El amor de verdad es ese que se te queda.
Que podrán venir otras, y otros, y bodas, e hijos, y nietos;
pero no se va.
Y cada noche al acostarte, está ahí.
Es como si se hubiera quedado en tu cama,
como si te abrazara por la espalda y se aferrara a ti como la muerte.
Y cada mañana al despertar, está ahí.
Es como si fuera parte de tu propio techo,
como si te mirara a los ojos y se impregnara en tu pupila.
Que podrán venir perros, y gatos, y casas, y plantas;
pero no se va.
Ten la vida que quieras, no me interesa.
Yo soy tu amor de verdad, soy esa que se te queda.
Soy esa que siempre supiste que se iría.
Él fue tan perfecto incluso antes de ser. Llegó y observó la fachada en ruinas y esperó, en silencio, vigilando, comprendiendo. En el día, daba vueltas alrededor del lugar arrojando un par de piedras arenosas que se desplomaban en sus pies. Le gustaba sentarse a lo lejos, justo en la cima de la colina de enfrente, desde donde el sol iluminaba la casa. A veces sólo escribía, otras, le gustaba sentarse al filo de la puerta a contar las historias que escribía. Fue tan perfecto que a veces se le olvidaba merodear el lugar y se iba durante semanas sólo para traer historias nuevas.
Uno aprende a desconfiar de a poquito. Primero como un cuentagotas. Incluso duda. Después llegan los golpes y las convulsiones. La mentira no suele esconderse en lugares muy lejanos. Generalmente, a la mentira se la encuentra en una sonrisa o en una mirada. A veces está en uno. A veces en el espejo. Y la mayoría de esas veces nos gusta pensar que está en otro. O al menos es la que más fácil solemos encontrar; porque claro, ¿a quién le gusta escarbar en sus propias mentiras?
El problema de la palabra es que es eterna. La esencia de la palabra, sin duda, es el recuerdo. Los recuerdos están hechos de palabras y las palabras, a su vez, son recuerdos. Se pertenecen. Se parieron mutuamente. Y ahí, precisamente, radica el problema. La memoria es difícil de engañar y cuando recuerda algo, lo retiene, se aferra a eso de brazos y piernas hasta extorsionarse a sí misma. La extorsión es el juego favorito de la memoria. Y hay memorias insomnes, y hay las que no perdonan, y hay las que desconfían, y hay las que huyen, y hay las que se torturan y las que torturan. Pero todas, y eso sí debo decir en honor a la verdad, todas recuerdan las palabras.
Lastimosamente somos animales de costumbre y tenemos la lengua volátil. Lenguas como serpientes que envenenan y ahorcan los actos arrojando palabras caducadas, palabras recicladas, palabras violadas. Palabras que no dejan de ser mentiras. Mentiras que fecundan en la memoria. Recuerdos que anulan los actos. Porque a fin de cuentas, las palabras que a veces nos parecen tan ingenuas, tienen el peso que más cuesta cargar: el de la culpa.
La desconfianza nunca es gratuita. Los golpes y las convulsiones posteriores lo confirman.
Publicado originalmente en Imagen Médica: bit.ly/S8SFYU
No hay nada nuevo por crear. Todo está dicho. El buen escritor lo sabe y se aprovecha y saca ventaja de eso. El verdadero arte no está en intentar crear algo que nadie ha creado (donde los resultados, generalmente, son prepotentes y poco acertados). No. El verdadero arte consiste en crear una vista completamente nueva y diferente de algo que ya existe. Del amor, por ejemplo. O de la rebeldía. Y eso, precisamente, es lo que hizo Iván Mora Manzano.
Al salir de la sala de cine, me sorprendió leer y escuchar adjetivos como trillado para referirse al guión de la ópera prima del director ecuatoriano. Sin otoño, sin primavera no cae, en lo absoluto, bajo ese concepto. Y el logro está en el tejido casi perfecto de historias que se apoderan de la pantalla manteniendo un suspenso un tanto morboso sobre esos nueve personajes que parecen haberle perdido el sentido a la vida. En la sala de cine, en cambio, me sorprendió presenciar tantas risas de adolescentes en cada escena de contacto físico, sentir tanta incomodidad de la mujer de al lado que no dejaba de ironizar en cada diálogo libre de tapujos, y por último, escuchar la justificación del señor de la fila de atrás de que “así son allá” (refiriéndose a Guayaquil) cuando surgió una escena de sexo. Como si el tener sexo fuera cuestión de algo local. Me sorprendió y me entristeció. Sin embargo, ahora no pretendo profundizar en la moral o vergüenza ajena. Sólo queda reflexionar.
Este filme no es, tampoco, el retrato o el espejo de una generación. Escribir sobre lo que no se sabe, haría cometer el pecado de dibujar algo bajo ciertas características preestablecidas por la opinión de los medios o por los resultados de un estudio social. Escribir, en cambio, sobre lo que sí se conoce, permite navegar de manera más ancha alrededor de una realidad más intrínseca. El director contó lo que sabía. Lo que vivió.
Sin otoño, sin primavera tampoco es una postal de Guayaquil. Las historias que allí se desenvuelven, las ideas que se cocinan, las decepciones que se viven, el lenguaje que se habla, son aplicables a muchas otras ciudades. De Ecuador y de afuera. El éxito de esta película es que no se estaciona en un parqueadero local, sino que hace que el espectador sea quien se estacione en el filme. Y esto logra que el producto de Mora Manzano sea exportable.
Todos en algún momento de nuestra vida nos hemos sentido perdidos, y ese limbo existencial puede expresarse de múltiples formas. El filme nos muestra nueve historias, sí, pero muchas más maneras de manifestar esa angustia incomprendida. Esto, precisamente, porque el ser humano es complejo y un camino nunca es suficiente para encontrar la salida. En este sentido, y sin querer caer en la minuciosidad de sumar o restar posibles clavos flojos en el casting, aplaudo el desarrollo y creación de los personajes. Con más o menos fuerza, todos, en su conjunto, mantienen una gran armonía en la pantalla. Sin embargo, sería un descuido no resaltar a los tres mejor logrados e interpretados: Paulina Obrist (Antonia), Enzo Macchiavello (Lucas) y Ángela Peñaherrera (Paula). La fotografía, la dirección y la banda sonora son otros de los aciertos.
Iván Mora Manzano sabía lo que quería y logró entregarnos un cine que permite respirar. Un cine que se atreve a dar un paso más allá de lo que solemos ver en el país y, principalmente, un cine que cumple a perfección con su cuota original: contar una historia. No aleccionar, como muchos piensan esperando encontrar un mensaje al estilo de las Fábulas de Samaniego. Sin otoño, sin primavera, en cambio, logra que el espectador se reconcilie con sus miedos y sus dudas y se sienta, de una manera ambigua y a la vez cercana, reconocido en algún momento de alguno de los personajes. Es una película que sin mayores pretensiones, logra más de lo que promete.
Artículo publicado originalmente en el blog de revista Ache: http://www.ache.ec/cine/sin-otono-sin-primavera-2012/ y replicado en La Repúbica: http://www.larepublica.ec/blog/opinion/2012/10/25/sin-otono-sin-primavera-2012/
Escribe, me dijo, y sólo se me ocurrió escribir de él. Total, cuando ya no queda nada más que rabia, las palabras son inútiles porque los oídos se ensordecen y los buenos recuerdos se pudren en alguna esquina del olvido. Las sonrisas que alguna vez nos regalamos se limitan a desaparecer y la vida se siente más chiquita.
Escribe, me dijo, porque sólo cuando escribes dices la verdad. Y es verdad. Él jamás me perdonó que lo haya querido moderadamente y yo jamás le perdoné haberse ido. Porque la injusticia, cuando conviene, resulta atractiva. Fui injusta, lo sé, pero más conmigo. Lo quise con mesura, con egoísmo, con prepotencia. Lo quise de la peor manera y fue injusto. Injusto porque le di la razón: mentí. Y si fui capaz de mentirme a la cara, merecí haberlo perdido.
Escribe, me dijo, y le di la espalda. Ahora ya es tarde como siempre cuando se trata de querer. Tarde. Él se fue antes que yo me atreviera a escribirle, y me olvidó antes que yo aceptara cuánto lo quise, y me sacó de su vida antes que yo pudiera lamentar su ausencia. Todo de golpe como debe ser cuando se odia a quien se quiso. Y todo para siempre como siempre le enseñé. Ahora escribo como él me dijo, pero no para él como hubiese querido. Siempre fui mala para complacerlo y por eso él sigue recordando mis defectos. Total, cuando ya no queda nada más que amor, las palabras son inútiles.
Pero aquí estoy, escribiendo. Y él también, leyendo.
Publicado originalmente en Imagen Médica: http://www.imagenmedica.com.mx/portal/index.php?option=com_content&view=article&id=1281:inutil&catid=182:artistas
Algunos dicen que el amor sin caos, no es amor. Las relaciones tan destructivas como intensas son un guilty pleasure en la vida real y en la ficción. Indagando, me he encontrado —y me han recordado— escenas de películas de relaciones con una dosis de romance y masoquismo. Con menor o mayor intensidad, les comparto lo que recogí:
Punch-Drunk Love
Eternal Sunshine of the Spotless Mind
Hotel Chevalier
Gone with the wind
The Notebook
(500) Days of Summer
Lolita
True Romance
Shame
Vertigo
Closer
Wicker Park
Trainspotting
Let the Right One In
Blue Valentine
Last Tango in Paris
Natural Born Killers
La Dolce Vita
Breaking the Waves
Sid and Nancy
Y un inception de la escena de Sid and Nancy como extra:
Sid and Nancy (parodia)
Ocurre que a menudo nos preguntamos ¿por qué? cuando en realidad la respuesta siempre está en nosotros. Y sí, mucho se ha hablado de que ‘el cambio empieza por uno’, pero ¿sabemos qué cambiar? Quizás, la comodidad, y no en sí la pereza, sea la madre de todos nuestros vicios. El problema de nuestra generación es que se echa a la cama antes de hacerse fama. Bien lo dijo Pedro Piedra en su canción Inteligencia dormida, y parece que cada día intentáramos confirmarlo. Los planes, los proyectos, las ideas… sobran. Sin embargo, hay sequía de acciones. Lo queremos todo fácil, todo a través de contactos, todo porque lo merecemos. ¿Lo merecemos? No sé, quizás al décimo F5 que hacemos por hora, deberíamos replanteárnoslo. El problema de nuestra generación es que cree que el dinero, la fama y el amor le va a llegar por e-mail.
Bueno, pero ¿qué podemos esperar de una generación que deja a sus parejas por mensajes de Facebook? Ah, la cobardía. Qué poco sexy nos luce a veces. Seguro es más cómodo luchar detrás de una computadora, amar en 140 caracteres y cambiar el mundo subiendo la fotografía de un perrito con un mensaje en Comic Sans. Las campañas de concienciación social, cultural, política, ambiental; sobran en las redes sociales. Un me gusta aquí, un me gusta allá y fin a tanta polémica. El interés interesado. Ése con el cual pretendemos que algo nos importa —momentáneamente— sólo para que otros vean que nos importa. El problema de nuestra generación es que confunde inteligencia y éxito con títulos universitarios. Ah, las apariencias.
Citar a muchos autores en un artículo, tampoco es sinónimo de inteligencia. No se confundan. O sí, como dijo Heidegger. Sin embargo, lo más triste de nuestro caso es que nos jactamos de modernos cuando aún hay hombres que se ponen incómodos al comprar tampones y mujeres incómodas al comprar condones. La ironía, a veces, ni siquiera se toma la molestia de esconderse. Tantos doctorados en el extranjero, pero seguimos fallando en lo fundamental: el qué dirán. El problema de nuestra generación es que todavía existen mujeres que aunque saben que su novio le es infiel, creen que es peor no tener novio. Pánico escénico a la soledad. Como si detestáramos nuestra compañía.
Y tanto la detestamos que idealizar también resulta una idea genial. Claro, si podemos denunciar injusticias con favs, por qué no enamorarnos de personajes con miles de seguidores en Twitter, acostarnos con ellos y de pronto, levantarnos con personas. Ah, la realidad. Qué triste luce todo cuando nos quedamos sin Internet, y entonces, nos encontramos con la vida. El problema de nuestra generación es que se enamora de la idea de estar con una persona y no de la persona. Nos falta aterrizar. Nos falta acabar con ese espíritu hippie renacido que hace quedar mal a la Teoría de la Evolución. Pobre Darwin. Paz en su tumba.
El problema de nuestra generación es que es ésta, y no otra. Cualquiera. Tal como pensaban los de la generación anterior.
Artículo publicado originalmente en: http://www.larepublica.ec/blog/opinion/2012/09/10/el-problema-de-nuestra-generacion/
Fui al aeropuerto a recogerla tal como habíamos acordado. Su vuelo ya había aterrizado cuando llegué, pero la espera se me hacía eterna. El rostro de las personas que se reencontraban con sus familiares y amigos me parecía un tanto dramático, o al menos no era uno que yo hubiera reconocido ante mi espejo. Sin embargo, me sentía extraño, diferente. Esta vez, y por primera vez, debo asegurar, sentía que me explotaban las ganas de ver a alguien. De verla a ella.
Habíamos empezado a hablar hace meses, algunos días con mayor intensidad y otros con mayor desinterés, pero siempre hablábamos. No sé en qué momento me dejé caer. Quizás el lujo que evocaban sus letras o la falta de amargura en su mirada, hicieron que me quedara. O quizás sólo fue una cuestión de calentura por culpa de la distancia. Al menos esa siempre ha sido la respuesta más fácil para un hombre como yo. Ya me había acostumbrado a tener sentimientos prefabricados para cada tipo de mujer que conocía en los estrenos y cócteles a los cuales solía ir obligado por la imagen social. Pero esta vez era diferente. No sé si por fin había logrado fusionar la calentura con los sentimientos o era mera curiosidad, pero ahí estaba: luciendo mi mejor traje para ocultar mi nerviosismo debajo de la corbata. Qué elegante es la mentira a veces.
“Esta noche me acuerdo de ti”, escribí y hasta pude oler su sonrisa un tanto pretenciosa cuando recibió mi DM. Me lanzó una respuesta trillada y fui recíproco. Fin de la partida. Aunque ninguno de los dos se molestó en utilizar los 140 caracteres que —generosamente— tenemos por mensaje; lo poco que nos dijimos alcanzó para crear una avalancha de éxtasis al recordarla. Su mirada escueta; el frío, cortesía de la casa y nuestra sed de sexo y marihuana fueron el cóctel de la noche en un precario motel de la ciudad. Ella estaba de paso, como están las mujeres que dejan los recuerdos más viscerales y, aún así, tomó el control de mi cuerpo como si yo fuera el huésped y no el anfitrión. Esa noche recorrimos las calles del centro, que todavía escupían luces de Navidad y pasamos de bar en bar, como quien devora las páginas de un libro para luego ralentizar el final.
Nos leíamos hace años y aún no logro entender por qué no he dejado de seguirla. Quizás porque aunque nuestros personajes tengan un abismo de por medio, había química de sobra como para ignorar un posible encuentro. La virtualidad genera un apetito voraz por ciertos extraños, el cual es difícil de soslayar. Arrojamos letras con tanta libertad y descaro al saber que no son para nadie, pero que pueden ser interpretadas y adoptadas por cualquiera. “Caen como moscas”, dijo en ese bar infestado de turistas —que abandonamos media hora después— cuando se refirió a los ya miles de seguidores que la idolatraban. Su popularidad aumentaba al mismo tiempo que su carisma caía en picada. Y ella lo sabía. Aún recordaba cuando sus tweets eran suyos y no de sus followers. “Escribo lo que esperan que escriba”, contestó. “La verdad me importa poco”. Y le creí. Le creí porque ella había dejado de ser una extraña para mí hace ya cientos de mensajes internos y 30.000 seguidores.
Entre copas de ginebra y dubstep descubrió que yo era más joven y que no era el ermitaño treintañero que vive en la cima de una montaña, como les gusta concluir en Twitter. Yo, en cambio, descubrí que le gusta dormir abrazada y amenacé con revelarlo. “Ni se te ocurra”, respondió entre el sudor post orgásmico de su respiración. Y se durmió, instantánea y profundamente. Como si el sonido de la ficción resquebrajada ni le hubiese revuelto el cabello. Fumé un último porro. La luz no terminaba de alcanzar mi insomnio a través de las cortinas cutres de la habitación, pero fue suficiente para babear unos minutos sobre el tatuaje que escondían sus caderas.