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Muero de ti, amor, de amor de ti,
de urgencia mía de mi piel de ti,
de mi alma, de ti y de mi boca
y del insoportable que yo soy sin ti.
Fotografias de Christoph Jacrot.
Cidades na chuva, Christophe Jacrot
- New York City
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- Paris
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- Hong-Kong
- Tokyo
O trabalho de Jacrot é representado no Brasil pela Galeria Chroma.
Las lluvias del mundo.
Por Analy Zárraga
Lanzaste la moneda de oro y se suspendió el tiempo en tu vida, disparaste tres veces hacia la moneda para eliminar la posibilidad de “cara o cruz” con tu pistola nueva, eliminaste el destino y la determinante decisión, te sentías Dios, te sentías el amo de lo lógico, pues sabías ahora el resultado de tu juego de azar. Los pedazos de oro se expandieron cual juego pirotécnico. Era la fiesta de tu dominio, celebrabas cuartar la fortuna de tu cómplice apostador, cancelar su derecho a vivir, un día más, una hora más. En tus manos asesinas circulaba el halo de lo divino, del que controla quien vive y quien muere, pero lo hace parecer azaroso, lo disfraza de libre albedrío, mas tú, eres franco -no como Dios- piensas –que seduce y convence a sus “hijos” con el brillo del destino, cuando Él siempre dispara a la moneda destrozando la elección que dejamos al Azar, nuestro Dios emergente.
Ahora caen en tierra minúsculos destellos dorados de la moneda (metáfora ríspida del destino que se siembra fútil en lo fértil). Tu oponente tiembla y se halla siendo el juego del jugador, maldice el lúdico vicio de su alma y seca el sudor con su pañuelo de la suerte, el mismo que huele a jazmín, la colonia con que ella lo bendice cada noche de juerga, cada noche de testosterona en las cantinas en el pueblo de San Patricio, el mismo que le haría dos milagros consecutivos al que por amuleto tendría un pañuelo endurecido por la mugre y el jazmín.
Clavaste tu mirada con la sentencia, el pañuelo del apostador cayó al lado del polvo dorado de su suerte -¿a dónde vas? La moneda habló… se esfumó- El gran creyente de San Patricio se impulsó aferrándose a su suerte y buscó escurrirse ante la enajenante vista de su verdugo. En un segundo se dejó caer de rodillas y sollozó piedad y buena voluntad, se encorvó temblando atropellando súplicas y halagos que hubieras querido entender, porque el ego siempre necesita oraciones, súplicas y cantos. Te acercaste tan ligero como tu inmortalidad inventada lo permitió, porque seguías siendo el amo de una vida, de una por el momento, de la que tenías en frente… pero sólo por el momento, porque las vidas, las que quieras, son tuyas, porque a la vida, no se le debe tomar tan en serio, ni aferrarse a ella, pues no hay un día, en la que sepas qué es lo que realmente sepas hacer con ella ¿o no?
Tienes aún la pistola caliente en la mano derecha, porque te hicieron creer que el ser zurdo era del diablo y tú eres Dios. Rememoras por qué le has puesto por nombre Lilith a tu fiel revolver, la que habla matando, la que brilla al dar muerte. -Debe ser nombre de mujer- pensaste –porque no hay vieja que al hablar no ladre a matar. Sonreíste complacido por tu guión machista y sorbiste el tequila tirando el salero atrabancadamente, se te esfumó la sonrisa, porque es de todo San Patricio sabido que tirar la sal es de mal agüero, es por ello que recuperas tu divinidad robando la fe a tu etílico apostador, por miedo, por la sal, por las malas rachas, porque a nadie le gusta la eterna nube gris en la mollera –y menos a mí, porque soy como Dios- (nótese que ahora es como). Apretaste a Lilith hasta crujirla y apuntaste a la sien palpitante del ebrio con suerte, sin embargo, divagabas. Tu lógica desmerecía poder, tu corazón desacreditaba con sonoros latidos que delataban tu humano nerviosismo, tu mortal ventura, tu condición de jugador, que necesitaba algo que un Dios no tiene: fe.
Apretaste aún más fuerte a Lilith pero declinaba por segundos, al mismo tiempo que el orgullo de ser el que empuñaba la pólvora. La sal en la mesa… la sal en la mesa… la sal en mi boca, la sal del sudor, tu mala suerte, tu descuidada suerte. Eras Dios, el mismo que imponía vivir o morir, el mismo que te hacía llorar y rogar por una oportunidad más, el omnipotente del revolver plateado, el omnipresente que regala minutos o quita vidas, el tirano misericordioso de todos los días. Ya hedía a mala racha y sabías que era momento de guardarse, sabías que la nube comenzaría a relampaguear avisando el mal sino. Pero Lilith decidió por los dos por última vez, las manos que apestan a jazmín y tierra, dejaron de orar y suplicar al ver que este Dios sátiro baja la guardia divina. A ver que sus súplicas no son escuchadas por el monólogo egoísta de su verdugo, es entonces que en vez de juego, decide retomar la apuesta y arrebata a Lilith con violencia, la hace crujir, la desea y pide a San Patricio tenerla. –Ayúdame Dios- piensas, mientras caes de rodillas sosteniéndote con la mano izquierda, la del diablo, la misma que tiró el salero, la misma que te metió en el juego. Se está lanzando otra moneda en el aire, pero San Patricio decide azarosamente no concederte el milagro.