consecuencias de un ser contrario a dios, secuelas que se interiorizan en la psique y ejercen presión sobre el creyente.
El segundo elemento amagado por los diversos dioses de la humanidad es la práctica ritual-vital del individuo. A través de los símbolos que se adquieren con el pasaje de los años y en la reproducción de configuraciones colectivas que se establecieron para tal acto. En otras palabras, las religiones involucran a la persona y a su circulo social en la repetición de acciones simbólicas que comienzan con un bautismo y finalizan con las exequias de los practicantes.
Finalmente, el círculo mejor controlado de los dogmas “omnipotentes” es la jerarquía organizacional de una estructura supranacional y por encima de los controles políticos y económicos. De esta manera, se forman alianzas clero-gobiernos e iglesias-economías para gestionar el nivel de autoritarismo necesario para controlar a los feligreses. También hay, por otro lado, las pequeñas facciones de creyentes que practican dogmas disidentes, pero que finalmente, participan de la misma reproducción.
En resumen, los llamados dioses -encarnados en su humanidad- atestan maniáticamente al individuo desde: a) la conciencia, b) los periodos de vida y c) la sociedad de la que participa. En este sentido, la liberación es una labor colosal, más no imposible. El primer nivel es el principal y el punto de partida para generar un cisma hacia el librepensamiento. Reconocer que los temores en un dios y sus represiones son una mentira, es el primer paso hacia la herejía.
Cada país, cada territorio y cada comunidad tiene una religión delimitada por su historia particular: costumbres, moralidades y represiones propias del entorno. Si usted querido lector, no está de acuerdo con las opciones "divinas" que su sociedad le ofrece, aquí le traemos un catalogo para determinar que religión sería la idónea para usted, tomando en cuenta lo principal, sus gustos y cualidades.
Sin embargo, y a pesar de las brillantes posturas expuestas por Marx, Comte y otros importantes pensadores de nuestra era ¿no es acaso la condición humana la mejor herramienta para definir las fases de nuestro progreso social? ¿y dentro de estas condiciones, no es “la pereza” la más destacada condición que guía toda evolución humana?
Para George Simmel, la pereza es el único denominador común a todos los poderes históricos, la cual acompaña a cada uno, como su éxito, o como su sombra. Así como es precisamente el único elemento que le es propio tanto al ser corporal como al espiritual; reconciliación dualista, hasta ahora, inalcanzable en ninguno de los sistemas socio-históricos experimentados en el mundo. En el orden capitalista, por ejemplo, algunos holgazanean (los dueños de los medios de producción) y todos los demás deben trabajar; el socialista, en contraste, promete que la pereza debe distribuirse entre todos en la misma medida.
De esta manera, entendemos entonces, que el siglo del movimiento llega a su fin para dar paso a la era de la pereza cósmica, máxima aspiración de la raza humana. Toda actividad es apenas relativa, y representa un puente ¨necesario¨ para acceder a un grado mayor de pereza. En otras palabras, la actividad, e incluso el trabajo más virtuoso, no es más que un camino carente de sentido perse, si no nos convoca la idea de que, al concluirlo, nos veremos libres de él.
El desarrollo del reino de las máquinas es una prueba aún mayor de nuestra tesis sobre la resistencia a la acción. Si bien, en un principio la actividad se tornó imprescindible –durante la prehistoria la acción fue necesaria para progresar hacia etapas más formales de inacción. El primer motor, del cual hacen gala diversos filósofos desde la Grecia clásica, es la pereza. Puesto que no sólo es inmóvil, sino que la inmovilidad es su esencia, y precisamente causa de nuestros movimientos. El trabajo entonces disminuye con el progreso de las herramientas, siguiendo en esencia la guía de la evolución superior.
Finalmente ¿no es el estado de pereza el mejor camino para nuestro genio? Quiero decir, las más grandes obras se han logrado no gracias al trabajo consumado, sino a la liberación de acciones superfluas que no reditúan en producciones magistrales. No es más que pereza que sigamos la forma de nuestro virtuosismo y que hagamos sólo aquello que nos gusta y para lo cual logramos el talento. Sino, qué difícil sería para Hitler pintar la Gioconda o para Da Vinci la invasión de territorios.
Foto: Sunday Morning de gatogrunch
El "amor" es una promesa constante y jamás advertida, sino cuando su presencia se vuelve efímera; de la misma manera, el "éxito social" y el "prestigio" es una proposición del entorno colectivo que se reduce a los pocos afortunados que logran su cometido, basándose en las reglas impuestas por el grupo para sobresalir.
El "coqueteo", como ya lo había mencionado, es un ofrecimiento de copula sin garantía de por medio; a diferencia del "salario" y del "bono de puntualidad" que hacen las veces de promesa del buen trabajador en las fabricas de explotación capitalista. Por fin, de esta forma, podemos enumerar las miles de promesas con las que siempre actuamos, mediadores del estatismo social y referentes que nos ayudan a sobrellevar los maltratos del sometimiento estructural. Si lo pensamos bien, todos los días actuamos con referencia a una promesa por alcanzar.
Foto: erwinjaquez
La solidaridad fue entonces como consecuencia del panorama inhóspito del desarrollo de la humanidad en cohabitación con las otras especies animales. Sin embargo, en la actualidad, la solidaridad, como muchos otros mecanismos de interacción, se ha convertido en un protocolo de la buena imagen.
Una persona solidaria es considerada virtuosa dentro del mar de las astucias, sinrazones y dificultades humanas. A pesar de ello, el respaldo que se brinda en nombre de la fraternidad no es una acción desinteresada y humanística como tiende a pensarse, es más bien una eficaz manera de obtener ciertos incentivos. En primer lugar, salvaguardar la imagen de buen samaritano y acumular aciertos en las virtudes sociales de los individuos. Y en segundo lugar, y quizá lo más importante, asegurar un acto de reciprocidad cuando nuestro entorno (nuevamente salvaje) nos deje ante la desnudez de la imposibilidad, en otras palabras, guardar ayudas necesarias para problemas futuros.
En nuestras sociedades actuales, la solidaridad no sólo se exige, sino que se espera como un acto de quintaesencia humana; nada más alejado de la realidad. El respaldo a la pobreza, contra las guerras, a las enfermedades del vecino, a la muerte del familiar y al dolor ajeno, son sólo maneras amables participar del teatro de las interacciones humanas. En ciertos momentos, se hace evidente que nadie puede esperar nada de otros, sino la ausencia.
También Jardiel Poncela hace gala del fatalismo en el amor expresando que: El amor es como una goma elástica que dos seres mantienen tirantes, sujetándola con los dientes; un día, uno de los que tiraban se cansa, suelta, y la goma le da al otro en las narices. Nuevamente la metáfora del ataque como manifestación del proceso del amor.
El amor como fatalismo no es la negación de sus existencias. Porque es evidente que el amor existe, en una sociedad enajenada y condenada a la simulación de guiones culturales para salvarse de su esencia salvaje. Su fatalidad tampoco se representa por medio de sus grandes vacíos. El amor como fatalismo es la mirada cruda del ataque que representa, la terrible consecuencia de confiar en la ínfima idea del placer eterno.
Es decir, el amor condena a la muerte. Ya que no hay nada tan parecido a la muerte como el amor realizado. En palabras de Andrés Calamaro, es lanzarse al vacío con un solo paracaídas, en donde uno de los dos quedará tirado a la deriva.
Por supuesto estas palabras pierden todo sentido a la luz de una nueva adicción amorosa.
No en vano Humberto Eco realiza una respetable crítica de Saramago y su proyecto de blog diciendo que: Saramago sigue alimentando su experiencia del mundo tal como desgraciadamente es, para revisarlo posteriormente con más serena distancia sub specie de moralidad poética. Y es que sus asertivas críticas no sólo se concentran en la dominación de las conciencias, que encarnan las religiones en el mundo - de una militancia ateísta dura, por cierto - sino que también se acercan a las maneras políticas y sociales de enajenación del mundo, sino es que todas ellas se interconectan para generar un verdadero caos cultural por la orbe.
De esta manera, para Saramago disentir se vuelve un derecho y a la vez una necesidad humana, no sólo en los ámbitos de la terrible historia religiosa, sino también en las mínimas estructuras sociales fundadas en la convivencia humana. Al fin y al cabo, la irreverencia de la herejía no es más que el reconocimiento del sentido común que tanto echamos de menos. Millones de niños muriendo sin probar alimento por todo el planeta, guerras y confrontaciones por objetivos de dominación, y la terrible alienación humana, son cuestiones que no deberían de permitirse, por lógica de funcionamiento y convivencia social. Pero ahhh tan humanos.
No es necesario un gran estudio estadístico para demostrar la ineficiencia, los números rojos y los grandes lastres sindicales que alcanzan el denominativo de mafias en organismos públicos descentralizados como LyFC. Pero tampoco hace falta un Nobel en economía para notar el negocio jugoso que manifiesta el suministro de electricidad nacional a los ya apuntados particulares. Las actuaciones fascistas del presidente del des-empleo encuentran entonces múltiples beneficios para los vándalos en el poder: por un lado, deshacerse de una organización políticamente contraria como lo es el Sindicato Mexicano de Electricistas. En segundo lugar, preparar el escenario para una ganga en manos de inversionistas particulares, arrojando a los perros uno más de los patrimonios nacionales. Y finalmente, amedrentar a las fuerzas sociales, estableciendo las futuras formas de acción del gobierno: represión social y liquidación estatal (con un garrote como diálogo).
Si para los que apuestan por la rendición pacífica de los trabajadores ha llegado el momento de la liquidación, para las fuerzas sociales que manifiestan su rechazo a las malas prácticas políticas de la derecha represora y productora de miseria nacional, es momento de definiciones y asociaciones en torno a un frente común de resistencia y lucha social. La defensa de un organismo como LyFC no es la defensa de una estructura sindical por sí misma, es la revuelta por la afrenta de una confrontación directa iniciada por el gobierno de manera mañosa y alevosa. Los frentes ya se han puesto en pie, por lo pronto, López Obrador convocando a los diversos sectores (todos) afectados por el mal gobierno y la adhesión de grupos de electricistas, estudiantes y ciudadanos responsables y conscientes de la lucha que habrá de suscitarse por la dignidad y legitimación de las organizaciones sociales.
La idea seductora pero infantil de que en algún lugar existe alguien que nos complementa todas las facetas. Alguien que nos hará completos. La espera continua por el amor vital, aquél que comprenderá perfectamente las manías de las que somos presa, una especie de dualidad destinada en el principio de los tiempos para nuestra existencia.
Naturalmente esta ilusión evita que nosotros mismo seamos completos y al final nos impulsa a despreciar nuestros propios defectos, nuestras faltas, todo en lo que se basa nuestra humanidad. Nuestra humanidad, sin la cual, desde luego no somos nada.
La idea romántica de que en algún momento "un alguien o un algo" aparecerá para mejorar el aspecto de nuestra existencia, resulta tediosa e insoportable, y más aún, genera un sentimiento de vacío, el cual sólo será llenado mediante la llegada del "salvador amoroso"; más de las promesas sin sentido del mundo social, con tendencia a la creación de simulaciones.
Al caminar Buenos Aires los comerciantes se acercan decididos a robar tu atención en un primer momento, y después, a vender la mayor cantidad de insumos para justificar su trabajo. Algunos hábiles vendedores han aprendido a identificar las manías escenográficas que cada personaje nacional muestra. Los mejores incluso saben que pueden lanzar sentencias étnicas directas -como el cazador que durante la prehistoria descubrió que los grandes depredadores se aniquilaban con certeza- para azorar el campo de consumo de los caminantes. Entonces el más atinado suelta la frase de la tarde: -¡Hey tú mexicano! aquí hay chamarras de piel mejores que en León Guanajuato- La propuesta suena tentadora, el vendedor ha demostrado primeramente, que conoce la ritualidad consumista local y además que, como buen prestidigitador, ha adivinado mágicamente la nacionalidad (evidente) del otro -quizá también la sonrisa confirmadora ha puesto en alerta las alarmas de vendimia del comerciante-
Los taxistas también resultan personajes conocedores del entorno. La primera pregunta sobre tu nacionalidad está relacionada íntimamente con el color de tu piel -por supuesto, diríase que la piel es el mejor de los pasaportes, sobre todo entre los ansiosos países hegemónicos, neuróticos por frenar la atracción de migrantes pobres a su centro- Si es que la piel es blanca, la primera opción sugerida es la de ser norteamericano, sino entonces europeo, y en ninguno de los casos habitantes latinoamericanos -esos no viajan muy seguido- Si la piel es oscura, la opción ha de ser cualquiera de los grupos étnicos indios de tu contexto inmediato, o sino, alguna nacionalidad que represente una amenaza migrante para los pocos trabajos de tu país, y evidentemente, en afectación directa para tu familia. Después que el taxista ha tenido la certeza de tu mexicanidad, la segunda etapa es endulzar la afinidad hablando de los equipos de futbol más populares -Chivas y/o América- después, continuar con las bebidas alcohólicas favoritas -cerveza y/o tequila- y finalmente, rematar con las comidas melancólicas, por supuesto, regresamos al arte culinario picoso tan ausente por los polos del planeta, será que el objetivo de los mexicanos es enchilar el mundo.
Pese a las manías tipificadoras para la seguridad de la interacción, los latinoamericanos somos más parecidos de lo que pensamos. Varias condiciones nos unen: el idioma como pilar de nuestra cultura, las raices como mosaico de nuestra etnicidad, y la miseria de la periferia capitalista como nuestro entorno de confrontación cotidiana. Por las mañanas levantarse y trabajar por un salario mínimo, alimentar a la familia y recuperar los fines de semana entre rituales religiosos y tardes futboleras. La concentración de la riqueza en las manos de pocos, las imaginaciones e imaginarios con ideales de consumo por encima de las posibilidades, las deudas y las estrategias corruptas de sobrevivencia. La clase política que se estrecha las manos para ejercer el teatro de las democracias, desde este lado el pueblo pobre, desde ese, los gobernadores-dictadores ejerciendo represión y control sobre los sujetos. Esta es la trama de lo latinoamericano, desde el norte de México hacia la punta de la Patagonia, ríos, montañas y ciudades, pero por sobre todo, personas, personas.
Racionalizar la cualidad azarosa de la vida nos deja desnudos. Los humanos, una de las cinco especies de homínidos. Compartimos más del 95% de la estructura genética con los monos. Pertenecemos a uno de los tantos reinos de la naturaleza, y nuestra existencia no contiene más sentido que el que particularmente le atribuye cada individuo, hasta donde su estructura de clase le permite proyectar y avanzar. En pocas palabras, y muy al estilo ranchero: la vida no vale nada.
Resulta claro que una de las mejores “virtudes” de creer en algún tipo dios, es la asimilación de un sentido vital. El llamado dios otorga sacralidad a la existencia. Sin embargo, los humanos son los propios creadores del personaje divino, por lo tanto, los humanos simulan un teatro para darle significado a la existencia. La razón es por demás lastimosa: despreciamos la simplicidad de la vida, tememos a la unicidad y levedad de la existencia, aborrecemos la nimiedad. En consecuencia, la egolatría de la humanidad se resume en dios y su tarea por otorgarle dignificación a los latidos del corazón.
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"Si el imbecil desapareciera de la tierra desierto el mundo quedaría.
Son tan pocos los sabios que me aterra seguir viviendo todavía"
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